30
30
—Pithy —dijo Mark. Pero Helen palideció de espanto, mirando
fijamente las palabras del cartel.
—Después de la votación de esta tarde, si les permiten entrar en
Alicante, estaré muy sorprendida —dijo Samantha—. Disfrútenlo mientras
puedan.
—Estás hablando con la esposa de la hija de la Cónsul —dijo Aline,
con los ojos en llamas—. Cuida tu boca, Samantha Larkspear.
Samantha hizo un ruido extraño, tragando saliva, y alcanzó su
cinturón de armas, mostrando una daga con una empuñadura gruesa de
nudillos. Mark podía ver a su hermano, pálido y de pelo negro como ella,
avanzando hacia ellos a través de la multitud. Helen tenía la mano en la
espada seráfica en su cinturón. Moviéndose instintivamente, Mark cogió la
espada de su propia cadera, tenso por la violencia.
*** ***
Kit levantó la vista cuando la mano de Julian cayó sobre su hombro.
Había estado inclinado en su silla, mirando en su mayor parte a
Alicante a través de la gran ventana de cristal detrás de la madera en la
parte delantera de la habitación. Había estado sin mirar a Livvy y Ty
saludando a su hermana. Algo sobre el apretado nudo de Blackthorns
681
abrazándose y exclamando sobre cada uno le recordaba que él no era
uno de ellos, que nunca lo sería. Se lo había recordado más que cuando
habían estado en Los Ángeles.
—Tu hermana está aquí —le dijo a Julian—. Helen.
Julian miró brevemente a sus hermanos; Kit tenía la sensación de que
ya lo sabía. Parecía tenso y nervioso.
—Necesito que hagas algo —, dijo— Alec está vigilando las puertas
del este hacia el vestíbulo. Ve a buscarlo y tráelo a Magnus. Díle que
Magnus está en la habitación de huéspedes de la Cónsul; Él sabrá dónde
está eso.
Kit apartó las piernas de la silla que tenía frente a él—. ¿Por qué?
—Sólo confía en mí —Julian se levantó—. Haz que parezca que es tu
idea, como que necesitas a Alec para mostrarle algo o ayudarte a
encontrar a alguien. No quiero que la curiosidad de nadie se agite.
*** ***
—No estarás pensando realmente en pelear en medio del Salón del
Consejo, ¿cierto? —dijo Emma—. Quiero decir, considerando que sería
ilegal y todo eso. —Chasqueó la lengua contra sus dientes—. No es una
buena idea, Samantha. Guarda esa daga.
El pequeño grupo –Helen, Aline, Mark y Samantha- se giró para mirar
a Emma como si hubiera aparecido en una nube de humo. Todos estaban
demasiado enojados para notar cuando se acercó.
El gran reloj dorado comenzó a sonar con urgencia. La multitud
empezó a dispersarse, cada Cazador de Sombras buscando un asiento
vacío en las hileras frente al estrado. Dane Larkspear, que había estado
acercándose a su hermana, se detuvo en medio de un pasillo; Emma vio
con sorpresa que Manuel estaba bloqueando su camino.
Tal vez Manuel también pensaba que un Centurión peleando en el
piso del Salón del Consejo no era una buena idea. Zara también estaba
observando, su boca roja hecha una línea enojada.
—Tú no puedes darme órdenes, Aline Penhallow —dijo Samantha,
pero metió la daga en su vaina—. No teniendo en cuenta que estás
casada con esa… cosa.
682
— ¿Tú dibujaste eso? —interrumpió Emma, señalando el bosquejo
borroso en la placa de Samantha—. ¿Se supone que es un hada muerta?
Estaba bastante segura de que lo era. El dibujo tenía brazos, piernas
y alas de libélula, o algo por el estilo.
—Impresionante —siguió Emma—. Tienes talento, Samantha. Talento
real.
Samantha la miró sorprendida.
— ¿De verdad lo crees?
—Dios, no —repuso Emma—. Ahora ve y siéntate. Zara está
llamándote.
Samantha dudó y luego se dio la vuelta. Emma tomó la mano de
Helen. Empezó a caminar hacia el largo banco en donde estaban
sentados los Blackthorn. Su corazón latía con fuerza. Samantha no era un
gran peligro, pero si hubieran comenzado algo y el resto de los amigos de
Zara se unía, podría haber sido una batalla real.
Aline y Mark estaban uno a cada lado de ellas. Los dedos de Helen
se curvaron alrededor del brazo de Emma.
—Recuerdo esto —dijo en voz baja. Las yemas de sus dedos rozaron
la cicatriz que dejó Cortana años atrás, cuando Emma sujetó la hoja
contra su cuerpo luego de la muerte de sus padres.
Había sido Helen la que estuvo allí cuando Emma despertó en un
mundo donde sus padres se habían ido para siempre, aunque fue Julian
quien puso la espada entre sus brazos.
Pero ahora Cortana estaba atada a su espalda. Ahora era su
oportunidad de corregir los males del pasado -los males cometidos sobre
Helen y Mark y los que eran como ellos, los males que cometió la Clave
con los Carstairs, ignorando sus muertes. Hacía que el saber que iba a ser
exiliada doliera aún más, el pensamiento de que no iba a estar con los
Blackthorns cuando se reunieran.
Aceleraron cuando se acercaron a los otros Blackthorns, y allí estaba
Julian, de pie entre sus hermanos. Sus ojos encontraron a los de Emma.
Pudo ver incluso a esa distancia que los de él se habían vuelto casi negros.
Lo supo sin tener que preguntar: algo iba muy mal.
683
*** ***
Alec Lightwood era muy difícil de seguir. Era más grande que Kit,
tenía piernas más largas y había salido corriendo a toda máquina cuando
Kit le dijo que Magnus lo necesitaba.
Kit no estaba seguro de que su coartada de que Alec le estaba
enseñando el Gard fuera a funcionar si alguien los detenía. Pero nadie lo
hizo; el fuerte tañido del reloj seguía sonando y todo el mundo se estaba
apurando camino al Salón del Consejo.
Cuando irrumpieron en las dependencias de techos altos del Cónsul,
encontraron a Magnus recostado en un largo sofá. Kieran y Annabel
estaban en puntos opuestos de la habitación, mirándose como gatos en
un ambiente nuevo.
Jia y Robert estaban de pie junto al sofá; Alec se dirigió hacia allí y su
padre se movió para poner una mano en su hombro. Alec se detuvo, todo
su cuerpo tenso.
—Déjame ir —dijo.
—Magnus está bien —repuso Robert—. El Hermano Enoch estuvo
recién aquí. Su magia se agotó y está débil pero…
—Sé cuál es el problema —dijo Alec, pasando por delante del
Inquisidor. Robert observó a su hijo arrodillarse a un lado del largo sofá.
Peinó el cabello de Magnus hacia atrás desde su frente y el brujo se
removió murmurando.
—No ha estado bien por un tiempo —continuó Alec, un poco para él
mismo—. Su magia se agota muy rápido. Le dije que fuera al Laberinto
Espiral, pero no ha habido tiempo.
