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Un clamor extraño y salvaje
Traductora: Lilly Sciutto
Correctora: Theresa Gray
Revisora final: Jennifer García
Ejército Nephilim Latinoamérica
Cristina se alzó en la cima de la colina donde estuvo alguna vez la
casa de Malcolm Fade y contempló las ruinas a su alrededor.
No había conocido a Malcolm Fade de la forma en que lo hacían los
Blackthorn. Él había sido su amigo, o eso pensaban ellos, por cinco años,
viviendo solo a unos kilómetros en su formidable casa de cristal y acero en
las secas colinas de Malibú. Cristina lo visitó una vez, con Diana, y quedó
encantada por sus modales simples y el humor de Malcolm. Se encontró
deseando que el Gran Brujo de la Ciudad de México fuera como Malcolm:
de apariencia juvenil y encantador, en lugar de una gruñona anciana con
orejas de murciélago que vivía en el Parque Lincoln.
Entonces, Malcolm había resultado ser un asesino y todo se vino
abajo. Las mentiras reveladas, su fe en él rota, incluso la seguridad de
Tavvy estuvo en riesgo hasta que se las arreglaron para recuperarlo y
Emma despachó a Malcolm con una espada a través de sus tripas.
Cristina podía oír los autos zumbando por debajo en la autopista.
Habían escalado por el lateral de la colina para llegar hasta ahí. Se sentía
sudada y con comezón. Clary Fairchild estaba sobre los escombros de la
casa de Malcolm, blandiendo un objeto de apariencia extraña, similar a
un cruce entre un cuchillo serafín y una de esas maquinas usadas por los
mundanos para hallar metal escondido bajo la arena. Mark, Julian y Emma
deambulaban alrededor de diferentes partes de la casa colapsada,
revisando a través de metal y cristal.
Jace optó por pasar el día con Kit en la sala de entrenamiento del
Instituto. Cristina admiraba eso. Había sido criada para creer que nada era
más importante que la familia. Kit y Jace eran los únicos Cazadores de
Sombras del linaje Herondale con vida en el mundo. Además, el chico
necesitaba amigos. Era una extraña cosita, muy joven para ser atractivo
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pero con grandes ojos azules que te hacían querer confiar en él incluso
mientras estaba hurgando tus bolsillos. Tenía un destello de travesura en él,
un poco como el que su mejor amigo de la infancia, Jaime, tuvo alguna
vez, del tipo que podía convertirse en delincuente fácilmente.
— ¿En qué piensas? —preguntó Diego, apareciendo detrás de ella.
Vestía jeans y botas de trabajo. Cristina deseaba que no la
molestara la insistencia de Diego en usar su prendedor de Centurión en la
manga de una completamente ordinaria camiseta negra.
Él era muy atractivo. Mucho más atractivo que Mark si estabas
siendo completamente objetivo. Sus facciones más regulares, su
mandíbula más cuadrada, su pecho y brazos más amplios.
Cristina empujó a un lado algunos pedazos de yeso pintado. Ella y
Diego habían sido asignados al segmento este de la casa, que
seguramente fue la habitación y clóset de Malcolm.
Siguió alzando tiras de ropa.
—Estaba pensando en Jaime, en realidad.
—Oh. —Los ojos oscuros de Diego eran compasivos. — Está bien
extrañarlo. Yo también lo extraño.
—Entonces, deberías hablar con él. —Cristina sabía que sonó
brusca, pero no podía evitarlo. No estaba segura el porqué Diego la
estaba volviendo loca y no de una buena manera.
Quizá, era que lo culpaba por traicionarla por tanto tiempo que era
difícil dejar ir la rabia. Quizá, era que librarlo de culpa a él significaba
cargar más culpa sobre Jaime, lo que parecía injusto, pues Jaime no
estaba alrededor para defenderse.
—No sé donde está —dijo, Diego.
— ¿En absoluto? ¿No sabes dónde está en el mundo o no sabes
cómo contactarlo?
De alguna forma, Cristina se había perdido esa parte.
Probablemente, porque Diego no lo había mencionado.
—No quiere ser molestado por mí —dijo Diego. —Todos mis mensajes
de fuego regresan bloqueados. No ha hablado con nuestro padre . — Su
madre estaba muerta. — Ni ninguno de nuestros primos.
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— ¿Cómo sabes siquiera que está vivo? —preguntó Cristina e,
inmediatamente, se arrepintió. Los ojos de Diego relampaguearon.
—Sigue siendo mi hermano menor —dijo. — Sabría si él hubiera
muerto.
— ¡Centurión!
Era Clary, haciendo señas desde la cima de la colina. Diego
comenzó a trotar hacia ella sin mirar atrás. Cristian era consciente de que
lo había hecho enfadar. La culpa se derramaba de ella y pateó un
pesado pedazo de yeso con un rayo de ferralla atravesándolo como un
mondadientes.
El bloque rodó a un lado, Cristina parpadeó ante el objeto que se
reveló por debajo y se agachó para recogerlo. Un guante, un guante de
hombre, hecho de cuero, suave como la seda pero mil veces más
resistente. El cuero estaba impreso con la imagen de una corona cortada
a la mitad.
— ¡Mark! —llamó. — ¡Necesito que veas algo!
Un momento después, notó que estaba tan sorprendida que lo
había llamado en español, pero no parecía importar. Mark había llegado,
saltando ágilmente las rocas hacia ella. Estaba de pie por encima de
Cristina, el viento levantaba sus ligeros, pálidos y dorados rizos fuera de sus
apenas puntiagudas orejas. Se le veía alarmado.
— ¿Qué es? —Ella le entregó el guante. — ¿No es el emblema de
uno de la Corte de Hadas?
Mark lo giró en su mano.
—La corona rota es el símbolo del Rey Noseelie —murmuró. — Él cree
ser el verdadero Rey de ambas Cortes, Seelie y Noseelie. Hasta que reine
sobre ambos, la corona permanecerá cortada a la mitad. —Mark inclinó su
cabeza a un lado como un pájaro estudiando un gato desde una
distancia segura. —Pero esta clase de guantes…Kieran los tenía al llegar a
la Cacería. Son de excelente calidad. Solo la aristocracia los usaría. De
hecho, pocos excepto los hijos del Rey los usarían.
— ¿No crees que son de Kieran? —dijo Cristina.
Mark negó con la cabeza.
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—Los suyos fueron…destruidos en la Cacería. Pero esto significa que
quien haya visitado a Malcolm aquí, y dejó el guante, era alguien
importante en la Corte o el Rey mismo.
Cristina frunció el ceño.
—Es muy extraño que esté aquí.
Su cabello había escapado de su trenza y se agitaba en largos rizos
alrededor de su rostro. Mark se adelantó para meterlo detrás de su oreja.
Sus dedos rozaron la mejilla de Cristina. Los ojos de él estaban soñadores,
distantes. Ella tembló un poco por la intimidad del gesto.
—Mark —dijo ella— no.
Él dejó caer su mano. No se veía enojado, de la forma en que
muchos de los chicos tendían a estarlo cuando se les pedía no tocar a una
chica. Se veía confundido y un poco triste.
— ¿Por Diego?
—Y Emma —dijo ella, su voz muy baja.
La confusión de Mark aumentó.
—Pero tú sabes que eso es….
— ¡Mark! ¡Cristina!
Era Emma, llamándolos desde donde ella y Julian se habían unido a
Diego y Clary. Cristina estaba agradecida de no tener que responderle a
Mark; se apresuró por la pila de rocas y vidrio, feliz de que sus botas de
cazadora de sombras y su equipamiento la protegían de los aislados
bordes cortantes.
— ¿Encontraron algo? —preguntó, acercándose al pequeño grupo.
— ¿Alguna vez has querido un vistazo realmente cercano de un
asqueroso tentáculo? —cuestionó Emma.
—No —respondió Cristina, acercándose cautelosamente.
Clary parecía tener algo desagradablemente blando atravesado en
la punta de su extraña arma. Se retorció un poco, mostrando ventosas
rosas contra la piel verde moteada.
—Nadie nunca parece decir sí a esa pregunta —dijo Emma,
entristecida.
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—Una vez, Magnus me presentó un brujo con tentáculos como este
—contó Clary. —Su nombre era Marvin.
—Asumo que estos no son los restos de Marvin —dijo Julian.
—No estoy segura que sean los restos de nadie —acotó Clary. —
Para invocar un demonio marino, se necesita la Copa Mortal o algo como
esto: una pieza de un poderoso demonio que puedas encantar. Creo que
tenemos evidencia definitiva de que la muerte de Malcolm está
relacionada a los recientes ataques de los Teuthidas.
— ¿Ahora qué? —preguntó Emma, mirando de soslayo el tentáculo.
No era gran fanática del océano, o de los monstruos que vivían en él,
aunque pelearía con cualquier cosa en tierra firme.
