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Cerca del río
Traductora: Saydi D. Garibay
Correctoras: Vicky Cabrera y Vicky Dondena
Revisora final: Jennifer García
Ejército Nephillim Latinoamérica
Emma vio a Mark de inmediato. Una sombra sobre el brillante
camino ante ellos, la luz de luna chispeando sobre su cabello pálido. Él
parecía no haberlos visto todavía. Emma comenzó a correr, Cristina y Jules
iban tras ella. Aunque el camino se separó y hundió bajo sus zapatos, ella
estaba acostumbrada a correr en la playa donde la suave arena cedía
ante sus pies. Podía ver a Mark con claridad ahora: había parado de
caminar y se había dado media vuelta para verlos, claramente
impresionado.
Su equipo de combate se había ido. Estaba usando ropas parecidas
a las que vestía cuando había llegado al Instituto, aunque estaban limpias
y sin daños: blanca y suave, ligeramente bronceado, botas altas con
agujetas y un bolso de viaje colgado sobre su espalda. Emma podía ver las
estrellas reflejadas en sus grandes ojos mientras se acercaba a él.
Dejó el bolso de viaje a sus pies, mirando acusadoramente a los tres
chicos que lo seguían.
— ¿Qué hacen ustedes aquí?
— ¿En serio? —Julian pateó el bolso de Mark para hacerlo a un lado,
agarrando a su hermano firmemente por los hombros. — ¿Qué haces tú
aquí?
Julian era más alto que Mark, algo que siempre le pareció raro a
Emma… Mark había sido más alto por tantos años. Más alto y mayor. Pero
no era nada de eso ahora. Se veía como una delgada y pálida espada en
la oscuridad comparado con la fortaleza y altura de Julian. Parecía como
si en cualquier momento pudiera convertirse en la luz de la Luna sobre las
olas y esfumarse.
Volteó su mirada hacia Cristina.
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—Recibiste mi mensaje de fuego.
Ella asintió, las ondas de su oscuro cabello atrapadas en un clip
enjoyado en la parte de atrás de su cabeza, enrollándose alrededor de su
rostro.
—Todos lo leímos.
Mark cerró sus ojos.
—No pensé que podrían seguirme hasta el camino de luz de la luna.
—Pero lo hicimos —Julian intensificó el agarre en los hombros de
Mark. — No vas a ir a ningún lugar en Feéra, mucho menos solo.
—Es por Kieran —dijo Mark simplemente.
—Kieran te traicionó —dijo Julian.
—Lo van a matar, Jules —dijo Mark. — Por mí. Kieran mató a larlath
por mí —abrió los ojos para mirar la cara de su hermano. — No debí tratar
de partir sin decirte. Fue injusto de mi parte. Yo sabía que iban a tratar de
detenerme y sabía que tenía poco tiempo. Nunca voy a perdonar a Kieran
por lo que les pasó a ti y a Emma, pero no voy a abandonarlo a su muerte
y tortura tampoco.
—Mark, el Pueblo de las Hadas no te tiene mucho cariño —dijo
Julian. — Ellos fueron obligados a devolverte, y odian devolver cualquier
cosa que toman. Si vas a Feéra, te mantendrán ahí si pueden, y no va a ser
fácil, y te van a lastimar. No voy a permitir que eso suceda.
— ¿Entonces me vas a encerrar, hermano? —Mark puso sus manos
frente a él, con las palmas arriba. — ¿Atarás mis manos con esposas de
hierro frío, mis tobillos con espinas?
Julian se estremeció. Estaba demasiado oscuro para ver las
facciones de Mark Blackthorn, sus ojos azules verdosos, y en la oscuridad los
hermanos parecían solamente un Cazador de Sombras y un hada,
eternamente en desacuerdo.
—Emma —dijo Julian, retirando sus manos de los hombros de Mark.
Había un tono desesperado de amargura en su voz. — Mark te ama.
Convéncelo.
Emma sintió la amargura de Julian como espinas bajo su piel, y
escuchó las palabras angustiadas de Mark: ¿Atarás mis manos...?
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—No vamos a detenerte. Vamos a ir contigo —incluso bajo la luz de
la Luna, pudo ver a la cara de Mark palidecer.
—No. Ustedes obviamente son Nefilim. Aún tienen su equipo. Sus
runas no están ocultas. Los Cazadores de Sombras no son bienvenidos en
la Tierra Bajo la Colina.
—Aparentemente sólo Kieran lo es —dijo Julian. — Es afortunado por
tener tu lealtad, Mark, ya que nosotros no la tenemos.
Ante eso, Mark enrojeció y se giró hacia su hermano, sus ojos
brillaban con furia.
—Bien, deténganse… deténganse —dijo Emma, dando un paso y
poniéndose entre ellos. El agua reluciente se dobló y flexionó bajo sus pies.
— Los dos…
— ¿Quién anda por el camino de luz de luna?
Una figura se aproximó, su voz grave resonó sobre las olas. La mano
de Julian se dirigió al mango de la daga en su cintura. El cuchillo serafín de
Emma estaba afuera, Cristina tenía su cuchillo mariposa en la mano. Mark
trató de alcanzar la punta de flecha que Kieran le había dado y traía
colgada al cuello, sobre su garganta. Ya no estaba. Su cara se tensó antes
de relajarse.
—Es un phouka —dijo en voz baja. — Generalmente son inofensivos.
La figura en el camino se había acercado más. Era un hada alta,
vestido con pantalones harapientos sostenidos por un cinturón de cuerda.
Delgadas mechas de oro estaban enredadas en su negro cabello largo y
brillaron sobre su piel oscura. Estaba descalzo.
Habló y su voz sonó como la marea al atardecer.
— ¿Buscan entrar por La Puerta de Lir?
—Sí —dijo Mark.
Unos ojos dorados y metálicos sin iris o pupilas miraron a Cristina,
Mark, Julian y Emma.
—Sólo uno de ustedes es hada —dijo el phouka. — Los otros son
humanos. No… Nefilim —sus labios delgados se enrollaron en una sonrisa.
— Esa es una sorpresa. ¿Cuántos de ustedes desean pasar por las puertas
a la Tierra de las sombras?
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—Todos nosotros —dijo Emma. — Los cuatro.
—Si la Reina o el Rey los encuentran, los van a matar —dijo el
phouka. — El Pueblo de las Hadas ya no es amistoso con los Hijos del Ángel,
no desde la Paz Fría.
—Yo soy mitad hada —dijo Mark. — Mi madre era Lady Nerissa de la
corte Seelie.
El phouka levantó las cejas.
—Todos lamentamos su muerte.
—Y ellos son mis hermanos y hermanas —dijo Mark, aprovechando su
ventaja. — Ellos me acompañarán, yo los protegeré.
El phouka encogió los hombros.
