25

25
Respigno y suspiro
Traductora: Lilly
Corrector: Fer Vorpahl
Revisor final: Theresa Gray
Ejército Nefilim Latinoamérica
Gwyn no entraría en el Instituto.
Kit no sabía si se debía a principios o preferencias, pero a pesar de
que su brazo sangraba, manchando el costado de su armadura gris, el
líder de la Cacería Salvaje solo negó con la cabeza cuando Alec lo invitó
cordialmente al Instituto.
—Soy el director del Instituto de Londres, así sea temporalmente —
dijo Alec. — Tengo el poder de invitar a quien quiera a pasar.
—No puedo quedarme —objetó Gwyn. —Hay mucho por hacer
Había comenzado a llover. Alec estaba en el tejado junto a Mark,
quien recibió a Livvy y a Ty con una mezcla de terror y alivio. Los mellizos
estaban de pie junto a sus hermanos, sus brazos alrededor de los hombros
de Livvy y sus manos palmeando la manga de Ty.
Nadie recibió a Kit de esa manera. Se mantuvo al margen,
observando. El jinete a lomos del caballo des el río, Gwyn parecía capaz
de convocar caballos del aire como un mago, era un borrón. Ty y Livvy
habían cabalgado con Diana y Kit enganchado tras Gwyn, colgándose
desesperadamente de su cinturón y tratando de no caer del caballo al
Támesis.
—No puedo quedarme rodeado de todo este hierro frío —dijo Gwyn
y se veía algo enfermo, en la opinión de Kit. — Y, ustedes, Blackthorn,
deberían entrar al Instituto, dentro de sus muros estarán a salvo.
— ¿Qué hay de Emma y Jules? —dijo Livvy. — Ellos pueden estar
afuera, los Jinetes pueden estar buscándolos…
—Magnus fue a buscarlos —le aseguró Alec. — Él se asegurará de
que estén bien.
Livvy asintió seriamente, pero seguía viéndose preocupada.
563
—Podríamos necesitar tu ayuda, Diana —dijo Alec. — Enviaremos a
los niños a Alicante tan pronto regrese Magnus.
— ¿Qué niños? —preguntó Diana. Ella tenía una voz suave y baja;
ahora era dura por el cansancio. — ¿Tus hijos o…?
—Tavvy y Drusilla también —dijo Alec. Sus ojos en Livvy y Ty: Kit
suponía que tenía sus preferencias, Alec se llevaría también a los gemelos,
pero no creía que ellos lo aceptaran.
—Ah —dijo Diana. — ¿Podría sugerir que en lugar de tomar
residencia con el Inquisidor, se quedaran conmigo en la Calle Flintlock?
Sería mejor que la Cohorte no supiera están ahí.
—Lo mismo pensé —dijo Alec. — Mejor mantenerlos fuera del radar
de los Dearborn y los de su clase, especialmente, antes de la reunión del
Consejo. —Él frunció el ceño. — Y con suerte, lograremos deshacer el
encantamiento en Mark y Cristina antes de que tengamos que irnos. De
otra forma, no podremos…
—Uno de los Jinetes fue asesinado —dijo Kit.
Todos lo miraron fijamente. No estaba seguro del porqué habló. El
mundo parecía oscilar a su alrededor y cosas extrañas parecían
importantes.
—Lo recuerdo —continuó diciendo. — Por eso se marcharon al final.
Uno de ellos murió y los otros pudieron sentirlo. Quizá Julian y Emma los
enfrentaron y ganaron.
—Nadie puede matar a los Jinetes de Mannan —dijo Gwyn.
—Emma podría —dijo Livvy. — Si Cortana…
Kit soltó un lamento. Fue repentino y no lo había esperado. Un
momento estaba de pie, al otro, de rodillas en un frío charco,
preguntándose el porqué no podía levantarse.
— ¡Kit! —gritó Diana. — Alec, se golpeó la cabeza durante la batalla,
dijo que no le dolía pero…
Alec ya estaba inclinándose sobre él. Era más fuerte de lo que se
veía. Sus brazos envolvieron a Kit; un dardo caliente atravesó la cabeza de
Kit cuando lo movieron, misericordiosa grisura lo se cerró a su alrededor.
564
*** ***
Yacieron en la cama, en la oscuridad del ocaso, la cabeza de
Emma en el pecho de Julian. Podía sentir el corazón de él latir a través del
suave material de su camiseta.
Se habían secado el cabello con toallas, puesto ropa seca y se
enrollaron bajo una capa de mantas. Sus pies enredados juntos, Julian
corría lentamente los dedos a través de su cabello liso.
—Dime —dijo él. — Había algo que querías decirme y te detuve. —Él
hizo una pausa. — Dímelo ahora.
Ella dobló los brazos sobre su pecho, descansando la barbilla en
ellos. Había relajación en las curvas del cuerpo de él alrededor de ella,
pero su expresión era más que curiosa: ella podía ver la intensidad en el
fondo de su mirada, él necesitaba saber. Para darle sentido a todas las
piezas que no lo tenían.
—Nunca salí con Mark —dijo ella. — Era todo mentira. Le pedí que
fingiera salir conmigo, dijo que me debía su vida, así que aceptó. Nunca
fue real.
Los dedos de él se congelaron en el cabello de ella. Emma tragó.
Ella había pasado por todo eso sin pensar si Julian la odiaría al final. De otra
forma, nunca habría podido terminar.
— ¿Por qué harías algo así? —dijo él con cuidado. — ¿Por qué Mark
aceptaría herirme?
—Él no sabía que te hacía daño —dijo Emma. — No sabía que hubo
algo entre nosotros… No hasta que fuimos a Féera. Lo descubrió y me dijo
que termináramos la farsa. Por eso lo dejé en Londres. A Mark no le
importaba. No nos sentíamos de esa forma.
—Así que Mark no sabía —dijo él. — ¿Por qué lo hiciste, entonces? —
Sostuvo una mano en alto. — Olvídalo, sé la respuesta: para dejar de
amarme. Para destrozarnos. Incluso sé por qué escogiste a Mark.
—Desearía que hubiera podido ser alguien más…
—Nadie más me habría hecho odiarte —dijo él con voz plana. —
Nadie más me habría hecho rendirme. —Se sostuvo sobre los codos,
mirando hacia abajo a ella. — Hazme entender. Me amas y te amo, pero
querías destruirlo todo. Estabas tan determinada en lograrlo que incluiste a
Mark, lo que sé que no harías a menos que estés desesperada. ¿Qué te
565
hizo estar tan desesperada? Sé que el amor entre parabatai está
prohibido, pero es una ley estúpida…
—No es —dijo ella. — Una ley estúpida.
Él parpadeó. Su cabello seco ahora.
—Lo que sea que sepas, Emma —dijo él en voz baja. — Es hora de
que me digas.
Y así hizo. Sin dejar nada fuera. Le dijo lo que Malcolm a ella sobre la
maldición parabatai, que él estaba siendo misericordioso, matándola,
cuando, de otra forma Julian y ella se verían morir. Cómo los nefilims
odiaban el amor. Jem confirmándolo: el terrible destino que esperaba a los
parabatai que se enamoraban; muerte y destrucción que traerían
alrededor de ellos. Cómo ella sabía que ninguno de los dos podrían
convertirse en mundanos ni en Subterráneos para romper el vínculo: como
ser cazadores de sombras era parte de sus almas y seres, cómo el exilio de
sus familias los destruirían.
La luz del fuego arrojaba un brillo dorado oscuro por la cara de
Julian, su cabello, pero ella podía ver lo pálido que estaba por debajo de
ello y la austeridad tomó su rostro a medida que ella hablaba, como si las
sombras se volvieran más duras. Afuera, la lluvia caía incesante.
Cuando ella terminó, se instaló un largo silencio. La boca de Emma
estaba seca, como si hubiera estado comiendo algodón. Finalmente, ella
no pudo soportarlo por más tiempo y se movió hacia él, golpeando una
almohada que cayó al suelo.
—Jules…
Él alzó una mano.
— ¿Por qué no me dijiste nada de esto?
Ella lo miró, miserablemente.