—Ahora, volvemos al Instituto —respondió Clary—, y decidimos qué
haremos continuación. ¿Quién quiere cargar el tentáculo?
No hubo voluntarios.
*** ***
—Debes estar bromeando —dijo Kit. — De ninguna forma saltaré de
eso.
—Solo considéralo. —Jace se inclinó hacia abajo desde la viga. — Es
sorprendentemente fácil.
—Pruébalo —sugirió Emma.
Había entrado a la sala de entrenamiento cuando regresaron de la
casa de Malcolm, curiosa de ver cómo estaba resultando. Había
encontrado a Ty y Livvy sentados en el suelo, observando a Jace tratar de
convencer a Kit de arrojar algunos cuchillos (que estaba dispuesto a
hacerlo) y, luego, a aprender a saltar y caer (que no lo estaba).
—Mi padre me advirtió que ustedes tratarían de matarme —dijo Kit.
Jace suspiró. Estaba en traje de entrenamiento, balanceándose en
una intrincada red de vigas que se interceptaban en el interior del techo
del cuarto de entrenamiento. Estos oscilaban de treinta a veinte metros
sobre el suelo. Emma se había enseñado a caer de esas mismas vigas a lo
largo de los años, a veces rompiéndose huesos.
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Un Cazador de Sombras debía saber trepar, los demonios eran
rápidos y, frecuentemente, de piernas múltiples con las que se
apresuraban por los lados de los edificios como arañas. Pero aprender
cómo caer era igual de importante.
—Puedes hacerlo —afirmó Emma, esta vez.
— ¿Sí? ¿Y qué pasa si salpico mi ser por todo el suelo? —preguntó Kit.
—Consigues un funeral por todo lo alto —respondió Emma. —
Pondremos tu cuerpo en un bote y te empujaremos por una cascada
como a un vikingo.
Kit lanzó una mirada hacia ella.
—Eso es de una película.
—Quizá. —Ella se encogió de hombros.
Jace, perdiendo la paciencia, se arrojó de la viga más alta. Dio una
voltereta en el aire antes de aterrizar en una insonora flexión. Se irguió y
dedicó un guiño a Kit.
Emma ocultó una sonrisa. Había tenido un enamoramiento
espantoso de Jace a los doce años. Luego, se había convertido en querer
ser Jace, el mejor que existía: mejor peleador, mejor sobreviviente, mejor
Cazador de Sombras.
Ella no lo había alcanzado todavía, pero no había dejado de
intentarlo tampoco.
Kit lució impresionado, después regresó al ceño fruncido. Lucía muy
menudo junto a Jace. Estaba muy cerca a la altura de Ty, pero menos en
forma. La potencial fuerza de Cazadores de Sombras estaba allí, sin
embargo, en la forma de sus brazos, de sus hombros. Emma lo había visto
pelear cuando estuvo en peligro. Ella sabía lo que podía hacer.
—Pronto, podrás hacer eso —dijo Jace, apuntando a las vigas y
luego a Kit. — Tan pronto como tú lo quieras.
Emma reconoció la mirada en los ojos de Kit. Podría nunca querer
hacerlo.
— ¿Cuál era el lema de los Nefilim, otra vez?
—Somos polvo y sombras —dijo Ty, sin alzar la vista de su libro.
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—Algunos de nosotros somos un muy atractivo polvo —agregó Jace,
mientras la puerta se abría y Clary asomaba su cabeza dentro.
—Vengan a la biblioteca —anunció. — El tentáculo comienza a
deshacerse.
—Me enloqueces cuando hablas sucio —comentó Jace,
colocándose su chaqueta.
—Adultos —resopló Kit, con algo de asco, saliendo de la habitación.
Para la diversión de Emma, Ty y Livvy estuvieron instantáneamente
sobre sus pies, siguiéndolo. Se preguntaba qué, exactamente, disparó su
interés en Kit. ¿Era solo que tenían la misma edad? Jace, ella imaginaba, lo
habría atribuido al famoso carisma Herondale; aunque hasta donde ella
sabía, los Herondale que lo precedieron estaban deficientes en esa
cualidad.
La biblioteca tenía cierta cantidad de caos. El tentáculo estaba
comenzando a disolverse en un pegajoso charco verde y rosa que le
recordaba a Emma horriblemente a gomitas derretidas. Como Diana
señaló, eso significaba que el tiempo restante para identificar al demonio
se reducía rápidamente. Ya que Magnus no contestaba al celular y nadie
quería involucrar a la Clave, esto los dejaba con el estilo antiguo: investigar
en libros. Cada uno tenía a mano una pila de gordos tomos sobre criaturas
marinas y se dispersaron por varias partes de la biblioteca para examinar
dibujos, bocetos, pinturas y ocasionales fotos con clips.
En algún punto durante el transcurso de las horas, Jace decidió que
la ellos requerían comida china.
Al parecer, el pollo kung pao y fideos en salsa de frijoles negros eran
requisito cada vez que el equipo de Nueva York se enzarzaba en una
investigación. Arrastró a Clary a una oficina vacía para conjurar un Portal,
algo que ningún otro Cazador de Sombras además de Clary podía hacer,
prometiendo regresar con la mejor comida china que Manhattan tenía
para entregar.
— ¡Lo tengo! —anunció Cristina, alrededor de veinte minutos
después de que la puerta se cerrara tras Jace y Clary.
Sostenía una copia enorme del Carta Marina. El resto se reunió
alrededor de la mesa principal mientras Diana confirmaba que el
tentáculo pertenecía a la especie Makara, la cual, de acuerdo a los
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bosquejos entre los mapas en el Carta Marina, lucía como mitad pulpo,
mitad babosa con una enorme cabeza de abeja.
—La parte perturbadora no es que sea un demonio marino —dijo
Diana, frunciendo el entrecejo—, sino que el Makara solo sobrevive en
tierra por uno o dos días.
Jace abrió la puerta de la biblioteca de un empujón. Llegó junto a
Clary cargado de cajas para llevar verdes y blancas marcadas como
JADE WOLF.
— ¿Un poco de ayuda por aquí?
El equipo de investigación se separó brevemente para dejar la
comida sobre las largas mesas de la biblioteca. Había lo mein, el
prometido pollo kung pao, mapo tofu, zhajiangmian, arroz frito con huevo
y deliciosas albóndigas de sésamo que sabían a caramelo caliente.
Todos tomaron un plato de papel, incluso Tavvy, quien estuvo
organizando soldados de juguete detrás de una repisa. Diego y Cristina
ocuparon el sofá de dos puestos, y Clary y Jace estaban en el piso
compartiendo fideos. Los niños Blackthorns estaban discutiendo por el
pollo, excepto Mark, quien trataba de descifrar como usar los palillos.
Emma suponía que no tenían de esos en Féera. Julian se sentó en la mesa
en frente a Livvy y Ty, su ceño fruncido al casi desintegrado tentáculo.
Asombrosamente, no parecía quitarle el hambre.
— ¿Ustedes son amigos del gran Magnus Bane, cierto? —preguntó
Diego a Jace y Clary, luego de unos minutos de que todos estuvieran
masticando.
— ¿El gran Magnus Bane? —Jace se ahogó con su arroz frito. Iglesia
había tomado residencia a sus pies, alerta de cualquier evidencia de pollo
caído.
—Somos sus amigos, sí —respondió Clary, su boca torciéndose en
una esquina. — ¿Por qué?
Jace se estaba volviendo morado y Clary golpeó su espalda. Iglesia
se durmió, sus patas agitándose en el aire.
—Me gustaría entrevistarlo —aclaró Diego. — Creo que sería un buen
tema para un ensayo para el Laberinto Espiral.
—Está bastante ocupado con Max y Rafe —dijo Clary. — Quiero
decir, podrías preguntarle…
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— ¿Quién es Rafe? —preguntó Livvy.
—Su segundo hijo —respondió Jace. — Lo adoptaron en Argentina.
Un Cazador de Sombras que perdió sus padres en la Guerra Oscura.
— ¡En Buenos Aires! —Exclamó Emma, volviéndose hacia Julian. —
Cuando vimos a Magnus en casa de Malcolm, dijo que Alec estaba en
Buenos Aires y que iba a reunirse con él allá. Eso debe ser lo que estaban
haciendo.
Julian asintió, pero no la miró para reconocer el recuerdo
compartido. Ella no debía esperarlo de él, se recordó Emma a sí misma.
Julian no iba a ser de la forma que ella recordaba que era en un largo
tiempo…si es que alguna vez.
Se sintió sonrojar pero nadie pareció notarlo salvo Cristina, quien
lanzó una mirada de preocupación en su dirección. Diego tenía su brazo
alrededor de Cristina, pero las manos de ella permanecían en su regazo.
Le dio a Emma un ligero saludo, más como una sacudida de dedos.
