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Allí el Viajero
Traductora: Laura M Camacho
Correctora: Fer Vorpahl
Revisora Final: Jennifer García
Ejército Nephilim Latinoamérica
Ya que la cocina era muy pequeña para hospedar a todos los habitantes
del instituto, sumando veinte centuriones extra, el desayuno se sirvió en el
comedor. Los retratos de los antiguos Blackthorns miraban abajo hacia los
huevos, tocino y pedazos de pan tostado. Cristina se movió discretamente entre
la multitud, tratando de no ser vista. Ella no creía haber bajado en lo absoluto si
no fuera por su desesperada necesidad de un café.
Ella miraba alrededor en busca de Emma y Mark, pero ninguno se
encontraba allí aun. Emma no era una gran madrugadora y Mark aún estaba
acostumbrado a la noche.
Julian estaba ahí, probando la comida, pero él estaba usando la placentera, casi
expresión en blanco que usaba cuando se encontraba rodeado de extraños.
Peculiar, pensó ella, el que conociera lo suficientemente bien a Julian
como para darse cuenta de ello. Ellos tenían una especie de vínculo, ambos
amaban a Emma, pero se encontraban alejados porque él no tenía idea de que
ella sabía.
Julian tratando de ocultar su amor por Emma, ella tratando de ocultar el hecho
de que lo sabía. Ella deseaba poder ofrecerle un poco de simpatía, pero si lo
hiciera el retrocedería horrorizado.
—Cristina.
Ella casi tira su café. Era Diego. Lucía horrible–su cara cansada, bolsas
debajo de los ojos, su cabello enredado. El llevaba un atuendo ordinario y
parecía que había perdido su pin Centurión
Ella levantó la mano —Aléjate de mí, Diego.
—Solo escúchame.
Alguien se colocó entre ellos. El chico español de cabello sandia, Manuel
—Tú la escuchaste —dijo en inglés. Nadie más los estaba observando todavía,
todos ellos estaban envueltos en sus propias conversaciones. —Déjala sola.
Cristina se dio una vuelta y camino fuera de la habitación.
Mantuvo su espalda firme, no por cualquiera aceleraría sus pasos. Ella era
una Rosales. No quería la pena de los centuriones.
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Empujo a través de la puerta de entrada, esperaba que Emma se
encontrara despierta, así podían ir a la sala de entrenamiento a liberarse
de sus frustraciones.
Iba caminando sin ver hasta casi chocar con un árbol retorcido que aun
crecía en la mala hierba delante del instituto.
Había sido puesto allí por las hadas, el árbol de azotes, usado para el
castigo. Se mantuvo incluso cuando el castigo había terminado, cuando la
lluvia había lavado la sangre de Emma de la hierba y las piedras.
—Cristina, por favor —Ella giró. Diego estaba allí, aparentemente
había decidido ignorar a Manuel. Realmente se veía horrible. Las sombras
bajo sus ojos parecían haber sido cortadas.
La había llevado a través de esa misma hierba, recordó, hace dos
semanas, cuando había resultado herida. La había abrazado fuertemente,
susurrando su nombre una y otra vez. Y todo el tiempo, había estado
comprometido con otra persona.
Ella se apoyó contra el tronco del árbol. — ¿Enserio no entiendes por
qué no quiero verte?
—Claro que lo entiendo —Él dijo. —Pero no es lo que tú piensas.
— ¿Enserio? ¿No estás comprometido? ¿No se supone que te vas a
casar con Zara?
—Ella es mi prometida —él dijo —Pero, Cristina, es más complicado
de lo que parece.
—Realmente no veo como podría serlo.
—Le escribí, —dijo él —Después de que tú y yo regresamos. Le dije
que habíamos terminado.
—No creo que haya recibido tu carta —dijo Cristina.
Diego envolvió sus manos en su pelo. —No, lo hizo. Ella me dijo que la
leyó y que por eso vino aquí. Honestamente, no creí que lo hiciera. Supuse
que todo había terminado cuando no escuché nada de ella. Supuse… en
realidad supuse que estaba libre.
— ¿Entonces terminaste con ella anoche?
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Vaciló, y en ese momento de vacilación, todo pensamiento que
Cristina había estado abrigando en los rincones más profundos de su
corazón, cualquier esperanza fugaz de que todo esto fuera un error,
desapareció como la niebla quemada por el sol.
—No lo hice —dijo él —No pude.
—Pero tú dijiste que lo hiciste, en tu carta.
—Las cosas son diferentes ahora. —Él dijo —Cristina, tienes que
confiar en mí.
—No —Ella dijo —No lo haré. En realidad confié en ti, a pesar de la
evidencia en mis propios oídos. Ya no sé si nada de lo que dijiste antes era
verdad. Ya no sé si las cosas que dijiste sobre Jaime eran ciertas. ¿Dónde
está el?
Diego dejó caer las manos a los lados. Parecía derrotado. —Hay
cosas que no puedo decirte. Ojalá pudieras creerme.
— ¿Qué está pasando? —La voz clara y fuerte de Zara cruzó a través
del aire seco. Estaba caminando hacia ellos, su pin Centurión estaba
brillando bajo el sol.
Diego la miró con expresión de dolor en la cara. —Estaba hablando con
Cristina.
—Ya veo. —La boca de Zara estaba curvada en una pequeña
sonrisa, parecía que nunca iba a dejar su cara. Miró a Cristina y puso una
mano en el hombro de Diego. —Vuelve adentro —dijo ella. —Estamos
averiguando qué redes vamos a buscar hoy. Conoces bien esta zona. Es
hora de ayudar. Tic, toc. —Tocó su reloj.
Diego miró una vez a Cristina, luego se volvió hacia su
prometida. —Está bien. Con una última mirada de superioridad, Zara
deslizó su mano y tomo la de Diego, arrastrándolo a medias hacia el
Instituto. Cristina los vio irse, el café que había bebido rolando en su
estómago como ácido.
*** ***
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Para la decepción de Emma, los centuriones se negaron a permitir
que alguno de los Blackthorns los acompañara en la búsqueda del cuerpo
de Malcolm. —No, gracias —dijo Zara, que parecía haberse nombrado la
jefa no oficial de los centuriones.
—Hemos entrenado para esto, y tratar con Cazadores de Sombras
menos experimentados en este tipo de misión es sólo una distracción —
Emma miró a Diego, que estaba de pie junto a Zara. Él miró hacia otro
lado.
Se habían ido casi todo el día, volviendo a tiempo para la cena, que
los Blackthorns acabaron haciendo. Era espagueti, mucho espagueti. —
Extraño la pizza de vampiros —Emma murmuró, mirando a un enorme plato
de salsa roja.
Julian resopló. Estaba de pie sobre una olla de agua hirviendo; El
vapor se elevaba y enroscaba su cabello en rizos húmedos. —Quizá al
menos nos digan si encontraron algo.
—Lo dudo —dijo Ty, que se disponía a preparar la mesa. Era una
actividad que había disfrutado desde que era pequeño; Le encantaba
configurar cada utensilio en orden preciso e incluso repetido. Livvy le
estaba ayudando; Kit se había escapado y no se encontraba en ninguna
parte. Parecía resentir la intrusión de los centuriones más que nadie. Emma
no podía culparlo, apenas se había adaptado al Instituto tal cual era.
Cuando inesperadamente estas personas aparecieron con necesidades
que esperaban se atendieran.
Ty tenía razón. La cena era un asunto grande y animado; Zara logró
encabezarse en la mesa, expulsando a Diana, y les dio una descripción
abreviada del día; en las secciones del océano que habían sido
registradas no se encontró nada significativo, aunque los rastros de magia
oscura indicaban un punto más lejano en el océano donde los demonios
del mar se agrupan. —Vamos a acercarnos mañana —dijo ella, agarrando
el espagueti de una forma muy elegante con su tenedor.
— ¿Cómo es que buscan? —Preguntó Emma, su afán por saber más
sobre técnicas avanzadas superaban su aversión a Zara. Después de todo,
como Cristina había dicho antes, la situación no era realmente culpa de
Zara; Era de Diego. — ¿Tienen un equipo especial?
—Desafortunadamente, esa información es propiedad del
Escolamántico, —dijo Zara con una sonrisa fría. —Incluso para alguien que
se supone es la mejor Cazadora de Sombras de su generación.
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Emma se ruborizó y se sentó en su silla. — ¿Qué se supone que
significa eso?
—Sabes cómo la gente habla de ti en Idris —dijo Zara. Su tono era
descuidado, pero sus ojos avellana parecían dagas. —Como si fueras la
nueva Jace Herondale.
—Pero si todavía tenemos al viejo Jace Herondale —dijo Ty, perplejo.
—Es un dicho —dijo Julian en voz baja —Quiere decir que es casi
igual de buena.
Normalmente le habría dicho, “Te lo dibujaré, Ty” Las
representaciones visuales de expresiones a veces confusas, como "Se murió
de la risa" o "El mejor invento desde el pan rebanado" resultó en imágenes
hilarantes dibujadas por Julian acompañadas por notas explicativas sobre
el verdadero significado de la expresión debajo.
El hecho de no decirlo hizo que Emma lo mirara un poco más
bruscamente.
Su mal humor se debía a los centuriones, no era como si ella lo culpara.
Cuando Julian no confiaba en alguien, todos sus instintos protectores se
ponían en marcha: ocultar el amor de Livvy por las computadoras, la
forma inusual de procesar información de Ty, las películas de horror de Dru.
Las reglas de Emma se rompían.
Julian alzó su vaso de agua con una sonrisa falsa y brillante.--¿No
deberíamos, nosotros los Nefilim, compartir toda la información? Luchamos
contra los mismos demonios. Si una rama Nefilim tiene ventaja, ¿no es
injusto?
—No necesariamente —dijo Samantha Larkspear, la mitad femenina
de los gemelos Centuriones que Emma había conocido el día anterior. El
nombre de su hermano era Dane; Compartían las mismas caras delgadas
y blancas, la piel pálida y el cabello oscuro y recto. —No todo el mundo
tiene el entrenamiento para usar todas las herramientas, y un arma
manejada de la forma incorrecta se transforma en un desperdicio.
—Todo el mundo puede aprender —dijo Mark.
—Entonces, tal vez un día asistas al Escolamántico y seas entrenado
—dijo el centurión de Mumbai. Su nombre era Divya Joshi.
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—Es improbable que el Escolamántico acepte a alguien con sangre
de hadas —dijo Zara.
—La Clave es rígida —dijo Diego —Eso es verdad.
—No me gusta la palabra “rígido” —dijo Zara —Lo que son es
tradicionalistas. Ellos buscan restaurar las diferencias entre los Subterráneos
y Cazadores de Sombras que siempre han existido. La mezcla crea
confusión.
—Quiero decir, mira lo que ha pasado con Alec Lightwood y Magnus
Bane —dijo Samantha, agitando el tenedor —Todo el mundo sabe que
Magnus usa su influencia con los Lightwoods para conseguir que el
inquisidor deje a los Subterráneos fuera de juego. Incluso por cosas como el
asesinato.
—Magnus nunca haría eso —dijo Emma. Había dejado de comer,
aunque estaba muerta de hambre cuando se había sentado.
—Y el Inquisidor no juzga a los Subterráneos, solo a los Cazadores de
Sombras —decía Julian. —Robert Lightwood no podría “dejar a los
subterráneos fuera de juego" aunque lo pretendiera.
—Lo que sea —dijo Jessica Beausejour, un centurión con un débil
acento francés y anillos en todos sus dedos. —La alianza de los Cazadores
de Sombras y Subterráneos pronto acabará."
—Nadie lo va a acabar —dijo Cristina, con su boca en forma de
línea. —Eso es un rumor.
—Hablando de rumores —dijo Samantha —he oído que Bane
engañó a Alec Lightwood para enamorarse de él usando un hechizo —Sus
ojos brillaron, como si no pudiera decidir si ella encontraba la idea
atractiva o repugnante.
—Eso no es cierto —dijo Emma, con el corazón acelerado. —Eso es
mentira.
*** ***
Manuel levantó una ceja. Dane se rió. —Me pregunto qué pasará
cuando todo termine. En ese caso, —dijo. —Malas noticias para los
Subterráneos si el Inquisidor no es tan amable.
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Ty parecía desconcertado. Emma no podía culparlo. Nadie del
círculo de Zara parecía preocuparse por los hechos. — ¿No has oído a
Julian? El Inquisidor no supervisa los casos en que los Subterráneos han roto
los Acuerdos. Él no...
Livvy puso su mano en su muñeca.
—Todos apoyamos los Acuerdos aquí —dijo Manuel, apoyándose en
su silla.
