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Tierra y cielo
Traductora: Lilly Sciutto
Correctora: Fernanda Vorpahl
Revisora final: Joa Vasquez
Ejército Nephilim Latinoamérica
Emma guió a Julian a través del edificio, a través de pasillos familiares
para ambos incluso en la oscuridad. Iban en silencio. La trenza de Emma se
balanceaba al caminar. Julian se concentró en ellos por un momento,
pensando en las miles de veces que caminó junto a Emma en su camino
fuera del Instituto, cargando armas, riendo, hablando y planeando sobre lo
que fuera que iban a enfrentar.
La forma en que su corazón siempre se iluminaba cuando salían del
Instituto, listos para subir en el auto, conduciendo rápido por la autopista, el
viento en sus cabellos, sabor a sal en su piel. El recuerdo era un peso contra
su pecho ahora que pisaban la plana y arenosa área tras el Instituto.
Jace y Clary esperaban por ellos, ambos vestidos del traje de
combate cargando bolsas cilíndricas. Hablaban entre ellos, atentamente,
con las cabezas inclinadas juntas. Sus sombras, creadas con la afilada
precisión de la luz vespertina, parecían fundirse en una.
Emma se aclaró la garganta y ambos se separaron.
—Lamentamos irnos así —dijo Clary, con un poco de torpeza. —
Pensamos que sería mejor para evadir preguntas de los Centuriones sobre
nuestra misión. —Miró alrededor. — ¿Dónde está Kit?
—Creo que está con Livvy y Ty —dijo Emma. — Envié a Dru por él.
—Aquí estoy. —Kit, una sombra rubia con sus manos en sus bolsillos,
empujó con su hombro la puerta trasera del Instituto.
Pies ligeros, pensó Julian. Una característica natural de los Cazadores
de Sombras. Su padre había sido un ladrón y un mentiroso. Esos tenían los
pies ligeros también.
—Tenemos algo para ti, Christopher —dijo Jace, inusualmente serio.
— Clary lo tiene, al menos.
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—Aquí. —Se adelantó y soltó un objeto, relámpago plateado, en las
manos abiertas de Kit.
—Este es el anillo de la familia Herondale. Perteneció a James
Herondale antes de ser de Jace. James era cercano a muchos Blackthorn
cuando vivió.
La cara de Kit era imposible de leer. Cerró los dedos alrededor del
anillo y asintió. Clary puso su mano contra su mejilla. Era un gesto maternal
y, por un momento, Julian creyó ver vulnerabilidad cruzar las facciones de
Kit.
Si el chico tenía una madre, notó Julian, nadie sabía nada de ella.
—Gracias —dijo Kit. Deslizó el anillo en sus dedos, viéndose
sorprendido de cuando encajó. Los anillos de Cazadores de Sombras
siempre encajaban; era parte de su magia.
—Si piensas en vender —dijo Jace—, yo no lo haría.
— ¿Por qué no? —Kit elevó su rostro; ojos azules mirando en los
dorados.
El color de sus ojos era diferente pero el marco, el mismo: la forma de
sus párpados, el filo de sus pómulos y ángulos vigilantes en sus rostros.
—Solo no lo haría —dijo Jace, haciendo un pesado énfasis; Kit
encogió sus hombros, asintió y desapareció dentro del Instituto.
— ¿Tratabas de asustarlo? —demandó saber Emma, el momento en
que la puerta se cerró tras de él
Jace esbozó una sonrisa ladeada hacia ella.
—Agradece a Mark por la ayuda —dijo, atrayendo a Emma en un
abrazo y sacudiéndole el cabello.
Los próximos instantes fueron un borrón de abrazos y despedidas,
Clary prometió enviarles mensajes de fuego cuando pudiera, Jace
asegurándose que ellos tuvieran el número de teléfono de Alec y Magnus
en caso de problemas. Nadie mencionó que tenían a la Clave en caso de
emergencias. Clary y Jace habían aprendido a ser cautelosos con la
Clave, cuando eran jóvenes, y no parecían haber perdido sus sospechas al
crecer.