— Quizá, deberíamos recapitular y discutir el asunto que tenemos
entre manos —dijo Diana. — Si el Makara solo dura por uno o dos días en
tierra…
—Entonces, ese demonio estuvo en casa de Malcolm recientemente
—razonó Livvy. — Bueno, luego de que muriera.
—Lo que es extraño —dijo Julian, mirando hacia el libro. — Es una
criatura de mar profundo, bastante letal y muy grande. ¿Creen que nadie
la habría notado? Además, no podría querer nada de una casa
colapsada.
— ¿Quién sabe de qué deseos puede ser poseedor un demonio? —
dijo Mark.
—Asumiendo que no era por la colección de Malcolm de elegantes
calentadores de tentáculos —dijo Julian—, debemos imaginar, que lo más
probable es que fue, convocado. Los demonios Makara no aparecen
simplemente en la tierra. Merodean el fondo del océano y, a veces,
arrastran barcos a las profundidades.
— ¿Otro brujo, entonces? —Sugirió Jace. — ¿Alguien con quien
Malcolm trabajara?
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—Catarina no cree que Malcolm trabajara con nadie más —dijo
Diana. — Era amigo de Magnus, pero de otra forma un solitario, por obvias
razones, que ahora conocemos.
—Si el estaba trabajando con otro brujo, no estaría advertido de la
situación —dijo Diego.
—Ciertamente parece que Malcolm estaba determinado a causar
problemas desde más allá de la tumba si algo le pasaba —dijo Diana.
—Bueno, el tentáculo no fue lo único que hallamos —comentó
Cristina. — Mark, muéstrales el guante.
Emma ya lo había visto, en el camino de regreso de la casa de
Malcolm, pero se inclinó como todos los demás cuando Mark lo sacó del
bolsillo de su chaqueta y lo posó en la mesa.
—El emblema del Rey Noseelie —dijo Mark—, un guante como este
es raro. Kieran usaba uno cuando llegó a la Cacería. Puedo identificarlo
como a sus hermanos, a veces, en los festejos, por sus abrigos y guantes o
guanteletes como esta.
—Así que es extraño que Malcolm tuviera uno —acotó Livvy. Emma
no veía a Ty a su lado, ¿se habría metido entre las pilas de libros?
—Ningún príncipe hada se marcharía con tal cosa voluntariamente
—dijo Mark. — Sería guardado como vínculo o promesa.
Diana frunció el ceño.
—Sabemos que Malcolm trabajaba con Iarlath.
—Pero no era un príncipe, ni siquiera un noble —señaló Mark. — Esto
indicaría que Malcolm había jurado algún tipo de negocio con la Corte
Noseelie misma.
—Sabemos que fue ante el Rey años atrás —dijo Emma. — Fue el Rey
Noseelie quien le dio la rima que se suponía reviviría a Annabel. Antes gran
fuego y luego gran caudal…
—Y la sangre Blackthorn al final —Julian terminó la frase por ella. Y casi
había sucedido.
Malcolm, para despertar a Annabel, había requerido el sacrificio y
sangre de un Blackthorn. Había secuestrado y casi asesinado a Tavvy. Solo
el recuerdo hacía temblar a Emma.
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Pero no era el emblema del Rey tiempo atrás —dijo Mark. — Se
remonta al inicio de la Paz Fría. El tiempo funciona diferente en Féera,
pero… —Sacudió la cabeza como para decir no tan diferente. — Tengo
miedo.
Jace y Clary intercambiaron miradas. Estaban de camino a Féera,
¿no lo estaban para buscar un arma? Emma se inclinó hacia delante, pero
antes de que pudiera decir alguna palabra, el timbre del Instituto sonó,
haciendo eco por toda la casa.
Se miraron entre ellos, sorprendidos. Fue Tavvy quien habló de
primero, mirando hacia arriba desde la esquina donde jugaba.
— ¿Quién está ahí?
*** ***
SI había algo para lo que Kit era bueno eso era deslizarse fuera de
una habitación sin que nadie lo notara. Lo había estado haciendo toda la
vida, mientras su padre sostenía reuniones en la sala con impacientes
brujos o nerviosos hombres lobo.
No había mucho reto en arrastrarse fuera de la biblioteca mientras
todos estaban hablando y comiendo comida china. Clary estaba
haciendo una imitación de alguien llamado Inquisidor y todos reían. Kit se
preguntaba si a ellos se les había ocurrido lo extraño que era respaldar una
posición gubernamental que sonaba como si fuera todo respecto a
torturas.
Había estado en la cocina algunas veces antes. Era una de las
habitaciones que prefería en la casa. Hogareña, con sus paredes azules y
su fregadero tipo Belfast. El frigorífico no estaba mal abastecido tampoco.
Kit suponía que los Cazadores de Sombras debían estar hambrientos muy
frecuentemente, considerando lo seguido que se ejercitaban.
Se preguntaba si tendría que ejercitar todo el tiempo también si es
que se volvía un Cazador de Sombras. Se preguntaba si él terminaría con
músculos y abdominales y toda esa cosa, como Julian y Jace. Por el
momento, él estaba más del lado delgado, junto a Mark. Levantó su
camisa e inspeccionó su estómago, plano y sin definición, por un
momento. Definitivamente, sin abdominales.
Dejó que la camisa cayera y tomó un Tupperware lleno de galletas
del frigorífico. Quizá, podría frustrar a los Cazadores de Sombras,
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negándose a ejercitar, sentado comiendo carbohidratos. Los desafío,
Cazadores de Sombras, pensó, empujando la tapa del recipiente con el
pulgar y arrojando una galleta en su boca. Me río de ustedes con mis
ansias de azúcar.
Cerró la puerta del frigorífico y casi soltó un grito en voz alta.
Instintivamente, se tragó la galleta y observó.
Ty Blackthorn estaba en la mitad de la cocina, sus audífonos
alrededor del cuello y las manos ocultas en sus bolsillos.
—Esas son buenas —comentó—, pero prefiero las de azúcar y
mantequilla.
Los pensamientos relacionados a la rebelión con las galletas se
desintegraron de la cabeza de Kit. A pesar de dormir frente a su
habitación, Ty a duras penas había hablado con él antes. Lo más que le
había dicho fue cuando lo retuvo apuntado con un cuchillo en la casa de
los Rook, Kit no contaba eso como una interacción social. Dejó el
recipiente en la mesada. De nuevo tenía la sensación de que Ty lo
estudiaba, quizá contando sus latidos y desventajas o algo de ese estilo. Si
Ty fuera alguien más, Kit habría intentado mantener contacto visual, pero
sabía que Ty no lo miraría directamente. Era tranquilizador no preocuparse
por ello.
—Tienes sangre en la mano —dijo Ty. — Lo noté más temprano.
—Oh. Cierto. —Kit bajó la mirada a sus nudillos abiertos. — Me lastimé
en el Mercado de Sombras.
— ¿Cómo? —preguntó Ty, apoyándose en el borde de la mesada.
—Golpeé un cartel —respondió Kit. — Estaba enojado.
Las cejas de Ty se alzaron. Tenía cejas interesantes, ligeramente
puntiagudas en la cima, como dos V invertidas y muy oscuras.
— ¿Eso te hizo sentir mejor?
—No —admitió Kit.
—Puedo arreglarlo —dijo Ty, tomando uno de los lápices mágicos de
los Cazadores de Sombras de su bolsillo. Estelas, las llamaban. Extendió su
mano.
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Kit suponía que pudo rechazar su ayuda, como había hecho en el
auto cuando Julian sugirió curarlo. Pero no lo hizo. Sostuvo su antebrazo,
confiado. La muñeca hacia arriba, de modo que sus venas azules estaban
expuestas al chico que sostuvo un cuchillo contra su garganta no mucho
tiempo atrás.
Los dedos de Ty eran fríos y cuidadosos cuando tomó el brazo de Kit
para mantenerlo firme. Tenía dedos largos, todos los Cazadores de
Sombras los tenían, había notado Kit. Quizá tenía que ver con la necesidad
de sostener una variedad de armas. Kit estaba tan atrapado
cuestionándose sobre ello que solo se encogió un poco cuando la estela
se movió a lo largo de su antebrazo, dejando la sensación de calor, como
si su brazo hubiera pasado sobre la flama de una vela.
La cabeza de Ty estaba gacha, su cabello oscuro inclinado contra
su cara. Apartó la estela una vez que terminó y soltó a Kit.
— Mira tu mano.
Kit giró su mano y vió como las rasgaduras sobre los nudillos estaban
selladas, parches rojos regresando a piel suave. Observó la marca negra
que se esparcía por su antebrazo. Se preguntaba cuando comenzaría a
desaparecer. Lo perturbaba, la evidencia de que todo era real. Él era
realmente un Cazador de Sombras.
—Es bastante genial —admitió. — ¿Pueden curar literalmente todo?
¿Cómo diabetes y cáncer?
