FINAL - 31

Kit se sentía como alguien que había entrado en la habitación de
hospital de otra familia por error y no le permitían irse. Alec estaba sentado
al lado de Magnus, ocasionalmente tocaba su hombro o decía algo en
voz baja. Kieran miraba por la ventana como si pudiera transportarse a
través del vidrio.
— ¿Quieres que…? Quiero decir, ¿Debería alguien decirle a los
niños? ¿Max y Rafe? —preguntó Kit finalmente.
Alec se puso de pie y atravesó la habitación, donde una jarra con
agua descansaba sobre una mesa. Se sirvió un vaso.
—Ahora no —dijo—. Están a salvo en la ciudad con mi madre. No
necesitan… Magnus no necesita… —tomó un trago de agua—. Esperaba
que mejorara y no tuviéramos que contarles nada.
—Dijiste que sabías qué era lo que le sucedía —dijo Kit—. ¿Es…
peligroso?
—No lo sé —respondió Alec—. Pero hay algo que sé. No es sólo él.
También afecta a otros brujos. Tessa y Jem han estado buscando una
causa o una cura, pero ella está enferma también…
Se quebró. Se oyó un estruendo apagado; un sonido como de olas
elevándose, a punto de romper. Alec palideció.
—He oído ese sonido antes —dijo—. Algo está sucediendo. En el
Salón.
Kieran se alejó del alféizar de la ventana en un único movimiento
fluido.
—Es la muerte.
—Puede que no —dijo Kit, tapando sus oídos.
—Puedo oler la sangre —dijo Kieran—. Y oír gritos.
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Trepó por el alféizar de la ventana y tiró hacia abajo de una de las
cortinas. Tomó la varilla de la cortina, que tenía una punta afilada, y saltó
al piso, blandiéndola como una lanza. Sus ojos negro y plateado
destellaron.
—No me encontrarán desarmado cuando vengan.
—Deberían quedarse aquí. Ambos. Iré a ver qué está ocurriendo —
dijo Alec—. Mi padre…
La puerta se abrió de golpe. Kieran arrojó la varilla de la cortina.
Diego, que acababa de aparecer por la puerta, se agachó mientras
volaba sobre él y se estrellaba contra la pared, donde se atascó.
— ¿Qué chingados? —dijo Diego, mirando atónito—. ¿Qué
demonios?
—Piensa que estás aquí para matarnos —dijo Kit—. ¿Lo estás?
Diego rodó los ojos.
—Las cosas han ido mal en el Salón —dijo.
— ¿Alguien fue herido? —preguntó Alec.
Diego dudó.
—Tu padre… —comenzó.
Alec dejó su vaso y atravesó la habitación hacia Magnus. Se arrodilló
y lo besó en la frente y la mejilla. Magnus no se movió, sólo siguió
durmiendo en paz, sus ojos de gato cerrados.
Kit lo envidiaba.
—Quédense aquí —les dijo Alec a Kit y Kieran. Luego se giró y salió
de la habitación.
Diego lo miró irse con tristeza. Kit se sintió un poco enfermo. Tenía la
sensación de que lo que sea que le hubiera pasado al padre de Alec, no
había sido menor.
Kieran arrancó la varilla de la cortina de la pared y apuntó a Diego.
—Ya has entregado tu mensaje —dijo—. Ahora vete. Protegeré al
niño y al brujo.
Diego sacudió la cabeza.
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—Vine aquí a buscarte —señaló a Kieran— para llevarte al
Escolamántico.
—No iré a ningún lado contigo —dijo Kieran—. No tienes moral.
Trajiste deshonra sobre Lady Cristina.
—No tienes idea de qué ocurrió entre Cristina y yo —agregó Diego
con voz gélida. Kit notó que Diego el perfecto se veía un poco menos
perfecto
Las sombras bajo sus ojos eran de un violeta profundo y su piel marrón
estaba pálida. El agotamiento y la tensión dibujaban sus finas facciones.
—Di lo que quieras de las hadas —dijo Kieran—. No tenemos mayor
desprecio que aquel que sentimos hacia aquellos que traicionan un
corazón que ha sido dado en su cuidado.
—Fue Cristina —dijo Diego— quien me pidió que venga aquí y te
lleva al Escolamántico. Si te niegas, tú estarás deshonrando sus deseos.
Kieran frunció el ceño.
—Estás mintiendo.
—No lo estoy —dijo Diego—. Teme por tu seguridad. El odio de la
Cohorte es un punto fulminante y el Salón se ha vuelto salvaje. Estarás a
salvo si vienes conmigo, pero de lo contrario no puedo prometerte nada.
— ¿Cómo estaré a salvo en el Escolamántico, con Zara y sus amigos?