—No es mi problema lo que les suceda en aquellas tierras —dijo. —
Sólo que primero deben pagar peaje.
—Sin pagos —dijo Julian, su mano se tensó sobre el mango de su
daga. —Sin peajes.
El phouka sonrió.
—Acércate y habla conmigo un momento, en privado, y luego
decide si pagarás mi precio. No te voy a obligar.
La expresión de Julian se oscureció pero avanzó hacia delante.
Emma se enderezó para escuchar lo que le estaba diciendo al phouka,
pero el sonido del viento y las olas se interpusieron entre ellos. Detrás de
ellos el aire se torció y se nubló: Emma pensó que podría ver una forma en
él, arqueada como una puerta. Julian se paró sin hacer ningún movimiento
mientras el phouka hablaba, pero Emma pudo ver un músculo encogerse
en su mejilla. Un momento después, desató el reloj de su padre de su
muñeca y lo soltó sobre la mano del phouka.
—Un pago —dijo el phouka en voz alta, mientras Julian regresaba. —
¿Quién va a ser el próximo?
—Seré yo —dijo Cristina, y se movió cuidadosamente a través del
camino hacia el phouka. Julian se volvió a unir a Mark y Emma.
— ¿Te amenazó? —susurró Emma. — Jules, si te amenazó…
—No lo hizo —dijo Julian. — No dejaría que Cristina se acercara a él
si lo hubiera hecho.
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Emma volteó a ver mientras Cristina alcanzaba y jalaba el clip
enjoyado de su cabello. Cayó como cascada sobre su espalda y hombros,
más oscuro que el mar de noche. Ella entregó el clip y comenzó a caminar
de regreso, pareciendo aturdida.
—Mark Blackthorn será el último —dijo el phouka. — Dejen que la
muchacha con cabellos de oro sea la siguiente.
Emma podía sentir a los otros mirándola mientras se acercaba al
phouka, Julian aún más intensamente que el resto. Ella pensó en el cuadro
que había hecho para ella, donde ella se levantaba sobre el océano con
un cuerpo hecho de estrellas.
Se preguntó qué habría hecho con aquellas pinturas. Si las había
tirado todas. ¿Estarían perdidas, quemadas? Su corazón dolió ante ese
pensamiento. Un trabajo tan adorable de Jules, cada pincelada un
susurro, una promesa.
Ella llegó al hada, quien se mantuvo de pie sonriendo tontamente
como los de su especie cuando estaban asombrados. Alrededor de ellos el
mar se estiró, negro y plata. El phouka inclinó su cabeza para hablar con
ella; el viento pasó rápidamente entre ellos, ella se paró junto a él dentro
de un círculo de nube, ya no podía ver a los demás.
—Si vas a amenazarme —dijo ella, antes que él pudiera hablar—,
entiende que te voy a cazar por ello, si no ahora, después. Y te voy a dejar
morir durante un largo tiempo.
El phouka soltó una carcajada. Sus dientes también eran de oro,
terminados en punta de plata.
—Emma Carstairs —dijo. — Veo que conoces poco sobre los
phoukas. Somos seductores, no matones. Cuando te diga lo que te diré,
vas a desear ir a Feéra. Vas a desear darme lo que te pido.
— ¿Y qué es lo que pides?
—Esa estela —dijo, señalando a la que había en su cinturón.
Todo en Emma se rebeló. La estela se la había dado Jace, años
atrás en Idris, después de la Guerra Oscura. Era un símbolo de todo lo que
había marcado su vida después de la guerra. Clary le había dado
palabras, ella las había atesorado: Jace le había dado una estela y con
ella le otorgó a una afligida y asustada niña un propósito. Cuando ella
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tocaba la estela, le susurraba ese propósito: el futuro es tuyo ahora. Que se
haga tu voluntad.
— ¿Qué uso le podrías dar tú a una estela? —preguntó. — No dibujas
runas, y estas solo funcionan en Cazadores de Sombras.
—No usaré la estela —dijo. — Pero ese preciado hueso de demonio
del mango, lo voy a usar.
Ella sacudió su cabeza.
—Elige otra cosa.
El phouka se inclinó hacia adelante. Olía a sal y algas marinas
cocinándose en el sol.
—Escucha —dijo. — Si entras a Feéra, verás el rostro de alguien a
quien amas y está muerto.
— ¿Qué? —Emma se quedó en shock. — Estás mintiendo.
—Sabes que no puedo mentir.
La boca de Emma estaba seca.
—No debes decirle a los otros lo que te he dicho, o no se hará
realidad —dijo el phouka. — Así como yo no puedo decirte lo que significa.
Solo soy el mensajero… pero el mensaje es verdadero. Si deseas mirar una
vez más a alguien que has amado y perdido, si deseas escuchar su voz,
debes pasar por la Puerta de Lir.
Emma sacó la estela de su cinturón. La angustia la recorrió mientras
la entregaba. Se dio la vuelta y ciegamente se alejó del phouka, sus
palabras resonaban en sus oídos... Apenas fue consciente cuando Mark
pasó suavemente junto a ella, el último en hablar con el hada del agua. Su
corazón latía demasiado fuerte.
Alguien a quien has amado y perdido. Pero había tantos,
demasiados, perdidos en la Guerra Oscura. Sus padres… pero no se atrevía
a pensar en ellos; perdería su habilidad para pensar, para continuar. El
padre de los Blackhorn, Andrew. Su antigua tutora, Katerina. Tal vez...
El sonido de las olas murió poco a poco. Mark estaba parado ante el
phouka con la cara pálida: los otros tres se veían afligidos, y Emma ardía
por saber lo que el hada les había contado.
¿Qué habría hecho cooperar a Jules, Mark o Cristina?
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El phouka asomó su mano.
—Las s Puertas de Lir se abren —dijo. — Crucen ahora o regresen a la
orilla, el camino de la Luna está comenzando a disolverse ya.
Hubo un sonido como de hielo quebrándose, derritiéndose ante la
luz del sol de primavera. Emma miró hacia abajo: el camino brillante
estaba rajado con negro donde el agua se empezaba colar por entre las
grietas.
Julian tomó su mano.
—Debemos irnos —dijo. Detrás de Mark, quien se encontraba frente
a ellos en el camino, un arco de agua se había formado. Destellaba
brillante plata, en el interior de este se removía el agua.
Con una carcajada, el phouka saltó del camino y con un elegante
clavado se resbaló entre las olas. Emma se dio cuenta de que no tenía
idea de qué le había entregado Mark como pago. No es que importara
ahora.
El camino entre ellos se estaba despedazando con rapidez: ahora
sólo eran pedazos, un pedazo de camino sólido junto a otro. Mark les hacía
gestos, gritando, el arco de agua detrás de ellos solidificándose. Emma
podía ver pasto verde a través de él, luz de luna y árboles. Empujó a
Cristina hacia delante; Mark la atrapó, y ambos desaparecieron a través
de la puerta.