Kit observaba todo. Había oído hablar de Magnus incluso antes de
conocerlo, por supuesto; Magnus era famoso en el Submundo. Y cuando lo
conoció, el brujo estaba tan lleno de energía cinética, un torbellino de
ingenio y fuego azul. Nunca se le habría ocurrido que Magnus podría
enfermarse o cansarse.
— ¿Hay alguna forma de hacerlo sentí mejor? —preguntó Annabel.
Estaba vibrando con tensión, sus manos moviéndose a sus costados. Kit
notó por primera vez que le faltaba un dedo en su mano derecha. Nunca
684
la había mirado tan de cerca antes. Le ponía la piel de gallina—. Lo… lo
necesito.
Admirablemente, Alec no perdió el temperamento.
—Necesita descansar —dijo—. Podríamos retrasar la reunión.
—Alec, no podemos —dijo Jia suavemente—. Obviamente Magnus
debería descansar. Annabel, vamos a cuidarte. Lo prometo.
—No —Annabel retrocedió contra la pared—. Quiero a Magnus
conmigo. O a Julian. Traigan a Julian.
— ¿Qué está sucediendo? —Kit reconoció la voz incluso antes de
girar para ver a Zara en la puerta. Su lápiz de labios parecía un severo
corte sangrante contra su piel pálida. Estaba mirando a Magnus con la
comisura de su boca curvada en una mueca—. Cónsul —dijo inclinándose
hacia Jia—. Ya están todos congregados. ¿Debería decirles que la reunión
se atrasará?
—No, señorita Dearborn —dijo Jia alisando su túnica bordada—.
Gracias, pero no necesitamos que maneje esto por nosotros. La asamblea
se hará como fue planeada.
—Dearborn —repitió Annabel. Su mirada estaba fija en Zara. Sus ojos
se habían vuelto finos y brillantes como los de una serpiente—. Eres una
Dearborn.
Zara se veía meramente confundida, como preguntándose quién
podría ser Annabel.
—Zara es una gran defensora de la restricción de los derechos de los
subterráneos —dijo Jia con neutralidad.
—Estamos interesados en la seguridad —replicó Zara, claramente
incómoda—. Eso es todo.
—Será mejor que vayamos —dijo Robert Lightwood. Todavía estaba
mirando a Alec, pero Alec no lo estaba mirando a él; estaba sentado junto
a Magnus, con su mano contra la mejilla del brujo—. Alec, si me necesitas,
mándame a llamar.
—Mandaré a Kit —dijo Alec sin mirarlo.
—Volveré por ti —le dijo Robert a Kieran, que se había mantenido
silencioso junto a la ventana, apenas una sombra más en la habitación.
Kieran asintió.
685
Robert apretó brevemente el hombro de Alec. Jia le extendió una
mano a Annabel, que luego de mirar fijamente a Zara por un momento,
siguió a la Cónsul y al Inquisidor fuera de la habitación.
— ¿Está enfermo? —preguntó Zara, mirando a Magnus con interés
distante—. Pensaba que los brujos no se enfermaban. ¿No sería gracioso
que muriera antes que tú? Quiero decir, con él siendo inmortal, debes
haber pensado que sería al revés.
Alec levantó su cabeza lentamente.
— ¿Qué?
—Bueno, quiero decir, como Magnus es inmortal y tú, ya sabes, no —
aclaró.
— ¿Es inmortal? —la voz de Alec era más fría de lo que Kit la había
oído jamás—. Desearía que me lo hubieras dicho antes. Volvería en el
tiempo y buscaría un buen marido mortal con quien envejecer.
— ¿Acaso eso no sería mejor? —dijo Zara—. Entonces podrían
hacerse mayores y morir al mismo tiempo.
— ¿Al mismo tiempo? —repitió Alec. Apenas se había movido o
levantado la voz, pero su rabia parecía llenar la habitación. Incluso Zara
estaba empezando a verse incómoda—. ¿Cómo sugieres que arreglemos
eso? ¿Saltamos de un acantilado juntos cuando alguno de los dos
empieza a sentirse enfermo?
—Tal vez —Zara se veía enfadada—. Debes estar de acuerdo en que
tu situación es una tragedia.
Alec se puso de pie y en ese momento fue el famoso Alec Lightwood
del que Kit había oído hablar, el héroe de batallas pasadas, el arquero con
puntería mortal.
—Esto es lo que quiero y lo que escogí —dijo—. ¿Cómo te atreves a
decirme que es una tragedia? Magnus nunca fingió, nunca trató de
engañarme haciéndome creer que era fácil, pero escoger a Magnus ha
sido una de las cosas más fáciles que he hecho. Todos tenemos una vida,
Zara, y ninguno de nosotros sabe que tan larga o corta va a ser.
Seguramente hasta tú sabes eso. Supongo que querías ser grosera y cruel,
pero dudo que quisieras sonar como una estúpida también.
Zara se ruborizó.
686
—Pero si tú mueres de vejez y él vive por siempre…
—Entonces él va a estar aquí para Max, y eso nos hace felices a
ambos —dijo Alec—. Y seré una persona especialmente afortunada,
porque siempre habrá alguien que me recuerde. Alguien que siempre va a
amarme. Magnus no guardará luto por siempre, pero hasta el final de los
tiempos me recordará y me amará.
— ¿Qué te hace estar tan seguro? —preguntó Zara, pero había un
dejo de inseguridad en su voz.
—Porque es tres mil veces más humano de lo que tú nunca serás —
dijo Alec—. Ahora vete de aquí antes de que arriesgue su vida
despertándolo para que te convierta en una basura en llamas. Algo que
combinaría con tu personalidad.
— ¡Oh! —exclamó Zara—. ¡Qué grosero!
Kit pensó que era más que grosero. Pensó que Alec lo decía en serio.
Esperaba que Zara se quedara para probar su teoría. En cambio, caminó
hacia la puerta y se detuvo allí, mirándolos a ambos con disgusto.
—Vamos, Alec —dijo–. La verdad es que los Cazadores de Sombras y
los Subterráneos no están hechos para estar juntos. Bane y tú son una
vergüenza. Pero no puedes estar satisfecho sólo con la Clave dejándote
pervertir tu linaje angelical. No, tienes que forzarnos al resto de nosotros.
— ¿En serio? —dijo Kieran—. ¿Todos ustedes durmieron con Magnus
Bane? Qué emocionante.
—Cierra la boca, hada mugrosa —replicó Zara—. Ya aprenderán.
Han escogido el lado incorrecto, tú y esos Blackthorns y Jace Herondale y
esa perra pelirroja Clary —estaba respirando agitada, su cara ardiendo—.
Disfrutaré verlos caer —finalizó, y salió de la habitación.
— ¿Realmente dijo “pervertir tu linaje angelical”? —preguntó Alec
estupefacto.
—Hada mugrosa —meditó Kieran—. Ese es, como diría Mark, uno
nuevo.
—Increíble —Alec se sentó junto al sofá nuevamente, levantando sus
rodillas.
—Nada de lo que dijo me sorprendió —dijo Kieran—. Así es como
son. Así es como los dejó la Paz Fría. Temerosos de lo que es nuevo y
687
diferente y llenos de odio como hielo. Parecerá ridícula, Zara Dearborn,
pero no comentan el error de subestimarla a ella y a la Cohorte —miró
nuevamente hacia la ventana—. Un odio como ese puede demoler el
mundo.