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—Recuerda lo que te dije en el tejado —dijo Clary a Emma en voz
baja y las manos en los hombros de la chica más joven. — Lo que
prometiste.
Emma asintió luciendo atípicamente seria. Clary se alejó de ella,
alzando la estela, preparada para ir a Féera. Cuando las formas
comenzaron a fluir bajo sus manos, la entrada brillando contra el aire
caliente, la puerta del Instituto se abrió otra vez. Esta vez, era Dru, su cara
redonda y ansiosa. Enredaba una de sus trenzas en su dedo
—Emma, deberías venir —dijo ella. — Algo le pasó a Cristina.
*** ***
No iba jugar a esa tontería de los espías, pensó Kit. No importaba
cuanta diversión parecían estar teniendo los gemelos, encogidos en una
esquina del segundo piso y mirando abajo a la entrada principal, ocultos
por las barandillas.
El juego consistía en adivinar lo que las personas decían por su
lenguaje corporal o la forma en que gesticulaban. Livvy era infinitamente
creativa, capaz de crear escenarios dramáticos entre personas que
probablemente solo charlaban sobre el clima. Ella había decidido que la
linda chica de Asia del Sur con chaqueta de estrellas estaba enamorada
de Julian y que dos de los Centuriones eran espías de la Clave.
Ty hacía escasas declaraciones, pero Kit sospechaba eran las
posibles a ser correctas. Era bueno para observar pequeños detalles, como
cuál era el símbolo familiar en la espalda de la chaqueta de alguien y lo
que significaba sobre dónde venían.
— ¿Qué piensas de Diego el perfecto? —preguntó Livvy a Kit,
cuando regresó de decir adiós a Clary y Jace. Ella tenía las rodillas
flexionadas hacia arriba y sus brazos envolviendo sus largas piernas. Su
rizada coleta se balanceaba en sus hombros.
—Presumido bastardo. Su cabello está muy bien. No confío en las
personas con tan buen cabello.
—Creo que esa chica con el cabello en un moño está enojada con
él —dijo Ty, inclinándose más cerca de la barandilla. Su delicada cara era
toda puntas y ángulos. Kit siguió su mirada hacia abajo y vio a Diego,
hundido en una conversación con la chica pálida cuyas manos se
agitaban a su alrededor al hablar.
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—El anillo. —Livvy atrapó la mano de Kit, girándola. El anillo
Herondale brilló en su dedo. Él ya había notado el delicado tallado de
aves volando alrededor de la banda. — ¿Jace te lo dio?
Kit negó con la cabeza.
—Clary. Dijo que solía pertenecer a James Herondale.
—James… —Ella parecía estar haciendo un esfuerzo para recordar
algo. Chilló y soltó su mano cuando una sombra se cernió sobre ellos.
Era Emma.
—Bien, pequeños espías, ¿dónde está Cristina? Ya la busqué en su
habitación.
Livvy apuntó escaleras arriba. Kit frunció el ceño, no pensó habría
nada en el tercer piso más que el ático.
—Ah —dijo Emma. Gracias. —Apretó sus manos en puños a los
costados de su cuerpo. — Cuando agarre a Diego…
Hubo una sonora exclamación desde abajo. Los cuatro se estiraron
hacia delante para ver a la pálida chica propinar una bofetada que le
giró la cara a Diego.
— ¿Qué…? —Emma pareció atónita, luego furiosa de nuevo. Se giró
para enfilar las escaleras.
Ty sonrió y se veía, con sus rizos oscuros y ojos claros para todo el
mundo, como un querubín pintado en la pared de una iglesia.
— Esa chica estaba enojada —dijo él, sonando deleitado por haber
acertado.
Kit rió a carcajadas.
*** ***
El cielo sobre el Instituto se llenó de colores: fucsia, rojo sangre,
profundo dorado. El sol descendía y el desierto se bañaba de brillo. El
Instituto mismo resplandecía y el agua resplandecía también, lejos donde
el sol se pondría.
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Cristina estaba justo donde Emma supuso que estaría: sentada tan
impecable como siempre, sus piernas cruzadas, su chaqueta del traje de
combate extendida en las tejas bajo ella.