—Los Acuerdos eran una buena idea —dijo Zara —Pero cada
herramienta necesita afinarse. Los Acuerdos requieren refinación. Los brujos
deberían ser regulados, por ejemplo. Son demasiado poderosos y
demasiado independientes. Mi padre planea sugerir un registro de brujos al
Consejo. Cada brujo debe dar su información a la Clave y ser rastreados. Si
tiene éxito, se ampliará a todos los Subterráneos. No podemos tenerlos
corriendo sin que podamos controlarlos. Miren lo que pasó con Malcolm
Fade.
—Zara, suenas ridícula —dijo Jon Cartwright, uno de los centuriones
más antiguos, unos veintidós años, pensaba Emma. La edad de Jace y
Clary. Lo único que Emma podía recordar de él era que tenía una novia,
Marisol. —Como un antiguo miembro del Consejo, temerosa al cambio.
—Estoy de acuerdo —dijo Rayan —Somos estudiantes y luchadores,
no legisladores. Lo que sea que tu padre esté haciendo, no es relevante
para el Escolamántico.
Zara parecía indignada. —Es sólo un registro.
— ¿Soy el único que ha leído X-Men y se da cuenta de por qué es
una mala idea? —Dijo Kit. Emma no tenía ni idea de cuándo había
reaparecido, pero lo había hecho, y estaba torciendo la pasta con el
tenedor.
Zara empezó a fruncir el ceño, luego su rostro se iluminó. —Eres Kit
Herondale —dijo ella. —El Herondale perdido.
—No me di cuenta de que estaba perdido —dijo Kit. —Nunca me
sentí perdido.
—Debe de ser emocionante, descubrir por sorpresa que eres un
Herondale —dijo Zara. Emma frenó el impulso de señalar que si no sabías
mucho acerca de Cazadores de Sombras, descubrir que eras un
Herondale era tan emocionante como descubrir que eras una nueva
especie de caracol —Conocí a Jace Herondale una vez.-
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Miró a su alrededor expectante.
—Wow —dijo Kit. Era realmente un Herondale, pensó Emma. Había
logrado insertar los mismos niveles de indiferencia y sarcasmo de Jace en
una sola palabra.
—Apuesto a que no puedes esperar para llegar a la Academia —
dijo Zara. —Ya que eres un Herondale, ciertamente vas a sobresalir. Te doy
mi palabra.
Kit guardó silencio. Diana se aclaró la garganta. — ¿Cuáles son sus
planes para mañana, Zara, Diego? ¿Hay algo que el Instituto pueda hacer
para ayudarles?
—Ahora que lo mencionas —dijo Zara —sería increíblemente útil…
Todo el mundo, incluso Kit, se inclinó hacia delante con interés.
—Si cuando estemos fuera, lavaras nuestra ropa. El agua del
océano arruina la ropa rápidamente, ¿no lo has notado?
*** ***
La noche cayó con la rapidez de las sombras en el desierto, pero a
pesar del sonido de las olas que entraban por su ventana, Cristina no pudo
dormir.
Pensar en su casa la desgarraba. Su madre, sus primos. Mejores días,
con Diego y Jaime: Recordaba un fin de semana que había pasado con
ellos una vez, siguiendo a un demonio en la desolada ciudad fantasma de
Guerrero Viejo. El paisaje de ensueño que los rodeaba: casas medio
hundidas, ligeras y maltratadas hierbas, edificios largamente decolorados
por el agua. Ella había permanecido en una roca con Jaime bajo
innumerables estrellas, y se habían dicho lo que más querían en el mundo:
ella, acabar con la Paz Fría; Él, traer el honor de nuevo a su familia.
Harta, se levantó de la cama y bajó las escaleras, con sólo su luz
mágica para iluminar sus pasos. Las escaleras eran oscuras y silenciosas, y
encontró su camino por la puerta trasera del Instituto sin hacer mucho
ruido.
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La luz de la luna recorría el pequeño lote de tierra donde estaba
estacionado el auto del Instituto. Detrás del terreno había un jardín, donde
estatuas clásicas de mármol blanco salían incongruentemente de la arena
del desierto.
Cristina extrañaba el jardín de rosas de su madre con una súbita
intensidad. El olor de las flores, más dulce que el sabio del desierto; Su
madre caminando entre las hileras ordenadas. Cristina solía bromear
diciéndole a su madre debía tener la ayuda de un brujo para mantener las
flores floreciendo incluso durante el verano más caluroso. Se alejó más de
la casa, hacia las hileras de cerezos y alisos.
Al acercarse a ellos, vio una sombra y se congeló, dándose cuenta
de que no había traído armas con ella. Estúpida, pensó; el desierto estaba
lleno de peligros, no todos sobrenaturales. Los leones de montaña no
distinguían entre mundanos y Nefilim.
No era un león de montaña. La sombra se acercó; Ella se tensó,
luego se relajó. Era Mark. La luz de la luna volvió su cabello blanco
plateado. Sus pies estaban desnudos bajo los talones de sus vaqueros. El
asombro cruzó su rostro al verla; Luego se acercó a ella sin vacilar y le puso
una mano en la mejilla.
— ¿Te estoy imaginando? —dijo —Estaba pensando en ti, y ahora
estás aquí.
Eso era tan propio Mark, decir una declaración franca de sus
emociones. Porque las hadas no podían mentir, pensó, y él había crecido
alrededor de eso, aprendiendo a hablar de amor y amando a Kieran, que
era orgulloso y arrogante pero siempre veraz. Las hadas no asociaban la
verdad con la debilidad y la vulnerabilidad, como lo hacían los humanos.
Eso hizo que Cristina se sintiera más valiente. —Yo también estaba
pensando en ti.
Mark pasó el pulgar por su pómulo. Su palma estaba caliente en su
piel, acunando su cabeza. — ¿Qué hay de mí?
—La mirada en tu cara cuando Zara y sus amigos estaban hablando
de Subterráneos durante la cena. Tu dolor…
Se rió sin humor. —Debería haberlo esperado. Si hubiera sido un
activo Cazadores de Sombras durante los últimos cinco años, sin duda
estaría más acostumbrado a ese tipo de charlas.
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— ¿Por la Paz Fría?
El asintió. — Cuando una decisión como esa es hecha por un
gobierno, anima a aquellos que ya están prejuiciados a hablar sobre sus
pensamientos más profundos de odio. Ellos asumen que son simplemente lo
suficientemente valientes como para decir lo que todo el mundo
realmente piensa.
—Mark…
—En la mente de Zara, soy odiado —dijo Mark. Sus ojos estaban
oscurecidos. —Estoy seguro de que su padre es parte de ese grupo que
exige que Helen permanezca prisionera en la Isla Wrangel
—Volverá —dijo Cristina —Ahora que has vuelto a casa y has
luchado lealmente por los Cazadores de Sombras, seguramente la dejarán
ir.
Mark negó con la cabeza, pero lo único que dijo fue: —Lamento lo
de Diego.
Ella alzó la mano la colocó sobre la de él, con los dedos ligeros y
frescos como ramas de sauce. Deseaba tocarle más, abruptamente,
quería probar la sensación de su piel debajo de su camisa, la textura de su
mandíbula, donde él claramente nunca se afeitó y nunca lo necesitó. —
No —dijo ella —No lo haces, no realmente… ¿Lo lamentas?
—Cristina —Mark respiró; había una nota de impotencia en su voz —
Puedo…
Cristina sacudió la cabeza; si le hubiera dejado terminar su pregunta,
ella no habría podido negarse.
—No podemos —dijo ella —Emma.
—Sabes que no es real —dijo Mark. —Adoro a Emma, pero de esa
manera.
—Pero es importante, lo que está haciendo —Se apartó de Mark —
Julian tiene que creerlo.
Él la miró con perplejidad y ella recordó: Mark no lo sabía. Nada
sobre la maldición, que Julian amaba a Emma, o que Emma lo amaba a
él.
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—Todo el mundo tiene que creerlo. Y además, —añadió
apresuradamente —está Kieran. Acabas de terminar las cosas con él. Y
acabo de terminar las cosas con Diego.
El sólo se veía más desconcertado. Supuso que las hadas nunca
habían adoptado las ideas humanas de darse espacio y tener tiempo para
superar las relaciones.
Y tal vez eran ideas estúpidas. Quizás el amor era amor y debías
tomarlo cuando lo encontrabas. Ciertamente su cuerpo le gritaba a su
mente que se callara: quería abrazar a Mark, quería abrazarlo mientras él
la sostenía, sentir su pecho contra el suyo mientras el de él se expandiera
por aliento.
Algo resonó en la oscuridad. Sonaba como el chasquido de una
enorme rama, seguido por un ruido lento y arrastrado. Cristina se giró,
buscando su daga. Pero estaba dentro, en su mesita de noche.
— ¿Crees que es la patrulla nocturna de los centuriones? —le susurró
a Mark.
Estaba mirando hacia la oscuridad también, con los ojos muy
abiertos. —No, no fue un ruido humano —Sacó dos espadas serafín y le
colocó una en la mano —Tampoco era un animal.
El peso de la espada en la mano de Cristina era familiar y
reconfortante. Después de un momento de pausa para aplicar una runa
de Visión Nocturna, siguió a Mark en las sombras del desierto.
*** ***
Kit abrió la puerta de su habitación y se asomó.
El pasillo estaba desierto. No estaba Ty sentado fuera de su puerta,
leyendo o acostado en el suelo con los auriculares puestos. Ninguna luz
que se filtrara por debajo de otras puertas. Sólo el tenue resplandor de las
hileras de luces blancas que corrían por el techo.
Él esperaba que las alarmas estuvieran apagadas mientras se
deslizaba a través de la silenciosa casa y abría la puerta principal del
Instituto, una especie de silbido chillante o una ráfaga de luces. Pero no
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había nada, sólo el sonido de una puerta pesada común que crujía
abierta y cerrada detrás de él.
Estaba afuera, en el porche, por encima de los escalones que
conducían hacia la hierba pisoteada frente al Instituto, y luego hacia la
carretera. La vista sobre el acantilado y hacia el mar estaba bañada por la
luz de la luna, plateada y negra, un sendero blanco que cortaba el agua.
“Es hermoso aquí” pensó Kit, poniendo su bolsa de lona sobre su
hombro. Pero no lo suficientemente bonito como para quedarse. No se
puede negociar una vista a la playa por su libertad.
Bajó las escaleras. Su pie toco el primer escalón y salió de debajo de
él cuando fue tirado hacia atrás. Su bolsa de lona voló. Una mano le
agarraba el hombro con fuerza; Kit se arrastró de costado, casi cayendo
por los escalones, y tiró de su brazo, chocando con algo sólido. Oyó un
gruñido ahogado: había una figura apenas visible, sólo una sombra entre
las sombras, que se alzaba sobre él, bloqueando la luna.
Un segundo después ambos estaban cayendo, Kit golpeando
el porche en su espalda, con la sombra oscura colapsando encima de él.
Sintió que unas rodillas y codos afilados le empujaban y un instante más
tarde se encendió una luz: una de esas estúpidas pequeñas piedras que
llamaban luz mágica.
—Kit, —dijo una voz encima de él, la voz de Tiberius. —Deja de
golpear —Ty se sacudió el cabello oscuro de la cara. Estaba arrodillado
sobre Kit; sentado en su plexo solar, lo que le hacía difícil respirar; vestido
de negro, como hacían los Cazadores de Sombras cuando salían a pelear.
Sólo sus manos y rostro estaban desnudos, muy blancos en la oscuridad.
— ¿Estabas huyendo? —preguntó.
—Yo iba a dar un paseo —dijo Kit.
—No, estás mintiendo —dijo Ty, mirando la bolsa de lona de Kit —
Estabas huyendo.
Kit suspiró y dejó caer su cabeza con un golpe. — ¿Por qué te
importa lo que hago?
—Soy un Cazador de Sombras. Ayudamos a la gente.
—Ahora tú estás mintiendo —dijo Kit con convicción.
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Ty sonrió. Era una sonrisa genuina, de aquellas que iluminaban todo
tu rostro, y le hizo recordar a Kit la primera vez que conoció a Ty. Él no
había estado sentado en él entonces, pero había estado sujetando una
daga contra la garganta de Kit. En ese momento Kit lo había mirado, e
ignorando el cuchillo, había pensado en que era hermoso.
Hermoso como todos los Cazadores de Sombras eran hermosos,
como la luz de la luna alcanzaba los bordes del vidrio roto: encantador y
mortal. Cosas hermosas, cosas crueles, crueles de tal manera que sólo las
personas que creían absolutamente en la rectitud de su causa podían ser
crueles.
—Te necesito —dijo Ty —Puede que te sorprenda oír eso.
—Lo estoy —contesto Kit. Se preguntó si alguien iba a salir corriendo.