*** ***
—Este es un pedido muy extraño —dijo Diego.
—Tú eres el que está en una relación falsa —replicó Cristina—. Estoy
segura de que te han pedido cosas aún más extrañas.
Diego rio, no con mucho humor. Estaban sentados en una hilera lejos
de los Blackthorns en el Salón del Consejo. El reloj había dejado de sonar
para anunciar el comienzo de la reunión y la sala estaba llena, aunque el
estrado estaba aún vacío.
—Me alegra que Jaime te haya contado —dijo—. Egoístamente.
Podía soportar que me odiaras, pero no que me despreciaras.
Cristina suspiró.
—No estoy segura de realmente haberte despreciado en algún
momento.
—Debería haberte contado más —dijo él—. Quería mantenerte a
salvo… y me negué a mí mismo que la Cohorte y sus planes eran tu
problema. No supe que tenían propósitos en el Instituto de Los Ángeles
hasta que fue demasiado tarde. Y estaba equivocado con Manuel, tanto
como otros. Confié en él.
—Lo sé —respondió Cristina—. No es que te culpe. Yo… por mucho
tiempo éramos Cristina y Diego. Una pareja, juntos. Y cuando eso terminó,
me sentí como la mitad de mí misma. Cuando regresaste, creí que
podríamos ser lo que éramos antes y lo intenté, pero…
—Ya no me amas de esa forma —finalizó él.
Ella hizo una pausa por un momento.
—No —dijo—. No te amo. No de esa forma. Era como intentar
regresar a un lugar de tu niñez que recuerdas como si fuera perfecto.
Siempre va a haber cambios, porque tú has cambiado.
688
La nuez de Adán de Diego se movió cuando tragó.
—No puedo culparte. No me
689
El murmullo que se extendió por la habitación le sonó a Emma como
la fuerza de la marea. Deseaba que Julian estuviera a su lado para poder
golpear su hombro con el de ella, o apretar su mano, pero, conscientes de
las instrucciones del Inquisidor, se habían sentado en las dos puntas
opuestas del largo banco, después de que él le dijera que Magnus había
colapsado.
—Le prometí a Annabel que Magnus iba estar con ella —había dicho
él en voz baja, para que los Blackthorns más pequeños no escucharan y se
alarmaran—. Le di mi palabra.
—No podrías haberlo sabido. Pobre Magnus. No había forma de
saber que estaba enfermo.
Pero se recordó a sí misma diciendo: No prometas lo que no puedas
cumplir. Y sintió frío en todo su cuerpo.
—Hay una larga historia acerca de la traición de Fade, una que
puede que ustedes no conozcan —dijo Jia—. En 1812 se enamoró de una
Cazadora de Sombras, Annabel Blackthorn. Su familia deploraba la idea
de que se casara con un brujo. Al final, fue asesinada… por otros Nefilim. A
Malcolm le dijeron que se había unido a las Hermanas de Hierro.
— ¿Por qué no lo mataron también a él? —preguntó alguien de la
multitud.
—Era un brujo poderoso. Una valiosa ventaja —aclaró Jia—. Al final
se decidió dejarlo en paz. Pero cuando descubrió lo que realmente le
había pasado a Annabel, perdió la cabeza. Ha pasado este último siglo
buscando venganza contra los Nefilim.
—Mi señora —era Zara, recta y muy remilgada; acababa de entrar
por las puertas del Salón y estaba parada en mitad del pasillo—. Nos
cuenta esta historia como si quisiera que sintiéramos compasión por la
chica y el brujo. Pero Malcolm Fade era un monstruo. Un asesino. El
capricho de una chica con él no excusa lo que hizo.
—Considero —dijo Jia— que hay una diferencia entre una excusa y
una explicación.
— ¿Entonces por qué nos están dando esta explicación? El brujo está
muerto. Espero que esto no sea algún intento de escurrir reparaciones del
Consejo. Nadie asociado con ese monstruo merece ninguna recompensa
por su muerte.
690
La mirada de Jia era como el filo de una espada.
—Entiendo que has estado muy activa con asuntos del Consejo
últimamente, Zara —dijo—. Eso no quiere decir que puedas interrumpir a la
Cónsul. Ve y siéntate.
Después de un momento, Zara se sentó, viéndose enojada. Aline
agitó un puño.
—Bien, mamá —susurró.
Sin embargo, alguien más se había levantado para ocupar el lugar
de Zara. Su padre.
—Cónsul —dijo—, no somos ignorantes. Nos dijeron que esta reunión
iba a implicar un testimonio significativo de un testigo que iba a impactar a
la Clave. ¿No es momento de que traigas a ese testigo? Si, en efecto,
existe.
—Oh, sí que existe —repuso Jia—. Es Annabel. Annabel Blackthorn.
Ahora el murmullo que recorrió la sala sonó como el choque de una
ola. Un momento después apareció Robert Lightwood, llevando una
expresión sombría. Detrás de él venían dos guardias y entre ellos caminaba
Annabel.
Annabel se veía muy pequeña mientras subía al estrado detrás del
Inquisidor. El Libro Negro estaba colgado de una correa a su espalda, lo
que la hacía ver incluso más joven, como una niña camino a la escuela.
Un siseo atravesó la habitación. No muerta, oyó Emma, e impura.
Annabel se encogió detrás de Robert.
—Esto es una atrocidad —balbuceó el padre de Zara—. ¿No sufrimos
lo suficiente con la suciedad corrosiva de los Oscurecidos? ¿Debías traer
esta cosa frente a nosotros?
Julian saltó sobre sus pies.
—Los Oscurecidos no eran No muertos —dijo, girando su rostro hacia
el Salón—. Habían sido transformados por la Copa Infernal. Annabel es
exactamente quién era cuando estaba en vida. Fue torturada por
Malcolm, mantenida en un estado de semivida por años. Quiere
ayudarnos.
691
—Julian Blackthorn —dijo con desprecio Dearborn—. Mi hija me
habló de ti. Tu tío estaba demente, toda tu familia está demente, sólo un
demente pensaría que esto es una buena idea…
—No —dijo Annabel—. No le hables de esa forma. Es mi pariente de
sangre.
—Blackthorns —dijo Dearborn—. Parece que están todos locos,
muertos, ¡o ambos!
Si esperaba risas, no las obtuvo. La sala estaba silenciosa.
—Siéntese —le dijo la Cónsul a Dearborn fríamente—. Parece ser que
su familia tiene un problema con la forma en la que los Nefilim deben
comportarse. Interrumpan una vez más y serán echados del Salón.
Dearborn se sentó, pero sus ojos brillaron con rabia. No era el único.
Emma escaneó la habitación rápidamente y vio algunas miradas llenas de
odio dirigidas al estrado. Se tragó sus nervios; Julian se había abierto
camino por el pasillo y estaba de pie en el frente de la sala.
—Annabel —dijo, su voz baja y alentadora —. Háblales acerca del
Rey.
—El Rey Noseelie —Annabel dijo con suavidad—. El Señor Oscuro.