—Por lo que me dijo Jem. Descubrir que lo que teníamos estaba
prohibido por buenas razones solo lo hizo peor. Créeme, saber lo que sé no
me hizo amarte menos.
Los ojos de él eran de un azul oscuro y una chispa de luz que lucía
como los de Kit.
—Así que decidiste que me harías odiarte.
566
—Lo intenté —susurró ella. — No sabía qué más hacer.
—Pero nunca podría odiarte. Odiarte sería como odiar la idea de
cosas buenas sucediendo en el mundo. Sería la muerte. Creí que no me
amabas, Emma, pero nunca te odié.
—Y yo pensé que no me amabas.
—Y no hizo ninguna diferencia. ¿Lo hizo? Aún nos amamos. Entiendo
que estuvieras mal por lo que hicimos en la Iglesia Porthallow, ahora.
Ella asintió.
—La maldición te hace más fuerte antes de volverte destructivo.
—Me alegra que me dijeras. —Tocó la mejilla de ella, su cabello. —
Ahora sabemos que nada de lo que hagamos cambiará cómo nos
sentimos. Tenemos que encontrar otra solución
Había lágrimas en el rostro de Emma, pero ella no recordaba
comenzar a llorar.
—Pensé que si dejabas de amarme, tú estarías triste por un rato. Y si
yo estaba triste para siempre, estaría bien. Porque tú estarías bien, seguiría
siendo tu parabatai. Y si tú podías ser feliz, yo podría serlo, eventualmente,
por ti.
—Eres una tonta —dijo Julian.
Puso sus brazos alrededor de ella y frotó sus brazos, los labios de él
contra los labios de ella y susurró, la forma en que susurraba cuando Tavvy
tenía pesadillas, que ella era valiente por hacer lo que había hecho, que lo
arreglarían juntos, encontrarían la forma. Y aunque Emma veía que no
había salida para ellos, se relajó contra su pecho, permitiéndose sentir
alivio por compartir la carga, solo por ese momento.
—No puedo enojarme. Hay algo que debo decirte también.
Ella se irguió.
— ¿Qué es?
Él estaba jugueteaba con su brazalete de cristales. Ya que Julian
raramente expresaba la ansiedad de modos visibles, Emma sintió su
corazón golpear.
567
—Julian, dime.
—Cuando fuimos a Féera —dijo él en voz baja. — El puca me dijo
que si entraba en las Tierras, me encontraría con alguien que sabría cómo
romper el vínculo parabatai.
El golpeteo del corazón de Emma se convirtió en un rápido latido
contra el interior de su caja torácica.
Ella se sentó erguida.
— ¿Dices que sabes cómo romperlo?
Él negó.
—Sucedió lo que dijo: Encontré a alguien que sabía cómo romperlo.
La Reina Seelie, para ser preciso. Ella me dijo que sabía que podía hacerse,
pero no cómo.
— ¿Es eso parte de regresar el libro? Le damos el Libro Negro, ¿y ella
nos dice cómo romper el vínculo?
Él asintió, mirando hacia el fuego.
—No me dijiste —dijo ella. — ¿Creías que no me interesaría?
—En parte —admitió él. — Si tú no querías romper el vínculo,
entonces tampoco yo. Prefiero ser tu parabatai a no ser nada.
—Jules… Julian…
—Y hay más —dijo él. — Ella me dijo que habría un precio que pagar.
Por supuesto que habría un precio. Siempre había un precio cuando
las hadas estaban involucradas.
— ¿Qué tipo de precio? —susurró Emma,
—Romper el vínculo incluye usar el Libro Negro para desenterrar la
raíz de la ceremonia parabatai —dijo Julian. — Rompería nuestro vínculo,
sí, pero también cada vínculo parabatai en el mundo. Todos se romperían.
No existirían más parabatai
Emma lo miró completamente atónita.
—No podemos hacer eso. Alec y Jace… Clary y Simon… hay tantos
más…
568
— ¿Crees que no lo sé? Pero no podía no decirte. Tenías derecho a
saberlo.
Emma se sentía como si apenas pudiera respirar.
—La Reina…
Una explosión hizo eco a través de la habitación, como si alguien
hubiera encendido un petardo. Magnus Bane apareció en la cocina,
envuelto en un largo abrigo negro, su mano derecha brillando con chispas
de fuego azul, su expresión turbulenta.
— ¿Por qué en nombre de los Nueve Príncipes del Infierno ninguno
de ustedes responde su celular? —preguntó él
Emma y Julian estaban boquiabiertos. Luego de un momento,
Magnus también lo estaba.
—Por Dios —dijo él. — ¿Ustedes…?
No terminó su pregunta. No tenía que hacerlo.
Emma y Julian gatearon fuera de la cama. Estaban mayormente
vestidos, pero Magnus los veía como si los hubiera atrapado in fraganti.
—Magnus —dijo Julian. Él no siguió sus saludos diciendo que no era lo
que parecía o que Magnus se estaba haciendo la idea equivocada. —
¿Qué pasa? ¿Está algo mal en casa?
Magnus se veía, en ese momento, como si estuviera sintiendo su
edad.
—Parabatai —dijo y suspiró. — Sí, algo está mal. Debemos volver al
Instituto. Recojan sus cosas y prepárense para partir.
Se inclinó contra la isla de la cocina, cruzándose de brazos. Vestía
una clase de gran abrigo con muchos niveles de cortas capas a su
espalda. Estaba seco, había llegado en un Portal desde dentro del
Instituto.
—Hay sangre en tu espada, Emma —dijo él, mirando a Cortana
apoyada de la pared.
—Sangre de hadas —dijo Emma. Julian se estaba poniendo el suéter
y corría sus dedos por su cabello salvaje.
569
—Cuando dices sangre de hada, te refieres a sangre de Jinete,
¿cierto?
Emma vio a Julian comenzar:
—Nos estaban buscando, ¿cómo lo sabes?
—No solo los buscaban a ustedes. El Rey los envió para que
encontraran el Libro Negro. Tienen instrucciones de cazarlos a todos. A
todos los Blackthorn.
— ¿Para cazarnos? —preguntó Julian. — ¿Alguien está herido? —
Cruzó la habitación hacia Magnus, casi como si pretendiera tomar al brujo
por la camisa y sacudirlo—- ¿Alguien de mi familia está herido?
—Julian. —La voz de Magnus era firme. — Todos están bien. Pero los
Jinetes vinieron. Atacaron a Kit, Livvy y Ty.
— ¿Están todos bien? —preguntó Emma ansiosa, metiendo los pies
dentro de sus botas
—Sí. Recibí un mensaje de fuego de Alec —dijo Magnus. — Kit tiene
una contusión en la cabeza. Ty y Livvy ni un rasguño, pero tuvieron suerte:
Gwyn y Diana intervinieron.
— ¿Diana y Gwyn? ¿Juntos? —Emma estaba perpleja.
—Emma mató a uno de los Jinetes —dijo Julian. Estaba recogiendo
el portafolio de Annabel, los diarios de Malcolm, metiéndolos en su bolso.
— Escondimos su cuerpo arriba en el acantilado, probablemente no
debimos ahí.
Magnus silbó entre dientes.
—Nadie ha matado un Jinete de Mannan en… Bueno, en toda la
historia que conozco.
Emma se estremeció, recordando el frío sentimiento cuando la hoja
había pasado a través del cuerpo de Fal.
—Fue horrible.
—El resto de ellos no se han ido para siempre —dijo Magnus. —
Regresarán.
Julian cerró su bolso y el de Emma.
570
—Debemos llevar a los niños a algún lugar seguro. Algún lugar donde
los Jinetes no los encuentren
—Ahora mismo, el Instituto es el lugar más seguro fuera de Idris —
dijo Magnus. — Tiene salvaguardas y tendrá salvaguardas de nuevo.
—Esta cabaña es segura también —dijo Emma, colgándose la
mochila del hombro. Era el doble de pesada de lo que fue antes de
sumarle los libros de Malcolm. — Los Jinetes no pueden acercarse; ellos lo
dijeron.