No podía oír los pies o las voces acercándose.
— ¿Qué pasó con la patrulla nocturna? —preguntó.
—Es probable que estén a media milla de aquí —dijo Ty —Están
tratando de evitar que los demonios se acerquen al Instituto, no para
impedir que salgas. Ahora quieres saber para qué te necesito, ¿O no?
Casi en contra de su voluntad, Kit era curioso. Se apoyó en los codos
y asintió con la cabeza. Ty estaba sentado en él tan casualmente como si
Kit fuera un sofá, pero sus dedos; dedos largos y rápidos, hábiles con un
cuchillo, recordaba Kit; se apoyaban cerca de su cinturón de armas.
—Eres un criminal —dijo Ty —Tu padre era estúpido y querías ser
como él. Probablemente tu bolsa de lona está llena de cosas que robaste
del Instituto.
—Eso. . . —empezó a decir Kit, y se detuvo cuando Ty alargó la
mano, tiró de la cremallera de la bolsa y observó el montón de dagas,
cajas, vainas, candelabros y cualquier otra cosa que Kit hubiera recogido
revelándolo a la luz de la luna — . . . Podría ser cierto —concluyó Kit. —
¿Qué tiene eso que ver contigo? Nada de esto es tuyo.
—Quiero resolver crímenes —dijo Ty —Ser detective. Pero a nadie le
importa este tipo de cosas.
— ¿No acabas de atrapar a un asesino?
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—Malcolm envió una nota, —dijo Ty con un tono desvanecido, como
si estuviera decepcionado de que Malcolm hubiera arruinado la resolución
del crimen con su confesión. —Y entonces admitió que lo hizo.
—Eso reduce bastante la lista de sospechosos. —Dijo Kit —Mira, si me
necesitas para que me detenerme por diversión, creo que debo señalar
que es el tipo de cosas que solo puedes hacer una vez.
—No quiero arrestarte. Quiero un compañero. Alguien que conoce
los crímenes y las personas que los cometen para que pueda ayudarme.
Una bombilla se prendió en la cabeza de Kit. — ¿Quieres un...
espera, has estado durmiendo fuera de mi habitación porque quieres que
sea una especie de Watson para tu Sherlock Holmes?
Los ojos de Ty se iluminaron. Seguían moviéndose con inquietud
alrededor de Kit como si lo estuviera leyendo, examinándolo, sin
encontrarse nunca completamente con Kit, pero eso no atenuó su
resplandor. — ¿Los conoces?
“Todo el mundo los conoce” Kit casi dijo, pero en su lugar respondió:
—No voy a ser el Watson de nadie. No quiero resolver crímenes. No me
importan los crímenes. No me importa si están siendo cometidos o no
cometidos...
—No pienses en ellos como crímenes. Piensa en ellos cómo misterios.
Además, ¿Qué más vas a hacer? ¿Huir? ¿E ir a donde?
—No me importa...
—Sí, te importa —respondió Ty —Quieres vivir. Al igual que todos los
demás. No quieres sentirte prisionero, eso es todo —Inclinó la cabeza hacia
un lado, sus ojos casi blancos en el resplandor de la luz mágica. La luna
había pasado detrás de una nube, y era la única iluminación.
— ¿Cómo sabías que iba a huir esta noche?
—Porque te estabas acostumbrando a estar aquí —dijo Ty. —Te
estabas acostumbrando a todos nosotros. Pero no a los Centuriones, no te
agradan. Livvy lo notó primero. Y después de lo que Zara dijo hoy acerca
de que vayas a la Academia, debes sentir que no vas a tener opciones
sobre lo que haces, después de ello.
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Era cierto, sorprendentemente. Kit no pudo encontrar las palabras
para explicar cómo se había sentido en la mesa. Como si el convertirse en
un Cazador de Sombras significara ser empujado a una máquina que lo
masticaría y escupiría en un Centurión.
—Los miro —dijo —y pienso: No puedo ser como ellos, ellos no
soportan a nadie diferente.
—No tienes que ir a la Academia —dijo Ty —Puedes quedarte con
nosotros todo el tiempo que quieras.
Kit dudaba que Ty tuviera la autoridad para hacer una promesa
como esa, pero él la apreciaba de todos modos. —Mientras te ayude a
resolver misterios —dijo — ¿Cada cuando tienes misterios que resolver? ¿O
tengo que esperar hasta que otro brujo se vuelva loco?
Ty se apoyó en uno de los pilares. Sus manos revoloteaban a sus
lados como mariposas nocturnas. —En realidad, hay un misterio en este
momento.
Kit estaba intrigado a pesar de todo. — ¿Qué es?
—Creo que no están aquí por la razón que dicen ser. Creo que hay
algo más —dijo Ty. —Y que definitivamente nos están mintiendo.
— ¿Quiénes mienten? —Los ojos de Ty brillaron.
—Los centuriones, por supuesto.
*** ***
El día siguiente estaba bastante caliente, uno de aquellos raros días
en que el aire parecía estar quieto y la proximidad del océano no ofrecía
alivio alguno. Cuando Emma llegó, tarde, para desayunar en el comedor,
los ventiladores de techo rara vez estaban girando a toda velocidad.
— ¿Era un demonio de arena? —preguntó Dina Larkspear a Cristina.
—Los demonios Iblis y Akvan son comunes en el desierto
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—Lo sabemos —dijo Julian —Mark ya dijo que era un demonio del
mar.
—Se deslizó en el momento en que brilló la luz mágica sobre él —dijo
Mark —Pero dejó un hedor de agua de mar y arena húmeda.
—No puedo creer que no haya barreras perimetrales aquí —dijo
Zara. — ¿Por qué nadie lo ha revisado antes? Debería preguntarle al señor
Blackthorn…
—Las barreras perimetrales no lograron mantener fuera a Sebastian
Morgenstern —dijo Diana —Después de eso no volvieron a usarse. Las
barreras perimetrales rara vez funcionan.
Sonaba como si estuviera luchando por mantener su temperamento.
Emma no podía culparla.
Zara la miró con una especie de lastima superior.--Bueno, con todos
esos demonios del mar arrastrándose hacia el océano; lo que no harían si
el cuerpo de Malcolm Fade no estuviera por allí en algún lugar; creo que
son necesarios. ¿Tú no?
Hubo un murmullo de voces: la mayoría de los centuriones, a
excepción de Diego, Jon y Rayan, parecían estar de acuerdo. Mientras
hacían planes para levantar las barreras esa mañana, Emma intentó
atrapar la mirada de Julian para compartir su molestia, pero él miraba lejos
de ella, hacia Mark y Cristina.
— ¿Qué estaban haciendo ustedes dos anoche, de todos modos?
—No podíamos dormir- dijo Mark —Nos topamos el uno con el otro.
Zara sonrió —Por supuesto que sí —Se volvió para susurrar algo en el
oído de Samantha. Ambas chicas rieron.
Cristina se ruborizó. Emma vio la mano de Julian apretar su tenedor.
Lo dejó lentamente junto a su plato.
Emma se mordió el labio. Si Mark y Cristina quisieran comenzar a salir,
ella les daría su bendición. Estaba preparando una especie de ruptura con
Mark; su "relación" ya había hecho bastante de lo que había necesitado.
Julian apenas podía mirarla, y eso era lo que había querido, ¿no?
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No parecía feliz con la idea de que ella y Mark pudieran haber
terminado. Ni siquiera un poquito. Si incluso estaba pensando en eso.
Había habido un tiempo en cual ella siempre sabía lo que Julian tenía en
mente. Ahora sólo podía leer la superficie de sus pensamientos; sus
sentimientos más profundos estaban ocultos.
Diego miró de Mark a Cristina y se puso de pie, empujando hacia
atrás su silla. Salió de la habitación. Después de un momento, Emma dejó
caer su servilleta en su plato y lo siguió.
Había caminado por todo el camino hasta la puerta trasera y hacia
el aparcamiento antes de darse cuenta de que estaba siguiéndolo—una
señal segura de que estaba molesto, dado el nivel de entrenamiento de
Diego. Se volvió hacia ella, sus ojos oscuros brillando.
—Emma —dijo —Comprendo que quieras reñirme. Has tratado por
días. Pero este no es un buen momento
— ¿Y cuál sería un buen momento? ¿Quieres incluirlo dentro de tu
horario debajo de Nunca Va A Pasar? —Ella levantó una ceja. —Eso es lo
que pensé. Sígueme.
Caminó por el costado del Instituto, Diego la siguió molesto. Llegaron
a un lugar en el que se elevaba un pequeño montículo de tierra entre los
cactus, bastante familiar para Emma.
—Ponte allí —dijo, señalando. Él le lanzó una mirada incrédula. —Así
no seremos vistos desde las ventanas —explicó, y él hizo lo que pidió a
regañadientes, cruzando sus brazos a través de su musculoso pecho.
—Emma –dijo –Tú no puedes, ni vas a entender, y no puedo
explicarte...
—Apuesto que no puedes —dijo —Mira, sabes que no siempre he
sido tu mayor admiradora, pero pensaba mucho mejor que esto.
Un músculo se le contrajo en la cara. Tenía la mandíbula rígida. —
Como ya he dicho. No vas a entender, y no puedo explicarlo.
—Una cosa seria —dijo Emma —si hubieras salido con dos al mismo
tiempo, lo cual yo todavía pensaría que era despreciable, pero... ¿Zara?
Eres la razón de que ella este aquí. Sabes que no podemos... Sabes que
Julian tiene que tener cuidado.
—No debería preocuparse demasiado —dijo Diego sin expresión —
Zara sólo está interesada en lo que le beneficia. No creo que ella tenga
117
ningún interés en los secretos de Arthur, solo quiere completar la misión
exitosamente para llamar la atención del Consejo.
—Es fácil para ti asumir eso.
—Tengo razones para hacer todo lo que hago, Emma —dijo —Tal vez
Cristina no las conozca ahora, pero algún día las conocerá.
—Diego, todo el mundo tiene razones para hacer todo lo que
hacen. Malcolm tenía razones para lo que hacía.
La boca de Diego se aplastó en una delgada línea —No me
compares con Malcolm Fade.
— ¿Porque era un brujo? —La voz de Emma era baja, peligrosa —
¿Porque piensas como tu prometida? ¿Sobre la Paz Fría? ¿Sobre los brujos y
hadas? ¿Sobre de Mark?
—Porque era un asesino —dijo Diego entre dientes —Puedes pensar
lo que quieras de mí, Emma, pero no soy un fanático sin sentido. No creo
que los Subterráneos sean inferiores, que se deban registrar o ser torturados.
—Pero admites que Zara sí —dijo Emma.
—Nunca le he dicho nada. —dijo.
—Quizás puedas entender porque me pregunto qué prefieras Zara
en vez de a Cristina —dijo Emma.
Diego se puso tensó y gritó. Emma había olvidado lo rápido que
podía moverse, a pesar de su peso; saltó hacia atrás, maldiciendo y
pateando con el pie izquierdo. Murmurando de dolor, se quitó el zapato.
Columnas de hormigas avanzaban sobre su tobillo, subiendo por su pierna.
—Oh, querido—dijo Emma —Debiste estar parado sobre una colonia
de hormigas rojas. Ya sabes, accidentalmente.
Diego palmeo a las hormigas, todavía maldiciendo. Había pateado
una parte de la cima del montículo de tierra, y las hormigas estaban
saliendo de ella.
Emma dio un paso atrás. —No te preocupes —dijo ella —No son
venenosas.
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— ¿Me has engañado para que me ponga de pie sobre un
hormiguero? —Él ya había metido el pie en su zapato, pero Emma sabía
que tendría picaduras de hormigas durante cuantos días, a menos que
usara un iratze.
—Cristina me hizo prometerle no tocarte, así que tuve que ser
creativa —dijo Emma. —No deberías haberle mentido a mi mejor amiga.
Desgraciado mentiroso.
Él la miró fijamente.
Emma suspiró —Espero que eso significara lo que creo que
significaba. Odiaría haberte llamado un cubo oxidado o algo así.
—No —para su sorpresa, sonó cansadamente divertido —Significa
crees que significa.
—Bien —Ella se dirigió hacia la casa. Estaba casi fuera del alcance
del oído cuando la llamó. Al voltear lo vio de pie donde lo había dejado,
aparentemente sin prestar atención a las hormigas o al sol abrasador que
le caía sobre los hombros.
—Créeme Emma, —dijo, lo suficientemente alto para que ella lo
oyera —nadie me odia más de lo que me odio ahora mismo.
— ¿De verdad lo crees? —preguntó ella. Emma no gritó, pero sabía
que las palabras pesaban. Él la miró durante un largo rato, en silencio,
antes de que se marchara.