Estaba asociado con Malcolm. Es importante que todos sepan esto,
porque incluso ahora, planea la destrucción de todos los Cazadores de
Sombras.
— ¡Pero las Hadas son débiles! —un hombre en una gandora
bordada estaba de pie, sus ojos oscuros brillando con preocupación.
Cristina le murmuró a Emma que era el director del Instituto de
Marrakech—. Los años de Paz Fría las han debilitado. El Rey no puede
pretender enfrentarnos.
—No en un enfrentamiento con ejércitos equitativos, no —dijo
Annabel con su voz suave—. Pero el Rey ha aprovechado el poder del
Libro Negro y ha aprendido cómo destruir el poder de los Nefilim. Cómo
cancelar nuestras runas, cuchillos serafines, luces mágicas. Estarían
luchando contra sus fuerzas con no más poder que los mundanos.
— ¡Esto no puede ser cierto! —era un hombre delgado, de cabello
negro, que Emma recordaba de la lejana discusión por la Paz Fría. Lazlo
Balogh, director del Instituto de Budapest—. Está mintiendo.
692
— ¡No tiene razones para mentir! —Diana estaba de pie ahora
también, sus hombros echados hacia atrás en postura de lucha—. Lazlo,
de todas las personas…
—Señorita Wayburn —la expresión del hombre húngaro se
endureció—. Creo que todos sabemos que usted debería desvincularse de
esta discusión.
Diana se quedó helada.
—Fraterniza con hadas —continuó él, saboreando sus labios mientras
hablaba—. Ha estado siendo observada.
—Por el Ángel, Lazlo —dijo la Cónsul—. Diana no tiene nada que ver
con esto más que por tener la mala fortuna de no estar de acuerdo
contigo.
—Lazlo está en lo correcto —dijo Horace Dearborn—. Los Blackthorn
son simpatizantes de las hadas, traidores de la Ley…
—Pero no somos mentirosos —interrumpió Julian. Su voz era acero
sobre el hielo.
Dearborn mordió la carnada.
— ¿Qué se supone que significa eso?
—Tu hija no mató a Malcolm Fade —dijo Julian—. Annabel lo hizo.
Zara se puso de pie como una marioneta impulsada hacia arriba por
cuerdas.
— ¡Eso es mentira! —chilló.
—No es mentira —dijo Annabel—. Malcolm me resucitó de entre los
muertos. Usó la sangre de Arthur Blackthorn. Y por eso, y por sus torturas y
por abandonarme, lo maté.
En ese momento la habitación explotó. Gritos repercutían en las
paredes. Samantha y Dane Larkspear estaban de pie, agitando sus puños.
Horace Dearborn bramaba que Annabel era una mentirosa, que todos los
Blackthorns lo eran.
— ¡Suficiente! —gritó Jia—. ¡Silencio!
—La Spada Mortale —una pequeña mujer de piel aceitunada se
irguió desde un punto de la parte trasera. Llevaba un vestido sencillo, pero
su grueso cuello brillaba con joyas. Su cabello era de un gris profundo, casi
693
hasta sus caderas, y su voz cargaba suficiente autoridad para cortar a
través del ruido de la habitación.
— ¿Qué dijiste, Chiara? —demandó Jia. Emma sabía su nombre:
Chiara Malatesta, directora del Instituto de Roma en Italia.
—La Espada Mortal —dijo Chiara—. Si hay dudas sobre si esta
persona, si es que se puede llamar así, está diciendo la verdad, empleen a
Maellartach. Entonces podremos asegurarnos, sin argumentos inútiles, si
está mintiendo o no.
—No —los ojos de Annabel recorrieron la habitación con pánico—.
La Espada no.
—Lo ven, está mintiendo —dijo Dane Larkspear—. ¡Teme que la
Espada revele la verdad!
— ¡Le teme a la Espada porque ha sido torturada por el Consejo! —
dijo Julian. Se encaminó hacia el estrado, pero dos guardias del Consejo lo
detuvieron. Emma empezó a levantarse, pero Helen la presionó contra su
asiento.
—Aún no —le susurró Helen—. Empeorará las cosas. Al menos tiene
que intentar…
Pero el corazón de Emma estaba acelerado. Julian aún estaba
siendo contenido por acercarse al estrado. Cada nervio de su cuerpo
estaba chillando cuando Robert Lightwood se alejó y regresó cargando
algo largo, filoso y plateado. Algo que brillaba como aguas oscuras. Ella
vio, sintió, cómo Julian inhalaba fuertemente. Él mismo había sostenido la
Espada Mortal antes y sabía el dolor que causaba.
— ¡No hagan esto! —dijo, pero su voz se ahogó en la oleada de otras
voces, el clamor de la sala mientras varios Cazadores de Sombras se
alzaban estirándose para obtener un vistazo de lo que estaba pasando.
— ¡Es una inmunda criatura no muerta! —gritó Zara—. ¡Debería estar
apagándose en su miseria, no de pie en frente del Consejo!
Annabel palideció. Emma podía sentir la tensión de Julian, sabía lo
que estaba pensando: si Magnus estuviera allí, Magnus podría explicarlo:
Annabel no era un monstruo. Había sido devuelta a la vida. Era una
Cazadora de Sombras con vida. Magnus era un Subterráneo en el cual la
Clave confiaba, uno de los pocos. Nada de eso estaría sucediendo si él
hubiera podido unirse a la reunión.
694
Magnus, pensó Emma, oh Magnus, desearía que estuvieras bien,
desearía que estuvieras con nosotros.
—La Espada determinará la aptitud de Annabel para dar testimonio
—Jia dijo con una voz dura que llegó hasta el final de la sala—. Así es la
Ley. Retrocede y deja que la Espada Mortal haga su trabajo. La
multitud se silenció. Los Instrumentos Mortales eran el poder máximo que
los Cazadores de Sombras conocían por fuera del mismo Ángel. Incluso
Zara cerró la boca.
—Tómate tu tiempo —le dijo Robert a Annabel. La compasión en su
rostro sorprendió a Emma. Lo recordaba forzando la Espada en las manos
de Julian, y Julian sólo tenía doce años. Había estado enojada con Robert
por un largo tiempo luego de eso, aunque Julian no parecía guardar
rencores.
Annabel estaba jadeando como un conejo asustado. Miró a Julian,
quien le dio un asentimiento alentador, y alargó las manos lentamente.
Cuando tomó la Espada, un estremecimiento sacudió su cuerpo,
como si hubiera tocado una cerca electrificada. Su rostro se tensó, pero
sostuvo la Espada sin daño alguno. Jia exhaló con visible alivio. La Espada
lo había aprobado: Annabel era una Cazadora de Sombras. El Salón se
mantuvo en silencio, todos observaban.
Tanto la Cónsul como el Inquisidor se movieron hacia atrás, dándole
espacio a Annabel. Estaba de pie en el centro del estrado, una figura
solitaria en un vestido que no encajaba.
— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó Robert, su tono engañosamente
suave.
—Annabel Callisto Blackthorn —habló entre rápidos respiros.
— ¿Y con quién estás parada sobre este estrado?
Sus ojos verde azul se movieron rápidamente entre ellos dos.