—Algunas enfermedades. No siempre cáncer. Mi madre murió de
ello. —Ty guardó su estela. — ¿Qué hay de tu madre? ¿Era una cazadora
de sombras también?
—No lo creo —dijo Kit.
Su padre a veces le decía que su madre era una bailarina de
cabaret en Las Vegas que se largó luego de que Kit naciera, pero se le
había ocurrido, en las últimas dos semanas, que su padre no era
enteramente sincero sobre eso. Ciertamente, no lo había sido sobre nada.
—Está muerta —agregó, no porque fuera el caso pero porque no
quería hablar de ella.
—Entonces, ambos tenemos madres muertas —señaló Ty—, ¿Crees
que quieres quedarte aquí? ¿Convertirte en Cazador de Sombras?
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Kit comenzó a responder y se detuvo. Un sonido bajo y dulce como
una campañilla resonó por la casa.
— ¿Qué es eso?
Ty alzó la cabeza. Kit tomó un vistazo del color de sus ojos: verdadero
gris, ese gris que era casi plateado. Antes de que de respondiera, la puerta
de la cocina se abrió. Era Livvy, con una lata de soda en su mano
izquierda. No parecía sorprendida de ver a Kit y a Ty, pasó entre ellos y
saltó sobre la mesa, cruzando sus largas piernas.
—Los Centuriones están aquí —dijo ella. — Todos corren como
gallinas degolladas. Diana los recibió, Julian se ve como si quisiera matar a
alguien…
—Y, tú, quieres saber si iré contigo a espiarlos —dedujo Ty—,
¿correcto?
Ella asintió.
—Yo sugiero un lugar donde no puedan vernos, porque si Diana nos
atrapa, estaremos haciendo camas y doblando toallas para Centuriones
por las próximas dos horas.
Eso pareció decidir las cosas; Ty asintió y se encaminó a la puerta de
la cocina. Livvy bajó de un salto de la mesa y lo siguió. Se detuvo con la
mano contra el marco de la puerta, mirando hacia atrás por encima de su
hombro a Kit.
— ¿Vienes?
Él enarcó sus cejas.
— ¿Segura que quieres que lo haga?
No se le había ocurrido invitarse, los gemelos parecían la unidad
perfecta, como si no necesitaran nada más que el uno del otro.
Ella sonrió mostrando sus dientes. Él sonrió con vacilación; estaba
acostumbrado a las chicas, pero algo en Livvy lo hacía sentir nervioso.
—Seguro —dijo ella. — Una advertencia: los comentarios groseros y
maliciosos sobre las personas son necesarios al espiar. Miembros de la
familia son exonerados, por supuesto.
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—Si haces reír a Livvy, consigues puntos dobles —agregó Ty, desde el
pasillo
—Pues, en ese caso… —Los siguió Kit. ¿Qué era lo que dijo Jace de
los Herondale, después de todo? Los Herondale no pueden resistirse a un
desafío.
*** ***
Cristina miró con consternación el grupo de alrededor de veinte
Centuriones apiñándose en la enorme entrada del Instituto. Ella solo tuvo
poco tiempo para hacerse a la idea de conocer a los amigos de Diego del
Escolamántico y, ciertamente, no había planeado usar su polvoriento traje
de combate con su cabello trenzado.
Oh, bueno. Enderezó su espalda. Los Cazadores de Sombras estaban
sucios seguido; seguro ellos no esperarían una apariencia pristine. Aunque,
se dio cuenta al mirar a su alrededor que sí lo hacían. Su uniforme era
como el traje de combate regular pero con una chaqueta de estilo militar
y sobre ellos, brillante con botones de metal y un fajín cruzado con el
estampado de varas de vid. La espalda de cada chaqueta portaba el
símbolo de la familia del Centurión: un chico de cabello rubio arena
llevaba un lobo; una chica de profunda piel oscura, un círculo de estrellas.
Los chicos llevaban el cabello corto y las mujeres trenzado o atado hacia
atrás. Se veían limpios, eficientes y un poco alarmantes.
Diana hablaba con dos Centuriones cerca de la puerta del
Santuario: un chico de piel oscura con la insignia Primis Ordines y el chico
con la chaqueta de lobo. Giraron para saludar a Diego cuando bajó las
escaleras, seguido de Cristina y los demás.
—No puedo creer que ya estén aquí —murmuró Emma.
—Sean gentiles —dijo Diana, en voz baja, generalizando para ellos.
Era sencillo para ella decirlo. Ella no estaba cubierta de polvo. Tomó
la muñeca de Emma, agarró a Julian con su otra mano y marchó con ellos
para relacionarlos con los Centuriones, empujando a Julian hacia una
linda chica de la India con un broche dorado en su nariz y depositando a
Emma frente a una chica y chico de cabellos oscuros, claramente mellizos,
que la miraban con las cejas arqueadas. Al verlos a Cristina le recordó a
Livyy y Ty, y ella miró alrededor para comprobar si espiaban desde el
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segundo piso como solían hacer. Si lo estaban, ella no podía verlos;
probablemente se escondían, ella no podía culparlos. El equipaje estaba
repartido por el suelo: alguien tendría que mostrarle a los Centuriones sus
habitaciones, darles la bienvenida, pensar cómo alimentarlos…
—No me había dado cuenta —dijo Mark.
— ¿No te habías dado cuenta de qué? —preguntó Diego; había
regresado el saludo de los dos chicos que hablaban con Diana tempano.
Los chicos trazaron su paso a través de la habitación.
—En lo mucho que parecen soldados los Centuriones —dijo Mark. —
Supongo que pensé en ellos como estudiantes.
—Somos estudiantes —dijo Diego, mordaz. — Incluso después de
graduados, seguimos estudiando.
Otros dos Centuriones llegaron antes de que Mark pudiera decir
nada más. Diego palmeó ambas espaldas y se giró para presentarlos.
—Manuel, Rayan. Ellos son Cristina y Mark.
—Gracias —dijo el chico del cabello rubio arena. Un color castaño
claro, con mechas y decolorado por el sol. Tenía una sonrisa fácil y
ladeada. — Un placer conocerte.
Cristina soltó un pequeño jadeó
— ¿Hablas español?
— Es mi lengua materna —se carcajeó Manuel. — Nací en Madrid y
crecí en el Instituto de allá.
Él sí tenía lo que Cristina pensaba era el acento de España, esa
suavidad en el sonido de la c, el modo en que gracias sonó como
grazziash cuando le agradeció. Era encantador.
A través de la habitación vió a Dru sosteniendo a Tavvy de la mano,
le habían pedido quedarse en la biblioteca y vigilarlo, pero ella quería ver
a los Centuriones. Se acercó a Emma y jaló de su manga, susurrando a su
oído.
Cristina sonrió a Manuel.
—Casi cursé mi año de estudio en Madrid.
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—Pero las playas son mejores aquí. —Él guiñó.
Por el rabillo de su ojo, Cristina vio a Emma dirigirse a Julian e,
incómodamente, tocar su hombro. Le dijo algo que le hizo asentir y seguirla
fuera de la habitación. ¿Adónde se dirigían? Ansiaba seguirlos para no
quedarse ahí y hacer conversación con los amigos de Diego, incluso si
eran amables.
—Quería el reto de hablar ingles todo el tiempo… —inició Cristina, vio
como la expresión de Manuel cambiaba.
Entonces, Rayan la tomó de la manga y la alejó del camino de
alguien que se precipitaba hacia Diego y se agarraba de sus brazos.
Era una chica blanca, pálida y de cara redonda con grueso cabello
castaño peinado hacia atrás en un apretado moño. Chocó contra el
pecho de Diego y él se tornó de un color aguado como si la sangre
hubiera sido drenada de su cuerpo.
— ¿Zara?
— ¡Sorpresa! —La chica le besó la mejilla
Cristina comenzaba a sentirse mareada. Quizá, había recibido
mucho sol mientras inspeccionaban lo de Malcolm. Pero, en realidad, no
hubo tanto sol.
—No creí que vinieras —dijo Diego. Parecía francamente atónito.
Rayan y Manuel se veían incómodos. — Tú dijiste… dijiste que estarías en
Hungría…
—Oh, eso. —Zara le restó importancia a Hungría con una sacudida.
— Resultó ser completamente ridículo. Un montón de Nefilim alegando que
sus estelas y cuchillos serafín no funcionaban bien; solo eran
incompetentes. ¡Es más importante estar aquí!
Enganchó su brazo alrededor del de Diego y giró para enfrentar a
Cristina y Mark, con una brillante sonrisa en su rostro. Tenía la mano dentro
del codo de Diego, pero su sonrisa se volvió rígida mientras Mark y Cristina
estaban de pie en silencio, observando. Diego lucía cada vez más como si
estuviera por vomitar.
—Soy Zara Dearborn —dijo ella, finalmente, rodando los ojos. — Estoy
segura oyeron de mí. Soy la prometida de Diego.