—Muy considerado de Malcolm — dijo Magnus. — Pero quedarían
atrapados en esta casa si se quedan y no puedo imaginar querrían no se
capaces de dejar estas cuatro paredes.
—No —dijo Julian pero en voz muy queda.
Emma podía ver a Magnus recorrer con su mirada el interior de la
cabaña. El desastre de tazas que no habían limpiado, los signos de Julian
cocinando, el desastre de sábanas, los restos del fuego en la chimenea. Un
lugar construido por y para dos personas que se aman y no lo tenían
permitido.
—Supongo que no.
Había simpatía en los ojos de Magnus cuando miró a Julian y luego a
Emma.
—Todos los sueños terminan al despertar —dijo él. — Ahora, vamos.
Abriré un Portal a casa.
*** ***
Dru miró la lluvia golpear las ventanas de su habitación. Afuera,
Londres era un borrón, el brillo de las luces de la calle se expandía por la
lluvia hasta convertirse en pétalos amarillos de diente de león de luz
coronando alargados postes de metal.
Ella había estado en la biblioteca lo suficiente para decirle a Mark
que estaba bien, antes de que él se preocupara por Cristina y fuera a
buscarla. Cuando ambos regresaron, el estómago de Dru se apretó por el
miedo. Ella había estado segura de que Cristina le diría… les diría a todos
sobre Jaime, contaría su secreto, contaría los de él.
La expresión de Cristina no era tranquilizadora tampoco.
571
— ¿Puedo hablar contigo, Dru?
Dru asintió y bajó su libro. No lo había estado leyendo, de cualquier
forma. Mark se había ido con Kieran y los niños y Dru siguió a Cristina fuera,
hacia el salón.
—Gracias —dijo Cristina, tan pronto como la puerta se cerró—, por
ayudar a Jaime.
Dru aclaró su garganta. Que le agradeciera parecía una buena
señal. Al menos, una de que Cristina no estaba enojada. Quizá.
Cristina sonrió. Tenía hoyuelos. Dru inmediatamente deseó tenerlos
también. ¿Los tenía? Tendría que revisar luego. Aunque sonreírse a sí misma
en el espejo era algo extraño.
— No te preocupes. No le diré a nadie que estuvo aquí, ni que lo
ayudaste. No pudo ser sencillo, soportarlo como lo hiciste.
—No me molestaba —dijo Dru. — Él me escuchaba.
Los ojos de Cristina estaban tristes.
—El solía escucharme también.
— ¿Estará bien?
—Eso creo —dijo Cristina . — Siempre ha sido inteligente y cuidadoso.
—Ella tocó la mejilla de Dru. — Te haré saber lo que escude de él.
Y eso fue todo. Dru regresó a su habitación, sintiéndose vacía. Sabía
que debía seguir en la biblioteca, pero necesitaba un lugar donde pudiera
pensar.
Se sentó en el borde de su cama, batiendo las piernas. Quería que
Jaime estuviera allí para tener alguien con quien hablar. Quería hablar de
que Magnus se veía cansado, Mark estaba estresado, ella preocupada
por Julian y Emma. Quería hablar de que extrañaba su casa, el olor del
océano y el desierto.
Balanceó las piernas con más fuerza y su talón golpeó contra algo.
Se agachó y se sorprendió de encontrar el bolso cilíndrico de Jaime bajo su
cama. Lo haló para sacarlo debajo del colchón. Ya estaba abierto.
572
Debía haberlo empujado allí con prisa cuando Cristina entró pero,
¿por qué dejarlo? ¿Significaba que tenía planeado regresar? ¿O solo dejó
atrás lo que no necesitaba?
Ella no pretendía mirar dentro, o eso se dijo a sí misma luego. No era
que necesitara saber si él regresaría. Fue solo un accidente. Las cosas
dentro eran un manojo de ropa de chico, un montón de jeans y camisetas,
algunos libros, estelas desarmadas, cuchillos serafines inactivos, un balisong
no muy diferente a los de Cristina, algunas fotos. Y algo más, algo que
resplandecía tan brillante que ella pensó era una luz mágica, pero la
iluminación era menos blanca. Esto brillaba con una chispa, profundo color
oro, como la superficie del océano. Antes de saberlo, su mano estaba
sobre eso. Se sintió ponerse de pie de un tirón, como si estuviera siendo
succionada dentro de un Portal. Ella estiró su mano hacia atrás pero ya no
estaba tocando nada. Ya no estaba en su habitación en absoluto. Ella
estaba bajo la tierra, en un largo corredor excavado en la tierra. Las raíces
de árboles crecían dentro del espacio, como lazos rizados en caramente
envueltos regalos. El corredor se estiraba a ambos lados de ella hasta
sombras que se profundizaban como ninguna sombra hacía sobre la tierra.
El corazón de Dru estaba golpeando. Un terrible sentimiento de
irrealidad la embargó. Era como si hubiera viajado por un Portal, pero no
tenía idea donde había llegado, sin ningún sentimiento de familiaridad.
Incluso el aire olía a algo extraño y oscuro, un tipo de esencia que no
había respirado antes.
Dru se estiró, automáticamente, por las armas en su cinturón, pero no
había nada ahí. Fue completamente desarmada, en solo un jean y
camiseta con gatos en ella. Ahogó una risa histérica y se movió para
presionarse contra la pared del corredor bajo tierra, manteniéndose en las
profundidades de las sombras.
Luz apareció al final del salón. Dru podía escuchar altas y dulces
voces en la distancia. Su charla como parloteo de aves. Hadas.
Ella se movió a ciegas en la dirección contraria, casi cayendo de
espalda cuando la pared dio paso a una cortina, Ella se tambaleó,
encontrándose en una larga habitación de piedra.
Las paredes eran cuadrados verdes de mármol, recorrido por
gruesas líneas negras como venas. Algunos cuadrados estaban excavados
con patrones dorados: un halcón, un trono, una corona dividida en dos
piezas.
573
Habían armas en la habitación, cubriendo la superficie de diferentes
mesas: espadas y dagas de cobre y bronce, garfios, espinas y mazas de
todo tipo de metal menos hierro.
También había un chico en la habitación. Un chico de su edad,
quizá trece. Él giró cuando ella entró y la miraba fijamente, atónito.
— ¿Cómo te atreves a entrar en esta habitación? —Su voz era filosa,
imperiosa.
Vestía ropa elegante, seda y terciopelo, pesadas botas de cuero. Su
cabello era rubio casi blanco, el color de la luz mágica. Era corto y una
pálida banda de metal le rodeaba la cabeza a nivel de las cejas.
—No fue mi intención. —Dru tragó. — Yo solo quería salir de aquí. Eso
es todo lo que quiero.
Los ojos verdes de él quemaron.
— ¿Quién eres? —Él dio un paso al frente, empuñando una daga de
la mesa a su lado. — ¿Eres una cazadora de sombras?
Dru alzó su barbilla y miró fijamente hacia él.
— ¿Quién eres tú? —preguntó ella. — ¿Y por qué eres tan grosero?
Para su sorpresa, él sonrió y había algo familiar en él.
—Soy llamado Ash —dijo él. — ¿Te envió mi madre? —Sonaba
esperanzado. — ¿Está preocupada por mí?
— ¡Drusilla! —dijo una voz. — ¡Dru! ¡Dru!
Dru miró alrededor, confundida: ¿De dónde venía esa voz? Las
paredes de la habitación comenzaron a oscurecerse, derretirse y
compactarse. El chico de ropa elegante con su afilada cara de hada la
miró, confundido, la daga alzada mientras más agujeros se abrían
alrededor de ella: en las paredes, el suelo. Ella chilló cuando el suelo cedió
debajo de ella y cayó en la oscuridad.
El torbellino de aire la atrapó de nuevo, el frío girando como casi un
Portal, y, entonces, ella golpeó de regreso a la realidad en el piso de su
habitación. Ella estaba sola. Ella jadeó y se ahogó, tratando de levantarse
sobre sus rodillas. Su corazón se sentía como si iba a saltar fuera de su
pecho.