—No lo sé —dijo en voz baja—. Son Cónsul e Inquisidor, pero no los
que yo conocía. Tú eres claramente un Lightwood, pero… —sacudió su
cabeza antes de que su rostro se iluminara—. Robert —dijo—. Julian te
llamó Robert.
Samantha Larkspear rio burlonamente y muchos otros sostenedores
de placas se unieron.
695
— ¡No le queda suficiente cerebro para dar evidencia decente!
— ¡Silencio! —tronó Jia—. Señorita Blackthorn, ¿sabe que… usted era
amante de Malcolm Fade, Gran Brujo de Los Ángeles?
—Era sólo un brujo cuando lo conocí, sin ningún título —la voz de
Annabel se sacudió—. Por favor. Pregunten si lo maté. No puedo soportar
esto por mucho más tiempo.
—Lo que discutamos aquí no es su elección —Jia no parecía
enojada, pero Annabel se estremeció visiblemente.
—Esto es un error —Livvy le susurró a Emma—. Deben preguntarle
acerca de Malcolm y darle fin a esto. No pueden transformarlo en un
interrogatorio.
—Todo estará bien —dijo Emma—. Lo estará.
Pero su corazón estaba acelerado. Los otros Blackthorns estaban
observando con visible tensión. A su otro lado, Emma podía ver a Helen,
apretando los brazos de su asiento. Aline estaba frotando sus hombros.
—Pregúntale —dijo Julian—. Simplemente pregúntale, Jia.
—Julian, suficiente —repuso Jia, pero se giró hacia Annabel, sus ojos
oscuros expectantes—. Annabel Callisto Blackthorn. ¿Mató usted a
Malcolm Fade?
—Sí —el odio cristalizaba la voz de Annabel, reforzándola—. Lo abrí al
medio. Lo observé desangrarse hasta la muerte. Zara Dearborn no hizo
nada. Les ha estado mintiendo a todos ustedes.
Un jadeo recorrió la sala. Por un momento Julian se relajó, y los
guardias que lo estaban sosteniendo aflojaron su agarre. Zara, con el rostro
de color rojo, miraba boquiabierta desde la multitud.
Gracias al Ángel, pensó Emma, ahora tendrán que escuchar.
Annabel enfrentó la habitación, la Espada en sus manos, y en ese
momento Emma pudo ver de qué se había enamorado Malcolm. Se veía
orgullosa, encantada, hermosa.
Algo pasó volando sobre su cabeza y se estrelló en el podio. Una
botella, pensó Emma, el vidrio destrozado. Hubo un jadeo, luego una risa, y
entonces otros objetos empezaron a volar por los aires: la multitud parecía
estar arrojando cualquier cosa que tuvieran a mano.
696
No toda la multitud, notó Emma. Eran la Cohorte y sus seguidores. No
eran muchos, pero sí los suficientes. Y su odio era más grande que la sala
entera.
Emma encontró los ojos de Julian, vio desesperación en ellos.
Esperaban algo mejor. Incluso después de todo lo que habían pasado,
esperaban algo mejor, de alguna forma.
Era cierto que varios Cazadores de Sombras estaban de pie
gritándole a la Cohorte para que se detuvieran. Pero Annabel se había
puesto de rodillas, con la cabeza gacha, sus manos aun sosteniendo la
Espada. No había levantado las manos para escudarse de los objetos que
volaban hacia ella –golpeaban contra el piso y el estrado y la ventana:
botellas, bolsos, monedas, piedras, incluso relojes y brazaletes.
— ¡Alto! —gritó Julian, y la fría rabia con la que habló fue suficiente
para impactar al menos a algunos—. Por el Ángel, esta es la verdad. ¡Les
está diciendo la verdad! Sobre Malcolm, sobre el Rey Noseelie.
— ¿Cómo se supone que sabemos eso? —siseó Dearborn—. ¿Quién
dice que la Espada Mortal funciona en esa… esa cosa? Está contaminada.
— ¡Es un monstruo! —gritó Zara—. ¡Esto es una conspiración para
intentar arrastrarnos a una guerra con la Corte Noseelie! ¡Los Blackthorns
sólo se preocupan por sus mentiras y sus inmundos hermanos hadas!
—Julian —jadeó Annabel. Sostenía la Espada Mortal con tanta fuerza
entre sus manos, que la sangre estaba empezando a florar en su piel,
donde apretaba la hoja—. Julian, ayúdame. Magnus… dónde está
Magnus…
Julian luchó contra el agarre de los guardias. Robert se precipitó
hacia delante, sus grandes manos extendidas.
—Suficiente —dijo—. Ven conmigo, Annabel.
— ¡Déjame sola! —con un grito ronco, Annabel retrocedió,
levantando la Espada en sus manos. Emma recordó repentina y fríamente
dos cosas:
La Espada Mortal no era sólo un instrumento de justicia. Era un arma
Y Annabel era una Cazadora de Sombras, con un arma en su mano.
Como si no pudiera creer lo que estaba pasando, Robert dio otro
paso hacia Annabel, alargando su mano hacia ella, como si pudiera
697
calmarla, convencerla. Abrió su boca para hablar, y ella empujó la Espada
entre ellos.
Desgarró la túnica de Robert Lightwood y atravesó su pecho
—Pithy —dijo Mark. Pero Helen palideció de espanto, mirando
fijamente las palabras del cartel.
—Después de la votación de esta tarde, si les permiten entrar en
Alicante, estaré muy sorprendida —dijo Samantha—. Disfrútenlo mientras
puedan.
—Estás hablando con la esposa de la hija de la Cónsul —dijo Aline,
con los ojos en llamas—. Cuida tu boca, Samantha Larkspear.
Samantha hizo un ruido extraño, tragando saliva, y alcanzó su
cinturón de armas, mostrando una daga con una empuñadura gruesa de
nudillos. Mark podía ver a su hermano, pálido y de pelo negro como ella,
avanzando hacia ellos a través de la multitud. Helen tenía la mano en la
espada seráfica en su cinturón. Moviéndose instintivamente, Mark cogió la
espada de su propia cadera, tenso por la violencia.
*** ***
Kit levantó la vista cuando la mano de Julian cayó sobre su hombro.
Había estado inclinado en su silla, mirando en su mayor parte a
Alicante a través de la gran ventana de cristal detrás de la madera en la
parte delantera de la habitación. Había estado sin mirar a Livvy y Ty
saludando a su hermana. Algo sobre el apretado nudo de Blackthorns
681
abrazándose y exclamando sobre cada uno le recordaba que él no era
uno de ellos, que nunca lo sería. Se lo había recordado más que cuando
habían estado en Los Ángeles.
—Tu hermana está aquí —le dijo a Julian—. Helen.
Julian miró brevemente a sus hermanos; Kit tenía la sensación de que
ya lo sabía. Parecía tenso y nervioso.
—Necesito que hagas algo —, dijo— Alec está vigilando las puertas
del este hacia el vestíbulo. Ve a buscarlo y tráelo a Magnus. Díle que
Magnus está en la habitación de huéspedes de la Cónsul; Él sabrá dónde
está eso.
Kit apartó las piernas de la silla que tenía frente a él—. ¿Por qué?