Un clamor extraño y salvaje
Traductora: Lilly Sciutto
Correctora: Theresa Gray
Revisora final: Jennifer García
Ejército Nephilim Latinoamérica
Cristina se alzó en la cima de la colina donde estuvo alguna vez la
casa de Malcolm Fade y contempló las ruinas a su alrededor.
No había conocido a Malcolm Fade de la forma en que lo hacían los
Blackthorn. Él había sido su amigo, o eso pensaban ellos, por cinco años,
viviendo solo a unos kilómetros en su formidable casa de cristal y acero en
las secas colinas de Malibú. Cristina lo visitó una vez, con Diana, y quedó
encantada por sus modales simples y el humor de Malcolm. Se encontró
deseando que el Gran Brujo de la Ciudad de México fuera como Malcolm:
de apariencia juvenil y encantador, en lugar de una gruñona anciana con
orejas de murciélago que vivía en el Parque Lincoln.
Entonces, Malcolm había resultado ser un asesino y todo se vino
abajo. Las mentiras reveladas, su fe en él rota, incluso la seguridad de
Tavvy estuvo en riesgo hasta que se las arreglaron para recuperarlo y
Emma despachó a Malcolm con una espada a través de sus tripas.
Cristina podía oír los autos zumbando por debajo en la autopista.
Habían escalado por el lateral de la colina para llegar hasta ahí. Se sentía
sudada y con comezón. Clary Fairchild estaba sobre los escombros de la
casa de Malcolm, blandiendo un objeto de apariencia extraña, similar a
un cruce entre un cuchillo serafín y una de esas maquinas usadas por los
mundanos para hallar metal escondido bajo la arena. Mark, Julian y Emma
deambulaban alrededor de diferentes partes de la casa colapsada,
revisando a través de metal y cristal.
Jace optó por pasar el día con Kit en la sala de entrenamiento del
Instituto. Cristina admiraba eso. Había sido criada para creer que nada era
más importante que la familia. Kit y Jace eran los únicos Cazadores de
Sombras del linaje Herondale con vida en el mundo. Además, el chico
necesitaba amigos. Era una extraña cosita, muy joven para ser atractivo
71
pero con grandes ojos azules que te hacían querer confiar en él incluso
mientras estaba hurgando tus bolsillos. Tenía un destello de travesura en él,
un poco como el que su mejor amigo de la infancia, Jaime, tuvo alguna
vez, del tipo que podía convertirse en delincuente fácilmente.
— ¿En qué piensas? —preguntó Diego, apareciendo detrás de ella.
Vestía jeans y botas de trabajo. Cristina deseaba que no la
molestara la insistencia de Diego en usar su prendedor de Centurión en la
manga de una completamente ordinaria camiseta negra.
Él era muy atractivo. Mucho más atractivo que Mark si estabas
siendo completamente objetivo. Sus facciones más regulares, su
mandíbula más cuadrada, su pecho y brazos más amplios.
Cristina empujó a un lado algunos pedazos de yeso pintado. Ella y
Diego habían sido asignados al segmento este de la casa, que
seguramente fue la habitación y clóset de Malcolm.
Siguió alzando tiras de ropa.
—Estaba pensando en Jaime, en realidad.
—Oh. —Los ojos oscuros de Diego eran compasivos. — Está bien
extrañarlo. Yo también lo extraño.
—Entonces, deberías hablar con él. —Cristina sabía que sonó
brusca, pero no podía evitarlo. No estaba segura el porqué Diego la
estaba volviendo loca y no de una buena manera.
Quizá, era que lo culpaba por traicionarla por tanto tiempo que era
difícil dejar ir la rabia. Quizá, era que librarlo de culpa a él significaba
cargar más culpa sobre Jaime, lo que parecía injusto, pues Jaime no
estaba alrededor para defenderse.
—No sé donde está —dijo, Diego.
— ¿En absoluto? ¿No sabes dónde está en el mundo o no sabes
cómo contactarlo?
De alguna forma, Cristina se había perdido esa parte.
Probablemente, porque Diego no lo había mencionado.
—No quiere ser molestado por mí —dijo Diego. —Todos mis mensajes
de fuego regresan bloqueados. No ha hablado con nuestro padre . — Su
madre estaba muerta. — Ni ninguno de nuestros primos.
72
— ¿Cómo sabes siquiera que está vivo? —preguntó Cristina e,
inmediatamente, se arrepintió. Los ojos de Diego relampaguearon.
—Sigue siendo mi hermano menor —dijo. — Sabría si él hubiera
muerto.
— ¡Centurión!
Era Clary, haciendo señas desde la cima de la colina. Diego
comenzó a trotar hacia ella sin mirar atrás. Cristian era consciente de que
lo había hecho enfadar. La culpa se derramaba de ella y pateó un
pesado pedazo de yeso con un rayo de ferralla atravesándolo como un
mondadientes.
El bloque rodó a un lado, Cristina parpadeó ante el objeto que se
reveló por debajo y se agachó para recogerlo. Un guante, un guante de
hombre, hecho de cuero, suave como la seda pero mil veces más
resistente. El cuero estaba impreso con la imagen de una corona cortada
a la mitad.
— ¡Mark! —llamó. — ¡Necesito que veas algo!
Un momento después, notó que estaba tan sorprendida que lo
había llamado en español, pero no parecía importar. Mark había llegado,
saltando ágilmente las rocas hacia ella. Estaba de pie por encima de
Cristina, el viento levantaba sus ligeros, pálidos y dorados rizos fuera de sus
apenas puntiagudas orejas. Se le veía alarmado.
— ¿Qué es? —Ella le entregó el guante. — ¿No es el emblema de
uno de la Corte de Hadas?
Mark lo giró en su mano.
—La corona rota es el símbolo del Rey Noseelie —murmuró. — Él cree
ser el verdadero Rey de ambas Cortes, Seelie y Noseelie. Hasta que reine
sobre ambos, la corona permanecerá cortada a la mitad. —Mark inclinó su
cabeza a un lado como un pájaro estudiando un gato desde una
distancia segura. —Pero esta clase de guantes…Kieran los tenía al llegar a
la Cacería. Son de excelente calidad. Solo la aristocracia los usaría. De
hecho, pocos excepto los hijos del Rey los usarían.
— ¿No crees que son de Kieran? —dijo Cristina.
Mark negó con la cabeza.
73
—Los suyos fueron…destruidos en la Cacería. Pero esto significa que
quien haya visitado a Malcolm aquí, y dejó el guante, era alguien
importante en la Corte o el Rey mismo.
Cristina frunció el ceño.
—Es muy extraño que esté aquí.
Su cabello había escapado de su trenza y se agitaba en largos rizos
alrededor de su rostro. Mark se adelantó para meterlo detrás de su oreja.
Sus dedos rozaron la mejilla de Cristina. Los ojos de él estaban soñadores,
distantes. Ella tembló un poco por la intimidad del gesto.
—Mark —dijo ella— no.
Él dejó caer su mano. No se veía enojado, de la forma en que
muchos de los chicos tendían a estarlo cuando se les pedía no tocar a una
chica. Se veía confundido y un poco triste.
— ¿Por Diego?
—Y Emma —dijo ella, su voz muy baja.
La confusión de Mark aumentó.
—Pero tú sabes que eso es….
— ¡Mark! ¡Cristina!
Era Emma, llamándolos desde donde ella y Julian se habían unido a
Diego y Clary. Cristina estaba agradecida de no tener que responderle a
Mark; se apresuró por la pila de rocas y vidrio, feliz de que sus botas de
cazadora de sombras y su equipamiento la protegían de los aislados
bordes cortantes.
— ¿Encontraron algo? —preguntó, acercándose al pequeño grupo.
— ¿Alguna vez has querido un vistazo realmente cercano de un
asqueroso tentáculo? —cuestionó Emma.
—No —respondió Cristina, acercándose cautelosamente.
Clary parecía tener algo desagradablemente blando atravesado en
la punta de su extraña arma. Se retorció un poco, mostrando ventosas
rosas contra la piel verde moteada.
—Nadie nunca parece decir sí a esa pregunta —dijo Emma,
entristecida.
74
—Una vez, Magnus me presentó un brujo con tentáculos como este
—contó Clary. —Su nombre era Marvin.
—Asumo que estos no son los restos de Marvin —dijo Julian.
—No estoy segura que sean los restos de nadie —acotó Clary. —
Para invocar un demonio marino, se necesita la Copa Mortal o algo como
esto: una pieza de un poderoso demonio que puedas encantar. Creo que
tenemos evidencia definitiva de que la muerte de Malcolm está
relacionada a los recientes ataques de los Teuthidas.
— ¿Ahora qué? —preguntó Emma, mirando de soslayo el tentáculo.
No era gran fanática del océano, o de los monstruos que vivían en él,
aunque pelearía con cualquier cosa en tierra firme.