574
Su mente giraba, el terror de estar bajo tierra, el terror de no saber si
regresaría alguna vez a casa, el terror de un lugar extraño y, así, las
imágenes se deslizaron fuera de su alcance, como si hubiera intentado
sostener agua o viento. ¿Dónde estaba? ¿Qué pasó?
Ella se alzó sobre sus rodillas, sintiéndose enferma y nauseabunda.
Ella parpadeó para sacudirse el mareo. Había ojos verdes en el fondo de
su visión, ojos verdes. Y vio que el bolso de Jaime se había ido. Su ventana
se mantenía abierta, el suelo mojado por debajo. Él tuvo que haber
entrado y salido mientras ella estuvo… ida. ¿Pero adónde había ido? No lo
recordaba.
— ¡Dru! —La voz llamó otra vez. La voz de Mark. E impacientes toques
a su puerta. — Dru, ¿no me oyes? Emma y Jules volvieron.
*** ***
—Ahí — dijo Diana, revisando el vendaje en el brazo de Gwyn por
última vez. — Desearía poder ponerte un iratze, pero…
Ella dejó que su voz se apagara, sintiéndose tonta. Ella era la que
insistió en ir a sus habitaciones en Alicante para poder vendarle las heridas
y Gwyn había estado callado desde entonces.
Él golpeó los flancos de su caballo luego de haber trepado por la
ventana, enviándolo derecho al cielo.
Ella se preguntaba si había sido la decisión correcta llevarlo allí,
mientras él escrutaba su habitación, ojos bicolores asimilando todos los
rastros visibles en su habitación: las tazadas de café usadas, el pijama
arrojado en una esquina, el escritorio manchado de tinta. Solo había
dejado pocas personas entrar en su espacio personal por tantos años,
mostrando solo lo que ella quería mostrar, controlando el acceso a su ser
interior tan cuidadosamente. Nunca pensó que el primer hombre que
permitiría entrar en su habitación en Idris sería un extraño pero hermoso
hada, pero ella sabía cuando él dio un respingo violentamente al él
sentarse en su cama que había tomado la decisión correcta.
Ella apretó los dientes, sintiendo él dolor en él al quitarle la armadura
como corteza. Su padre siempre tuvo vendas de más en el baño; cuando
ella regresó de su viaje a buscarlas, gasa en mano, encontró a Gwyn, sin
camisa y luciendo gruñón hacia las arrugadas mantas de ella, su cabello
marrón era casi del mismo color de las paredes de madera. Su piel era
varios tonos más pálidos, lisos y tensos sobre huesos que eran solo sombras
extrañas.
575
—No necesito ser atendido —dijo él. — Siempre he vendado mis
propias heridas.
Diana no respondió, se sentó detrás de él al trabajar, se dio cuenta
que era lo más cerca que había estado de él. Ella pensaba que su piel
sería como corteza de árbol, como su armadura, pero no lo era: Se sentía
como cuero, del tipo más suave como el usado para las vainas de
delicadas cuchillas.
—Todos tenemos heridas que es mejor las atienda alguien más —dijo
ella, poniendo a un lado la caja de vendas.
— ¿Y tus heridas?
—No fui herida. —Ella se levantó, ostentosamente para probarle que
estaba bien, caminando y respirando. Parte de ello, era también poner
algo de distancia entre ellos. El corazón de ella se estaba saltando latidos
en una forma que ella no confiaba.
—Sabes que no me refería a eso —dijo él. — Veo cuánto te
preocupas por esos niños. ¿Por qué no te ofreces como directora del
Instituto? Serías una mejor líder de lo que fue Arthur Blackthorn.
Diana tragó, aunque su boca estaba seca.
— ¿Acaso importa?
—Importa porque desearía conocerte — dijo él. — Te besaría, pero
te alejarías de mí; Conocería tu corazón, pero lo ocultas en las sombras. ¿Es
que no me quieres ni deseas? Porque, en ese caso, no te molestaré más.
No lo dijo con la intención de hacerle sentir culpa, era un plano
establecimiento de hechos.
Si él hubiera hecho una petición más emocional, quizá, ella no
habría respondido. Ella se encontró cruzando la habitación, tomando un
libro de la repisa junto a su cama.
—Si crees que oculto algo, supones bien —dijo ella. — Pero dudo sea
lo que crees.
Ella levantó su barbilla, pensando en la diosa guerrera con la que
compartía su nombre, quien no tenía nada por lo que disculparse.
—No es nada que hice mal. No me avergüenza; No tengo motivos
para estarlo. Pero la Clave… —Ella suspiró. — Aquí, toma esto.
576
Gwyn tomó el libro, su cara solemne.
—Es un libro de leyes.
Ella asintió.
—Las leyes de investidura. Detalla las ceremonias por las que los
Cazadores de Sombras toman nuevas posiciones: Cómo se jura para ser
Cónsul o Inquisidor o director del Instituto. —Ella se inclinó hacia él,
abriendo el libro en una página bien examinada. — Aquí. Cuando se jura
para ser director de un Instituto, se debe sostener la Espada Mortal y
responder las preguntas del Inquisidor. Las preguntas están en la ley. Nunca
cambian.
Gwyn asintió.
— ¿Cuáles son las preguntas? ¿Qué no quieres responder?
—Finge ser el Inquisidor —dijo Diana, como si él no hubiera hablado.
— Haz las preguntas y yo responderé como si sostuviera la Espada,
completamente honesta.
Gwyn asintió. Sus ojos oscuros con curiosidad y algo más al comenzar
a leer en voz alta.
— ¿Eres una Cazadora de Sombras?
—Sí —respondió Diana.
— ¿Por nacimiento o Ascensión?
—Nací Cazadora de Sombras.
— ¿Cuál es el nombre de tu familia?
—Wrayburn.
— ¿Y cuál es el nombre que se te dio al nacer? —preguntó Gwyn.
—David —dijo Diana. — David Laurence Wrayburn.
Gwyn se veía confundido.
—No lo entiendo.
577
—Soy una mujer — dijo Diana. — Siempre lo he sido. Siempre supe
que era una mujer, sin importar lo que dijeran los Hermanos Silenciosos a
mis padres, sin importar la contradicción de mi cuerpo.
» Mi hermana, Aria, también lo sabía. Ella lo sabía desde el momento
en que pude hablar. Pero mis padres… —Ella se detuvo. — No eran crueles,
pero no conocían las opciones. Me dijeron que podía vivir como yo misma
en casa, pero en público ser David. El chico que yo sabía no era.
Mantenerme fuera del radar de la Clave.
»Sabía que sería vivir una mentira. Era un secreto que guardábamos
los cuatro. Aún así, cada año perdía las esperanzas. Me aislé de los demás
Cazadores de Sombras de mi edad. A cada momento, despierta y
dormida, me sentía ansiosa e incómoda. Temía nunca ser feliz. Entonces,
cumplí dieciocho. Mi hermana tenía diecinueve y viajamos juntas a
Tailandia juntas para estudiar en el Instituto de Bangkok. Ahí conocí a
Catarina Loss.
—Catarina Loss —dijo Gwyn. — Ella sabe. Que tú eres… que eras… —
Él frunció el ceño. — Lo siento, no sé cómo decirlo, ¿Qué fuiste llamada
David por tus padres?
—Ella lo sabe —dijo Diana. — No lo sabía en ese momento. En
Tailandia, viví como la mujer que soy. Me vestí como yo misma. Era feliz. Por
primera vez en mi vida fui libre. Escogí un nombre que reflejara mi libertad.
La tienda de armas de mi padre siempre se llamó La Flecha de Diana, por
la diosa de la casa, quién era orgullosa y libre. Me llamé Diana. Soy Diana.
Tomó una respiración irregular.
—Y entonces mi hermana y yo salimos a explorar la isla donde se
rumoreaban habitaban los demonios Thotsakan. Resultó que no eran
demonios en absoluto sino apariciones… demonios hambrientos. Docenas
de ellos. Los enfrentamos, pero ambas acabamos heridas. Catarina nos
rescató. Me rescató. Desperté en una pequeña casa no muy lejos,
Catarina nos cuidó. Sabía que había visto mis heridas, que había visto mi
cuerpo. Sabía que lo sabía…
—Diana —dijo Gwyn en su voz profunda y extendió una mano. Diana
negó.