*** ***
El día se mantuvo caliente hasta el final de la tarde, cuando una
tormenta rodó sobre el océano. Los Centuriones se habían marchado
antes del mediodía, y Emma no pudo evitar mirar las ventanas con
ansiedad mientras el sol se ponía detrás de una masa de nubes negras y
grises en el horizonte, atravesadas por un relámpago de calor.
119
— ¿Crees que estarán bien? —preguntó Dru, con las manos
sosteniendo preocupadamente el puño de su cuchillo. — ¿No están en un
barco? Parece una tormenta.
—No sabemos lo que están haciendo —dijo Emma. Casi añadió que
gracias al deseo snob de los Centuriones de ocultar sus actividades a los
Cazadores de Sombras del Instituto, sería muy difícil rescatarlos si algo
peligroso ocurriera, pero ella vio la mirada en la cara de Dru y no lo hizo.
Dru prácticamente adoraba a Diego como un héroe; a pesar de todo,
probablemente a ella aún le agradaba.
Emma se sintió brevemente culpable por las hormigas.
—Estarán bien —dijo Cristina tranquilizadora —Los centuriones son
muy cuidadosos.
Livvy llamó a Dru para que se fuera con ella, y Dru se dirigió hacia
donde Ty, Kit y Livvy estaban juntos en una estera de entrenamiento. De
alguna manera, Kit había sido convencido de ponerse ropa de
entrenamiento. “Parece un mini Jace” pensó Emma con diversión, con sus
rizos rubios y sus pómulos angulosos. Detrás de ellos, Diana estaba
mostrando a Mark una postura de entrenamiento. Emma parpadeó; Julian
había estado allí, hace un momento. Ella estaba segura de eso.
—Fue a ver a su tío —dijo Cristina —Algo sobre que a él no le gustan
las tormentas.
—No, es Tavvy a quien no le gustan —La voz de Emma se apagó.
Tavvy estaba sentado en la esquina de la sala de entrenamiento, leyendo
un libro. Recordaba todas las veces que Julian había desaparecido
durante las tormentas, alegando que Tavvy estaba asustado de ellas.
Colocó a Cortana en su funda. —Vuelvo enseguida.
120
Cristina la observó salir con los ojos preocupados. Nadie más parecía
darse cuenta mientras se deslizaba por la puerta de la sala de
entrenamiento y por el pasillo. Las enormes ventanas espaciadas a lo largo
del pasillo dejaban entrar una peculiar luz gris, atestada de puntos de
plata.
Llegó a la puerta del ático y subió corriendo las escaleras; aunque no
se molestó en ocultar el sonido de sus pisadas, ni Arthur ni Julian parecían
haberla visto cuando entró en la habitación principal del ático.
Las ventanas estaban firmemente cerradas y selladas con papel,
todos excepto uno, sobre el escritorio en el que Arthur se sentaba. El papel
había sido arrancado de él, mostrando las nubes que competían en el
cielo, colisionando y desenredando como gruesas rondas de hilo gris y
negro.
Las bandejas con comida intacta estaban esparcidas sobre el
escritorio de Arthur. La habitación olía a pudrición y moho. Emma tragó
saliva, preguntándose si había cometido un error al venir.
Arthur estaba hundido en la silla de su escritorio, el pelo suelto
cayendo sobre sus ojos.
—Quiero que se vayan —decía —No me gusta tenerlos aquí.
—Ya lo sé —dijo Julian con una amabilidad que sorprendió a Emma.
¿Cómo es que no estaba enojado? Ella estaba enojada; enojada por
todos lo que habían conspirado para obligar a Julian a crecer demasiado
rápido. Eso le había privado de una infancia. ¿Cómo podía mirar a Arthur y
no pensar en eso? —Quiero que vayan también, pero no puedo hacer
nada para echarlos. Tenemos que ser pacientes.
121
—Necesito mi medicina —susurró Arthur — ¿Dónde está Malcolm? —
Emma se estremeció ante la expresión de Julian, y Arthur pareció notarla
repentinamente. Él alzó los ojos, con la mirada fija en ella; no, no en ella. En
su espada.
—Cortana —dijo —Creada por Wayland el Herrero, el legendario
forjador de Excalibur y Durendal. Hecha para elegir su portador. Cuando
Ogier la levanto para matar al hijo de Carlomagno en el campo, un ángel
vino y rompiéndole la espada dijo: “La misericordia es mejor que la
venganza”.
Emma miró a Julian. El ático era oscuro, pero podía ver sus manos
apretadas contra sus lados ¿Estaba enojado con ella por seguirlo?
—Pero Cortana nunca se ha roto —ella dijo.
—Es sólo una historia —dijo Julian.
—Siempre hay verdades en las historias —dijo Arthur —Hay verdad en
cada una de tus pinturas chico, o en una puesta de sol o en una obra de
Homero. La ficción es verdadera, aunque no sea un hecho. Si crees sólo en
hechos y olvidas historias, tu cerebro vivirá, pero tu corazón morirá.
—Entiendo tío, —Julian sonaba cansado. —Regresare más tarde. Por
favor, come algo. ¿Está bien?
Arthur bajó la cara entre sus manos, sacudiendo la cabeza. Julian
comenzó a moverse a través de la habitación hacia las escaleras; a mitad
de camino, cogió la muñeca de Emma, atrayéndola hacia él.
122
Julian no ejerció ninguna fuerza, pero ella lo siguió de todos modos,
conmocionada simplemente por la sensación de su mano en su muñeca.
Él sólo la tocaba para aplicarle runas en estos días, echaba de menos los
toques amistosos a los que estaba acostumbrada durante todos los años
de su amistad: una mano que le acariciaba el brazo, un golpecito en su
hombro. Su forma secreta de comunicarse; los dedos dibujan palabras y
letras en la piel del otro, una forma silenciosa e invisible para todos los
demás.
Le parecía una eternidad. Y ahora chispas corrían por su brazo
desde ese punto de contacto, haciendo que su cuerpo se sintiera caliente,
picante y confuso. Sus dedos le rodearon la muñeca mientras salían por la
puerta principal.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, él la soltó, volviéndose
hacia ella. El aire se sentía pesado y denso, presionando contra la piel de
Emma. La niebla ensombrecía la carretera. Podía ver las superficies de las
ondas grises golpeándose contra la orilla; De aquí, cada uno parecía tan
grande como una ballena jorobada. Podía ver la luna, esforzándose por
mostrarse entre nubes.
Julian respiraba con dificultad, como si hubiera estado corriendo a
kilómetros de distancia. La humedad del aire le pegó la camisa al pecho
mientras se apoyaba contra la pared del Instituto. — ¿Por qué has venido
al ático?
—Lo siento —Ella habló rígidamente. Odiaba estar rígida con Jules.
Rara vez tenían una pelea que no terminara en una disculpa casual o
bromas. —Tenía este sentimiento, de que me necesitabas, y no podía no
venir. Entiendo si estás enojado.
—No estoy enojado —Un relámpago chisporroteó sobre el agua,
brevemente blanqueando el cielo. —Eso es lo peor de todo, no puedo
estar enojado, ¿verdad? Mark no sabe nada de ti y de mí, no está
tratando de lastimarme, nada de eso es culpa suya. Y tú, hiciste lo
correcto. No puedo odiarte por eso —Se alejó de la pared unos pocos
123
pasos, inquieto. La energía de la tormenta reprimida parecía crepitar de su
piel —Pero no puedo soportarlo. ¿Qué hago, Emma? —Se pasó las manos
por el pelo; La humedad hacia se formaran rizos que envolvían sus dedos
—No podemos vivir así.
—Lo sé —dijo ella —Me iré. Sólo son unos meses tendré dieciocho
años. Tomaremos nuestros años de viaje lejos el uno del otro. Lo
olvidaremos.
— ¿Lo haremos? —Su boca se torció en una sonrisa imposible.
—Tenemos que hacerlo —Emma había empezado a temblar; hacía
frío, las nubes sobre ellos rozaban como el humo de un cielo quemado.
—Nunca debí haberte tocado —dijo. Él se había acercado a ella, o
tal vez ella se había acercado a él, queriendo tomarle las manos, como
siempre —Nunca pensé que lo que teníamos pudiera romperse tan
fácilmente.
—No está roto —susurró ella —Hemos cometido un error, pero estar
juntos no fue el error.
—La mayoría de las personas cometen errores, Emma. Eso no hace
que tengan que arruinar su vida entera.
Ella cerró los ojos, pero todavía podía verlo. Todavía lo sentía, a unos
centímetros de ella, el calor de su cuerpo, el olor a clavos impregnado a su
ropa y cabello. Eso la volvía loca, haciendo que sus rodillas temblaran
como si se hubiera bajado de una montaña rusa. —Nuestras vidas no están
arruinadas.
124
Sus brazos la rodearon. Pensó un momento en resistirse, pero estaba
tan cansada... tan cansada de luchar contra lo que quería. Ella no había
pensado que alguna vez conseguiría esto, Jules en sus brazos otra vez, con
sus fuertes manos de pintor contra su espalda, sus dedos trazando letras,
formando palabras en su piel.
E-S-T-O-Y A-R-R-U-I-N-A-D-O
Abrió los ojos, horrorizada. Su cara estaba tan cerca que era casi un
destello de luz y sombra. —Emma, —dijo, con sus brazos alrededor, tirando
de ella más cerca.
Y entonces la estaba besando; se besaban el uno al otro. La atrajo
contra él; Encajaba su cuerpo con el suyo, sus curvas y huecos, músculos y
suavidad. Su boca estaba abierta sobre la suya, su lengua corriendo
suavemente a lo largo de la costura de sus labios.
El trueno estalló alrededor de ellos, relámpagos que rompían contra
las montañas, encendiendo un sendero de calor seco a través del interior
de los párpados de Emma.
Abrió la boca presionándola contra él, con los brazos envolviéndose
alrededor de su cuello. Sabía a fuego, como especias. El pasó sus manos
por los costados, por las caderas de ella. La atrajo con más fuerza hacia él.
Estaba haciendo un sonido bajo en su garganta, algo que sonaba como
deseo angustioso.
Se sentía como si durara para siempre. Se sentía como si no pasara
ninguna hora en absoluto. Sus manos moldeaban la forma de sus
omóplatos, la curva de su cuerpo bajo su caja torácica, los pulgares
arqueándose sobre las crestas de sus caderas. Él la levantó y la puso
contra él, como si pudieran encajar en los espacios vacíos del otro,
mientras las palabras salían de su boca: frenéticas, apresuradas.
125
—Emma, te necesito, siempre, siempre pienso en ti, estaba deseando
que estuvieras conmigo en ese maldito ático y luego voltee y ahí estabas,
como si me hubieras oído, como si estuvieras siempre allí cuando te
necesito. . . .
El relámpago volvió a aparecer, iluminando el mundo; Emma podía
ver sus manos sobre el dobladillo de la camisa de Julian. ¿Qué diablos
estaba pensando, acaso estaba planeando que ambos se desnudaran en
el porche del Instituto? Volvió a la realidad; Ella se alejó, con su corazón
golpeando contra su pecho.
— ¿Em? —Él la miró, aturdido, con los ojos soñolientos, calientes y
deseosos. La hizo tragar con fuerza.
Pero sus palabras resonaban en su cabeza: el la quería ver, y ella
había venido como si lo hubiera oído llamarla; ella había sentido lo que
quería, lo sabía, no había podido detenerse.
Todas estas semanas de insistirse en que el vínculo parabatai se
debilitaba, y ahora le estaba diciendo que prácticamente se iban leyendo
mutuamente.
—Mark —dijo, y era sólo una palabra, pero era la palabra, el
recordatorio más brutal de su situación. La mirada soñolienta de él dejó sus
ojos; los abrió, horrorizado. Levantó una mano como si quisiera decir algo -
explicar, disculparse- y el cielo parecía rasgarse por el medio.
Ambos se voltearon para mirar fijamente mientras las nubes se
separaban directamente sobre ellos. Una sombra creció en el aire,
oscureciendo a medida que se acercaba a ellos: la figura de un hombre,
macizo y atado en armadura, montado en un caballo de ojos rojos, su
espumoso pelaje de color negro y gris, como las nubes de tormenta sobre
su cabeza.
126
Julian se movió como para empujar a Emma detrás de él, pero ella
no se movió. Simplemente se quedó mirando mientras el caballo se
detenía a los pies de los escalones del Instituto. El hombre los miró.