—Sólo confía en mí —Julian se levantó—. Haz que parezca que es tu
idea, como que necesitas a Alec para mostrarle algo o ayudarte a
encontrar a alguien. No quiero que la curiosidad de nadie se agite.
*** ***
—No estarás pensando realmente en pelear en medio del Salón del
Consejo, ¿cierto? —dijo Emma—. Quiero decir, considerando que sería
ilegal y todo eso. —Chasqueó la lengua contra sus dientes—. No es una
buena idea, Samantha. Guarda esa daga.
El pequeño grupo –Helen, Aline, Mark y Samantha- se giró para mirar
a Emma como si hubiera aparecido en una nube de humo. Todos estaban
demasiado enojados para notar cuando se acercó.
El gran reloj dorado comenzó a sonar con urgencia. La multitud
empezó a dispersarse, cada Cazador de Sombras buscando un asiento
vacío en las hileras frente al estrado. Dane Larkspear, que había estado
acercándose a su hermana, se detuvo en medio de un pasillo; Emma vio
con sorpresa que Manuel estaba bloqueando su camino.
Tal vez Manuel también pensaba que un Centurión peleando en el
piso del Salón del Consejo no era una buena idea. Zara también estaba
observando, su boca roja hecha una línea enojada.
—Tú no puedes darme órdenes, Aline Penhallow —dijo Samantha,
pero metió la daga en su vaina—. No teniendo en cuenta que estás
casada con esa… cosa.
682
— ¿Tú dibujaste eso? —interrumpió Emma, señalando el bosquejo
borroso en la placa de Samantha—. ¿Se supone que es un hada muerta?
Estaba bastante segura de que lo era. El dibujo tenía brazos, piernas
y alas de libélula, o algo por el estilo.
—Impresionante —siguió Emma—. Tienes talento, Samantha. Talento
real.
Samantha la miró sorprendida.
— ¿De verdad lo crees?
—Dios, no —repuso Emma—. Ahora ve y siéntate. Zara está
llamándote.
Samantha dudó y luego se dio la vuelta. Emma tomó la mano de
Helen. Empezó a caminar hacia el largo banco en donde estaban
sentados los Blackthorn. Su corazón latía con fuerza. Samantha no era un
gran peligro, pero si hubieran comenzado algo y el resto de los amigos de
Zara se unía, podría haber sido una batalla real.
Aline y Mark estaban uno a cada lado de ellas. Los dedos de Helen
se curvaron alrededor del brazo de Emma.
—Recuerdo esto —dijo en voz baja. Las yemas de sus dedos rozaron
la cicatriz que dejó Cortana años atrás, cuando Emma sujetó la hoja
contra su cuerpo luego de la muerte de sus padres.
Había sido Helen la que estuvo allí cuando Emma despertó en un
mundo donde sus padres se habían ido para siempre, aunque fue Julian
quien puso la espada entre sus brazos.
Pero ahora Cortana estaba atada a su espalda. Ahora era su
oportunidad de corregir los males del pasado -los males cometidos sobre
Helen y Mark y los que eran como ellos, los males que cometió la Clave
con los Carstairs, ignorando sus muertes. Hacía que el saber que iba a ser
exiliada doliera aún más, el pensamiento de que no iba a estar con los
Blackthorns cuando se reunieran.
Aceleraron cuando se acercaron a los otros Blackthorns, y allí estaba
Julian, de pie entre sus hermanos. Sus ojos encontraron a los de Emma.
Pudo ver incluso a esa distancia que los de él se habían vuelto casi negros.
Lo supo sin tener que preguntar: algo iba muy mal.
683
*** ***
Alec Lightwood era muy difícil de seguir. Era más grande que Kit,
tenía piernas más largas y había salido corriendo a toda máquina cuando
Kit le dijo que Magnus lo necesitaba.
Kit no estaba seguro de que su coartada de que Alec le estaba
enseñando el Gard fuera a funcionar si alguien los detenía. Pero nadie lo
hizo; el fuerte tañido del reloj seguía sonando y todo el mundo se estaba
apurando camino al Salón del Consejo.
Cuando irrumpieron en las dependencias de techos altos del Cónsul,
encontraron a Magnus recostado en un largo sofá. Kieran y Annabel
estaban en puntos opuestos de la habitación, mirándose como gatos en
un ambiente nuevo.
Jia y Robert estaban de pie junto al sofá; Alec se dirigió hacia allí y su
padre se movió para poner una mano en su hombro. Alec se detuvo, todo
su cuerpo tenso.
—Déjame ir —dijo.
—Magnus está bien —repuso Robert—. El Hermano Enoch estuvo
recién aquí. Su magia se agotó y está débil pero…
—Sé cuál es el problema —dijo Alec, pasando por delante del
Inquisidor. Robert observó a su hijo arrodillarse a un lado del largo sofá.
Peinó el cabello de Magnus hacia atrás desde su frente y el brujo se
removió murmurando.
—No ha estado bien por un tiempo —continuó Alec, un poco para él
mismo—. Su magia se agota muy rápido. Le dije que fuera al Laberinto
Espiral, pero no ha habido tiempo.
Kit observaba todo. Había oído hablar de Magnus incluso antes de
conocerlo, por supuesto; Magnus era famoso en el Submundo. Y cuando lo
conoció, el brujo estaba tan lleno de energía cinética, un torbellino de
ingenio y fuego azul. Nunca se le habría ocurrido que Magnus podría
enfermarse o cansarse.
— ¿Hay alguna forma de hacerlo sentí mejor? —preguntó Annabel.
Estaba vibrando con tensión, sus manos moviéndose a sus costados. Kit
notó por primera vez que le faltaba un dedo en su mano derecha. Nunca
684
la había mirado tan de cerca antes. Le ponía la piel de gallina—. Lo… lo
necesito.
Admirablemente, Alec no perdió el temperamento.
—Necesita descansar —dijo—. Podríamos retrasar la reunión.
—Alec, no podemos —dijo Jia suavemente—. Obviamente Magnus
debería descansar. Annabel, vamos a cuidarte. Lo prometo.
—No —Annabel retrocedió contra la pared—. Quiero a Magnus
conmigo. O a Julian. Traigan a Julian.
— ¿Qué está sucediendo? —Kit reconoció la voz incluso antes de
girar para ver a Zara en la puerta. Su lápiz de labios parecía un severo
corte sangrante contra su piel pálida. Estaba mirando a Magnus con la
comisura de su boca curvada en una mueca—. Cónsul —dijo inclinándose
hacia Jia—. Ya están todos congregados. ¿Debería decirles que la reunión
se atrasará?
—No, señorita Dearborn —dijo Jia alisando su túnica bordada—.
Gracias, pero no necesitamos que maneje esto por nosotros. La asamblea
se hará como fue planeada.
—Dearborn —repitió Annabel. Su mirada estaba fija en Zara. Sus ojos
se habían vuelto finos y brillantes como los de una serpiente—. Eres una
Dearborn.
Zara se veía meramente confundida, como preguntándose quién
podría ser Annabel.
—Zara es una gran defensora de la restricción de los derechos de los
subterráneos —dijo Jia con neutralidad.
—Estamos interesados en la seguridad —replicó Zara, claramente
incómoda—. Eso es todo.