—No estará allí —dijo Diego—. Ella, Samantha y Manuel planean
quedarse aquí, en Idris, en el corazón del poder. El poder es todo lo que
siempre quisieron. El Escolamántico es un lugar de estudios pacíficos —
alargó su mano—. Ven conmigo. Por Cristina.
Kit observaba, conteniendo el aliento. Era un momento muy extraño.
Había aprendido lo suficiente sobre Cazadores de Sombras como para
entender qué significaba que Diego fuera un Centurión, y qué reglas
estaba rompiendo, ofreciéndole a Kieran introducirse en el Escolamántico.
Y entendía lo suficiente sobre el orgullo de las Hadas para saber qué
estaba aceptando Kieran si accedía.
Hubo otro ruido de estruendos afuera.
—Si estás aquí —dijo Kit con cautela—, y la Cohorte te ataca, Mark y
Cristina querrán protegerte. Y pueden salir heridos intentándolo.
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Kieran dejó la varilla de la cortina en el piso. Miró a Kit.
—Dile a Mark a dónde he ido —dijo—. Y dale mis gracias a Cristina.
Kit asintió. Diego inclinó su cabeza antes de adelantarse y tomar a
Kieran del brazo de forma incómoda. Presionó con los dedos de su otra
mano el pin de Primi Ordines en su uniforme.
Antes de que Kit pudiera hablar, Diego y Kieran desaparecieron,
dejando un torbellino de luz brillante rayando el aire en donde habían
estado.
*** ***
Los guardias se adelantaron mientras Jia alcanzaba a atrapar el
cuerpo desplomado de Robert. Con su rostro hecho una máscara de
horror, Jia cayó de rodillas, sacando su estela, trazando un iratze en el
flácido brazo de Robert.
Su sangre se extendió alrededor de ambos, como una piscina
escarlata moviéndose lentamente.
—Annabel —la voz de Julian era apenas un susurro de profunda
conmoción. Emma casi podía ver el abismo de culpa que se abría a sus
pies. Empezó a luchar frenéticamente contra el agarre de los guardias que
lo detenían —. Déjenme ir, déjenme ir.
— ¡Atrás! —gritó Jia!—. ¡Todos ustedes, atrás! —estaba arrodillada
junto a Robert, sus manos húmedas con sangre mientras intentaba una y
otra vez marcar la runa curativa en su piel.
Otros dos guardias subían los escalones y se detuvieron inseguros
ante sus palabras. Annabel, con su vestido azul manchado de sangre,
sostenía la Espada Mortal frente a ella como una barrera. La sangre de
Robert ya estaba hundiéndose en la hoja, como si fuera una piedra porosa
absorbiendo agua.
Julian se liberó de su retención y saltó al sangriento estrado. Emma se
puso de pie, Cristina asió su camisa, en vano: ya estaba trepando sobre la
parte trasera del banco.
Gracias al Ángel por las horas que pasó practicando sobre las vigas
en la sala de entrenamiento, pensó, y corrió, saltando desde el final del
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banco hasta el estrado. Había voces gritándole a ella, rugiendo como el
oleaje; las ignoró. Julian se irguió sobre sus pies lentamente, enfrentando a
Annabel.
— ¡Aléjate! —chilló Annabel, ondeando la Espada Mortal. Parecía
estar brillando, latiendo incluso, en su empuñadura, ¿o Emma lo estaba
imaginando?—. ¡Aléjate de mí!
—Annabel, detente —Julian habló con calma, sus manos alzadas
para mostrar que estaban vacías… ¿vacías? Emma estaba furiosa. ¿Dónde
estaba su espada? ¿Dónde estaban sus armas? Sus ojos estaban muy
abiertos, inocentes—. Esto sólo empeorará las cosas.
Annabel estaba sollozando entre agitadas respiraciones.
—Mentiroso. Retrocede, aléjate de mí.
—Nunca te mentí…
— ¡Dijiste que iban a darme la Mansión Blackthorn! ¡Dijiste que
Magnus me protegería! ¡Pero mira! —barrió su brazo en un gran arco,
indicando toda la sala—. Estoy contaminada para ellos, soy despreciada,
un monstruo.
—Aún puedes regresar —la voz de Julian era un prodigio de
estabilidad—. Baja la Espada.
Jia se puso de pie. Su túnica estaba húmeda con la sangre de
Robert, su estela floja en su mano.
—Está muerto —dijo.
Fue como una llave girando en el cerrojo de una jaula, liberando a
sus ocupantes: los guardias subieron los escalones, saltando hacia
Annabel, con sus espadas extendidas. Ella se giró con una velocidad
inhumana, golpeándolos, y la Espada atravesó los pechos de ambos. Hubo
gritos cuando se derrumbaron, y Emma corrió hacia las escaleras,
cargando a Cortana, saltando en frente de Julian.