—Ahora, volvemos al Instituto —respondió Clary—, y decidimos qué
haremos continuación. ¿Quién quiere cargar el tentáculo?
No hubo voluntarios.
*** ***
—Debes estar bromeando —dijo Kit. — De ninguna forma saltaré de
eso.
—Solo considéralo. —Jace se inclinó hacia abajo desde la viga. — Es
sorprendentemente fácil.
—Pruébalo —sugirió Emma.
Había entrado a la sala de entrenamiento cuando regresaron de la
casa de Malcolm, curiosa de ver cómo estaba resultando. Había
encontrado a Ty y Livvy sentados en el suelo, observando a Jace tratar de
convencer a Kit de arrojar algunos cuchillos (que estaba dispuesto a
hacerlo) y, luego, a aprender a saltar y caer (que no lo estaba).
—Mi padre me advirtió que ustedes tratarían de matarme —dijo Kit.
Jace suspiró. Estaba en traje de entrenamiento, balanceándose en
una intrincada red de vigas que se interceptaban en el interior del techo
del cuarto de entrenamiento. Estos oscilaban de treinta a veinte metros
sobre el suelo. Emma se había enseñado a caer de esas mismas vigas a lo
largo de los años, a veces rompiéndose huesos.
75
Un Cazador de Sombras debía saber trepar, los demonios eran
rápidos y, frecuentemente, de piernas múltiples con las que se
apresuraban por los lados de los edificios como arañas. Pero aprender
cómo caer era igual de importante.
—Puedes hacerlo —afirmó Emma, esta vez.
— ¿Sí? ¿Y qué pasa si salpico mi ser por todo el suelo? —preguntó Kit.
—Consigues un funeral por todo lo alto —respondió Emma. —
Pondremos tu cuerpo en un bote y te empujaremos por una cascada
como a un vikingo.
Kit lanzó una mirada hacia ella.
—Eso es de una película.
—Quizá. —Ella se encogió de hombros.
Jace, perdiendo la paciencia, se arrojó de la viga más alta. Dio una
voltereta en el aire antes de aterrizar en una insonora flexión. Se irguió y
dedicó un guiño a Kit.
Emma ocultó una sonrisa. Había tenido un enamoramiento
espantoso de Jace a los doce años. Luego, se había convertido en querer
ser Jace, el mejor que existía: mejor peleador, mejor sobreviviente, mejor
Cazador de Sombras.
Ella no lo había alcanzado todavía, pero no había dejado de
intentarlo tampoco.
Kit lució impresionado, después regresó al ceño fruncido. Lucía muy
menudo junto a Jace. Estaba muy cerca a la altura de Ty, pero menos en
forma. La potencial fuerza de Cazadores de Sombras estaba allí, sin
embargo, en la forma de sus brazos, de sus hombros. Emma lo había visto
pelear cuando estuvo en peligro. Ella sabía lo que podía hacer.
—Pronto, podrás hacer eso —dijo Jace, apuntando a las vigas y
luego a Kit. — Tan pronto como tú lo quieras.
Emma reconoció la mirada en los ojos de Kit. Podría nunca querer
hacerlo.
— ¿Cuál era el lema de los Nefilim, otra vez?
—Somos polvo y sombras —dijo Ty, sin alzar la vista de su libro.
76
—Algunos de nosotros somos un muy atractivo polvo —agregó Jace,
mientras la puerta se abría y Clary asomaba su cabeza dentro.
—Vengan a la biblioteca —anunció. — El tentáculo comienza a
deshacerse.
—Me enloqueces cuando hablas sucio —comentó Jace,
colocándose su chaqueta.
—Adultos —resopló Kit, con algo de asco, saliendo de la habitación.
Para la diversión de Emma, Ty y Livvy estuvieron instantáneamente
sobre sus pies, siguiéndolo. Se preguntaba qué, exactamente, disparó su
interés en Kit. ¿Era solo que tenían la misma edad? Jace, ella imaginaba, lo
habría atribuido al famoso carisma Herondale; aunque hasta donde ella
sabía, los Herondale que lo precedieron estaban deficientes en esa
cualidad.
La biblioteca tenía cierta cantidad de caos. El tentáculo estaba
comenzando a disolverse en un pegajoso charco verde y rosa que le
recordaba a Emma horriblemente a gomitas derretidas. Como Diana
señaló, eso significaba que el tiempo restante para identificar al demonio
se reducía rápidamente. Ya que Magnus no contestaba al celular y nadie
quería involucrar a la Clave, esto los dejaba con el estilo antiguo: investigar
en libros. Cada uno tenía a mano una pila de gordos tomos sobre criaturas
marinas y se dispersaron por varias partes de la biblioteca para examinar
dibujos, bocetos, pinturas y ocasionales fotos con clips.
En algún punto durante el transcurso de las horas, Jace decidió que
la ellos requerían comida china.
Al parecer, el pollo kung pao y fideos en salsa de frijoles negros eran
requisito cada vez que el equipo de Nueva York se enzarzaba en una
investigación. Arrastró a Clary a una oficina vacía para conjurar un Portal,
algo que ningún otro Cazador de Sombras además de Clary podía hacer,
prometiendo regresar con la mejor comida china que Manhattan tenía
para entregar.
— ¡Lo tengo! —anunció Cristina, alrededor de veinte minutos
después de que la puerta se cerrara tras Jace y Clary.
Sostenía una copia enorme del Carta Marina. El resto se reunió
alrededor de la mesa principal mientras Diana confirmaba que el
tentáculo pertenecía a la especie Makara, la cual, de acuerdo a los
77
bosquejos entre los mapas en el Carta Marina, lucía como mitad pulpo,
mitad babosa con una enorme cabeza de abeja.
—La parte perturbadora no es que sea un demonio marino —dijo
Diana, frunciendo el entrecejo—, sino que el Makara solo sobrevive en
tierra por uno o dos días.
Jace abrió la puerta de la biblioteca de un empujón. Llegó junto a
Clary cargado de cajas para llevar verdes y blancas marcadas como
JADE WOLF.
— ¿Un poco de ayuda por aquí?
El equipo de investigación se separó brevemente para dejar la
comida sobre las largas mesas de la biblioteca. Había lo mein, el
prometido pollo kung pao, mapo tofu, zhajiangmian, arroz frito con huevo
y deliciosas albóndigas de sésamo que sabían a caramelo caliente.
Todos tomaron un plato de papel, incluso Tavvy, quien estuvo
organizando soldados de juguete detrás de una repisa. Diego y Cristina
ocuparon el sofá de dos puestos, y Clary y Jace estaban en el piso
compartiendo fideos. Los niños Blackthorns estaban discutiendo por el
pollo, excepto Mark, quien trataba de descifrar como usar los palillos.
Emma suponía que no tenían de esos en Féera. Julian se sentó en la mesa
en frente a Livvy y Ty, su ceño fruncido al casi desintegrado tentáculo.
Asombrosamente, no parecía quitarle el hambre.
— ¿Ustedes son amigos del gran Magnus Bane, cierto? —preguntó
Diego a Jace y Clary, luego de unos minutos de que todos estuvieran
masticando.
— ¿El gran Magnus Bane? —Jace se ahogó con su arroz frito. Iglesia
había tomado residencia a sus pies, alerta de cualquier evidencia de pollo
caído.
—Somos sus amigos, sí —respondió Clary, su boca torciéndose en
una esquina. — ¿Por qué?
Jace se estaba volviendo morado y Clary golpeó su espalda. Iglesia
se durmió, sus patas agitándose en el aire.
—Me gustaría entrevistarlo —aclaró Diego. — Creo que sería un buen
tema para un ensayo para el Laberinto Espiral.
—Está bastante ocupado con Max y Rafe —dijo Clary. — Quiero
decir, podrías preguntarle…
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— ¿Quién es Rafe? —preguntó Livvy.
—Su segundo hijo —respondió Jace. — Lo adoptaron en Argentina.
Un Cazador de Sombras que perdió sus padres en la Guerra Oscura.
— ¡En Buenos Aires! —Exclamó Emma, volviéndose hacia Julian. —
Cuando vimos a Magnus en casa de Malcolm, dijo que Alec estaba en
Buenos Aires y que iba a reunirse con él allá. Eso debe ser lo que estaban
haciendo.
Julian asintió, pero no la miró para reconocer el recuerdo
compartido. Ella no debía esperarlo de él, se recordó Emma a sí misma.
Julian no iba a ser de la forma que ella recordaba que era en un largo
tiempo…si es que alguna vez.
Se sintió sonrojar pero nadie pareció notarlo salvo Cristina, quien
lanzó una mirada de preocupación en su dirección. Diego tenía su brazo
alrededor de Cristina, pero las manos de ella permanecían en su regazo.
Le dio a Emma un ligero saludo, más como una sacudida de dedos.