—No lo hagas o no podré terminar. —Sus ojos ardían por lágrimas no
derramadas. — Halé los girones de mi ropa para cubrirme y grité por mi
hermana. Pero ella estaba muerta. Había muerto mientras Catarina la
atendía. Ahí me rompí por completo, lo había perdido todo. Mi vida
578
destruida. Eso fue lo que pensé. —Una lágrima solitaria corrió por su mejilla.
— Catarina me cuido hasta estar sana y cuerda. Estuve en esa cabaña
con ella por semanas y ella habló conmigo. Me dio palabras que nunca
tuve, como un regalo. Era la primera vez que oía la palabra “transgénero”.
Yo rompí en llanto.
»Nunca me había dado cuenta cuanto puedes quitarle a una
persona al no permitirle usar las palabras que necesitan para describirse.
¿Cómo puedes saber que hay otros como tú, cuando ni siquiera tienes un
nombre para llamarte? Yo debía saber que habían otros cazadores de
sombras transgénero. Que existieron en el pasado y lo hacen ahora. Pero
no hay forma de buscarlos, sería peligroso preguntar. —Una chispa de
rabia por las injusticias antiguas agilaron su voz. — Entonces, Catarina me
habló de la transición. Que podía vivir como yo misma, del modo que
necesitaba y ser reconocida por quien soy. Sabía que era lo que quería.
»Fui con Catarina a Bangkok, pero no como David, fui como Diana. Y
no volví como cazadora de sombras. Viví con Catarina en un pequeño
apartamento. Le dije a mis padres de la muerte de Aria y que era Cristina
ahora: Ellos respondieron que le dijeron al Consejo que David fue quien
murió. Que me amaban y lo entendían, pero debía permanecer entre los
mundanos por buscar doctores mundanos y estaba contra la Ley.
»Era muy tarde para mí para detenerlos. Le habían dicho a la
Clave David murió en la isla, peleando con las apariciones. Le dieron a
David la muerte de mi hermana, una muerte con honor. Deseaba que ellos
no hubieran mentido, pero debían vestir el blanco por el hijo que se fue,
incluso si él nunca existió. No podía negárselo.
»Catarina había trabajado como enfermera por años. Sabía de
medicinas mundanas. Ella me llevó a una clínica en Bangkok. Conocí otros
como yo. Ya no estaba sola. Estuve allí por tres años. No planeaba volver a
ser cazadora de sombras de nuevo. Lo que conseguí era demasiado
precioso. No podía arriesgarme a que se descubriera mi secreto, ser
llamada por un nombre masculino, tener que negar quien era.
»A través de los años, Catarina me guió por procedimientos médicos
que me dieron un cuerpo en cuya piel sentirme cómoda. Ella escondió mis
resultados de los exámenes de los doctores para que nunca ser
confundieran por mi sangre de Cazadoras de Sombras.
—Medicina mundana. —Gwyn hizo eco. — Está prohibido, ¿no lo
está, para un Cazador de Sombras buscar tratamiento médico mundano?
¿Por qué Catarina no usó magia para ayudarte?
579
Diana negó.
—Yo no quería eso —dijo ella. — Un hechizo siempre puede ser
anulado por otro. No quería que la verdad de mi verdadera yo pudiera
disolverse con un encantamiento o pasando por la puerta mágica
equivocada. Mi cuerpo es mi cuerpo. El cuerpo en que el crecí como
mujer, al igual que todas las mujeres en sus cuerpos.
Gwyn asintió, aunque Diana no podía decir si la estaba
entendiendo.
— Entonces, a eso le temes.
Fue todo lo que él dijo.
— No temo por mí misma —dijo Diana. — Temo por los niños. Mientras
sea su tutora, puedo protegerlos de alguna forma. Si la Clave supiera lo
que he hecho, que buqué ayuda en doctores mundanos. Acabaría en
prisión bajo la Ciudad Silenciosa. O en el Basilias, en el mejor de los casos.
—¿Y tus padres? —La cara de Gwyn era ilegible, Diana deseaba que
le diera algún tipo de señal. ¿Estaba enojado? ¿Se burlaría de ella? Su
clama hacía que a Diana se le acelera el pulso. — ¿Ellos vinieron a ti?
Debiste extrañarlos.
—Temía exponerlos a Clave. —La voz de Diana se alzó. — Cada vez
que hablaban de una visita a Bangkok, los rechazaba. Y, entonces, llegó la
noticia de que murieron, asesinados por un ataque de demonios. Catarina
fue quien me lo dijo. Lloré toda la noche. No podía decirles a mis amigos
mundanos de la muerte de mis padres, porque ellos no entenderían la
razón por la que no podía regresar a casa para el funeral.
»Luego, llegaron las noticias de la Guerra Mortal y me di cuenta que
seguía siendo una cazadora de sombras. No podía dejar a Idris sufrir peligro
sin pelear. Regresé a Alicante. Le dije al Consejo que era hija de Aaron y
Lissa Wrayburn. Porque era la verdad. Ellos sabían de un hermano y una
hermana y que el hermano había muerto: di mi nombre como Diana. En el
caos de la guerra, nadie lo cuestionó. Me alcé como Diana en la batalla.
Peleé como yo misma, con una espada en mi mano y fuego de ángel en
mis venas. Supe que no podía regresar al mundo mundano. Entre mis
amigos mundanos debía ocultar la existencia de loa cazadores de
sombras. Entre los cazadores de sombras debía ocultar que usé la
medicina mundana. Sabía que de cualquier forma, tendría que ocultar
parte de mí. Escogí ser cazadora de sombras.
580
— ¿Quién más lo sabe? ¿Además de Caterina?
—Malcolm lo sabía. Hay medicina que debo tomar, para mantener
mis hormonas de mi cuerpo balanceadas. Suelo conseguirlas de Catarina,
pero hubo un tiempo que no pudo hacerla y tuve que acudir con
Malcolm. Luego de eso, él lo sabía. Nunca lo dijo abiertamente, pero
siempre fui consciente de su conocimiento. Que podía herirme.
—Que él podía herirte —murmuró Gwyn. Su cara era una máscara.
Diana podía oír su corazón batiendo en sus oídos. Era como si se hubiera
acercado a Gwyn con el corazón en la mano, en carne viva y sangrando.
Ahora, esperaba porque él mostrara los cuchillos.
—Toda mi vida he buscado el lugar para mí misma y todavía lo estoy
buscando —dijo Diana. — Por eso, he escondido cosas de las personas
que amo. Y lo escondí de ti, pero nunca he mentido sobre la verdad de mí
misma.
Lo que hizo Gwyn la sorprendió. Él se levantó de la cama, dio pasos
al frente y se arrodilló frente a ella. Lo hizo con tanta gracia, del modo que
un escudero se arrodillaba ante un caballero o un caballero ante su dama.
Había algo antiguo en el gesto, algo que llegó al corazón y núcleo del
pueblo de Féera.
—Era como lo sabía —dijo él. — Cuando te vi en las escaleras del
Instituto. Vi el fuego en tus ojos, sabía que eras la mujer más valiente que
ha puesto pie en la tierra. Solo me lastima que tan intrépida alma alguna
vez fuera herida por la ignorancia de otros.
—Gwyn…
— ¿Puedo sostenerte?
Ella asintió. No podía hablar. Se arrodilló frente al líder de la Cacería
Salvaje y le dejó tomarla entre sus amplios brazos, le dejó acariciarle el
cabello y susurrar su nombre en esa voz de él que sonaba como el rugido
de los truenos, pero era un trueno que escuchaba desde adentro de una
tibia, casa cerrada donde cada uno estaba a salvo dentro.
*** ***
581
Tavvy era el primero en sentir el regreso de Emma y Julian, por el
Portal que abrió Magnus en la biblioteca. Estaba sentado en el suelo,
desarmando sistemáticamente algunos juguetes con ayuda de Max. AL
momento en que Julian sintió el piso sólido bajo sus pies, Tavvy se levantó
de un salto y corrió hacia él chocando contra Julian como un tren fuera de
las vías.