Se movió para dar un paso hacia delante, pero el camino cedió y se
hundió ante su peso. Por lo que parecieron mucho más que segundos, ella
cayó hacia el agua oscura. Luego Julian la atrapó. Con sus brazos
rodeándola, cayeron juntos al arco.
*** ***
Las sombras se alargaron en el ático. Arthur se sentó sin moverse,
mirando fijamente fuera de la ventana con su papel rasgado a la luz de la
luna sobre el mar. Podía adivinar dónde estaban Julian y los otros ahora:
conocía el camino de la Luna, así como conocía otros caminos de la Tierra
de las Hadas. Había sido guiado a ellos por escandalosos grupos de
duendes, cabalgando delante de sus señores, sus amos, los
sobrenaturalmente bellos príncipes y princesas de la alta burguesía. Una
vez en un bosque de invierno él se había caído, y su cuerpo había roto un
pedazo de hielo de un estanque. Recordaba haber visto su sangre
manchar la superficie metálica del estanque.
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—Qué bonito —una mujer hada había pensado en voz alta, mientras
la sangre de Arthur se derretía sobre el hielo.
Él pensaba que su mente era así algunas veces: una superficie rota
reflejando una desfigurada e imperfecta imagen. Sabía que su locura no
era una locura como la de cualquier humano. Iba y venía, a veces
dejándolo con apenas un toque así que tenía la esperanza de que se
hubiera ido para siempre. Luego regresaba, aplastándolo bajo un desfile
de personas que nadie más podía ver y un coro de voces que nadie más
podía oír.
La medicina ayudaba, pero ya no había medicina. Julian siempre
compraba la medicina, desde que era un niño pequeño. Arthur no estaba
seguro qué tan viejo estaba ahora. Lo suficiente. Algunas veces se
preguntaba si amaba al niño. Si amaba a cualquiera de los niños de su
hermano. Había veces en las que se había despertado de sueños en los
que terribles cosas les sucedían con su cara bañada en lágrimas.
Pero eso pudo haber sido la culpa. Le había hecho falta tanto la
habilidad de criarlos como la valentía para dejar que la Clave lo
reemplazara con un mejor guardián. Pero, ¿quién podría haberlos hecho
permanecer juntos? Nadie, tal vez. Y la familia debía permanecer junta.
La puerta al pie de las escaleras hizo un ruido. Arthur giró hacia ella
ansiosamente. Tal vez Julian había reconsiderado su loco plan y había
regresado. El camino de la luna era peligroso. El mar en sí estaba lleno de
traición. Él había crecido cerca del mar, en Cornwall, y recordaba sus
monstruos. Y agrio como la sangre es el rocío; y las colinas son como
colmillos que devoran.
O tal vez nunca había habido monstruos.
Ella apareció en la punta de las escaleras y lo miró fríamente. Su
cabello estaba amarrado con firmeza en una coleta, su piel parecía
estirada. Inclinó su cabeza en el estrecho y sucio cuarto, las ventanas
empapeladas. Había algo en su rostro, algo que despertaba un recuerdo
parpadeante.
Algo que hizo que el terror congelara su cuerpo. Agarró firmemente
los brazos de su silla, su mente murmurando pedazos de poesía antigua. Su
piel blanca como lepra, ella era la pesadilla viva en la muerte…
— ¿Arthur Blackthorn, supongo? —tenía una sonrisa diabólica. — Soy
Zara Dearborn. Creo que usted conocía a mi padre.
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*** ***
Emma aterrizó violentamente en pasto grueso, enredada con Julian.
Por un momento él estuvo totalmente apoyado en ella, codos sobre el
suelo, su pálido rostro iluminado por la luz de la luna. El aire que los
rodeaba era frío, pero su cuerpo era cálido contra el de ella. Sentía su
pecho expandirse con su respiración agitada, la corriente de aire contra su
mejilla mientras él volteó su cara rápidamente lejos de la de ella.
Un momento más tarde él estaba de pie, estirando la mano hacia
abajo para ayudarla a levantarse después de él. Pero ella se levantó por su
cuenta, girando para mirar que se encontraban parados en un claro
rodeado de árboles.
La luz de la luna era lo suficientemente brillante para que Emma
pudiera ver el pasto de color verde intenso, de los árboles colgaban
ciruelas moradas, manzanas rojas, frutas en forma de estrellas y rosas que
Emma no conocía. Mark y Cristina estaban ahí también, debajo de los
árboles.
Mark había levantado las mangas de su camisa y sostenía las manos
como si estuviera tocando el aire de Feéra, sintiéndolo en la piel. Él inclinó
su cabeza, su boca ligeramente abierta; Emma, mirándolo, se sonrojó. Se
veía como un momento privado, como si estuviera viendo a alguien
volviéndose a encontrar con un antiguo amante.
—Emma —Cristina jadeó. — Mira —Señaló arriba, hacia el cielo.
Las estrellas eran distintas. Se arqueaban y giraban en patrones que
Emma no reconocía, y tenían colores… azul hielo, verde congelado, plata
brillante.
—Es tan hermoso —susurró. Vio a Julian mirándola, pero fue Mark
quien habló. Ya no se veía tan concentrado en la noche, pero aun así se
veía un poco aturdido, como si el aire de Feéra fuera vino y él hubiera
bebido demasiado.
—El viaje de caza a través del cielo de Feéra —dijo. — En el cielo las
estrellas se ven como si fueran polvo de piedras preciosas, rubíes y zafiros y
diamantes.
—Había escuchado acerca de las estrellas en Feéra —dijo Cristina
asombrada, en voz baja. — Pero nunca creí llegar a verlas por mí misma.
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— ¿Deberíamos descansar? —preguntó Julian. Estaba merodeando
el perímetro del claro, mirando entre los árboles. Confía en Julian para
preguntar las cosas prácticas. — ¿Reunir energía para el viaje mañana?
Mark negó con la cabeza,
—No podemos, debemos viajar por la noche, la única manera en la
que sé guiarme en estas tierras es por las estrellas.
—Entonces vamos a necesitar runas de energía —Emma le tendió el
brazo a Cristina, no era para molestar a Julian, las runas hechas por tu
parabatai siempre eran más poderosas; pero aún podía sentir el calor
donde su cuerpo había descansado sobre el de ella cuando cayeron. Aún
podía sentir el estómago revuelto cuando su respiración había acariciado
su mejilla. Ella necesitaba que Jules no estuviera cerca en ese momento,
para que no viera lo que había en sus ojos. La manera en la que Mark
había mirado el cielo de Feéra: así es como ella se imaginaba que miraba
a Julian.