Sus ojos, como los de Mark, eran de dos colores diferentes, en su
caso azul y negro. Su rostro era aterradoramente familiar. Era Gwyn ap
Nudd, el señor y líder de la Caza Salvaje. Y no parecía contento
Allí el Viajero
Traductora: Laura M Camacho
Correctora: Fer Vorpahl
Revisora Final: Jennifer García
Ejército Nephilim Latinoamérica
Ya que la cocina era muy pequeña para hospedar a todos los habitantes
del instituto, sumando veinte centuriones extra, el desayuno se sirvió en el
comedor. Los retratos de los antiguos Blackthorns miraban abajo hacia los
huevos, tocino y pedazos de pan tostado. Cristina se movió discretamente entre
la multitud, tratando de no ser vista. Ella no creía haber bajado en lo absoluto si
no fuera por su desesperada necesidad de un café.
Ella miraba alrededor en busca de Emma y Mark, pero ninguno se
encontraba allí aun. Emma no era una gran madrugadora y Mark aún estaba
acostumbrado a la noche.
Julian estaba ahí, probando la comida, pero él estaba usando la placentera, casi
expresión en blanco que usaba cuando se encontraba rodeado de extraños.
Peculiar, pensó ella, el que conociera lo suficientemente bien a Julian
como para darse cuenta de ello. Ellos tenían una especie de vínculo, ambos
amaban a Emma, pero se encontraban alejados porque él no tenía idea de que
ella sabía.
Julian tratando de ocultar su amor por Emma, ella tratando de ocultar el hecho
de que lo sabía. Ella deseaba poder ofrecerle un poco de simpatía, pero si lo
hiciera el retrocedería horrorizado.
—Cristina.
Ella casi tira su café. Era Diego. Lucía horrible–su cara cansada, bolsas
debajo de los ojos, su cabello enredado. El llevaba un atuendo ordinario y
parecía que había perdido su pin Centurión
Ella levantó la mano —Aléjate de mí, Diego.
—Solo escúchame.
Alguien se colocó entre ellos. El chico español de cabello sandia, Manuel
—Tú la escuchaste —dijo en inglés. Nadie más los estaba observando todavía,
todos ellos estaban envueltos en sus propias conversaciones. —Déjala sola.
Cristina se dio una vuelta y camino fuera de la habitación.
Mantuvo su espalda firme, no por cualquiera aceleraría sus pasos. Ella era
una Rosales. No quería la pena de los centuriones.
101
Empujo a través de la puerta de entrada, esperaba que Emma se
encontrara despierta, así podían ir a la sala de entrenamiento a liberarse
de sus frustraciones.
Iba caminando sin ver hasta casi chocar con un árbol retorcido que aun
crecía en la mala hierba delante del instituto.
Había sido puesto allí por las hadas, el árbol de azotes, usado para el
castigo. Se mantuvo incluso cuando el castigo había terminado, cuando la
lluvia había lavado la sangre de Emma de la hierba y las piedras.
—Cristina, por favor —Ella giró. Diego estaba allí, aparentemente
había decidido ignorar a Manuel. Realmente se veía horrible. Las sombras
bajo sus ojos parecían haber sido cortadas.
La había llevado a través de esa misma hierba, recordó, hace dos
semanas, cuando había resultado herida. La había abrazado fuertemente,
susurrando su nombre una y otra vez. Y todo el tiempo, había estado
comprometido con otra persona.
Ella se apoyó contra el tronco del árbol. — ¿Enserio no entiendes por
qué no quiero verte?
—Claro que lo entiendo —Él dijo. —Pero no es lo que tú piensas.
— ¿Enserio? ¿No estás comprometido? ¿No se supone que te vas a
casar con Zara?
—Ella es mi prometida —él dijo —Pero, Cristina, es más complicado
de lo que parece.
—Realmente no veo como podría serlo.
—Le escribí, —dijo él —Después de que tú y yo regresamos. Le dije
que habíamos terminado.
—No creo que haya recibido tu carta —dijo Cristina.
Diego envolvió sus manos en su pelo. —No, lo hizo. Ella me dijo que la
leyó y que por eso vino aquí. Honestamente, no creí que lo hiciera. Supuse
que todo había terminado cuando no escuché nada de ella. Supuse… en
realidad supuse que estaba libre.
— ¿Entonces terminaste con ella anoche?
102
Vaciló, y en ese momento de vacilación, todo pensamiento que
Cristina había estado abrigando en los rincones más profundos de su
corazón, cualquier esperanza fugaz de que todo esto fuera un error,
desapareció como la niebla quemada por el sol.
—No lo hice —dijo él —No pude.
—Pero tú dijiste que lo hiciste, en tu carta.
—Las cosas son diferentes ahora. —Él dijo —Cristina, tienes que
confiar en mí.
—No —Ella dijo —No lo haré. En realidad confié en ti, a pesar de la
evidencia en mis propios oídos. Ya no sé si nada de lo que dijiste antes era
verdad. Ya no sé si las cosas que dijiste sobre Jaime eran ciertas. ¿Dónde
está el?
Diego dejó caer las manos a los lados. Parecía derrotado. —Hay
cosas que no puedo decirte. Ojalá pudieras creerme.
— ¿Qué está pasando? —La voz clara y fuerte de Zara cruzó a través
del aire seco. Estaba caminando hacia ellos, su pin Centurión estaba
brillando bajo el sol.
Diego la miró con expresión de dolor en la cara. —Estaba hablando con
Cristina.
—Ya veo. —La boca de Zara estaba curvada en una pequeña
sonrisa, parecía que nunca iba a dejar su cara. Miró a Cristina y puso una
mano en el hombro de Diego. —Vuelve adentro —dijo ella. —Estamos
averiguando qué redes vamos a buscar hoy. Conoces bien esta zona. Es
hora de ayudar. Tic, toc. —Tocó su reloj.
Diego miró una vez a Cristina, luego se volvió hacia su
prometida. —Está bien. Con una última mirada de superioridad, Zara
deslizó su mano y tomo la de Diego, arrastrándolo a medias hacia el
Instituto. Cristina los vio irse, el café que había bebido rolando en su
estómago como ácido.
*** ***
103
Para la decepción de Emma, los centuriones se negaron a permitir
que alguno de los Blackthorns los acompañara en la búsqueda del cuerpo
de Malcolm. —No, gracias —dijo Zara, que parecía haberse nombrado la
jefa no oficial de los centuriones.
—Hemos entrenado para esto, y tratar con Cazadores de Sombras
menos experimentados en este tipo de misión es sólo una distracción —
Emma miró a Diego, que estaba de pie junto a Zara. Él miró hacia otro
lado.
Se habían ido casi todo el día, volviendo a tiempo para la cena, que
los Blackthorns acabaron haciendo. Era espagueti, mucho espagueti. —
Extraño la pizza de vampiros —Emma murmuró, mirando a un enorme plato
de salsa roja.
Julian resopló. Estaba de pie sobre una olla de agua hirviendo; El
vapor se elevaba y enroscaba su cabello en rizos húmedos. —Quizá al
menos nos digan si encontraron algo.
—Lo dudo —dijo Ty, que se disponía a preparar la mesa. Era una
actividad que había disfrutado desde que era pequeño; Le encantaba
configurar cada utensilio en orden preciso e incluso repetido. Livvy le
estaba ayudando; Kit se había escapado y no se encontraba en ninguna
parte. Parecía resentir la intrusión de los centuriones más que nadie. Emma
no podía culparlo, apenas se había adaptado al Instituto tal cual era.
Cuando inesperadamente estas personas aparecieron con necesidades
que esperaban se atendieran.
Ty tenía razón. La cena era un asunto grande y animado; Zara logró
encabezarse en la mesa, expulsando a Diana, y les dio una descripción
abreviada del día; en las secciones del océano que habían sido
registradas no se encontró nada significativo, aunque los rastros de magia
oscura indicaban un punto más lejano en el océano donde los demonios
del mar se agrupan. —Vamos a acercarnos mañana —dijo ella, agarrando
el espagueti de una forma muy elegante con su tenedor.
— ¿Cómo es que buscan? —Preguntó Emma, su afán por saber más
sobre técnicas avanzadas superaban su aversión a Zara. Después de todo,
como Cristina había dicho antes, la situación no era realmente culpa de
Zara; Era de Diego. — ¿Tienen un equipo especial?
—Desafortunadamente, esa información es propiedad del
Escolamántico, —dijo Zara con una sonrisa fría. —Incluso para alguien que
se supone es la mejor Cazadora de Sombras de su generación.
104
Emma se ruborizó y se sentó en su silla. — ¿Qué se supone que
significa eso?
—Sabes cómo la gente habla de ti en Idris —dijo Zara. Su tono era
descuidado, pero sus ojos avellana parecían dagas. —Como si fueras la
nueva Jace Herondale.
—Pero si todavía tenemos al viejo Jace Herondale —dijo Ty, perplejo.
—Es un dicho —dijo Julian en voz baja —Quiere decir que es casi
igual de buena.
Normalmente le habría dicho, “Te lo dibujaré, Ty” Las
representaciones visuales de expresiones a veces confusas, como "Se murió
de la risa" o "El mejor invento desde el pan rebanado" resultó en imágenes
hilarantes dibujadas por Julian acompañadas por notas explicativas sobre
el verdadero significado de la expresión debajo.
El hecho de no decirlo hizo que Emma lo mirara un poco más
bruscamente.
Su mal humor se debía a los centuriones, no era como si ella lo culpara.
Cuando Julian no confiaba en alguien, todos sus instintos protectores se
ponían en marcha: ocultar el amor de Livvy por las computadoras, la
forma inusual de procesar información de Ty, las películas de horror de Dru.
Las reglas de Emma se rompían.
Julian alzó su vaso de agua con una sonrisa falsa y brillante.--¿No
deberíamos, nosotros los Nefilim, compartir toda la información? Luchamos
contra los mismos demonios. Si una rama Nefilim tiene ventaja, ¿no es
injusto?
—No necesariamente —dijo Samantha Larkspear, la mitad femenina
de los gemelos Centuriones que Emma había conocido el día anterior. El
nombre de su hermano era Dane; Compartían las mismas caras delgadas
y blancas, la piel pálida y el cabello oscuro y recto. —No todo el mundo
tiene el entrenamiento para usar todas las herramientas, y un arma
manejada de la forma incorrecta se transforma en un desperdicio.
—Todo el mundo puede aprender —dijo Mark.
—Entonces, tal vez un día asistas al Escolamántico y seas entrenado
—dijo el centurión de Mumbai. Su nombre era Divya Joshi.
105
—Es improbable que el Escolamántico acepte a alguien con sangre
de hadas —dijo Zara.
—La Clave es rígida —dijo Diego —Eso es verdad.
—No me gusta la palabra “rígido” —dijo Zara —Lo que son es
tradicionalistas. Ellos buscan restaurar las diferencias entre los Subterráneos
y Cazadores de Sombras que siempre han existido. La mezcla crea
confusión.
—Quiero decir, mira lo que ha pasado con Alec Lightwood y Magnus
Bane —dijo Samantha, agitando el tenedor —Todo el mundo sabe que
Magnus usa su influencia con los Lightwoods para conseguir que el
inquisidor deje a los Subterráneos fuera de juego. Incluso por cosas como el
asesinato.
—Magnus nunca haría eso —dijo Emma. Había dejado de comer,
aunque estaba muerta de hambre cuando se había sentado.
—Y el Inquisidor no juzga a los Subterráneos, solo a los Cazadores de
Sombras —decía Julian. —Robert Lightwood no podría “dejar a los
subterráneos fuera de juego" aunque lo pretendiera.
—Lo que sea —dijo Jessica Beausejour, un centurión con un débil
acento francés y anillos en todos sus dedos. —La alianza de los Cazadores
de Sombras y Subterráneos pronto acabará."
—Nadie lo va a acabar —dijo Cristina, con su boca en forma de
línea. —Eso es un rumor.
—Hablando de rumores —dijo Samantha —he oído que Bane
engañó a Alec Lightwood para enamorarse de él usando un hechizo —Sus
ojos brillaron, como si no pudiera decidir si ella encontraba la idea
atractiva o repugnante.
—Eso no es cierto —dijo Emma, con el corazón acelerado. —Eso es
mentira.
*** ***
Manuel levantó una ceja. Dane se rió. —Me pregunto qué pasará
cuando todo termine. En ese caso, —dijo. —Malas noticias para los
Subterráneos si el Inquisidor no es tan amable.
106
Ty parecía desconcertado. Emma no podía culparlo. Nadie del
círculo de Zara parecía preocuparse por los hechos. — ¿No has oído a
Julian? El Inquisidor no supervisa los casos en que los Subterráneos han roto
los Acuerdos. Él no...
Livvy puso su mano en su muñeca.
—Todos apoyamos los Acuerdos aquí —dijo Manuel, apoyándose en
su silla.