Desde allí, podía ver todo el Salón del Consejo. Era un barullo.
Algunos estaban huyendo por las puertas. Los Blackthorns y Cristina
estaban de pie, luchando para avanzar hacia el estrado, aunque una
línea de guardias había aparecido para detenerlos. Mientras Emma
observaba, Livvy pasó por debajo del brazo de uno de los guardias y
empezó a acercarse a ellos. Una espada larga brillaba en su mano.
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Emma miró a Annabel. Estando tan cerca de ella, estaba claro que
algo se había roto en su interior. Se veía en blanco, sus ojos muertos y
desconectados. Su mirada se movió más allá de Emma. Alec había
atravesado las puertas. Estiró su cabeza hacia las gradas, su rostro hecho
una máscara de dolor y conmoción.
Emma alejó sus ojos de él cuando Annabel saltó hacia Julian como
un gato, su espada cortando el aire antes que ella. En lugar de levantar a
Cortana para detener la estocada de Annabel, Emma se lanzó hacia un
costado, golpeando a Julian contra el suelo pulido del estrado.
Por un momento estuvo contra él; estaban juntos, cuerpo contra
cuerpo, y sintió la fuerza parabatai fluir a través de ella. La Espada Mortal
bajó nuevamente y se separaron, redoblando fuerzas, mientras cortaba la
madera a sus pies.
La sala estaba llena de gritos. Emma escuchó a Alec llamando a
Robert: Papá, por favor, papá. Pensó en el tapiz de él en el despacho de
Robert. Pensó en Isabelle. Se giró con Cortana en su mano y el plano de la
hoja golpeó contra Maellartach.
Las dos espadas vibraron. Annabel retrocedió el brazo de la espada,
sus ojos se veían repentinamente salvajes. Alguien estaba gritándole a
Julian. Era Livvy, ascendiendo por un lado del estrado.
— ¡Livvy! —gritó Julian—. Livvy, sal de aquí.
Annabel volvió a balancearse y Emma alzó a Cortana, deteniendo el
golpe hacia arriba, empujando más cerca, golpeando su espada contra
la de Annabel con toda la fuerza de su cuerpo, juntando las cuchillas con
un ruido masivo y resonante.
Y la Espada Mortal se destruyó.
Se rompió irregularmente a lo largo de la hoja y la parte superior se
separó. Annabel gritó y tropezó hacia atrás, y fluido negro se derramó de
la espada rota como savia de un árbol talado.
Emma cayó de rodillas. Era como si la mano que sostenía a Cortana
hubiera sido golpeada por un rayo. Su muñeca estaba zumbando, un
silbido sonaba desde sus huesos, haciendo temblar su cuerpo. Agarró el
puño de Cortana con la mano derecha, en pánico, desesperada por no
dejarla caer.
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— ¡Emma! —Julian sostenía su propio brazo rígidamente, observó
Emma, como si también él hubiera sido herido.
El zumbido estaba deteniéndose. Emma intentó ponerse de pie y
tropezó; sus dientes mordieron su labio con frustración. Cómo se atrevía su
cuerpo a traicionarla.
—Estoy bien… bien.
Livvy jadeó al ver la Espada Mortal destruida. Había llegado a la
cima del estrado; Julian la alcanzó y Livvy le arrojó la espada que sostenía.
La atrapó perfectamente y se giró para enfrentar a Annabel, que
observaba el arma rota en su mano. La Cónsul también había visto lo
sucedido y estaba avanzando hacia ellos.
—Se terminó, Annabel —dijo Julian. No se veía triunfante, se veía
agotado—. Ya está.
Annabel gruñó bajo desde su garganta y saltó. Julian levantó su
espada. Pero Annabel pasó por encima de él, con su cabello negro
elevándose a su alrededor. Sus pies abandonaron el suelo, y por un
momento fue realmente hermosa, una Cazadora de Sombras llena de
gloria floreciente, justo antes de aterrizar sobre el suelo de madera al borde
del estrado y conducir su espada irregular y rota hacia el corazón de Livvy.
Los ojos de Livvy se abrieron de par en par. Su boca formó una O,
como si estuviera asombrada por haber descubierto algo pequeño y
sorprendente, como un ratón en la encimera de la cocina. Un florero
volcado, un reloj pulsera roto. Nada enorme. Nada terrible.
Annabel retrocedió, respirando fuerte. Ya no se veía hermosa. Su
vestido, sus brazos, estaban empapados en negro y rojo.
Livvy levantó su mano y tocó con sorpresa la empuñadura que salía
de su pecho. Sus mejillas ardían, rojas.