El toque de Cristina era cálido y reconfortante, su estela se movió
con habilidad, su punta trazó la forma de una runa de Energía en el
antebrazo de Emma. Una vez terminado, soltó la muñeca de Emma. Emma
esperaba la alerta a la que estaba acostumbrada, el calor, como una
doble dosis de cafeína.
No pasó nada.
—No funciona —dijo, frunciendo el ceño.
—Déjame ver… —Cristina se acercó. Miró el antebrazo de Emma y
abrió mucho los ojos.
La marca, negra como la tinta cuando Cristina la había colocado
en el antebrazo de Emma, se estaba volviendo pálida y plateada.
Desapareciendo, como hielo derritiéndose.
— ¿Qué demonios…? —Emma comenzó a decir. Pero Julian ya se
había volteado hacia Mark.
—Las runas –dijo. — ¿Funcionan en Feéra?
Mark parecía asombrado.
—Nunca pensé que no lo harían —dijo. —Nadie nunca lo había
mencionado.
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—He estudiado sobre Feéra por años —dijo Cristina. — Nunca leí
nada que dijera que las runas no funcionaban aquí.
— ¿Cuándo fue la última vez que intentaste usar una aquí? —Emma
le preguntó a Mark.
Él sacudió su cabeza, los rizos dorados caían sobre sus ojos. Los
devolvió a su lugar con sus delgados dedos.
—No lo recuerdo —dijo. — No tenía una estela… ellos la rompieron…
pero mi piedra de luz mágica siempre funcionó.
Metió la mano en su bolsillo, y sacó la piedra cubierta en runas.
Todos la observaron sin aliento, mientras él la sostenía, esperando a que la
luz se presentara, a que brillara en su palma.
No pasó nada.
Con una maldición, Julian sacó uno de sus cuchillos serafín de su
cinturón. El adamas brillo ante la luz de la luna. Le dio vuelta para que la
hoja estuviera recta, reflejando las estrellas de colores.
—Miguel —dijo.
Algo chispeó dentro de la espada… un breve, pálido brillo. Luego se
apagó. Julian se quedó observándola. Un cuchillo serafín que no podía
recibir vida, era tan útil como una navaja de plástico: torpemente afilada,
pesada, corta.
Con una violenta sacudida de su brazo, Julian lanzó el cuchillo.
Levantó la mirada.
Emma sintió que estaba tratando de controlarse. Ella sentía una
presión en su propio cuerpo que le hacía difícil respirar.
—Así que —dijo—, vamos a viajar a través de la Tierra de las Hadas,
un lugar donde los Cazadores de Sombras no son bienvenidos, usando sólo
las estrellas para ubicarnos, no podemos usar runas, ni cuchillos serafín, ni
luz mágica.
—Esa es exactamente la situación —dijo Mark.
—Además nos dirigimos a la corte Noseelie —agregó Emma. — Que
se supone que es como una de las películas de terror que le gustan a Dru
pero menos, ya saben, divertido.
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—Pero vamos a viajar de noche —dijo Cristina. Señaló algo a
distancia. —Hay hitos en la tierra que he visto en mapas. ¿Ven aquellas
crestas lejos, pegadas al cielo? Esas son las Montañas de las Espinas. Las
Tierras Noseelie descansan en su sombra. No están tan lejos.
Emma podía ver a Mark relajarse ante el sonido de la voz de Cristina.
Pero no parecía estar funcionando con Julian. Tenía la mandíbula tensa,
sus manos se enredaban en rígidos puños a ambos lados de su cuerpo.
No es que Julian no se enojara, si no que no se permitía a sí mismo
mostrarlo. Las personas pensaban que era callado, calmado, pero era
engañoso. Emma recordó una cosa que había leído sobre los volcanes
una vez: que los que tenían las laderas verdes más exuberantes, el más
amable y callado aspecto, era porque el fuego que pulsaba dentro de
ellos evitaba que todo se congelara.
Pero cuando hacían erupción, podían hacer llover la devastación
por millas.
—Jules —dijo ella. Él la miro; sus ojos llenos de furia. — Podemos no
tener la luz mágica, o runas, pero seguimos siendo Cazadores de Sombras.
Con todo lo que ello conlleva. Podemos hacer esto. Podemos.
Se sintió como un torpe discurso para ella, pero vio el fuego morir en
sus ojos.
—Tienes razón —dijo. — Lo siento.
—Y yo siento haberlos traído aquí —dijo Mark. — Si hubiera
sabido…lo de las runas…pero debe ser algo reciente, muy reciente…
—No nos trajiste aquí —dijo Cristina. — Te seguimos. Y nosotros
cruzamos la puerta, no solo por ti, si no por lo que el phouka nos dijo a
cada uno; ¿no es así?
Alguien a quien has amado y perdido.
—Es cierto, al menos para mí —dijo Emma. Miró al cielo. —
Deberíamos irnos. Amanecerá en unas horas, probablemente. Y si no
tenemos runas de energía debemos conseguir energía de la manera
antigua.
Mark lucía confundido.
— ¿Drogas?
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—Chocolate —dijo Emma. — Traje chocolate. Mark, ¿De dónde
sacas esas ideas?
Mark le dio una sonrisa torcida, encogiendo un hombro.
— ¿Humor de las Hadas?
—Creí que las hadas mayormente hacían chistes sobre otras
personas y les hacían bromas a los mundanos —dijo Julian.
—A veces cuentan historias muy largas que riman, piensan que es
divertidísimo —dijo Mark. — Pero debo admitir que nunca entendí por qué.
Julian suspiró.
—Eso suena peor que cualquier cosa que he escuchado acerca de
la corte Noseelie.
Mark miró a Julian con agradecimiento, como si estuviera diciendo
que entendía que su hermano había controlado su carácter por él, por
todos ellos, para que estuvieran bien. Para que pudieran continuar su
camino y encontrar a Kieran, con Julian a la cabeza como siempre.
—Vengan —dijo Mark, dándose vuelta. — Es de este lado…
debemos comenzar a caminar, no deben faltar muchas horas para el
amanecer.
Mark se dirigió a las sombras entre los árboles. La niebla colgaba de
las ramas de los árboles, como cuerdas blancas de plata. Las hojas crujían
suavemente sobre sus cabezas. Julian se movió para caminar en el frente
junto a su hermano; Emma pudo escucharlo preguntar: “¿Chistes? Al
menos prométeme que no habrán chistes.”
—La manera en la que los chicos se dicen que se quieren es muy
extraña —dijo Cristina, agachándose bajo una rama. — ¿Por qué no
solamente lo dicen? ¿Tan difícil es?
Emma le sonrió a su amiga.
—Te quiero, Cristina —dijo. — Y estoy feliz de que llegues a visitar
Feéra, aunque sea bajo estas circunstancias. Tal vez encuentres a un
chico hada guapo y te olvides de Diego el imperfecto.