—Los Acuerdos eran una buena idea —dijo Zara —Pero cada
herramienta necesita afinarse. Los Acuerdos requieren refinación. Los brujos
deberían ser regulados, por ejemplo. Son demasiado poderosos y
demasiado independientes. Mi padre planea sugerir un registro de brujos al
Consejo. Cada brujo debe dar su información a la Clave y ser rastreados. Si
tiene éxito, se ampliará a todos los Subterráneos. No podemos tenerlos
corriendo sin que podamos controlarlos. Miren lo que pasó con Malcolm
Fade.
—Zara, suenas ridícula —dijo Jon Cartwright, uno de los centuriones
más antiguos, unos veintidós años, pensaba Emma. La edad de Jace y
Clary. Lo único que Emma podía recordar de él era que tenía una novia,
Marisol. —Como un antiguo miembro del Consejo, temerosa al cambio.
—Estoy de acuerdo —dijo Rayan —Somos estudiantes y luchadores,
no legisladores. Lo que sea que tu padre esté haciendo, no es relevante
para el Escolamántico.
Zara parecía indignada. —Es sólo un registro.
— ¿Soy el único que ha leído X-Men y se da cuenta de por qué es
una mala idea? —Dijo Kit. Emma no tenía ni idea de cuándo había
reaparecido, pero lo había hecho, y estaba torciendo la pasta con el
tenedor.
Zara empezó a fruncir el ceño, luego su rostro se iluminó. —Eres Kit
Herondale —dijo ella. —El Herondale perdido.
—No me di cuenta de que estaba perdido —dijo Kit. —Nunca me
sentí perdido.
—Debe de ser emocionante, descubrir por sorpresa que eres un
Herondale —dijo Zara. Emma frenó el impulso de señalar que si no sabías
mucho acerca de Cazadores de Sombras, descubrir que eras un
Herondale era tan emocionante como descubrir que eras una nueva
especie de caracol —Conocí a Jace Herondale una vez.-
107
Miró a su alrededor expectante.
—Wow —dijo Kit. Era realmente un Herondale, pensó Emma. Había
logrado insertar los mismos niveles de indiferencia y sarcasmo de Jace en
una sola palabra.
—Apuesto a que no puedes esperar para llegar a la Academia —
dijo Zara. —Ya que eres un Herondale, ciertamente vas a sobresalir. Te doy
mi palabra.
Kit guardó silencio. Diana se aclaró la garganta. — ¿Cuáles son sus
planes para mañana, Zara, Diego? ¿Hay algo que el Instituto pueda hacer
para ayudarles?
—Ahora que lo mencionas —dijo Zara —sería increíblemente útil…
Todo el mundo, incluso Kit, se inclinó hacia delante con interés.
—Si cuando estemos fuera, lavaras nuestra ropa. El agua del
océano arruina la ropa rápidamente, ¿no lo has notado?
*** ***
La noche cayó con la rapidez de las sombras en el desierto, pero a
pesar del sonido de las olas que entraban por su ventana, Cristina no pudo
dormir.
Pensar en su casa la desgarraba. Su madre, sus primos. Mejores días,
con Diego y Jaime: Recordaba un fin de semana que había pasado con
ellos una vez, siguiendo a un demonio en la desolada ciudad fantasma de
Guerrero Viejo. El paisaje de ensueño que los rodeaba: casas medio
hundidas, ligeras y maltratadas hierbas, edificios largamente decolorados
por el agua. Ella había permanecido en una roca con Jaime bajo
innumerables estrellas, y se habían dicho lo que más querían en el mundo:
ella, acabar con la Paz Fría; Él, traer el honor de nuevo a su familia.
Harta, se levantó de la cama y bajó las escaleras, con sólo su luz
mágica para iluminar sus pasos. Las escaleras eran oscuras y silenciosas, y
encontró su camino por la puerta trasera del Instituto sin hacer mucho
ruido.
108
La luz de la luna recorría el pequeño lote de tierra donde estaba
estacionado el auto del Instituto. Detrás del terreno había un jardín, donde
estatuas clásicas de mármol blanco salían incongruentemente de la arena
del desierto.
Cristina extrañaba el jardín de rosas de su madre con una súbita
intensidad. El olor de las flores, más dulce que el sabio del desierto; Su
madre caminando entre las hileras ordenadas. Cristina solía bromear
diciéndole a su madre debía tener la ayuda de un brujo para mantener las
flores floreciendo incluso durante el verano más caluroso. Se alejó más de
la casa, hacia las hileras de cerezos y alisos.
Al acercarse a ellos, vio una sombra y se congeló, dándose cuenta
de que no había traído armas con ella. Estúpida, pensó; el desierto estaba
lleno de peligros, no todos sobrenaturales. Los leones de montaña no
distinguían entre mundanos y Nefilim.
No era un león de montaña. La sombra se acercó; Ella se tensó,
luego se relajó. Era Mark. La luz de la luna volvió su cabello blanco
plateado. Sus pies estaban desnudos bajo los talones de sus vaqueros. El
asombro cruzó su rostro al verla; Luego se acercó a ella sin vacilar y le puso
una mano en la mejilla.
— ¿Te estoy imaginando? —dijo —Estaba pensando en ti, y ahora
estás aquí.
Eso era tan propio Mark, decir una declaración franca de sus
emociones. Porque las hadas no podían mentir, pensó, y él había crecido
alrededor de eso, aprendiendo a hablar de amor y amando a Kieran, que
era orgulloso y arrogante pero siempre veraz. Las hadas no asociaban la
verdad con la debilidad y la vulnerabilidad, como lo hacían los humanos.
Eso hizo que Cristina se sintiera más valiente. —Yo también estaba
pensando en ti.
Mark pasó el pulgar por su pómulo. Su palma estaba caliente en su
piel, acunando su cabeza. — ¿Qué hay de mí?
—La mirada en tu cara cuando Zara y sus amigos estaban hablando
de Subterráneos durante la cena. Tu dolor…
Se rió sin humor. —Debería haberlo esperado. Si hubiera sido un
activo Cazadores de Sombras durante los últimos cinco años, sin duda
estaría más acostumbrado a ese tipo de charlas.
109
— ¿Por la Paz Fría?
El asintió. — Cuando una decisión como esa es hecha por un
gobierno, anima a aquellos que ya están prejuiciados a hablar sobre sus
pensamientos más profundos de odio. Ellos asumen que son simplemente lo
suficientemente valientes como para decir lo que todo el mundo
realmente piensa.
—Mark…
—En la mente de Zara, soy odiado —dijo Mark. Sus ojos estaban
oscurecidos. —Estoy seguro de que su padre es parte de ese grupo que
exige que Helen permanezca prisionera en la Isla Wrangel
—Volverá —dijo Cristina —Ahora que has vuelto a casa y has
luchado lealmente por los Cazadores de Sombras, seguramente la dejarán
ir.
Mark negó con la cabeza, pero lo único que dijo fue: —Lamento lo
de Diego.
Ella alzó la mano la colocó sobre la de él, con los dedos ligeros y
frescos como ramas de sauce. Deseaba tocarle más, abruptamente,
quería probar la sensación de su piel debajo de su camisa, la textura de su
mandíbula, donde él claramente nunca se afeitó y nunca lo necesitó. —
No —dijo ella —No lo haces, no realmente… ¿Lo lamentas?
—Cristina —Mark respiró; había una nota de impotencia en su voz —
Puedo…
Cristina sacudió la cabeza; si le hubiera dejado terminar su pregunta,
ella no habría podido negarse.
—No podemos —dijo ella —Emma.
—Sabes que no es real —dijo Mark. —Adoro a Emma, pero de esa
manera.
—Pero es importante, lo que está haciendo —Se apartó de Mark —
Julian tiene que creerlo.
Él la miró con perplejidad y ella recordó: Mark no lo sabía. Nada
sobre la maldición, que Julian amaba a Emma, o que Emma lo amaba a
él.
110
—Todo el mundo tiene que creerlo. Y además, —añadió
apresuradamente —está Kieran. Acabas de terminar las cosas con él. Y
acabo de terminar las cosas con Diego.
El sólo se veía más desconcertado. Supuso que las hadas nunca
habían adoptado las ideas humanas de darse espacio y tener tiempo para
superar las relaciones.
Y tal vez eran ideas estúpidas. Quizás el amor era amor y debías
tomarlo cuando lo encontrabas. Ciertamente su cuerpo le gritaba a su
mente que se callara: quería abrazar a Mark, quería abrazarlo mientras él
la sostenía, sentir su pecho contra el suyo mientras el de él se expandiera
por aliento.
Algo resonó en la oscuridad. Sonaba como el chasquido de una
enorme rama, seguido por un ruido lento y arrastrado. Cristina se giró,
buscando su daga. Pero estaba dentro, en su mesita de noche.
— ¿Crees que es la patrulla nocturna de los centuriones? —le susurró
a Mark.
Estaba mirando hacia la oscuridad también, con los ojos muy
abiertos. —No, no fue un ruido humano —Sacó dos espadas serafín y le
colocó una en la mano —Tampoco era un animal.
El peso de la espada en la mano de Cristina era familiar y
reconfortante. Después de un momento de pausa para aplicar una runa
de Visión Nocturna, siguió a Mark en las sombras del desierto.
*** ***
Kit abrió la puerta de su habitación y se asomó.
El pasillo estaba desierto. No estaba Ty sentado fuera de su puerta,
leyendo o acostado en el suelo con los auriculares puestos. Ninguna luz
que se filtrara por debajo de otras puertas. Sólo el tenue resplandor de las
hileras de luces blancas que corrían por el techo.
Él esperaba que las alarmas estuvieran apagadas mientras se
deslizaba a través de la silenciosa casa y abría la puerta principal del
Instituto, una especie de silbido chillante o una ráfaga de luces. Pero no
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había nada, sólo el sonido de una puerta pesada común que crujía
abierta y cerrada detrás de él.
Estaba afuera, en el porche, por encima de los escalones que
conducían hacia la hierba pisoteada frente al Instituto, y luego hacia la
carretera. La vista sobre el acantilado y hacia el mar estaba bañada por la
luz de la luna, plateada y negra, un sendero blanco que cortaba el agua.
“Es hermoso aquí” pensó Kit, poniendo su bolsa de lona sobre su
hombro. Pero no lo suficientemente bonito como para quedarse. No se
puede negociar una vista a la playa por su libertad.
Bajó las escaleras. Su pie toco el primer escalón y salió de debajo de
él cuando fue tirado hacia atrás. Su bolsa de lona voló. Una mano le
agarraba el hombro con fuerza; Kit se arrastró de costado, casi cayendo
por los escalones, y tiró de su brazo, chocando con algo sólido. Oyó un
gruñido ahogado: había una figura apenas visible, sólo una sombra entre
las sombras, que se alzaba sobre él, bloqueando la luna.
Un segundo después ambos estaban cayendo, Kit golpeando
el porche en su espalda, con la sombra oscura colapsando encima de él.
Sintió que unas rodillas y codos afilados le empujaban y un instante más
tarde se encendió una luz: una de esas estúpidas pequeñas piedras que
llamaban luz mágica.
—Kit, —dijo una voz encima de él, la voz de Tiberius. —Deja de
golpear —Ty se sacudió el cabello oscuro de la cara. Estaba arrodillado
sobre Kit; sentado en su plexo solar, lo que le hacía difícil respirar; vestido
de negro, como hacían los Cazadores de Sombras cuando salían a pelear.
Sólo sus manos y rostro estaban desnudos, muy blancos en la oscuridad.
— ¿Estabas huyendo? —preguntó.
—Yo iba a dar un paseo —dijo Kit.
—No, estás mintiendo —dijo Ty, mirando la bolsa de lona de Kit —
Estabas huyendo.
Kit suspiró y dejó caer su cabeza con un golpe. — ¿Por qué te
importa lo que hago?
—Soy un Cazador de Sombras. Ayudamos a la gente.
—Ahora tú estás mintiendo —dijo Kit con convicción.
112
Ty sonrió. Era una sonrisa genuina, de aquellas que iluminaban todo
tu rostro, y le hizo recordar a Kit la primera vez que conoció a Ty. Él no
había estado sentado en él entonces, pero había estado sujetando una
daga contra la garganta de Kit. En ese momento Kit lo había mirado, e
ignorando el cuchillo, había pensado en que era hermoso.
Hermoso como todos los Cazadores de Sombras eran hermosos,
como la luz de la luna alcanzaba los bordes del vidrio roto: encantador y
mortal. Cosas hermosas, cosas crueles, crueles de tal manera que sólo las
personas que creían absolutamente en la rectitud de su causa podían ser
crueles.
—Te necesito —dijo Ty —Puede que te sorprenda oír eso.
—Lo estoy —contesto Kit. Se preguntó si alguien iba a salir corriendo.