—Ty —susurró—. Ty, yo…
Sus rodillas se quebraron. Cayó con fuerza de espaldas contra el
piso. La espada era como un enorme y feo insecto pegado a su cuerpo,
un mosquito de metal succionando la sangre de su herida, el rojo
mezclado con el negro de la espada, salpicando el piso.
En el lateral del Salón del Consejo, Ty miró hacia arriba, su rostro
tornándose del color de las cenizas. Emma no tenía idea si podía verlos
entre la muchedumbre –ver a su hermana, ver lo que había pasado–, pero
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sus manos volaron hacia su pecho, presionando su corazón. Se arrodilló, en
silencio, de la misma forma que Livvy, y cayó al piso.
Julian hizo un ruido. Era un ruido que Emma no podría describir, no
como un sonido humano, un aullido o un grito. Sonó como si hubiera sido
arrancado de su interior, como si algo brutal estuviera desgarrando su
pecho. Tiró la espada por la que Livvy había arriesgado tanto para dársela,
cayó de rodillas y se arrastró hacia ella, atrayéndola hacia su regazo.
—Livvy, Livvy, mi Livvy —murmuró acunándola, acariciando
febrilmente el cabello húmedo de sangre fuera de su rostro. Había mucha
sangre. Quedó cubierto por ella en segundos; había empapado la ropa de
Livvy, incluso sus zapatos—. Livia —sus manos temblaban; sacó torpemente
su estela y la apoyó en su brazo.
La runa curativa desapareció tan rápido como la dibujó.
Emma sintió como si alguien le hubiera pegado en el estómago.
Había heridas que estaban más allá del poder de un iratzes. Las runas
curativas sólo desaparecían de la piel cuando había veneno
involucrado… o cuando la persona ya estaba muerta.
—Livia —la voz de Julian se elevó, agrietándose y cayendo como
una ola rompiendo en el mar—. Livvy, mi bebé, por favor, corazón, abre tus
ojos, soy Jules, estoy aquí para ti, siempre estaré aquí para ti, por favor, por
favor.
Una negrura explotó detrás de los ojos de Emma. El dolor en su brazo
se había ido; lo único que sentía era rabia. Una rabia que decoloraba todo
lo que había en el mundo excepto la visión de Annabel encogiéndose
contra el atril, observando a Julian acunando el cuerpo de su hermana
muerta. Observando lo que había hecho.
Emma giró y caminó hacia Annabel. No podía ir a ningún lado. Los
guardias habían cercado el estrado. El resto de la sala era una hirviente
masa de confusión.
Emma esperaba que Ty estuviera inconsciente. Esperaba que no
estuviera viendo nada de esto. Se despertaría eventualmente, y el horror
de lo él que encontraría la impulsó hacia adelante.
Annabel retrocedió. Sus pies resbalaron y cayó al piso. Levantó su
cabeza cuando Emma surgió frente a ella. Su rostro era una máscara de
miedo.
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Emma escuchó la voz de Arthur en su cabeza. La piedad es mejor
que la venganza. Pero era más débil que los susurros de Julian o el llanto
de Dru.
Bajó a Cortana, atravesando el aire con su hoja… pero sólo cortó
aire, humo del color de la tinta surgido de la ventana detrás de Annabel.
Tuvo la fuerza de una explosión, la ola expansiva lanzó a Emma hacia
atrás. Tropezando sobre sus rodillas, observó una figura en movimiento
dentro del humo –el brillo del oro, el destello de un símbolo quemaba su
cerebro: una corona, partida a la mitad.
El humo desapareció y Annabel desapareció con él.
Emma curvó su cuerpo sobre Cortana, acercando la espada, su
alma corroída con desesperación. A su alrededor podía escuchar las
voces alzándose en la habitación, llantos y gritos. Podía ver a Mark
doblado sobre Ty, que estaba encorvado en el piso. Los hombros de Mark
se sacudían. Helen estaba batallando contra la multitud, camino hacia
ellos. Dru estaba en el piso, llorando sobre sus manos. Alec estaba
desplomado sobre las puertas del Salón, observando la devastación.
Y allí en frente de ella estaba Julian, sus ojos y oídos cerrados para
nada que no fuera Livvy, su cuerpo acunado contra él. Ella parecía un
montón de frágiles cenizas o nieve, la blanca pluma del ala de un ángel. El
sueño de una niña pequeña, el recuerdo de una hermana levantando sus
brazos: Julian, Julian, cárgame.
Pero el alma, el espíritu que la hacía ser Livvy ya no estaba allí: era
algo que se había ido a un lugar lejano e intocable, incluso cuando Julian
pasó sus manos por su cabello una y otra vez y le rogó que despertara y lo
mirara sólo una vez más.
Por encima del Salón del Consejo, el reloj dorado comenzó a marcar
la hora.

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