Cristina le devolvió la sonrisa
—También te quiero, Emma —dijo. — Y tal vez lo haga.
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*** ***
La lista de agravios de los Cazadores de Sombras de Kit se había
vuelto lo suficientemente larga como para empezar a escribirla. Malditas
personas sexys, había escrito, no me dejarán ir a casa por mis cosas.
No me dicen nada acerca de qué significa realmente convertirme
en un Cazador de Sombras. ¿Tendré que ir a entrenar a algún lugar?
No me han dicho cuánto tiempo me puedo quedar aquí, solo
dijeron “tanto como necesites.” ¿No tendré que ir a la escuela
eventualmente? ¿Algún tipo de escuela?
No me hablan sobre la Paz Fría o cuánto apesta.
No me dejan comer galletas.
Había pensado un rato, luego tachó eso de la lista. Si lo habían
dejado comer galletas; nada más sospechaba que lo juzgaban por ello.
No parecen entender qué es el autismo, o las enfermedades
mentales, o la terapia, o el tratamiento médico. ¿Creerían en la
quimioterapia? ¿Qué pasa si me da cáncer? Probablemente no me dará
cáncer. Pero qué pasaría si lo hiciera…
No me dicen cómo fue que Tessa y Jem encontraron a mi padre. O
por qué mi padre odiaba tanto a los Cazadores de Sombras.
Esa última fue la más difícil de escribir. Kit siempre había pensado en
su padre como un hombre solitario, un pícaro adorable, algo como Han
Solo, estafando su camino a través de la galaxia. Pero los pícaros
adorables no eran despedazados por demonios el momento en el que su
hechizo de protección se cae. Y aunque lo que más le confundía a Kit era
lo que había pasado en el mercado de las sombras, había aprendido una
cosa: su padre no era Han Solo.
Algunas veces, en las horas más oscuras de la noche, Kit se
preguntaba quién era como él.
Hablando de las horas más oscuras de la noche, tenía un nuevo
agravio que agregar a su lista. Me hacen levantarme temprano.
Diana, cuyo título oficial era tutora pero parecía servir como
guardiana barra directora de preparatoria, había levantado a Kit y lo
había reunido con Ty y Livvy en un rincón de la oficina con una hermosa
vista y un enorme escritorio de cristal. Ella se veía enojada de la manera en
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que los adultos se enojaban cuando se molestan con alguien más pero se
iban a desquitar contigo.
Kit tenía razón. Diana estaba enojada en ese momento con Julian,
Emma, Mark y Cristina quienes, de acuerdo con Arthur, habían
desaparecido yendo a Feéra en la muerte de la noche para rescatar a
alguien llamado Kieran a quien Kit nunca había conocido. La siguiente
discusión reveló que Kieran era el hijo del Rey Noseelie y el ex novio de
Mark, ambas piezas de información interesantes que Kit había guardado
para después.
—Esto no es bueno —dijo Diana finalmente. — Cualquier viaje hacia
Feéra está fuera de los límites para los Nefilim que no tengan un permiso
especial.
—Pero volverán, ¿cierto? —preguntó Ty. Sonaba tenso. — ¿Mark va a
regresar?
—Por supuesto que van a regresar —dijo Livvy. — Sólo es una misión.
Una misión de rescate —agregó, mirando a Diana. — ¿No puede la Clave
entender que tenían que ir?
—Rescatar un hada… no —Diana dijo, sacudiendo su cabeza. — No
estamos encargados de la protección de las hadas bajo los Acuerdos. Los
Centuriones no pueden saber. La Clave va a estar furiosa.
—No les diré —dijo Ty.
—Yo tampoco les diré —acordó Livvy. — Obviamente.”
Ellos miraron a Kit.
—Yo ni siquiera sé por qué estoy aquí —dijo.
—Tienes un punto —dijo Livvy. Ella miró a Diana. — ¿Por qué él está
aquí?
—Tienes una manera de enterarte de todo —Diana había dicho
mirando a Kit. — Creí que sería buena idea decirte y controlar la
información. Y obtener un compromiso de ti.
— ¿El de no decir nada? Claro que no diré nada. Ni siquiera les diré
a los Centuriones. Ellos son… —Lo que siempre creí que los Cazadores de
Sombras eran. Ustedes no son así. Son muy… Diferentes. — Idiotas —dijo.
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—No puedo creer —dijo Livvy—, que Julian y ellos hayan encontrado
una aventura y nos hayan dejado aquí, obligados a irles a buscar toallas a
los Centuriones.
Diana se veía sorprendida.
—Creí que se iban a preocupar por ellos —dijo ella. — Que se iban a
alterar.
Livvy sacudió su cabeza. Su cabello largo, unas sombras más claro
que el de Ty, voló a su alrededor
— ¿Preocupados porque fueron a divertirse y aparte van a poder ver
la Tierra de las Hadas? ¿Mientras nosotros estamos aquí? Cuando regresen,
tendré que hablar seriamente con Julian.
— ¿Y qué le dirás? —Ty se vio confundido un momento antes de
entenderlo. — Oh —dijo. — Lo vas a maldecir.
—Voy a usar todas las malas palabras que me sé y voy a investigar
algunas otras más —dijo Livvy.
Diana se estaba mordiendo el labio.
— ¿En serio están bien?
Ty asintió.
—Cristina ha estudiado sobre Feéra mucho tiempo, Mark era un
cazador, y Julian y Emma son listos y valientes —dijo. — Estoy seguro de
que estarán bien.
Diana parecía impresionada. Kit admitía también estar sorprendido.
Los Blackthorns le habían dado la impresión de ser una familia tan unida
que la palabra “enredados” no alcanzaba para describirlos. Pero Livvy
había conservado su molesto positivismo cuando habían ido a darle la
noticia a Dru y Tavvy de que los otros habían viajado a la Academia de
Cazadores de Sombras a buscar algo. Había sido bastante convincente
también, mientras les decía que Cristina había ido a la Academia con ellos
ya que visitarla era obligatorio durante el año de viaje de cada uno… y
ellos repitieron la misma historia a Diego, quien no dejó de mirarlos con el
ceño fruncido, y a un montón de Centuriones.
—En resumen —Livvy terminó dulcemente. — Ustedes tendrán que ir
a buscar algunas de sus propias toallas. Ahora, si nos disculpan, Ty y yo
vamos a darle a Kit un tour por el perímetro.
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Zara levantó una ceja.
— ¿El perímetro?
—Las salvaguardas que acabas de colocar —dijo Livvy, y comenzó
a alejarse. No arrastró a Ty y Kit detrás de ella, pero algo en la fuerza de su
personalidad los hizo seguirla. Las puertas del instituto se azotaron cuando
salieron, mientras ella ya estaba haciendo ruido en los primeros escalones.