—No me siguió —dijo al Emma acercarse a ella. Su cabello negro se
movía y llenaba la brisa, las perlas en sus oídos brillando. El colgante
alrededor de su cuello centelleaba, y las palabras en él, a causa del sol;
Bendito sea el ángel, mi fuerza, que adiestra mis manos para la batalla y
mis dedos para luchar.
Emma se dejó caer en el tejado junto a su amiga, lo más cerca que
pudo estar. Alcanzó la mano de Cristina y le dio un firme apretón.
— ¿Hablas de Diego?
Cristina asintió. No habían marcas de llanto en su rostro; se veía
sorpresivamente tranquila, considerando lo sucedido.
— Esa chica apareció diciendo que era su prometida — dijo
Cristina— Creí que sería algún tipo de error, incluso cuando me di vuelta y
huí, pensé que era un malentendido y que él vendría tras de mí a
explicarme. Pero no lo hizo, lo que significa que se quedó por ella. Porque sí
es su prometida y le importa más que yo.
—No sé cómo pudo hacerlo —dijo Emma. — Es extraño. Te ama
mucho. Vino aquí por ti.
Cristina hizo un sonido ahogado con la nariz.
— ¡Él ni siquiera te agrada!
—Me agrada… bueno, me agrada a veces —dijo Emma. — Todo
eso de ser perfecto es molesto. Pero la manera en que te ve. Eso no se
puede fingir.
—Tiene una prometida, Emma. No solo una novia. Quién sabe hace
cuanto están comprometidos. Comprometidos. Para casarse.
—Me colaré en la boda —sugirió Emma. — Saldré del pastel, pero no
de forma sexy. Como… con granadas.
Cristina resopló, luego apartó el rostro.
—Me siento tan estúpida —dijo ella. — Me mintió y lo perdoné y,
entonces, me mintió de nuevo. ¿Qué clase de idiota soy? ¿Cómo lo creí
digno de confianza?
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— Porque querías creerlo —dijo Emma. — Lo conoces desde hace
mucho tiempo, Tina y eso hace una diferencia. Cuando alguien ha sido
parte de tu vida por tanto, borrarlos es como cortar las raíces bajo una
planta.
Cristina se mantuvo en silencio por un largo rato.
—Lo sé —dijo ella. — Sé que lo entiendes.
Emma saboreó el ácido de la amargura quemar el fondo de su
garganta y lo tragó de regreso. Necesitaba estar ahí para Cristina, no
afligirse por sus propias penas.
—Cuando era pequeña —contó Emma. — Julian y yo solíamos venir
aquí arriba al atardecer, prácticamente, cada noche y esperábamos por
el rayo verde.
— ¿El qué?
—El rayo verde. Cuando el sol se oculta, justo antes de que
desaparezca por completo, verás un rayo de luz verde.
Ambas miraron al agua. El sol estaba ocultándose por debajo del
horizonte, el cielo manchado de rojo y negro.
—Si pides un deseo al verlo, se hará realidad.
— ¿De verdad? —Cristina habló suavemente, sus ojos fijos en el
horizonte junto a los de Emma.
—No lo sé —respondió Emma. — He pedido muchos deseos hasta
ahora.
El sol se hundió un par más de milímetros. Emma trató de pensar qué
podía pedir. Incluso cuando era más joven, entendía que habían cosas
que no se podían desear: la paz mundial, que regresaran tus padres
muertos. El universo no podía ponerse de cabeza por ti. Desear traía
pequeñas bendiciones: dormir sin pesadillas, la seguridad de tus amigos
por un día más, un cumpleaños con el sol brillando.
— ¿Te acuerdas, antes de que encontraras a Diego de nuevo,
hablaste de que debíamos ir a México juntas? —Dijo Emma. — ¿Y pasar el
año de allí?
Cristina asintió.
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—Pasará un tiempo antes de que pueda ir — continuó Emma. — No
cumplo dieciocho hasta el invierno, pero cuando lo haga…
Dejar Los Ángeles. Pasar el año con Cristina, aprendiendo,
entrenando y viajando. Sin Julian. Emma se tragó el dolor que le causó el
solo pensarlo. Era un dolor con el que tendría que aprender a vivir.