— Quizá, deberíamos recapitular y discutir el asunto que tenemos
entre manos —dijo Diana. — Si el Makara solo dura por uno o dos días en
tierra…
—Entonces, ese demonio estuvo en casa de Malcolm recientemente
—razonó Livvy. — Bueno, luego de que muriera.
—Lo que es extraño —dijo Julian, mirando hacia el libro. — Es una
criatura de mar profundo, bastante letal y muy grande. ¿Creen que nadie
la habría notado? Además, no podría querer nada de una casa
colapsada.
— ¿Quién sabe de qué deseos puede ser poseedor un demonio? —
dijo Mark.
—Asumiendo que no era por la colección de Malcolm de elegantes
calentadores de tentáculos —dijo Julian—, debemos imaginar, que lo más
probable es que fue, convocado. Los demonios Makara no aparecen
simplemente en la tierra. Merodean el fondo del océano y, a veces,
arrastran barcos a las profundidades.
— ¿Otro brujo, entonces? —Sugirió Jace. — ¿Alguien con quien
Malcolm trabajara?
79
—Catarina no cree que Malcolm trabajara con nadie más —dijo
Diana. — Era amigo de Magnus, pero de otra forma un solitario, por obvias
razones, que ahora conocemos.
—Si el estaba trabajando con otro brujo, no estaría advertido de la
situación —dijo Diego.
—Ciertamente parece que Malcolm estaba determinado a causar
problemas desde más allá de la tumba si algo le pasaba —dijo Diana.
—Bueno, el tentáculo no fue lo único que hallamos —comentó
Cristina. — Mark, muéstrales el guante.
Emma ya lo había visto, en el camino de regreso de la casa de
Malcolm, pero se inclinó como todos los demás cuando Mark lo sacó del
bolsillo de su chaqueta y lo posó en la mesa.
—El emblema del Rey Noseelie —dijo Mark—, un guante como este
es raro. Kieran usaba uno cuando llegó a la Cacería. Puedo identificarlo
como a sus hermanos, a veces, en los festejos, por sus abrigos y guantes o
guanteletes como esta.
—Así que es extraño que Malcolm tuviera uno —acotó Livvy. Emma
no veía a Ty a su lado, ¿se habría metido entre las pilas de libros?
—Ningún príncipe hada se marcharía con tal cosa voluntariamente
—dijo Mark. — Sería guardado como vínculo o promesa.
Diana frunció el ceño.
—Sabemos que Malcolm trabajaba con Iarlath.
—Pero no era un príncipe, ni siquiera un noble —señaló Mark. — Esto
indicaría que Malcolm había jurado algún tipo de negocio con la Corte
Noseelie misma.
—Sabemos que fue ante el Rey años atrás —dijo Emma. — Fue el Rey
Noseelie quien le dio la rima que se suponía reviviría a Annabel. Antes gran
fuego y luego gran caudal…
—Y la sangre Blackthorn al final —Julian terminó la frase por ella. Y casi
había sucedido.
Malcolm, para despertar a Annabel, había requerido el sacrificio y
sangre de un Blackthorn. Había secuestrado y casi asesinado a Tavvy. Solo
el recuerdo hacía temblar a Emma.
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Pero no era el emblema del Rey tiempo atrás —dijo Mark. — Se
remonta al inicio de la Paz Fría. El tiempo funciona diferente en Féera,
pero… —Sacudió la cabeza como para decir no tan diferente. — Tengo
miedo.
Jace y Clary intercambiaron miradas. Estaban de camino a Féera,
¿no lo estaban para buscar un arma? Emma se inclinó hacia delante, pero
antes de que pudiera decir alguna palabra, el timbre del Instituto sonó,
haciendo eco por toda la casa.
Se miraron entre ellos, sorprendidos. Fue Tavvy quien habló de
primero, mirando hacia arriba desde la esquina donde jugaba.
— ¿Quién está ahí?
*** ***
SI había algo para lo que Kit era bueno eso era deslizarse fuera de
una habitación sin que nadie lo notara. Lo había estado haciendo toda la
vida, mientras su padre sostenía reuniones en la sala con impacientes
brujos o nerviosos hombres lobo.
No había mucho reto en arrastrarse fuera de la biblioteca mientras
todos estaban hablando y comiendo comida china. Clary estaba
haciendo una imitación de alguien llamado Inquisidor y todos reían. Kit se
preguntaba si a ellos se les había ocurrido lo extraño que era respaldar una
posición gubernamental que sonaba como si fuera todo respecto a
torturas.
Había estado en la cocina algunas veces antes. Era una de las
habitaciones que prefería en la casa. Hogareña, con sus paredes azules y
su fregadero tipo Belfast. El frigorífico no estaba mal abastecido tampoco.
Kit suponía que los Cazadores de Sombras debían estar hambrientos muy
frecuentemente, considerando lo seguido que se ejercitaban.
Se preguntaba si tendría que ejercitar todo el tiempo también si es
que se volvía un Cazador de Sombras. Se preguntaba si él terminaría con
músculos y abdominales y toda esa cosa, como Julian y Jace. Por el
momento, él estaba más del lado delgado, junto a Mark. Levantó su
camisa e inspeccionó su estómago, plano y sin definición, por un
momento. Definitivamente, sin abdominales.
Dejó que la camisa cayera y tomó un Tupperware lleno de galletas
del frigorífico. Quizá, podría frustrar a los Cazadores de Sombras,
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negándose a ejercitar, sentado comiendo carbohidratos. Los desafío,
Cazadores de Sombras, pensó, empujando la tapa del recipiente con el
pulgar y arrojando una galleta en su boca. Me río de ustedes con mis
ansias de azúcar.
Cerró la puerta del frigorífico y casi soltó un grito en voz alta.
Instintivamente, se tragó la galleta y observó.
Ty Blackthorn estaba en la mitad de la cocina, sus audífonos
alrededor del cuello y las manos ocultas en sus bolsillos.
—Esas son buenas —comentó—, pero prefiero las de azúcar y
mantequilla.
Los pensamientos relacionados a la rebelión con las galletas se
desintegraron de la cabeza de Kit. A pesar de dormir frente a su
habitación, Ty a duras penas había hablado con él antes. Lo más que le
había dicho fue cuando lo retuvo apuntado con un cuchillo en la casa de
los Rook, Kit no contaba eso como una interacción social. Dejó el
recipiente en la mesada. De nuevo tenía la sensación de que Ty lo
estudiaba, quizá contando sus latidos y desventajas o algo de ese estilo. Si
Ty fuera alguien más, Kit habría intentado mantener contacto visual, pero
sabía que Ty no lo miraría directamente. Era tranquilizador no preocuparse
por ello.
—Tienes sangre en la mano —dijo Ty. — Lo noté más temprano.
—Oh. Cierto. —Kit bajó la mirada a sus nudillos abiertos. — Me lastimé
en el Mercado de Sombras.
— ¿Cómo? —preguntó Ty, apoyándose en el borde de la mesada.
—Golpeé un cartel —respondió Kit. — Estaba enojado.
Las cejas de Ty se alzaron. Tenía cejas interesantes, ligeramente
puntiagudas en la cima, como dos V invertidas y muy oscuras.
— ¿Eso te hizo sentir mejor?
—No —admitió Kit.
—Puedo arreglarlo —dijo Ty, tomando uno de los lápices mágicos de
los Cazadores de Sombras de su bolsillo. Estelas, las llamaban. Extendió su
mano.
82
Kit suponía que pudo rechazar su ayuda, como había hecho en el
auto cuando Julian sugirió curarlo. Pero no lo hizo. Sostuvo su antebrazo,
confiado. La muñeca hacia arriba, de modo que sus venas azules estaban
expuestas al chico que sostuvo un cuchillo contra su garganta no mucho
tiempo atrás.
Los dedos de Ty eran fríos y cuidadosos cuando tomó el brazo de Kit
para mantenerlo firme. Tenía dedos largos, todos los Cazadores de
Sombras los tenían, había notado Kit. Quizá tenía que ver con la necesidad
de sostener una variedad de armas. Kit estaba tan atrapado
cuestionándose sobre ello que solo se encogió un poco cuando la estela
se movió a lo largo de su antebrazo, dejando la sensación de calor, como
si su brazo hubiera pasado sobre la flama de una vela.
La cabeza de Ty estaba gacha, su cabello oscuro inclinado contra
su cara. Apartó la estela una vez que terminó y soltó a Kit.
— Mira tu mano.
Kit giró su mano y vió como las rasgaduras sobre los nudillos estaban
selladas, parches rojos regresando a piel suave. Observó la marca negra
que se esparcía por su antebrazo. Se preguntaba cuando comenzaría a
desaparecer. Lo perturbaba, la evidencia de que todo era real. Él era
realmente un Cazador de Sombras.
—Es bastante genial —admitió. — ¿Pueden curar literalmente todo?
¿Cómo diabetes y cáncer?