— ¿Vieron las caras de los Centuriones? —preguntó mientras
caminaban la distancia hacia el otro lado del Instituto. Ella estaba usando
botas y un short de mezclilla, que mostraba sus largas y bronceadas
piernas. Kit hizo como que no estaba mirándolas.
—No creo que les haya gustado lo que dijiste acerca de ellos
lavando sus propias toallas —dijo Ty.
—Tal vez debí haberles dibujado un mapa para encontrar el
detergente —dijo Livvy. — Ya sabes, ya que les gustan tanto los mapas.
Kit soltó una carcajada. Livvy lo miro con algo de sospecha.
— ¿Qué?
Ya habían pasado el estacionamiento detrás del Instituto y ahora
caminaban junto a un borde largo lleno de artemisa, detrás del cual había
un jardín santuario. Dramaturgos griegos se levantaban en esculturas de
yeso, sosteniendo ramas de laureles. Parecían algo fuera de lugar, pero Los
Ángeles era una ciudad donde nada parecía pertenecer realmente ahí.
—Fue gracioso —dijo Kit. — Eso es todo.
Ella sonrió. Su camisa azul combinaba con sus ojos, y la luz del sol
hacía relucir los pequeños cabellos rojos en su melena marrón y los hacía
brillar. Al principio Kit había estado un poco enervado por la manera en
que los Blackthorns se parecían tanto unos a otros (exceptuando a Ty, por
supuesto) pero debía admitirlo, si ibas a compartir rasgos familiares,
luminosos ojos verdes azulados y ondulado cabello oscuro no eran algo de
qué quejarse. La única cosa en la que él se parecía a su padre era en los
cambios de humor y una pequeña propensión al robo. En cuanto a su
madre…
—¡Ty! —llamó Livvy. — ¡Ty bájate de ahí!
Se habían movido lo suficientemente lejos de la casa como para
estar ya en desierto chaparral. Kit sólo había estado en las Montañas de
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Santa Mónica unas pocas veces, en viajes escolares. Recordaba respirar el
aire, la mezcla de sal y artemisa, el suave calor del desierto que te quitaba
el aliento. Apresurados lagartos verdes florecieron como hojas repentinas
entre un matorral de cactus y desaparecieron igual de rápido. Grandes
rocas estaban derribadas por todos lados, los desechos de algún glaciar
en rápido movimiento, hace un millón de años.
—Lo haré cuando termine con esto —Ty estaba ocupado trepando
una de las rocas más grandes, encontrando huecos para las manos y los
pies de forma experta. Se elevó hacia la cima, de forma totalmente
natural, con los brazos estirados para balancearse. Se veía listo como para
despegar vuelo, su cabello moviéndose como alas oscuras.
— ¿Estará bien? —preguntó Kit, mirándolo trepar.
—Es un trepador realmente bueno —dijo Livvy. — Solía volverme loca
cuando éramos más pequeños. Él no tenía ningún sentido realista sobre
cuándo estaba en peligro o no. Yo creía que iba a caerse de las rocas en
Leo Carillo y romperse la cabeza. Pero Jules iba con él a todos lados y
Diana le enseñó cómo hacerlo. Y aprendió.
Miró a su hermano y sonrió. Ty se había levantado sobre las puntas
de sus pies y estaba mirando hacia el océano. Kit casi podía imaginarlo en
una llanura desolada de alguna parte, con un manto negro ondeando a
su alrededor como un héroe en una ilustración de fantasía.
Kit respiró hondo.
—Realmente no crees lo que le dijiste a Diana —le dijo a Livvy. Ella se
volvió para mirarlo fijamente. — Sobre que no estás preocupada por Julian
y los demás.
— ¿Por qué piensas eso? —su tono era cuidadosamente neutro.
—Te he estado observando —dijo. — A Todos.
—Lo sé —ella lo miró con ojos brillantes, medio divertida. — Es como
si estuvieras tomando notas en la mente.
—La costumbre. Mi papá me enseñó que todo el mundo estaba
dividido en dos categorías. A los que podías engañar y hacerles trampa y
los que no podías. Así que observas a la gente, tratando de averiguar de
qué se trata. Cómo funcionan.
— ¿Cómo funcionamos?
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—Como una máquina muy complicada —dijo Kit. — Todos ustedes
están entrelazados… uno de ustedes se mueve un poco y eso impulsa a los
demás. Y si te mueves hacia otro lado, ellos también lo hacen. Están más
conectados que cualquier familia que haya visto. Y no puedes decirme
que no te preocupas por Julian y los demás... Sé que lo estás. Sé lo que
piensas del Pueblo de las Hadas.
— ¿Que son malos? Es mucho más complicado que eso, créeme.
La mirada azul de Livvy se alejó hacia su hermano. Ty ahora estaba
recostado sobre una roca, apenas visible.
— ¿Y por qué le mentiría a Diana?
—Julian miente para proteger a todos —dijo Kit. — Si él no está
cerca, tú mentirías para proteger a los más jóvenes. No hay nada de qué
preocuparse, Julian y Mark van a la corte Noseelie, espero que envíen una
postal, desearíamos estar allí.
Livvy parecía estar medio irritada y aliviada: enojada porque Kit
había adivinado la verdad, aliviada de que hubiera alguien con quien no
tuviera que fingir.
— ¿Crees que convencí a Diana? —preguntó finalmente.
—Creo que la convenciste de que no estás preocupada —dijo Kit. —
Ella todavía está preocupada. Probablemente esté moviendo los hilos que
tiene para averiguar cómo encontrarlos.
—Estamos bastante escasos de hilos aquí, debiste haberlo notado —
dijo Livvy. — En cuanto a Institutos se refiere, somos uno extraño.
—En realidad no tengo muchos puntos de referencia. Pero te creo.
—Así que en realidad no me dijiste —Livvy metió un mechón de pelo
detrás de su oreja. — ¿Somos el tipo de gente a los que podrías hacerles
trampa y mentir, o no?
—No —dijo Kit. — Pero no porque sean Cazadores de Sombras. Sino
porque verdaderamente parecen preocuparse por otros más de lo que se
preocupan por sí mismos. Lo que hace que sea difícil convencerlos de que
sean egoístas.
Livvy dio unos cuantos pasos, estirándose para tocar una pequeña
flor roja que florecía sobre un seto de color verde plateado. Cuando
regresó hacia Kit, su cabello le soplaba alrededor de su rostro, y sus ojos
170
eran anormalmente brillantes. Por un momento, le preocupó que estuviera
a punto de llorar o gritarle.
—Bésame —dijo ella.
Kit no sabía hacia dónde había pensado que se dirigiría la
conversación, pero definitivamente no esperaba eso. Apenas logró no
comenzar a toser.