— ¡Jules! —Él exclamó, Julian lo alzó en sus brazos, estrechándolo en
un abrazo, Tavvy se colgó de él y balbuceó sobre lo que había visto,
comido y hecho esos días. Jules sacudió el cabello de su hermano y sintió
disolverse la tensión que ni siquiera sabía llevaba sobre los hombros.
Cristina había estado sentada con Rafe, hablándole calmadamente
en español. Mark estaba en la mesa de la librería con Alec y, para sorpresa
de Julian, Kieran, había una masa de libros abiertos frente a ellos.
Cristina saltó sobre sus pies y corrió a abrazar a Emma, Livvy llegó a la
habitación corriendo, Ty seguía más calmadamente tras ella. Julian dejó a
Tavvy en el suelo, donde permaneció al lado de Julia, abrazándole las
piernas, mientras lo demás se saludaban en un borrón de abrazos y
exclamaciones.
Emma abrazaba a los gemelos, una visión que mandó un dardo de
dolor a través de la caja torácica de Julian. El terror de la separación, de
dejar de lado lo que pertenecía junto: El sueño de su familia, Emma como
su compañera, los niños como su responsabilidad.
Una mano le tocó el hombro. Era Mark, que lo miraba con
desasosiego.
— ¿Jules?
Por supuesto. Mark no se dio cuenta que Julian sabía la verdad sobre
él y Emma. Se veía preocupado, esperanzado, como un perrito que pedía
las sobras pero esperaba por ser mandado lejos de la mesa.
¿Era tan malo? Se preguntó Julian, la culpa esparciéndose por él.
Mark ni siquiera lo sabía, no había imaginado que Julian amaba a Emma.
Había estado horrorizado al descubrirlo. Mark y Emma se amaban pero no
románticamente, que era lo que Julian habría querido. Su corazón se llenó
de ternura hacia ambos por todo a lo que habían renunciado para
protegerlo, por estar dispuestos a que él los odiara si era lo que se requería.
Llevó a Mark a la esquina de la habitación. El alboroto de los saludos
estaba alrededor de ellos mientras Julian bajaba la voz.
582
—Sé lo que hiciste. Sé que nunca estuviste saliendo con Emma. Estoy
agradecido. Sé que fue por mi bien.
Mark se veía sorprendido.
—Fue idea de Emma —dijo él.
—Oh, créeme, lo sé. —Julian puso sus manos en los hombros de su
hermano. — Hiciste un buen trabajo con los niños. Magnus me dijo.
Gracias.
Mark elevó su rostro. Eso hizo que el corazón de Julian doliera todavía
más.
—No lo hice… Quiero decir, se metieron en muchos problemas…
—Los amaste y mantuviste vivos —dijo Julian. — A veces eso es lo
mejor que se puede hacer.
Julian atrajo a su hermano en un apretado abrazo. Mark hizo un
sonido ahogado con la nariz por la sorpresa antes de que sus brazos
envolvieran a Julian, medio sacando todo el aliento fuera de él. Julian
podía sentir el corazón de su hermano golpeando contra el suyo, como si
el mismo alivio y felicidad estuviera latiendo a través de su misma sangre
compartida.
Se separaron luego de un momento.
—Entonces, ¿tú y Emma…? —Mark comenzó, casi dudoso, antes de
que Julian pudiera responder, Livvy se había arrojado sobre ellos,
arreglándoselas para abrazar a Julian y Mark al mismo tiempo. La
conversación desapareció en risas.
Ty vino, más tímidamente, después de ella, sonriendo y tocando a
Julian en el hombro y, luego, sus manos, para asegurarse de que estaba
ahí. El tacto, a veces, significaba mucho más para Ty de lo que lo veía con
sus ojos.
Mark estaba diciéndole a Emma que Dru seguí en su habitación,
pero llegaría pronto. Magnus había ido con Alec, y ellos dos estaban
hablando calmadamente junto a la chimenea. Solo Kieran permanecía
donde estaba, tan silencioso y quieto junto a la mesa que bien podía
haber sido una planta decorativa. La vista de él trajo una memoria a la
cabeza de Julia, aunque él miró alrededor por cabello rubio y expresiones
sarcásticas.
583
— ¿Dónde está Kit?
Un río de explicaciones cruzadas siguió: la historia de los Jinetes en el
borde el río, Gwyn y Diana salvándolos, Kit herido. Emma describió los
cuatro Jinetes que se encontraron en Cornwall, aunque fue Julian quien
detalló cómo Emma había asesinado a uno, lo que condujo a un conjunto
de exclamaciones.
—Nunca había oído de nadie que matar a un Jinete antes —dijo
Cristina, apurándose a la mesa a tomar un libro. — Pero alguien tuvo
hacerlo.
—No. —Era Kieran, su voz calmada y baja. Había algo en su timbre
que le recordó a Julian la voz del Rey Noseelie. — Nadie lo ha hecho
nunca. Lo han existido siete, los hijos de Mannan, y han vivido desde el
principio de los tiempos. Debe haber algo especial sobre ti, Emma
Carstairs.
Emma se sonrojó.
—No lo hay.
Kieran seguí mirando a Emma con curiosidad. Él estaba en jeans y un
suéter color crema. Se veía alarmantemente humano, hasta que
realmente se examinaba su rostro y sus sorprendentes estructuras óseas.
— ¿Cómo fue matar algo tan viejo?
Emma dudó
—Fue como… ¿alguna vez has sostenido un hielo tanto tiempo que
el frío hace que te arda la piel?
Después de una pausa, Kieran asintió.
—Es un dolor mortal.
—Así se sintió.
—Así que estamos a salvo aquí —dijo Julian a Magnus, en parte,
para evitar más preguntas sobre la muerte del Jinete. — En el Instituto.
—Los Jinetes no pueden alcanzaros aquí por las salvaguardas —dijo
Magnus.
584
—Pero Gwyn pudo aterrizar en el tejado —dijo Emma. — Así que el
Pueblo Mágico no puede ser completamente dejado fuera…
—Gwyn pertenece a la Cacería Salvaje. Son diferentes. —Magnus se
agachó para levantar a Max, quien rió y le haló la corbata. — Además
dupliqué las salvaguardas alrededor del Instituto esta tarde.
— ¿Dónde está Diana? —preguntó Julian.
—Regresó a Idris. Dijo que quería mantener a Jia y el Consejo felices,
calmados y esperando por la reunión.
—Pero no tenemos el Libro Negro —dijo Julian.
—Todavía tenemos día y medio —dijo Emma—, para encontrar a
Annabel.
— ¿Sin dejar estas paredes sagradas? —dijo Mark, sentándose en el
reposabrazos de una de las sillas. — Estamos como… atrapados.
—No sé si los Jinetes saben que Alec y yo estamos aquí —dijo
Magnus. — O quizá podemos persuadir a Gwyn.
—El peligro parece mucho —dijo Emma. — No estaría bien
preguntarle por esa clase de ayuda.
—Pues yo iré a Idris con los niños. Puedo ver qué hacer puedo hacer
desde allá. —Alec se echó en una silla junto a Rafe y le agitó el cabello.
Quizá Alec podía entrar en la Mansión Blackthorn, pensó Julian. Él
estaba exhausto, sus nervios deshilachados en uno de los mejores y peores
días de su vida. La Mansión Blackthorn era probablemente el lugar en la
tierra que Annabel más había amado. Su mente comenzó a sopesar las
posibilidades.
—Annabel se interesaba por la Mansión Blackthorn —dijo él. — No la
casa Blackthorn, aquí en Londres, la familia no la tenía en ese momento. La
de Idris. La amaba.
— ¿Crees que podría estar ahí? —dijo Magnus.
—No —dijo Julian. — Odia a la Clave, odia a los cazadores de
sombras. Estaría muy asustada para ir a Idris. Solo pensaba que si estuviera
en peligro, si la casa fuera amenazada, ella saldría de su escondite.