No podía oír los pies o las voces acercándose.
— ¿Qué pasó con la patrulla nocturna? —preguntó.
—Es probable que estén a media milla de aquí —dijo Ty —Están
tratando de evitar que los demonios se acerquen al Instituto, no para
impedir que salgas. Ahora quieres saber para qué te necesito, ¿O no?
Casi en contra de su voluntad, Kit era curioso. Se apoyó en los codos
y asintió con la cabeza. Ty estaba sentado en él tan casualmente como si
Kit fuera un sofá, pero sus dedos; dedos largos y rápidos, hábiles con un
cuchillo, recordaba Kit; se apoyaban cerca de su cinturón de armas.
—Eres un criminal —dijo Ty —Tu padre era estúpido y querías ser
como él. Probablemente tu bolsa de lona está llena de cosas que robaste
del Instituto.
—Eso. . . —empezó a decir Kit, y se detuvo cuando Ty alargó la
mano, tiró de la cremallera de la bolsa y observó el montón de dagas,
cajas, vainas, candelabros y cualquier otra cosa que Kit hubiera recogido
revelándolo a la luz de la luna — . . . Podría ser cierto —concluyó Kit. —
¿Qué tiene eso que ver contigo? Nada de esto es tuyo.
—Quiero resolver crímenes —dijo Ty —Ser detective. Pero a nadie le
importa este tipo de cosas.
— ¿No acabas de atrapar a un asesino?
113
—Malcolm envió una nota, —dijo Ty con un tono desvanecido, como
si estuviera decepcionado de que Malcolm hubiera arruinado la resolución
del crimen con su confesión. —Y entonces admitió que lo hizo.
—Eso reduce bastante la lista de sospechosos. —Dijo Kit —Mira, si me
necesitas para que me detenerme por diversión, creo que debo señalar
que es el tipo de cosas que solo puedes hacer una vez.
—No quiero arrestarte. Quiero un compañero. Alguien que conoce
los crímenes y las personas que los cometen para que pueda ayudarme.
Una bombilla se prendió en la cabeza de Kit. — ¿Quieres un...
espera, has estado durmiendo fuera de mi habitación porque quieres que
sea una especie de Watson para tu Sherlock Holmes?
Los ojos de Ty se iluminaron. Seguían moviéndose con inquietud
alrededor de Kit como si lo estuviera leyendo, examinándolo, sin
encontrarse nunca completamente con Kit, pero eso no atenuó su
resplandor. — ¿Los conoces?
“Todo el mundo los conoce” Kit casi dijo, pero en su lugar respondió:
—No voy a ser el Watson de nadie. No quiero resolver crímenes. No me
importan los crímenes. No me importa si están siendo cometidos o no
cometidos...
—No pienses en ellos como crímenes. Piensa en ellos cómo misterios.
Además, ¿Qué más vas a hacer? ¿Huir? ¿E ir a donde?
—No me importa...
—Sí, te importa —respondió Ty —Quieres vivir. Al igual que todos los
demás. No quieres sentirte prisionero, eso es todo —Inclinó la cabeza hacia
un lado, sus ojos casi blancos en el resplandor de la luz mágica. La luna
había pasado detrás de una nube, y era la única iluminación.
— ¿Cómo sabías que iba a huir esta noche?
—Porque te estabas acostumbrando a estar aquí —dijo Ty. —Te
estabas acostumbrando a todos nosotros. Pero no a los Centuriones, no te
agradan. Livvy lo notó primero. Y después de lo que Zara dijo hoy acerca
de que vayas a la Academia, debes sentir que no vas a tener opciones
sobre lo que haces, después de ello.
114
Era cierto, sorprendentemente. Kit no pudo encontrar las palabras
para explicar cómo se había sentido en la mesa. Como si el convertirse en
un Cazador de Sombras significara ser empujado a una máquina que lo
masticaría y escupiría en un Centurión.
—Los miro —dijo —y pienso: No puedo ser como ellos, ellos no
soportan a nadie diferente.
—No tienes que ir a la Academia —dijo Ty —Puedes quedarte con
nosotros todo el tiempo que quieras.
Kit dudaba que Ty tuviera la autoridad para hacer una promesa
como esa, pero él la apreciaba de todos modos. —Mientras te ayude a
resolver misterios —dijo — ¿Cada cuando tienes misterios que resolver? ¿O
tengo que esperar hasta que otro brujo se vuelva loco?
Ty se apoyó en uno de los pilares. Sus manos revoloteaban a sus
lados como mariposas nocturnas. —En realidad, hay un misterio en este
momento.
Kit estaba intrigado a pesar de todo. — ¿Qué es?
—Creo que no están aquí por la razón que dicen ser. Creo que hay
algo más —dijo Ty. —Y que definitivamente nos están mintiendo.
— ¿Quiénes mienten? —Los ojos de Ty brillaron.
—Los centuriones, por supuesto.
*** ***
El día siguiente estaba bastante caliente, uno de aquellos raros días
en que el aire parecía estar quieto y la proximidad del océano no ofrecía
alivio alguno. Cuando Emma llegó, tarde, para desayunar en el comedor,
los ventiladores de techo rara vez estaban girando a toda velocidad.
— ¿Era un demonio de arena? —preguntó Dina Larkspear a Cristina.
—Los demonios Iblis y Akvan son comunes en el desierto
115
—Lo sabemos —dijo Julian —Mark ya dijo que era un demonio del
mar.
—Se deslizó en el momento en que brilló la luz mágica sobre él —dijo
Mark —Pero dejó un hedor de agua de mar y arena húmeda.
—No puedo creer que no haya barreras perimetrales aquí —dijo
Zara. — ¿Por qué nadie lo ha revisado antes? Debería preguntarle al señor
Blackthorn…
—Las barreras perimetrales no lograron mantener fuera a Sebastian
Morgenstern —dijo Diana —Después de eso no volvieron a usarse. Las
barreras perimetrales rara vez funcionan.
Sonaba como si estuviera luchando por mantener su temperamento.
Emma no podía culparla.
Zara la miró con una especie de lastima superior.--Bueno, con todos
esos demonios del mar arrastrándose hacia el océano; lo que no harían si
el cuerpo de Malcolm Fade no estuviera por allí en algún lugar; creo que
son necesarios. ¿Tú no?
Hubo un murmullo de voces: la mayoría de los centuriones, a
excepción de Diego, Jon y Rayan, parecían estar de acuerdo. Mientras
hacían planes para levantar las barreras esa mañana, Emma intentó
atrapar la mirada de Julian para compartir su molestia, pero él miraba lejos
de ella, hacia Mark y Cristina.
— ¿Qué estaban haciendo ustedes dos anoche, de todos modos?
—No podíamos dormir- dijo Mark —Nos topamos el uno con el otro.
Zara sonrió —Por supuesto que sí —Se volvió para susurrar algo en el
oído de Samantha. Ambas chicas rieron.
Cristina se ruborizó. Emma vio la mano de Julian apretar su tenedor.
Lo dejó lentamente junto a su plato.
Emma se mordió el labio. Si Mark y Cristina quisieran comenzar a salir,
ella les daría su bendición. Estaba preparando una especie de ruptura con
Mark; su "relación" ya había hecho bastante de lo que había necesitado.
Julian apenas podía mirarla, y eso era lo que había querido, ¿no?
116
No parecía feliz con la idea de que ella y Mark pudieran haber
terminado. Ni siquiera un poquito. Si incluso estaba pensando en eso.
Había habido un tiempo en cual ella siempre sabía lo que Julian tenía en
mente. Ahora sólo podía leer la superficie de sus pensamientos; sus
sentimientos más profundos estaban ocultos.
Diego miró de Mark a Cristina y se puso de pie, empujando hacia
atrás su silla. Salió de la habitación. Después de un momento, Emma dejó
caer su servilleta en su plato y lo siguió.
Había caminado por todo el camino hasta la puerta trasera y hacia
el aparcamiento antes de darse cuenta de que estaba siguiéndolo—una
señal segura de que estaba molesto, dado el nivel de entrenamiento de
Diego. Se volvió hacia ella, sus ojos oscuros brillando.
—Emma —dijo —Comprendo que quieras reñirme. Has tratado por
días. Pero este no es un buen momento
— ¿Y cuál sería un buen momento? ¿Quieres incluirlo dentro de tu
horario debajo de Nunca Va A Pasar? —Ella levantó una ceja. —Eso es lo
que pensé. Sígueme.
Caminó por el costado del Instituto, Diego la siguió molesto. Llegaron
a un lugar en el que se elevaba un pequeño montículo de tierra entre los
cactus, bastante familiar para Emma.
—Ponte allí —dijo, señalando. Él le lanzó una mirada incrédula. —Así
no seremos vistos desde las ventanas —explicó, y él hizo lo que pidió a
regañadientes, cruzando sus brazos a través de su musculoso pecho.
—Emma –dijo –Tú no puedes, ni vas a entender, y no puedo
explicarte...
—Apuesto que no puedes —dijo —Mira, sabes que no siempre he
sido tu mayor admiradora, pero pensaba mucho mejor que esto.
Un músculo se le contrajo en la cara. Tenía la mandíbula rígida. —
Como ya he dicho. No vas a entender, y no puedo explicarlo.
—Una cosa seria —dijo Emma —si hubieras salido con dos al mismo
tiempo, lo cual yo todavía pensaría que era despreciable, pero... ¿Zara?
Eres la razón de que ella este aquí. Sabes que no podemos... Sabes que
Julian tiene que tener cuidado.
—No debería preocuparse demasiado —dijo Diego sin expresión —
Zara sólo está interesada en lo que le beneficia. No creo que ella tenga
117
ningún interés en los secretos de Arthur, solo quiere completar la misión
exitosamente para llamar la atención del Consejo.
—Es fácil para ti asumir eso.
—Tengo razones para hacer todo lo que hago, Emma —dijo —Tal vez
Cristina no las conozca ahora, pero algún día las conocerá.
—Diego, todo el mundo tiene razones para hacer todo lo que
hacen. Malcolm tenía razones para lo que hacía.
La boca de Diego se aplastó en una delgada línea —No me
compares con Malcolm Fade.
— ¿Porque era un brujo? —La voz de Emma era baja, peligrosa —
¿Porque piensas como tu prometida? ¿Sobre la Paz Fría? ¿Sobre los brujos y
hadas? ¿Sobre de Mark?
—Porque era un asesino —dijo Diego entre dientes —Puedes pensar
lo que quieras de mí, Emma, pero no soy un fanático sin sentido. No creo
que los Subterráneos sean inferiores, que se deban registrar o ser torturados.
—Pero admites que Zara sí —dijo Emma.
—Nunca le he dicho nada. —dijo.
—Quizás puedas entender porque me pregunto qué prefieras Zara
en vez de a Cristina —dijo Emma.
Diego se puso tensó y gritó. Emma había olvidado lo rápido que
podía moverse, a pesar de su peso; saltó hacia atrás, maldiciendo y
pateando con el pie izquierdo. Murmurando de dolor, se quitó el zapato.
Columnas de hormigas avanzaban sobre su tobillo, subiendo por su pierna.
—Oh, querido—dijo Emma —Debiste estar parado sobre una colonia
de hormigas rojas. Ya sabes, accidentalmente.
Diego palmeo a las hormigas, todavía maldiciendo. Había pateado
una parte de la cima del montículo de tierra, y las hormigas estaban
saliendo de ella.
Emma dio un paso atrás. —No te preocupes —dijo ella —No son
venenosas.
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— ¿Me has engañado para que me ponga de pie sobre un
hormiguero? —Él ya había metido el pie en su zapato, pero Emma sabía
que tendría picaduras de hormigas durante cuantos días, a menos que
usara un iratze.
—Cristina me hizo prometerle no tocarte, así que tuve que ser
creativa —dijo Emma. —No deberías haberle mentido a mi mejor amiga.
Desgraciado mentiroso.
Él la miró fijamente.
Emma suspiró —Espero que eso significara lo que creo que
significaba. Odiaría haberte llamado un cubo oxidado o algo así.
—No —para su sorpresa, sonó cansadamente divertido —Significa
crees que significa.
—Bien —Ella se dirigió hacia la casa. Estaba casi fuera del alcance
del oído cuando la llamó. Al voltear lo vio de pie donde lo había dejado,
aparentemente sin prestar atención a las hormigas o al sol abrasador que
le caía sobre los hombros.
—Créeme Emma, —dijo, lo suficientemente alto para que ella lo
oyera —nadie me odia más de lo que me odio ahora mismo.
— ¿De verdad lo crees? —preguntó ella. Emma no gritó, pero sabía
que las palabras pesaban. Él la miró durante un largo rato, en silencio,
antes de que se marchara.