— ¿Qué?
—Me escuchaste —se volvió hacia él, paseando lenta y
deliberadamente. Trató de no mirarle las piernas de nuevo. — Te pedí que
me beses.
— ¿Por qué?
Estaba empezando a sonreír. Detrás de ella, se encontraba Ty aún
recostado en la roca, mirando hacia el mar.
— ¿Nunca has besado a nadie antes? —preguntó.
—Sí. Sin embargo no estoy seguro del porqué eso sería relevante
para que quieras que te bese ahora, aquí mismo...
— ¿Estás seguro de que eres un Herondale? Juraría que un
Herondale se lanzaría a este tipo de oportunidades —cruzó los brazos sobre
su pecho. — ¿Existe alguna razón por la que no quieras besarme?
—Porque, primero, tienes un hermano mayor aterrador —dijo Kit.
—No tengo un hermano mayor aterrador.
—Eso es cierto —dijo Kit. — Tienes dos.
—Bien —dijo Livvy, bajando los brazos y girándose. — Bien, si no
quieres besarme…
Kit agarró su hombro. Estaba tibio bajo su agarre, el calor de su piel a
través del fino material de su camiseta.
—Pero sí quiero.
Para su sorpresa, lo decía en serio. Su mundo se estaba deslizando
lejos de él; sentía como si estuviera cayendo hacia algo oscuro y
desconocido, el borde desigual de las opciones no deseadas. Y aquí
estaba una chica bonita que le ofrecía algo a lo que podía aferrarse, una
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forma de olvidar, algo para atrapar y sostener, aunque sólo sea por un
momento.
El pulso se le aceleró ligeramente en su cuello mientras ella giraba la
cabeza, su cabello cepillándole la mano.
—Está bien —dijo ella.
—Pero dime una cosa. ¿Por qué yo? ¿Por qué quieres besarme?
—Nunca he besado a nadie —dijo en voz baja. — En toda mi vida.
Casi nunca encuentro a nadie. Somos nosotros solos, contra el mundo
entero, y no me molesta eso, haría cualquier cosa por mi familia, pero
siento que me estoy perdiendo todas las oportunidades que debería tener.
Tienes mi edad, y tú eres un Cazador de Sombras, y no me harías daño. No
tengo muchas opciones.
—Podrías besar a un Centurión —sugirió Kit.
Se dio la vuelta por completo, con la mano todavía sobre su
hombro, su expresión era indignada.
—Está bien, supongo que esa sugerencia fue un poco fuera de los
límites —admitió. El deseo de besarla se había vuelto abrumador, por lo
que renunció a intentar no hacerlo, y curvó su brazo alrededor de sus
hombros, tirando de ella más cerca. Los ojos de ella se abrieron de par en
par e, inclinando la cabeza hacia atrás, su boca cubrió la de él. Ambas
bocas se inclinaron juntas con sorprendente suavidad.
Era suave, dulce y cálido, y ella se movió en el círculo hecho por su
brazo, sus manos fueron a descansar en sus hombros al principio vacilantes
y luego con mayor propósito. Ella se apretó con fuerza, tirando de él, sus
ojos se cerraron contra el deslumbramiento azul del océano en la
distancia. Él olvidó el suelo bajo sus pies, el mundo que lo rodeaba, todo
menos la sensación de ser consolado por alguien que lo sostenía. Alguien
que lo cuidaría.
—Livvy. ¡Ty! ¡Kit!
Era la voz de Diana. Kit salió de su aturdimiento y dejó que Livvy se
fuera; ella se alejó de él, sorprendida, con una mano levantándose para
tocar sus labios.
— ¡Todos ustedes! —dijo Diana. — ¡Vuelvan aquí, ahora! ¡Necesito su
ayuda!
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— ¿Y cómo fue? —preguntó Kit. — ¿Estuvo bien para ser la primera
vez?
—No estuvo mal —Livvy bajó la mano. — Realmente te esforzaste. No
esperaba eso.
—Los Herondales no dan besos superficiales —dijo Kit. Hubo una
breve oleada de movimiento, y Ty bajó de la roca a la que había subido,
abriéndose camino hacia ellos a través del matorral del desierto.
Livvy soltó una breve y suave risa.
—Creo que es la primera vez que te oigo llamarte Herondale.
Ty se les unió, su cara pálida y ovalada era ilegible. Kit no supo ver
nada en su expresión, si había visto a Kit y a Livvy besándose o no. Sin
embargo, ¿qué razón tendría para importarle si los hubiese visto?
—Parece que va a estar claro esta noche —dijo. — No hay nubes
acercándose.
Livvy dijo algo sobre un mejor tiempo para seguir a los Centuriones
sospechosos, y ella ya se estaba moviendo para caminar junto a Ty, como
siempre lo hacía. Kit los siguió, con las manos en los bolsillos de sus
vaqueros, aunque podía sentir el anillo Herondale, pesado en su dedo,
como si sólo ahora recordara su peso.
*** ***
La tierra bajo la colina. La llanura encantadora. El lugar debajo de la
ola. Las tierras de los siempre jóvenes. A medida que las horas pasaban,
todos los nombres que Emma había oído para la Tierra de las Hadas
llenaban su cabeza.
La conversación entre los cuatro se había hecho más silenciosa y
había caído finalmente en un silencio agotador; Cristina caminaba al lado
de Emma sin decir una palabra, su colgante brillando a la luz de la luna.
Mark encabezaba el camino, revisándolo con las estrellas a cada
oportunidad. A lo lejos, las Montañas de las Espinas se volvieron cada vez
más claras, se erguían inusitadas contra un cielo de color zafiro
ennegrecido.
Sin embargo, las montañas no eran a menudo visibles. En su mayoría,
el camino que seguían serpenteaba a través de árboles de poca altura
que crecían juntos, ramas ocasionalmente entrelazadas. Más de una vez,
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Emma vislumbraba ojos resplandecientes brillando entre las sombras.
Cuando las ramas de los árboles crujían, miraba hacia arriba para ver las
sombras que se movían rápidamente por encima de ellos, la risa
arrastrándose detrás de ellos como niebla.
—Estos son los lugares de las fieras salvajes —dijo Mark, mientras el
camino se curvaba alrededor de una colina. — La alta burguesía de las
hadas se queda dentro de los tribunales o a veces en la ciudad. A ellos les
gustan sus comodidades.
Aquí y allá había signos de asentamiento: pedazos de viejos muros
de piedra musgosa, cercas de madera ingeniosamente encajadas sin el
uso de clavos. Pasaron por varias aldeas en la hora antes del amanecer:
cada una de ellas estaba cerrada y oscura, las ventanas rotas y vacías. A
medida que se adentraron más lejos en la Tierra de las Hadas también
comenzaron a ver algo más. La primera vez que lo vieron, Emma se detuvo
en seco y exclamó: la hierba en la que habían estado caminando se
había disuelto repentinamente bajo sus pies, hinchándose de blanco y gris
como ceniza alrededor de sus tobillos.