—Algunas enfermedades. No siempre cáncer. Mi madre murió de
ello. —Ty guardó su estela. — ¿Qué hay de tu madre? ¿Era una cazadora
de sombras también?
—No lo creo —dijo Kit.
Su padre a veces le decía que su madre era una bailarina de
cabaret en Las Vegas que se largó luego de que Kit naciera, pero se le
había ocurrido, en las últimas dos semanas, que su padre no era
enteramente sincero sobre eso. Ciertamente, no lo había sido sobre nada.
—Está muerta —agregó, no porque fuera el caso pero porque no
quería hablar de ella.
—Entonces, ambos tenemos madres muertas —señaló Ty—, ¿Crees
que quieres quedarte aquí? ¿Convertirte en Cazador de Sombras?
83
Kit comenzó a responder y se detuvo. Un sonido bajo y dulce como
una campañilla resonó por la casa.
— ¿Qué es eso?
Ty alzó la cabeza. Kit tomó un vistazo del color de sus ojos: verdadero
gris, ese gris que era casi plateado. Antes de que de respondiera, la puerta
de la cocina se abrió. Era Livvy, con una lata de soda en su mano
izquierda. No parecía sorprendida de ver a Kit y a Ty, pasó entre ellos y
saltó sobre la mesa, cruzando sus largas piernas.
—Los Centuriones están aquí —dijo ella. — Todos corren como
gallinas degolladas. Diana los recibió, Julian se ve como si quisiera matar a
alguien…
—Y, tú, quieres saber si iré contigo a espiarlos —dedujo Ty—,
¿correcto?
Ella asintió.
—Yo sugiero un lugar donde no puedan vernos, porque si Diana nos
atrapa, estaremos haciendo camas y doblando toallas para Centuriones
por las próximas dos horas.
Eso pareció decidir las cosas; Ty asintió y se encaminó a la puerta de
la cocina. Livvy bajó de un salto de la mesa y lo siguió. Se detuvo con la
mano contra el marco de la puerta, mirando hacia atrás por encima de su
hombro a Kit.
— ¿Vienes?
Él enarcó sus cejas.
— ¿Segura que quieres que lo haga?
No se le había ocurrido invitarse, los gemelos parecían la unidad
perfecta, como si no necesitaran nada más que el uno del otro.
Ella sonrió mostrando sus dientes. Él sonrió con vacilación; estaba
acostumbrado a las chicas, pero algo en Livvy lo hacía sentir nervioso.
—Seguro —dijo ella. — Una advertencia: los comentarios groseros y
maliciosos sobre las personas son necesarios al espiar. Miembros de la
familia son exonerados, por supuesto.
84
—Si haces reír a Livvy, consigues puntos dobles —agregó Ty, desde el
pasillo
—Pues, en ese caso… —Los siguió Kit. ¿Qué era lo que dijo Jace de
los Herondale, después de todo? Los Herondale no pueden resistirse a un
desafío.
*** ***
Cristina miró con consternación el grupo de alrededor de veinte
Centuriones apiñándose en la enorme entrada del Instituto. Ella solo tuvo
poco tiempo para hacerse a la idea de conocer a los amigos de Diego del
Escolamántico y, ciertamente, no había planeado usar su polvoriento traje
de combate con su cabello trenzado.
Oh, bueno. Enderezó su espalda. Los Cazadores de Sombras estaban
sucios seguido; seguro ellos no esperarían una apariencia pristine. Aunque,
se dio cuenta al mirar a su alrededor que sí lo hacían. Su uniforme era
como el traje de combate regular pero con una chaqueta de estilo militar
y sobre ellos, brillante con botones de metal y un fajín cruzado con el
estampado de varas de vid. La espalda de cada chaqueta portaba el
símbolo de la familia del Centurión: un chico de cabello rubio arena
llevaba un lobo; una chica de profunda piel oscura, un círculo de estrellas.
Los chicos llevaban el cabello corto y las mujeres trenzado o atado hacia
atrás. Se veían limpios, eficientes y un poco alarmantes.
Diana hablaba con dos Centuriones cerca de la puerta del
Santuario: un chico de piel oscura con la insignia Primis Ordines y el chico
con la chaqueta de lobo. Giraron para saludar a Diego cuando bajó las
escaleras, seguido de Cristina y los demás.
—No puedo creer que ya estén aquí —murmuró Emma.
—Sean gentiles —dijo Diana, en voz baja, generalizando para ellos.
Era sencillo para ella decirlo. Ella no estaba cubierta de polvo. Tomó
la muñeca de Emma, agarró a Julian con su otra mano y marchó con ellos
para relacionarlos con los Centuriones, empujando a Julian hacia una
linda chica de la India con un broche dorado en su nariz y depositando a
Emma frente a una chica y chico de cabellos oscuros, claramente mellizos,
que la miraban con las cejas arqueadas. Al verlos a Cristina le recordó a
Livyy y Ty, y ella miró alrededor para comprobar si espiaban desde el
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segundo piso como solían hacer. Si lo estaban, ella no podía verlos;
probablemente se escondían, ella no podía culparlos. El equipaje estaba
repartido por el suelo: alguien tendría que mostrarle a los Centuriones sus
habitaciones, darles la bienvenida, pensar cómo alimentarlos…
—No me había dado cuenta —dijo Mark.
— ¿No te habías dado cuenta de qué? —preguntó Diego; había
regresado el saludo de los dos chicos que hablaban con Diana tempano.
Los chicos trazaron su paso a través de la habitación.
—En lo mucho que parecen soldados los Centuriones —dijo Mark. —
Supongo que pensé en ellos como estudiantes.
—Somos estudiantes —dijo Diego, mordaz. — Incluso después de
graduados, seguimos estudiando.
Otros dos Centuriones llegaron antes de que Mark pudiera decir
nada más. Diego palmeó ambas espaldas y se giró para presentarlos.
—Manuel, Rayan. Ellos son Cristina y Mark.
—Gracias —dijo el chico del cabello rubio arena. Un color castaño
claro, con mechas y decolorado por el sol. Tenía una sonrisa fácil y
ladeada. — Un placer conocerte.
Cristina soltó un pequeño jadeó
— ¿Hablas español?
— Es mi lengua materna —se carcajeó Manuel. — Nací en Madrid y
crecí en el Instituto de allá.
Él sí tenía lo que Cristina pensaba era el acento de España, esa
suavidad en el sonido de la c, el modo en que gracias sonó como
grazziash cuando le agradeció. Era encantador.
A través de la habitación vió a Dru sosteniendo a Tavvy de la mano,
le habían pedido quedarse en la biblioteca y vigilarlo, pero ella quería ver
a los Centuriones. Se acercó a Emma y jaló de su manga, susurrando a su
oído.
Cristina sonrió a Manuel.
—Casi cursé mi año de estudio en Madrid.
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—Pero las playas son mejores aquí. —Él guiñó.
Por el rabillo de su ojo, Cristina vio a Emma dirigirse a Julian e,
incómodamente, tocar su hombro. Le dijo algo que le hizo asentir y seguirla
fuera de la habitación. ¿Adónde se dirigían? Ansiaba seguirlos para no
quedarse ahí y hacer conversación con los amigos de Diego, incluso si
eran amables.
—Quería el reto de hablar ingles todo el tiempo… —inició Cristina, vio
como la expresión de Manuel cambiaba.
Entonces, Rayan la tomó de la manga y la alejó del camino de
alguien que se precipitaba hacia Diego y se agarraba de sus brazos.
Era una chica blanca, pálida y de cara redonda con grueso cabello
castaño peinado hacia atrás en un apretado moño. Chocó contra el
pecho de Diego y él se tornó de un color aguado como si la sangre
hubiera sido drenada de su cuerpo.
— ¿Zara?
— ¡Sorpresa! —La chica le besó la mejilla
Cristina comenzaba a sentirse mareada. Quizá, había recibido
mucho sol mientras inspeccionaban lo de Malcolm. Pero, en realidad, no
hubo tanto sol.
—No creí que vinieras —dijo Diego. Parecía francamente atónito.
Rayan y Manuel se veían incómodos. — Tú dijiste… dijiste que estarías en
Hungría…
—Oh, eso. —Zara le restó importancia a Hungría con una sacudida.
— Resultó ser completamente ridículo. Un montón de Nefilim alegando que
sus estelas y cuchillos serafín no funcionaban bien; solo eran
incompetentes. ¡Es más importante estar aquí!
Enganchó su brazo alrededor del de Diego y giró para enfrentar a
Cristina y Mark, con una brillante sonrisa en su rostro. Tenía la mano dentro
del codo de Diego, pero su sonrisa se volvió rígida mientras Mark y Cristina
estaban de pie en silencio, observando. Diego lucía cada vez más como si
estuviera por vomitar.
—Soy Zara Dearborn —dijo ella, finalmente, rodando los ojos. — Estoy
segura oyeron de mí. Soy la prometida de Diego.
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