—Me gusta eso —dijo Cristina. El sol era solo un borde de oro. —
Desearé por eso. Y quizá por olvidar a Diego también.
—Pero, entonces, tendrías que olvidar lo bueno junto a lo malo. Sé
que hubo cosas buenas. —Entrelazó sus dedos de los de Cristina. — Él no es
la persona correcta para ti. No es lo suficientemente fuerte. Sigue
decepcionándote y fallándote. Sé que te ama, pero eso no es suficiente.
— Al parecer, no soy yo a la que ama.
—Quizá, comenzó a salir con ella para intentar olvidarte —dijo
Emma. — Luego, te recuperó, aunque él no esperaba que sucediera, y no
supo romper con ella.
—Qué idiota — declaró Cristina. — Quiero decir, si eso fuera cierto,
que no lo es.
Emma rió.
—Está bien, sí, yo tampoco lo creería. —Se inclinó hacia delante. —
Mira, solo déjame golpearlo por ti. Te sentirás mucho mejor.
—Emma, no. No le pongas una mano encima, lo digo en serio.
—Puedo golpearlo con mis pies — sugirió Emma. — Están registrados
como armas letales.
Ella los agitó.
—Prométeme que no lo tocarás. —Cristina la observó tan
severamente que Emma alzó su mano libre en señal de sumisión.
—Está bien, está bien —aceptó ella. — Yo no tocaré a Diego el
perfecto.
—Tampoco puedes gritarla a Zara —dijo Cristina. — No es su culpa,
estoy segura que no sabía de mi existencia.
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—Siento lástima por ella —comentó Emma. —porque tú eres una de
las mejores personas que conozco.
Cristina comenzó a sonreír. El sol estaba casi completamente oculto.
Un año con Cristina, pensó Emma. Un año lejos de todo y de todos los que
le recordaban a Jules. Un año para olvidar, ella lo resistiría.
Cristina soltó un pequeño jadeo.
— ¡Mira ahí está!
El cielo relampagueó en verde. Emma cerró los ojos y deseó.
*** ***
Cuando Emma regresó a su habitación, se sorprendió de encontrar a
Mark y Julian esperándola dentro. Cada uno de pie en extremos opuestos
de su cama, sus brazos cruzados sobre el pecho.
— ¿Cómo está ella? —Dijo Mark tan pronto como la puerta se cerró
tras Emma. — Cristina, me refiero a ella.
Su mirada era ansiosa. Julian estaba de piedra, se veía inexpresivo y
autocrático, Emma sabía eso significaba estaba molesto.
— ¿Está molesta?
— ¡Por supuesto que lo está! —Dijo Emma. — Creo que no tanto
porque él ha sido su novio solo por algunas semanas sino porque se
conocen desde hace años. Sus vidas están completamente entrelazadas.
— ¿Dónde está ahora? —preguntó Mark.
— Ayudando a Diana y a los demás a arreglar las habitaciones para
los Centuriones —respondió Emma. —Yo no creo que cargar sábanas y
toallas anime a nadie, pero ella aseguró que sí.
—En Féera, retaría a Rosales a un duelo por esto —dijo Mark. —
Rompió su promesa y, no cualquier promesa, una de amor. Nos
enfrentaríamos en combate si Cristina me acepta como su campeón
—Bueno, no tienes suerte —djo Emma. — Cristina me hizo prometer
que no le pondría una mano encima y puedo apostar que también aplica
para ustedes dos.
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— ¿Dices que no hay nada que podamos hacer? —Mark frunció el
ceño. Combinaba con el de Julian.
Había algo sobre ellos, pensó Emma; aunque eran luz y oscuridad,
parecían más hermanos en ese momento de lo que se habían visto en
mucho tiempo.
— Podemos ir a ayudar para que Cristina pueda ir a dormir —dijo
Emma. — Diego se encerró en una de las oficinas con Zara, así que ella no
se cruzará con él. Pero le vendría bien descansar.
— ¿Nos vengaremos de Diego doblando sus toallas? —inquirió Julian.
—Técnicamente, no son sus toallas —señaló Emma. — Son las toallas
de sus amigos.