*** ***
El día se mantuvo caliente hasta el final de la tarde, cuando una
tormenta rodó sobre el océano. Los Centuriones se habían marchado
antes del mediodía, y Emma no pudo evitar mirar las ventanas con
ansiedad mientras el sol se ponía detrás de una masa de nubes negras y
grises en el horizonte, atravesadas por un relámpago de calor.
119
— ¿Crees que estarán bien? —preguntó Dru, con las manos
sosteniendo preocupadamente el puño de su cuchillo. — ¿No están en un
barco? Parece una tormenta.
—No sabemos lo que están haciendo —dijo Emma. Casi añadió que
gracias al deseo snob de los Centuriones de ocultar sus actividades a los
Cazadores de Sombras del Instituto, sería muy difícil rescatarlos si algo
peligroso ocurriera, pero ella vio la mirada en la cara de Dru y no lo hizo.
Dru prácticamente adoraba a Diego como un héroe; a pesar de todo,
probablemente a ella aún le agradaba.
Emma se sintió brevemente culpable por las hormigas.
—Estarán bien —dijo Cristina tranquilizadora —Los centuriones son
muy cuidadosos.
Livvy llamó a Dru para que se fuera con ella, y Dru se dirigió hacia
donde Ty, Kit y Livvy estaban juntos en una estera de entrenamiento. De
alguna manera, Kit había sido convencido de ponerse ropa de
entrenamiento. “Parece un mini Jace” pensó Emma con diversión, con sus
rizos rubios y sus pómulos angulosos. Detrás de ellos, Diana estaba
mostrando a Mark una postura de entrenamiento. Emma parpadeó; Julian
había estado allí, hace un momento. Ella estaba segura de eso.
—Fue a ver a su tío —dijo Cristina —Algo sobre que a él no le gustan
las tormentas.
—No, es Tavvy a quien no le gustan —La voz de Emma se apagó.
Tavvy estaba sentado en la esquina de la sala de entrenamiento, leyendo
un libro. Recordaba todas las veces que Julian había desaparecido
durante las tormentas, alegando que Tavvy estaba asustado de ellas.
Colocó a Cortana en su funda. —Vuelvo enseguida.
120
Cristina la observó salir con los ojos preocupados. Nadie más parecía
darse cuenta mientras se deslizaba por la puerta de la sala de
entrenamiento y por el pasillo. Las enormes ventanas espaciadas a lo largo
del pasillo dejaban entrar una peculiar luz gris, atestada de puntos de
plata.
Llegó a la puerta del ático y subió corriendo las escaleras; aunque no
se molestó en ocultar el sonido de sus pisadas, ni Arthur ni Julian parecían
haberla visto cuando entró en la habitación principal del ático.
Las ventanas estaban firmemente cerradas y selladas con papel,
todos excepto uno, sobre el escritorio en el que Arthur se sentaba. El papel
había sido arrancado de él, mostrando las nubes que competían en el
cielo, colisionando y desenredando como gruesas rondas de hilo gris y
negro.
Las bandejas con comida intacta estaban esparcidas sobre el
escritorio de Arthur. La habitación olía a pudrición y moho. Emma tragó
saliva, preguntándose si había cometido un error al venir.
Arthur estaba hundido en la silla de su escritorio, el pelo suelto
cayendo sobre sus ojos.
—Quiero que se vayan —decía —No me gusta tenerlos aquí.
—Ya lo sé —dijo Julian con una amabilidad que sorprendió a Emma.
¿Cómo es que no estaba enojado? Ella estaba enojada; enojada por
todos lo que habían conspirado para obligar a Julian a crecer demasiado
rápido. Eso le había privado de una infancia. ¿Cómo podía mirar a Arthur y
no pensar en eso? —Quiero que vayan también, pero no puedo hacer
nada para echarlos. Tenemos que ser pacientes.
121
—Necesito mi medicina —susurró Arthur — ¿Dónde está Malcolm? —
Emma se estremeció ante la expresión de Julian, y Arthur pareció notarla
repentinamente. Él alzó los ojos, con la mirada fija en ella; no, no en ella. En
su espada.
—Cortana —dijo —Creada por Wayland el Herrero, el legendario
forjador de Excalibur y Durendal. Hecha para elegir su portador. Cuando
Ogier la levanto para matar al hijo de Carlomagno en el campo, un ángel
vino y rompiéndole la espada dijo: “La misericordia es mejor que la
venganza”.
Emma miró a Julian. El ático era oscuro, pero podía ver sus manos
apretadas contra sus lados ¿Estaba enojado con ella por seguirlo?
—Pero Cortana nunca se ha roto —ella dijo.
—Es sólo una historia —dijo Julian.
—Siempre hay verdades en las historias —dijo Arthur —Hay verdad en
cada una de tus pinturas chico, o en una puesta de sol o en una obra de
Homero. La ficción es verdadera, aunque no sea un hecho. Si crees sólo en
hechos y olvidas historias, tu cerebro vivirá, pero tu corazón morirá.
—Entiendo tío, —Julian sonaba cansado. —Regresare más tarde. Por
favor, come algo. ¿Está bien?
Arthur bajó la cara entre sus manos, sacudiendo la cabeza. Julian
comenzó a moverse a través de la habitación hacia las escaleras; a mitad
de camino, cogió la muñeca de Emma, atrayéndola hacia él.
122
Julian no ejerció ninguna fuerza, pero ella lo siguió de todos modos,
conmocionada simplemente por la sensación de su mano en su muñeca.
Él sólo la tocaba para aplicarle runas en estos días, echaba de menos los
toques amistosos a los que estaba acostumbrada durante todos los años
de su amistad: una mano que le acariciaba el brazo, un golpecito en su
hombro. Su forma secreta de comunicarse; los dedos dibujan palabras y
letras en la piel del otro, una forma silenciosa e invisible para todos los
demás.
Le parecía una eternidad. Y ahora chispas corrían por su brazo
desde ese punto de contacto, haciendo que su cuerpo se sintiera caliente,
picante y confuso. Sus dedos le rodearon la muñeca mientras salían por la
puerta principal.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, él la soltó, volviéndose
hacia ella. El aire se sentía pesado y denso, presionando contra la piel de
Emma. La niebla ensombrecía la carretera. Podía ver las superficies de las
ondas grises golpeándose contra la orilla; De aquí, cada uno parecía tan
grande como una ballena jorobada. Podía ver la luna, esforzándose por
mostrarse entre nubes.
Julian respiraba con dificultad, como si hubiera estado corriendo a
kilómetros de distancia. La humedad del aire le pegó la camisa al pecho
mientras se apoyaba contra la pared del Instituto. — ¿Por qué has venido
al ático?
—Lo siento —Ella habló rígidamente. Odiaba estar rígida con Jules.
Rara vez tenían una pelea que no terminara en una disculpa casual o
bromas. —Tenía este sentimiento, de que me necesitabas, y no podía no
venir. Entiendo si estás enojado.
—No estoy enojado —Un relámpago chisporroteó sobre el agua,
brevemente blanqueando el cielo. —Eso es lo peor de todo, no puedo
estar enojado, ¿verdad? Mark no sabe nada de ti y de mí, no está
tratando de lastimarme, nada de eso es culpa suya. Y tú, hiciste lo
correcto. No puedo odiarte por eso —Se alejó de la pared unos pocos
123
pasos, inquieto. La energía de la tormenta reprimida parecía crepitar de su
piel —Pero no puedo soportarlo. ¿Qué hago, Emma? —Se pasó las manos
por el pelo; La humedad hacia se formaran rizos que envolvían sus dedos
—No podemos vivir así.
—Lo sé —dijo ella —Me iré. Sólo son unos meses tendré dieciocho
años. Tomaremos nuestros años de viaje lejos el uno del otro. Lo
olvidaremos.
— ¿Lo haremos? —Su boca se torció en una sonrisa imposible.
—Tenemos que hacerlo —Emma había empezado a temblar; hacía
frío, las nubes sobre ellos rozaban como el humo de un cielo quemado.
—Nunca debí haberte tocado —dijo. Él se había acercado a ella, o
tal vez ella se había acercado a él, queriendo tomarle las manos, como
siempre —Nunca pensé que lo que teníamos pudiera romperse tan
fácilmente.
—No está roto —susurró ella —Hemos cometido un error, pero estar
juntos no fue el error.
—La mayoría de las personas cometen errores, Emma. Eso no hace
que tengan que arruinar su vida entera.
Ella cerró los ojos, pero todavía podía verlo. Todavía lo sentía, a unos
centímetros de ella, el calor de su cuerpo, el olor a clavos impregnado a su
ropa y cabello. Eso la volvía loca, haciendo que sus rodillas temblaran
como si se hubiera bajado de una montaña rusa. —Nuestras vidas no están
arruinadas.
124
Sus brazos la rodearon. Pensó un momento en resistirse, pero estaba
tan cansada... tan cansada de luchar contra lo que quería. Ella no había
pensado que alguna vez conseguiría esto, Jules en sus brazos otra vez, con
sus fuertes manos de pintor contra su espalda, sus dedos trazando letras,
formando palabras en su piel.
E-S-T-O-Y A-R-R-U-I-N-A-D-O
Abrió los ojos, horrorizada. Su cara estaba tan cerca que era casi un
destello de luz y sombra. —Emma, —dijo, con sus brazos alrededor, tirando
de ella más cerca.
Y entonces la estaba besando; se besaban el uno al otro. La atrajo
contra él; Encajaba su cuerpo con el suyo, sus curvas y huecos, músculos y
suavidad. Su boca estaba abierta sobre la suya, su lengua corriendo
suavemente a lo largo de la costura de sus labios.
El trueno estalló alrededor de ellos, relámpagos que rompían contra
las montañas, encendiendo un sendero de calor seco a través del interior
de los párpados de Emma.
Abrió la boca presionándola contra él, con los brazos envolviéndose
alrededor de su cuello. Sabía a fuego, como especias. El pasó sus manos
por los costados, por las caderas de ella. La atrajo con más fuerza hacia él.
Estaba haciendo un sonido bajo en su garganta, algo que sonaba como
deseo angustioso.
Se sentía como si durara para siempre. Se sentía como si no pasara
ninguna hora en absoluto. Sus manos moldeaban la forma de sus
omóplatos, la curva de su cuerpo bajo su caja torácica, los pulgares
arqueándose sobre las crestas de sus caderas. Él la levantó y la puso
contra él, como si pudieran encajar en los espacios vacíos del otro,
mientras las palabras salían de su boca: frenéticas, apresuradas.
125
—Emma, te necesito, siempre, siempre pienso en ti, estaba deseando
que estuvieras conmigo en ese maldito ático y luego voltee y ahí estabas,
como si me hubieras oído, como si estuvieras siempre allí cuando te
necesito. . . .
El relámpago volvió a aparecer, iluminando el mundo; Emma podía
ver sus manos sobre el dobladillo de la camisa de Julian. ¿Qué diablos
estaba pensando, acaso estaba planeando que ambos se desnudaran en
el porche del Instituto? Volvió a la realidad; Ella se alejó, con su corazón
golpeando contra su pecho.
— ¿Em? —Él la miró, aturdido, con los ojos soñolientos, calientes y
deseosos. La hizo tragar con fuerza.
Pero sus palabras resonaban en su cabeza: el la quería ver, y ella
había venido como si lo hubiera oído llamarla; ella había sentido lo que
quería, lo sabía, no había podido detenerse.
Todas estas semanas de insistirse en que el vínculo parabatai se
debilitaba, y ahora le estaba diciendo que prácticamente se iban leyendo
mutuamente.
—Mark —dijo, y era sólo una palabra, pero era la palabra, el
recordatorio más brutal de su situación. La mirada soñolienta de él dejó sus
ojos; los abrió, horrorizado. Levantó una mano como si quisiera decir algo -
explicar, disculparse- y el cielo parecía rasgarse por el medio.
Ambos se voltearon para mirar fijamente mientras las nubes se
separaban directamente sobre ellos. Una sombra creció en el aire,
oscureciendo a medida que se acercaba a ellos: la figura de un hombre,
macizo y atado en armadura, montado en un caballo de ojos rojos, su
espumoso pelaje de color negro y gris, como las nubes de tormenta sobre
su cabeza.
126
Julian se movió como para empujar a Emma detrás de él, pero ella
no se movió. Simplemente se quedó mirando mientras el caballo se
detenía a los pies de los escalones del Instituto. El hombre los miró.
Sus ojos, como los de Mark, eran de dos colores diferentes, en su
caso azul y negro. Su rostro era aterradoramente familiar. Era Gwyn ap
Nudd, el señor y líder de la Caza Salvaje. Y no parecía contento
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