585
Él podía decir que Emma se preguntaba el porqué él no había
mencionado que vieron a Annabel en Cornwall; él mismo se lo
preguntaba, pero sus instintos le dijeron que mantuviera el secreto un poco
más.
— ¿Sugieres que quememos la Mansión Blackthorn? —dio Ty, sus
cejas alzándose hacia el nacimiento de su cabello.
—Extrañamente —murmuró Mark—, no serían las primeras personas
en tener esa idea.
—Ty, no suenes tan emocionado —dijo Livvy.
—La piromanía me interesa —dijo Ty.
—Creo que debes haber quemado varias construcciones antes de
considerarte maniático por el fuego —dijo Emma. — Creo antes eres solo
entusiasta.
—Creo que iniciar un gran incendio atraerá atención que no
queremos —dijo Mark
—Yo no creo que tengamos muchas opciones —dijo Julian.
—Y yo creo que deberíamos comer —dijo Livvy, palpándose el
estómago. — Estoy muerta de hambre.
—Podemos discutir lo que sabemos, especialmente lo que incluye a
Annabel y el Libro Negro —dijo Ty. — Recopilar la información que
tenemos.
Magnus lanzó una mirada de soslayo a Alec.
— Después de comer, necesitamos mandar a los niños a Idris. Diana
está de pie al otro lado para ayudarnos a mantener el Portal abierto y no
quiero que espere por mucho tiempo.
Era amable de su parte, pensó Julian, hacerlo sonar como si enviar a
los niños a Alicante era un favor que le hacía Magnus a Diana y no una
precaución para protegerlos. Tavvy salió con Rafe y Max al comedor y
Julian sintió un pinchazo al darse cuenta cuánto se había perdido su
hermanito de tener amigos de su edad, incluso si él no lo sabía.
— ¿Jules? —Él miró hacia abajo para ver a Dru que caminaba a su
lado. Su cara era pálida bajo la luz mágica.
586
— ¿Sí? —Resistió sus impulsos de pellizcar sus mejillas o halar sus
trenzas. Ella había dejado de apreciar eso a los diez.
—No quiero ir a Alicante —dijo ella. — Quiero quedarme contigo.
—Dru…
Ella alzó sus hombros.
—Eras más pequeño que yo durante la Guerra Oscura. Tengo trece.
Puedes enviar a los bebés, pero no a mí. Soy Blackthorn, como tú.
—Tavvy también.
—Él tiene siete. —Dru tomó una respiración temblorosa. — Me haces
sentir como si no fuera parte de la familia.
Julian se detuvo de golpe. Dru se detuvo con él y ambos se miraron
mientras los otros entraban al comedor. Julian escuchaba a Bridget
regañarlos, al parecer, había estado esperando por ellos con la cena por
horas, aunque a ella no se le ocurrió encontrarlos y decirles.
—Dru, ¿en serio quieres quedarte?
Ella asintió.
—En serio quiero.
—Entonces, todo dicho. Puedes quedarte con nosotros.
Ella se arrojó a sus brazos. Dru no era de la clase de persona que
abrazaba y, por un momento Julian estaba muy asombrado para moverse;
entonces, puso sus brazos alrededor de ella y la estrechó contra el río de
recuerdos: Dru de bebé durmiendo en sus brazos, dando sus primeros
pasos, riendo a carcajadas mientras Emma la sostenía sobre el agua en la
playa, apenas mojándose los dedos de los pies.
—Eres el corazón de nuestra familia, mi bebé —dijo él en esa voz que
solo sus hermanos y hermanas conocían. — Te lo prometo¸ eres nuestro
corazón.
*** ***
Bridget de alguna forma aleatoria colocó sobre la mesa: pollo frío,
pan, queso, vegetales y tarta de banana y dulce de leche. Kieran tomó los
587
vegetales, mientras los demás hablan entre ellos para comparar lo que
sabían.
Emma se sentó junto a Julian. Cada cierto tiempo sus hombros
chocaban y sus manos colisionaban al estirarse para tomar algo. Cada
toque enviaba una lluvia de chispas a través de él, como una pequeña
explosión de fuegos artificiales.
Ty, sus codos sobre la mesa, tomó el control de la discusión,
explicando cómo él, Kit y Livvy encontraron el cristal aletheia y los
recuerdos atrapados en él.
—Hace doscientos años Malcolm y Annabel entraron en el Instituto
de Cornwall —explicó él, sus dedos, llenos de gracia, cortando el aire a
medida que hablaba.
Había algo diferente en Ty, pensó Julian, aunque ¿cómo podía
haber cambiado en los pocos días que estuvo alejado de él?
—Ellos robaron el Libro Negro, pero los atraparon.
— ¿Sabemos para qué lo querían? —preguntó Cristina. — No veo
cómo la necromancia los podría haber ayudado.
—Planeaban cambiarlo con alguien más —dijo Emma. — El Libro no
era para ellos. Alguien les ofreció protección de la Clave a cambio.
—Era un tiempo en que una relación entre cazadores de sombras y
nefilims podía significar la muerte para ambos —dijo Magnus. — Protección
era una oferta muy atractiva.
—No llegaron tan lejos —dijo Ty. — Fueron atrapados y arrojados en
la prisión de la Ciudad Silenciosa y el Libro Negro fue regresado al Instituto
de Cornwall. Entonces, algo extraño pasó. —Ty frunció el ceño. No le
gustaba no saber cosas. — Malcolm desapareció y dejó a Annabel para
ser interrogada y torturada.
—Él no habría hecho eso voluntariamente —dijo Julian. — La amaba.
—La gente puede traicionar a aquellos que ama —dijo Mark.
—No, Julian tiene razón —dijo Emma. — Odiaba a Malcolm más que
a nadie, pero él definitivamente no habría dejado a Annabel, nunca. Ella
era su vida entera.
—Sigue siendo lo que pasó —dijo Ty.
588
—La torturaron para sacarle información hasta que se volvió loca —
dijo Livvy. — Luego, la regresaron a su familia y ellos la asesinaron y dijeron
a todos que se convirtió en una Hermana de Hierro, pero no era cierto.
Había un nudo en la garganta de Julian. Pensó en los dibujos de
Annabel, la luminosidad en ellos, la esperanza. El amor por la Mansión
Blackthorn y por Malcolm.
—Salto al futuro, casi cien años después —dijo Emma. — Malcolm va
con el Rey Noseelie. Él descubrió que Annabel no era una Hermana de
Hierro, que fue asesinada. Está desesperado por venganza sangrienta. —
Ella se detuvo, peinándose el cabello hacia atrás con los dedos, todavía
enredado de la lluvia y viento de Cornwall. — El Rey Noseelie le dijo cómo
revivir a Annabel, pero había una trampa, Malcolm necesitaba el Libro
Negro para hacerlo y, ahora, él no lo tenía. Estaba en el Instituto de
Cornwall. Ahí se quedó hasta que los Blackthorn que llevaban ese Instituto
se mudaron a Los Ángeles y lo trajeron con ellos.
Los ojos de Ty se elevaron.
—Correcto. Y Malcolm vio su oportunidad cuando Sebastian
Morgenstern atacó y tomó el libro. Comenzó a revivir a Annabel y,
finalmente, lo logró.
—No contaba con que ella se enojaría y lo mataría —dijo Emma.
—Qué malagradecida —dijo Kieran.
— ¿Malagradecida? —dijo Emma. — Él era un asesino. Hizo bien la
matarlo.
—Puede que fuera un asesino —dijo Kieran—, pero suena a que se
volvió uno por ella. Mató para darle vida.
— Quizá ella no quería volver a la vida —dijo Alec, encogiendo los
hombros. — Él nunca le preguntó qué quería ella, ¿o sí?
Como si sintiera que la atmósfera se ponía tensa, Max comenzó a
quejarse. Con un suspiro, Alec lo levantó y sacó de la habitación.
—Estoy seguro de que es útil saber todo esto —dijo Magnus—, ¿pero
cómo nos acerca al Libro Negro?
—Quizá con más tiempo y sin los Jinetes tras nosotros —dijo Julian.
589
—Creo —dijo Kieran, lentamente, su vista sin fijarse. — Que era mi
padre.