Se dirigió a la puerta, los chicos la siguieron a regañadientes.
Era claro que ellos preferían un combate a muerte en el césped a ser
hospitalarios con los Centuriones. Emma tampoco estaba ansiosa por ello,
Julian era mucho mejor que ella tendiendo camas y lavando la ropa.
—Podría vigilar a Tavvy —sugirió.
Mark se había adelantado por el corredor, dejándola caminando al
lado de Julian.
—Está dormido —respondió Julian. No mencionó cómo encontró
tiempo para ponerlo a dormir entre todo lo que sucedía. Ese era Julian,
siempre encontraba el tiempo. — ¿Sabes qué me parece extraño?
— ¿Qué?
—Diego debía saber que su farsa se derrumbaría —dijo Julian. —
Incluso si no esperaba que Zara viniera con los demás Centuriones esta
noche, todos sabían sobre ella. Alguno pudo mencionar a su prometida o
el compromiso.
—Buen punto. Diego puede ser deshonesto, pero no un idiota.
—Siempre hay formas de que lo lastimes sin tocarlo —dijo Julian, muy
bajo para que solo Emma escuchara; había algo oscuro en su voz que la
hizo estremecerse. Se giró para responderle pero vio a Diana acercarse a
ellos desde el vestíbulo, su expresión era mucho más severa que la de
alguien que atrapa personas vagabundeando.
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Los despachó a diferentes partes del Instituto: Julian, al ático para
verificar a Arthur; Mark, la cocina, y Emma, la biblioteca para ayudar a los
gemelos a limpiarla. Kit había desaparecido.
—No se ha fugado — informó Ty, servicial. — Solo no quería tender
camas.
Ya era tarde para cuando terminaron de limpiar, determinar qué
dormitorio pertenecía a cada Centurión y organizar las entregas de
comida que recibirían para los próximos días. También, establecieron una
patrulla alrededor del Instituto en turnos durante la noche, cuidándolos de
demonios del mar.
Recorriendo el corredor a su habitación, Emma notó la luz brillando
bajo la puerta de Julian. De hecho, la puerta estaba entornada, en parte
abierta y la música escapaba hacia el pasillo. Sin ser consciente de ello, se
encontró de frente a la puerta, su mano alzada para tocar. En realidad,
había tocado. Dejó caer su mano, en parte atónita, él ya había abierto.
Emma parpadeó. Él estaba en su viejo pijama, solo la parte inferior,
una toalla colgaba de sus hombros y un pincel en una mano. Había
pintura cubriendo su pecho desnudo y en algunas de las hebras de su
cabello.
A pesar de que no estaba tocándola, ella era consciente de su
cuerpo, la calidez que emanaba de él. Las espirales de las Marcas negras
serpenteando por su torso como vides envolviendo un pilar.
— ¿Querías algo? —preguntó. — Es tarde, Mark debe estar
esperando por ti.
— ¿Mark? —Por un momento, ella casi se había olvidado de Mark.
—Lo vi entrar a tu habitación.
Pintura goteaba de su pincel y salpicaba el suelo. Ella podía ver, por
encima de él, el interior de la habitación. No había estado dentro desde lo
que se sentía como años. Había sábanas de plástico cubriendo unas
partes del suelo y ella podía ver puntos brillantes de la pared donde él,
claramente, había retocado el mural que recorría la mitad de la
habitación.
Ella recordaba cuando él lo pintó, luego de que regresaran de Idris.
Luego de la Guerra Oscura.
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Habían estado acostados en la cama, como solían hacer desde que
eran niños pequeños. Emma había estado hablando sobre el libro de
cuentos de hadas que encontró en la biblioteca, del tipo que los
mundanos leían siglos atrás: sangrientos y llenos de asesinatos y tristeza. Ella
le habló del castillo de la Bella Durmiente, rodeado de espinas, como la
historia decía que cientos de príncipes trataron de atravesar la barrera
para salvar a la princesa pero todos murieron atravesados por las espinas,
sus huesos fueron dejados allí, blanqueándose al sol.