—Será mejor que vayamos —dijo Robert Lightwood. Todavía estaba
mirando a Alec, pero Alec no lo estaba mirando a él; estaba sentado junto
a Magnus, con su mano contra la mejilla del brujo—. Alec, si me necesitas,
mándame a llamar.
—Mandaré a Kit —dijo Alec sin mirarlo.
—Volveré por ti —le dijo Robert a Kieran, que se había mantenido
silencioso junto a la ventana, apenas una sombra más en la habitación.
Kieran asintió.
685
Robert apretó brevemente el hombro de Alec. Jia le extendió una
mano a Annabel, que luego de mirar fijamente a Zara por un momento,
siguió a la Cónsul y al Inquisidor fuera de la habitación.
— ¿Está enfermo? —preguntó Zara, mirando a Magnus con interés
distante—. Pensaba que los brujos no se enfermaban. ¿No sería gracioso
que muriera antes que tú? Quiero decir, con él siendo inmortal, debes
haber pensado que sería al revés.
Alec levantó su cabeza lentamente.
— ¿Qué?
—Bueno, quiero decir, como Magnus es inmortal y tú, ya sabes, no —
aclaró.
— ¿Es inmortal? —la voz de Alec era más fría de lo que Kit la había
oído jamás—. Desearía que me lo hubieras dicho antes. Volvería en el
tiempo y buscaría un buen marido mortal con quien envejecer.
— ¿Acaso eso no sería mejor? —dijo Zara—. Entonces podrían
hacerse mayores y morir al mismo tiempo.
— ¿Al mismo tiempo? —repitió Alec. Apenas se había movido o
levantado la voz, pero su rabia parecía llenar la habitación. Incluso Zara
estaba empezando a verse incómoda—. ¿Cómo sugieres que arreglemos
eso? ¿Saltamos de un acantilado juntos cuando alguno de los dos
empieza a sentirse enfermo?
—Tal vez —Zara se veía enfadada—. Debes estar de acuerdo en que
tu situación es una tragedia.
Alec se puso de pie y en ese momento fue el famoso Alec Lightwood
del que Kit había oído hablar, el héroe de batallas pasadas, el arquero con
puntería mortal.
—Esto es lo que quiero y lo que escogí —dijo—. ¿Cómo te atreves a
decirme que es una tragedia? Magnus nunca fingió, nunca trató de
engañarme haciéndome creer que era fácil, pero escoger a Magnus ha
sido una de las cosas más fáciles que he hecho. Todos tenemos una vida,
Zara, y ninguno de nosotros sabe que tan larga o corta va a ser.
Seguramente hasta tú sabes eso. Supongo que querías ser grosera y cruel,
pero dudo que quisieras sonar como una estúpida también.
Zara se ruborizó.
686
—Pero si tú mueres de vejez y él vive por siempre…
—Entonces él va a estar aquí para Max, y eso nos hace felices a
ambos —dijo Alec—. Y seré una persona especialmente afortunada,
porque siempre habrá alguien que me recuerde. Alguien que siempre va a
amarme. Magnus no guardará luto por siempre, pero hasta el final de los
tiempos me recordará y me amará.
— ¿Qué te hace estar tan seguro? —preguntó Zara, pero había un
dejo de inseguridad en su voz.
—Porque es tres mil veces más humano de lo que tú nunca serás —
dijo Alec—. Ahora vete de aquí antes de que arriesgue su vida
despertándolo para que te convierta en una basura en llamas. Algo que
combinaría con tu personalidad.
— ¡Oh! —exclamó Zara—. ¡Qué grosero!
Kit pensó que era más que grosero. Pensó que Alec lo decía en serio.
Esperaba que Zara se quedara para probar su teoría. En cambio, caminó
hacia la puerta y se detuvo allí, mirándolos a ambos con disgusto.
—Vamos, Alec —dijo–. La verdad es que los Cazadores de Sombras y
los Subterráneos no están hechos para estar juntos. Bane y tú son una
vergüenza. Pero no puedes estar satisfecho sólo con la Clave dejándote
pervertir tu linaje angelical. No, tienes que forzarnos al resto de nosotros.
— ¿En serio? —dijo Kieran—. ¿Todos ustedes durmieron con Magnus
Bane? Qué emocionante.
—Cierra la boca, hada mugrosa —replicó Zara—. Ya aprenderán.
Han escogido el lado incorrecto, tú y esos Blackthorns y Jace Herondale y
esa perra pelirroja Clary —estaba respirando agitada, su cara ardiendo—.
Disfrutaré verlos caer —finalizó, y salió de la habitación.
— ¿Realmente dijo “pervertir tu linaje angelical”? —preguntó Alec
estupefacto.
—Hada mugrosa —meditó Kieran—. Ese es, como diría Mark, uno
nuevo.
—Increíble —Alec se sentó junto al sofá nuevamente, levantando sus
rodillas.
—Nada de lo que dijo me sorprendió —dijo Kieran—. Así es como
son. Así es como los dejó la Paz Fría. Temerosos de lo que es nuevo y
687
diferente y llenos de odio como hielo. Parecerá ridícula, Zara Dearborn,
pero no comentan el error de subestimarla a ella y a la Cohorte —miró
nuevamente hacia la ventana—. Un odio como ese puede demoler el
mundo.
*** ***
—Este es un pedido muy extraño —dijo Diego.
—Tú eres el que está en una relación falsa —replicó Cristina—. Estoy
segura de que te han pedido cosas aún más extrañas.
Diego rio, no con mucho humor. Estaban sentados en una hilera lejos
de los Blackthorns en el Salón del Consejo. El reloj había dejado de sonar
para anunciar el comienzo de la reunión y la sala estaba llena, aunque el
estrado estaba aún vacío.
—Me alegra que Jaime te haya contado —dijo—. Egoístamente.
Podía soportar que me odiaras, pero no que me despreciaras.
Cristina suspiró.
—No estoy segura de realmente haberte despreciado en algún
momento.
—Debería haberte contado más —dijo él—. Quería mantenerte a
salvo… y me negué a mí mismo que la Cohorte y sus planes eran tu
problema. No supe que tenían propósitos en el Instituto de Los Ángeles
hasta que fue demasiado tarde. Y estaba equivocado con Manuel, tanto
como otros. Confié en él.
—Lo sé —respondió Cristina—. No es que te culpe. Yo… por mucho
tiempo éramos Cristina y Diego. Una pareja, juntos. Y cuando eso terminó,
me sentí como la mitad de mí misma. Cuando regresaste, creí que
podríamos ser lo que éramos antes y lo intenté, pero…
—Ya no me amas de esa forma —finalizó él.
Ella hizo una pausa por un momento.
—No —dijo—. No te amo. No de esa forma. Era como intentar
regresar a un lugar de tu niñez que recuerdas como si fuera perfecto.
Siempre va a haber cambios, porque tú has cambiado.
688
La nuez de Adán de Diego se movió cuando tragó.
—No puedo culparte. No me
689
El murmullo que se extendió por la habitación le sonó a Emma como
la fuerza de la marea. Deseaba que Julian estuviera a su lado para poder
golpear su hombro con el de ella, o apretar su mano, pero, conscientes de
las instrucciones del Inquisidor, se habían sentado en las dos puntas
opuestas del largo banco, después de que él le dijera que Magnus había
colapsado.