Aparentemente, era su día para las declaraciones alarmantes. Todos
lo miraron fijamente, de nuevo.
Para sorpresa de Julian, Cristina habló.
— ¿Qué quieres decir con que era tu padre?
—Creo que era él quien quería el libro todos esos años atrás cuando
Malcolm lo robó por primera vez. Él es el hilo que atada todo esto junto.
Quería el libro entonces, lo quiere ahora.
—Porqué crees que lo quería entonces? —preguntó Julian, su voz
baja y gentil, Emma pensó que era su voz para guiar al testigo,
—Por algo que Adaon dijo. —Kieran miraba hacia sus manos. — Él
dijo que quería el libro desde que el Primer Heredero fue robado. Es una
vieja historia en Féera. El robo del primer hijo de mi padre. Pasó hace más
de doscientos años.
Cristina se veía asombrada.
— No me di cuenta que se refería a eso.
—El Primer Heredero. —Los ojos de Magnus se veían desenfocados.
— He oído esa historia, el niño no solo fue robado sino asesinado.
—Así dice la historia —dijo Kieran. — Quizá, mi padre deseaba usar la
necromancia para revivir al niño, no puedo hablar de sus motivos. Pero él
pudo haberles ofrecido a Fade y Annabel protección en las Tierras
Noseelie. Ningún cazador de sombras los habría tocado, a salvo en Féera
Emma dejó caer su tenedor con un clang
—El príncipe cabello pretencioso está en lo correcto.
— ¿Cómo me llamaste? —Kieran parpadeó.
—Lo estoy probando. —dijo Emma, sacudiendo la mano. — Dije que
tienes razón. Disfrútalo, dudo lo diga de nuevo.
—El Rey es uno de los pocos seres sobre la Tierra que pudo secuestrar
a Malcolm de la prisión de la Ciudad Silenciosa. No debe haber querido
que revelara su conexión al Consejo.
590
—Pero, ¿por qué no se llevó a Annabel también. —Un tenedor lleno
de pastel a medio camino de la boca de Livvy.
— Quizá porque Malcolm lo decepcionó al dejarse atrapar —dijo
Mark. — Quizá, quería castigarlos a ambos.
—Pero ella pudo decirlo —dijo Livvy. — Pudo decir que Malcolm
trabajaba para el Rey.
—No si ella no lo sabía —dijo Emma. — No se mencionaba en los
diarios para quien estaban robando el libro, apuesto a que tampoco lo
dijo a Annabel.
—La torturaron —dijo Ty. — Y ella no podía decir para quien era
porque no lo sabía. Tiene que ser verdad.
—Eso explica el porqué cuando descubrió que Annabel no era una
Herman de Hierro, que le habían mentido, visitó al Rey Noseelie —dijo
Julian. — Porque lo conocía.
—Entonces, antes, el Rey quería el libro para necromancia — dijo
Cristina. — Ahora, ¿lo quiere para destruir a los cazadores de sombras?
—No toda la necromancia es revivir de la muerte. —Magnus miraba
su vaso de vino junto a su plato como si ocultara algún secreto en sus
profundidades. Un momento —dijo y levantó a Rafe de la silla junto a él. Se
giró hacia Tavvy. — ¿Quieres venir a jugar con Alexander y Max?
Tras una mirada a Julian, Tavvy aceptó. El grupo dejó la habitación.
Magnus hizo gestos para avisar que regresaría.
—Esta es solo una reunión —dijo Emma. — Primero tenemos que
convencer al Consejo de que la Corte Noseelie es un peligro inmediato.
Justo ahora no pueden diferenciar qué hadas son buenas de las malas y
no les interesa intentar.
—Ahí entra el testimonio de Kieran —dijo Mark. — Y hay evidencia.
Está la sequía que encontró Diana en el Bosque Brocelind y el reporte de
cazadores de sombras que dicen pelearon contra una banda de hadas
pero sus armas no servían.
—No es mucho —dijo Livvy. — Especialmente considerando a Zara y
su desagradable pequeña banda de fanáticos. Ellos van a tratar de
591
hacerse son el poder en esta reunión, ellos tratarán de quedarse con el
Instituto. A ellos no puede importarles menos una vaga amenaza de hadas.
—Puedo hacer que la Clave le tema a mi padre —dijo Kieran. —
Pero nos tomaría a todos nosotros hacerles entender que si no desean una
nueva era de oscuridad, deben abandonar sus sueños de extender la Paz
Fría.
—No registrar brujos —dijo Ty. — No poner hombre lobos en campos.
—Los Subterráneos que tienen asiento en el Consejo todos saben de
la Cohorte —dijo Magnus, regresando sin los niños. — Si realmente se
llegara a una votación por el director del Instituto de Los Ángeles deben
traer a Maia y Lily y a mí. Tenemos derecho de votar. —Él se sentó en la
cabeza de la mesa.
—Siguen siendo solo tres votos contra la Cohorte —dijo Julian.
—Es un negocio complejo —aceptó Magnus. — Según Diana, Jia no
quiere a Zara dirimiendo el Instituto de Los Ángeles más de lo que nosotros.
Será difícil desacreditarla. Su mentira de matar a Malcolm la ha hecho
bastante popular.
Emma hizo un sonido grave con la garganta. Cristiana unió sus
manos.
—Mientras tanto —dijo Magnus—, lo que tenemos es la promesa de
la Reina de que peleará con nosotros contra una amenaza que es difícil el
Consejo crea y solo si conseguimos un libro que todavía no tenemos y no
estaría permitido darle aunque lo tuviéramos.
—El trato con la Reina es asunto nuestro —dijo Julian. — Ahora
mismo, diremos que ella está dispuesta a cooperar bajo las circunstancias
correctas. Kieran tiene el poder de decir que ayudará. No necesita entrar
en detalles.
—Hermano, piensas como un hada —dijo Mark en un tono que
dejó a Julian pensando si era algo bueno o malo.
—Quizá el Rey quiere alzar un ejército de la muerte —dijo Dru,
esperanzada. — Quiero decir, es un libro de necromancia.
Magnus suspiró, golpeando con su uña con el cristal, pensativo.
—La necromancia es sobre usar la magia de la muerte para tener
poder. Toda magia necesita combustible. La energía de la muerte es un
592
increíblemente poderoso combustible. También, es increíblemente
destructivo. La destrucción que vieron en Féera, los terrenos marchitos en
Brocelind. Son cicatrices dejadas por magia terrible. La pregunta que
queda: ¿cuál es su meta?
—Quieres decir que necesita más energía para esparcir esos
hechizos —dijo Julian. — En los que ayudó Malcolm, los que cancelaron la
magia de los cazadores de sombras.
—Quiero decir tu magia angelical en su naturaleza —dijo Magnus. —
Viene de la luz, de la energía y vida. Opuesto a eso está Sheol, Infierno,
como quieras llamarlo. La ausencia de luz y vida. De todo tipo de
esperanza. —Él tosió. — Cuando el Consejo vote por la Paz Fría, cuando
voten por un tiempo que no existe. Como la Cohorte desea, todo volverá
a la perdida Época Dorada cuando los cazadores de sombras caminaban
por el mundo como dioses y los mundanos los reverenciaban.
Todos lo miraron fijamente. Este era un Magnus raramente visto,
pensó Julian. Un Magnus cuyo buen, animado y optimista humor lo
abandonaba. Un Magnus que recordaba toda la oscuridad que él había
visto a través de los siglos; la muerte y la pérdida; El mismo Magnus que
Julian, cuando tenía doce años vio en el Salón de los Acuerdos rogando al
Consejo en vano no aprobar la Paz Fría, sabiendo que ellos lo harían.
— El Rey quiere lo mismo. Unir dos reinos que han estado siempre
separados pero en su mente son una sola tierra. Debemos detener al Rey,
pero de alguna forma, él hace lo mismo que la Cohorte haría. Lo que
esperamos la Clave no haría.
— ¿Quieres decir —dijo Julian—, que esto es venganza?
Magnus se encogió de hombros.
—Esto es un torbellino —dijo Magnus. — Esperemos podamos
detenerlo.

Comentarios