Al día siguiente, Julian habían había pintado su habitación: el castillo
y el muro de espinas, la pila de huesos y el triste príncipe con su espada
rota a su lado. Emma había estado impresionada, tuvieron que dormir en
la habitación de ella por una semana para que se secara la pintura.
Nunca le preguntó qué llamó su atención de la imagen o la historia.
Ella sabía que si él hubiera querido decirle, lo habría hecho.
Emma aclaró su garganta.
—Dijiste que podía herir a Diego sin tocarlo. ¿Qué querías decir?
Él pasó su mano libre por su cabello desaliñado y tan hermoso que
era doloroso.
—Será mejor que no te lo diga.
—Hirió a Cristina —dijo Emma. — Y ni siquiera le importa.
Julian se frotó la nuca. Los músculos de su pecho y estómago se
movieron cuando se estiró, ella fue consciente de la textura de su piel,
desesperadamente, deseó volver el tiempo atrás de alguna forma y ser de
nuevo la persona que no se sacudía hasta hacerse pedazos por ver a
Julian, con quien había crecido y visto semidesnudo millones de veces, sin
camisa.
—Vi su cara cuando Cristina huyó del vestíbulo —dijo él. — No creo
que debas preocuparte de que él no esté sufriendo. —Puso la mano en el
pomo de la puerta. — Nadie puede leer la mente a los demás o adivinar
todas sus razones. Ni siquiera tú, Emma.
Cerró la puerta en su cara.
*** ***
Mark estaba extendido a los pies de la cama de Emma. Sus pies
estaban descalzos y él medio enrollado bajo una manta. Se veía
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adormilado, sus ojos sombreaban medias lunas contra su piel pálida, pero
entreabrió sus ojos azules cuando ella entró
— ¿Ella está bien?
— ¿Cristina? Sí. —Emma se sentó junto a él, apoyándose del piecero
de la cama. — Apesta, pero estará bien.
—Debe ser duro, creo —dijo él, con su voz ronca por el sueño—,
merecerla.
—Te gusta, ¿cierto?
Él rodó los ojos hacia un lado y la observó con esa mirada fija de
hada que la hacía sentir sola en un campo, viendo el viento sacudir la
hierba.
—Por supuesto que me gusta.
Emma maldijo por la intensidad del lenguaje de las hadas. Gustar no
significaba nada para ellos que vivían en un mundo de odio o amor,
desprecio o adoración.
—Tu corazón siente algo por ella
Mark se sentó erguido.
—Ella no…, creo, se siente de la misma forma hacia mí.
— ¿Por qué no? — Dijo Emma. — Ella, claramente, no desprecia las
hadas, lo sabes. Te aprecia…
—Ella es amable, noble, tiene un corazón generoso. Es sensible,
considerada, amable…
—Ya habías dicho amable.
Mark la miró fijamente.
—Ella no se parece en nada a mí.
—No tienes que parecerte a alguien para amarlos —dijo Emma. —
Míranos a nosotros. Somos muy similares y no nos sentimos atraídos de esa
forma.
—Solo porque estás involucrada con alguien más. —Mark habló
objetivamente, pero Emma lo miró sorprendida. Él sabe sobre Jules, pensó
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en un momento de pánico, antes de recordar la mentira que le dijo sobre
Cameron.
—Una desgracia —dijo ella, ligeramente, intentando controlar los
martilleos de su corazón. — Tú y yo, juntos, habría sido… tan sencillo.
—La pasión no es sencilla, tampoco la falta de ella.
Mark se inclinó hacia ella, su hombro caliente contra el suyo. Ella
recordó su beso, sus dedos hundidos en el cabello suave de él. Su cuerpo
contra el suyo, receptivo y fuerte. Aunque trató de aferrarse al recuerdo,
este se escapó entre sus dedos como arena seca. Como la arena de la
playa la noche que ella y Julian yacieron sobre ella. La única noche que
tuvieron juntos.
—Te ves triste —dijo Mark. — Lamento haber sacado el tema del
amor. —Él le tocó la mejilla. — En otra vida, tal vez. Tú y yo.
Emma dejó caer la cabeza contra el piecero de su cama.
—En otra vida.

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