Miró a su alrededor con asombro y descubrió que los demás también
estaban mirando. Habían entrado en el borde de un círculo irregular de
tierra de aspecto enfermo. Le recordó a Emma fotos que había visto de los
círculos de las cosechas. Todo dentro del perímetro del círculo era de un
gris oscuro y enfermizo: la hierba, los árboles, las hojas y las plantas. Huesos
de animales pequeños estaban dispersos entre la vegetación gris.
— ¿Qué es esto? —preguntó Emma. — ¿Alguna especie de magia
de las Hadas oscuras?
Mark sacudió la cabeza.
—Nunca he visto una plaga como esta antes. No me gusta.
Démonos prisa.
Nadie discutió, pero cuando se apresuraron a recorrer los pueblos
fantasmas y a través de las colinas, vieron más parches de la
desagradable plaga. Por fin el cielo empezó a encenderse con el
amanecer. Todos estaban casi cayendo de cansancio cuando salieron del
camino y se encontraron en un lugar de árboles y colinas.
—Podemos descansar aquí —dijo Mark. Señalando una subida de
tierra opuesta, cuya parte superior estaba oculta por una serie de
montones de piedra. — Esas piedras nos darán refugio y nos cubrirán.
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Emma frunció el ceño.
—Escucho correr agua —dijo. — ¿Hay un arroyo?
—Sabes que no podemos beber el agua de aquí —dijo Julian,
mientras se abría camino hacia abajo, en dirección al sonido de un líquido
que bullía sobre las rocas y alrededor de las raíces de un árbol.
—Lo sé, pero podríamos por lo menos lavarnos… —Su voz murió.
Había un tipo de arroyo, dividiendo el valle entre las dos colinas bajas, pero
el agua no era agua. Era escarlata y gruesa. Se movía despacio, lenta, roja
y goteando, entre los troncos negros de los árboles.
—Toda la sangre derramada en la tierra corre a través de los
manantiales de este país —dijo Mark a su lado. — Me lo han contado.
Julian se acercó al borde del torrente sanguíneo y se arrodilló. Con
un rápido gesto, hundió los dedos.
—Coágulos —dijo, frunciendo el ceño con una mezcla de
fascinación y disgusto, y se limpió la mano en la hierba. — ¿Es realmente
sangre humana?
—Eso es lo que dicen —dijo Mark. — No todos los ríos de la Tierra de
las Hadas son así, pero afirman que la sangre de los muertos asesinados del
mundo humano corre a través de los ríos y arroyos y manantiales aquí en el
bosque.
— ¿Quiénes? —preguntó Julian, levantándose. — ¿Quién dijo eso?
—Kieran —dijo simplemente Mark.
—Yo también conozco la historia —dijo Cristina. — Hay diferentes
versiones de las leyendas, pero he oído muchas y la mayoría dicen que la
sangre es humana, sangre mundana —ella retrocedió, dio un salto en
carrera, y aterrizó en el otro lado de la corriente de sangre con algunos
pies de sobra.
Los demás la siguieron, y subieron la colina hasta la cima plana,
cubierta de hierba, que daba una vista del campo circundante. Emma
sospechaba que los cascotes de piedras desmenuzadas habían sido una
especie de torre de vigilancia.
Desataron las mantas que tenían y extendieron los abrigos,
acurrucados debajo de ellos para calentarse.
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Mark se acurrucó e inmediatamente se quedó dormido. Cristina se
acostó con más cautela, su cuerpo envuelto en su abrigo azul oscuro, su
pelo largo derramado sobre el brazo sobre el que descansaba su cabeza.
Emma encontró un lugar para sí misma en la hierba, doblando su
chaqueta para hacer una almohada. No tenía nada para envolverse a sí
misma, y se estremeció cuando su piel tocó el frío suelo mientras
alcanzaba a equilibrar a Cortana cuidadosamente en una piedra
cercana.
—Emma —era Julian, rodando hacia ella. Había estado tan quieto
que había pensado que estaba dormido. Ni siquiera se acordaba de estar
acostada cerca de él. En la luz del alba, sus ojos brillaban como cristal de
mar.
—Tengo una manta de repuesto. Tómala.
Era suave y gris, una fina colcha en la que solía acostarse sobre el pie
de su cama. Forzosamente, Emma apartó los recuerdos de despertarse
con ella enredada alrededor de sus pies, bostezando y estirándose bajo la
luz del sol de la habitación de Julian.
—Gracias —susurró, deslizándose bajo la manta. La hierba
humedecida con el rocío. Julian seguía observándola, con la cabeza
apoyada en el brazo curvado.
—Jules —susurró Emma. — Si nuestra luz mágica no funciona aquí, y
los cuchillos serafín y las runas tampoco, ¿qué significa eso?
Sonaba cansado.
—Cuando miré una posada, en una de las ciudades por donde
pasamos, vi una runa angelical que alguien había garabateado en una
pared. Estaba salpicada de sangre, arañada y desfigurada. No sé lo que
ha pasado aquí desde la Guerra Fría, pero sé que nos odian.
— ¿Crees que el colgante de Cristina seguirá funcionando? —dijo
Emma.
—Creo que es sólo la magia de los Cazadores de Sombras la que
está bloqueada aquí —dijo Julian. — El colgante de Cristina es un regalo
de las Hadas. Debería estar bien.
Emma asintió.
—Buenas noches, Jules —susurró.
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Él sonrió débilmente.
—Es de mañana, Emma.
Ella no dijo nada, sólo cerró los ojos, pero no completamente, así que
todavía podía verlo. No había dormido cerca de él desde aquel terrible
día en que Jem le había hablado de la maldición parabatai, y no se dio
cuenta de lo mucho que lo había extrañado. Estaba agotada, el
cansancio se le escapaba de los huesos y caía al suelo debajo de ella
mientras su dolorido cuerpo se relajaba; había olvidado lo que era dejar ir
la conciencia lentamente, ya que la persona que más confiaba en el
mundo estaba a su lado. Incluso aquí, en la Tierra de las Hadas, donde
odiaban a los Cazadores de Sombras, se sentía más segura que en su
propio dormitorio, porque Jules estaba allí, tan cerca que si se hubiera
estirado, podría haberlo tocado.
No podía extender la mano, por supuesto. No podía tocarlo. Pero
ellos respiraban juntos, respiraban el mismo aliento que la conciencia
fragmentada, mientras Emma dejaba ir la vigilia y caía, la imagen de
Julian en la luz del alba siguiéndola hacia abajo en sus sueños.

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