—Le prometí a Annabel que Magnus iba estar con ella —había dicho
él en voz baja, para que los Blackthorns más pequeños no escucharan y se
alarmaran—. Le di mi palabra.
—No podrías haberlo sabido. Pobre Magnus. No había forma de
saber que estaba enfermo.
Pero se recordó a sí misma diciendo: No prometas lo que no puedas
cumplir. Y sintió frío en todo su cuerpo.
—Hay una larga historia acerca de la traición de Fade, una que
puede que ustedes no conozcan —dijo Jia—. En 1812 se enamoró de una
Cazadora de Sombras, Annabel Blackthorn. Su familia deploraba la idea
de que se casara con un brujo. Al final, fue asesinada… por otros Nefilim. A
Malcolm le dijeron que se había unido a las Hermanas de Hierro.
— ¿Por qué no lo mataron también a él? —preguntó alguien de la
multitud.
—Era un brujo poderoso. Una valiosa ventaja —aclaró Jia—. Al final
se decidió dejarlo en paz. Pero cuando descubrió lo que realmente le
había pasado a Annabel, perdió la cabeza. Ha pasado este último siglo
buscando venganza contra los Nefilim.
—Mi señora —era Zara, recta y muy remilgada; acababa de entrar
por las puertas del Salón y estaba parada en mitad del pasillo—. Nos
cuenta esta historia como si quisiera que sintiéramos compasión por la
chica y el brujo. Pero Malcolm Fade era un monstruo. Un asesino. El
capricho de una chica con él no excusa lo que hizo.
—Considero —dijo Jia— que hay una diferencia entre una excusa y
una explicación.
— ¿Entonces por qué nos están dando esta explicación? El brujo está
muerto. Espero que esto no sea algún intento de escurrir reparaciones del
Consejo. Nadie asociado con ese monstruo merece ninguna recompensa
por su muerte.
690
La mirada de Jia era como el filo de una espada.
—Entiendo que has estado muy activa con asuntos del Consejo
últimamente, Zara —dijo—. Eso no quiere decir que puedas interrumpir a la
Cónsul. Ve y siéntate.
Después de un momento, Zara se sentó, viéndose enojada. Aline
agitó un puño.
—Bien, mamá —susurró.
Sin embargo, alguien más se había levantado para ocupar el lugar
de Zara. Su padre.
—Cónsul —dijo—, no somos ignorantes. Nos dijeron que esta reunión
iba a implicar un testimonio significativo de un testigo que iba a impactar a
la Clave. ¿No es momento de que traigas a ese testigo? Si, en efecto,
existe.
—Oh, sí que existe —repuso Jia—. Es Annabel. Annabel Blackthorn.
Ahora el murmullo que recorrió la sala sonó como el choque de una
ola. Un momento después apareció Robert Lightwood, llevando una
expresión sombría. Detrás de él venían dos guardias y entre ellos caminaba
Annabel.
Annabel se veía muy pequeña mientras subía al estrado detrás del
Inquisidor. El Libro Negro estaba colgado de una correa a su espalda, lo
que la hacía ver incluso más joven, como una niña camino a la escuela.
Un siseo atravesó la habitación. No muerta, oyó Emma, e impura.
Annabel se encogió detrás de Robert.
—Esto es una atrocidad —balbuceó el padre de Zara—. ¿No sufrimos
lo suficiente con la suciedad corrosiva de los Oscurecidos? ¿Debías traer
esta cosa frente a nosotros?
Julian saltó sobre sus pies.
—Los Oscurecidos no eran No muertos —dijo, girando su rostro hacia
el Salón—. Habían sido transformados por la Copa Infernal. Annabel es
exactamente quién era cuando estaba en vida. Fue torturada por
Malcolm, mantenida en un estado de semivida por años. Quiere
ayudarnos.
691
—Julian Blackthorn —dijo con desprecio Dearborn—. Mi hija me
habló de ti. Tu tío estaba demente, toda tu familia está demente, sólo un
demente pensaría que esto es una buena idea…
—No —dijo Annabel—. No le hables de esa forma. Es mi pariente de
sangre.
—Blackthorns —dijo Dearborn—. Parece que están todos locos,
muertos, ¡o ambos!
Si esperaba risas, no las obtuvo. La sala estaba silenciosa.
—Siéntese —le dijo la Cónsul a Dearborn fríamente—. Parece ser que
su familia tiene un problema con la forma en la que los Nefilim deben
comportarse. Interrumpan una vez más y serán echados del Salón.
Dearborn se sentó, pero sus ojos brillaron con rabia. No era el único.
Emma escaneó la habitación rápidamente y vio algunas miradas llenas de
odio dirigidas al estrado. Se tragó sus nervios; Julian se había abierto
camino por el pasillo y estaba de pie en el frente de la sala.
—Annabel —dijo, su voz baja y alentadora —. Háblales acerca del
Rey.
—El Rey Noseelie —Annabel dijo con suavidad—. El Señor Oscuro.
Estaba asociado con Malcolm. Es importante que todos sepan esto,
porque incluso ahora, planea la destrucción de todos los Cazadores de
Sombras.
— ¡Pero las Hadas son débiles! —un hombre en una gandora
bordada estaba de pie, sus ojos oscuros brillando con preocupación.
Cristina le murmuró a Emma que era el director del Instituto de
Marrakech—. Los años de Paz Fría las han debilitado. El Rey no puede
pretender enfrentarnos.
—No en un enfrentamiento con ejércitos equitativos, no —dijo
Annabel con su voz suave—. Pero el Rey ha aprovechado el poder del
Libro Negro y ha aprendido cómo destruir el poder de los Nefilim. Cómo
cancelar nuestras runas, cuchillos serafines, luces mágicas. Estarían
luchando contra sus fuerzas con no más poder que los mundanos.
— ¡Esto no puede ser cierto! —era un hombre delgado, de cabello
negro, que Emma recordaba de la lejana discusión por la Paz Fría. Lazlo
Balogh, director del Instituto de Budapest—. Está mintiendo.
692
— ¡No tiene razones para mentir! —Diana estaba de pie ahora
también, sus hombros echados hacia atrás en postura de lucha—. Lazlo,
de todas las personas…
—Señorita Wayburn —la expresión del hombre húngaro se
endureció—. Creo que todos sabemos que usted debería desvincularse de
esta discusión.
Diana se quedó helada.
—Fraterniza con hadas —continuó él, saboreando sus labios mientras
hablaba—. Ha estado siendo observada.
—Por el Ángel, Lazlo —dijo la Cónsul—. Diana no tiene nada que ver
con esto más que por tener la mala fortuna de no estar de acuerdo
contigo.
—Lazlo está en lo correcto —dijo Horace Dearborn—. Los Blackthorn
son simpatizantes de las hadas, traidores de la Ley…
—Pero no somos mentirosos —interrumpió Julian. Su voz era acero
sobre el hielo.
Dearborn mordió la carnada.
— ¿Qué se supone que significa eso?
—Tu hija no mató a Malcolm Fade —dijo Julian—. Annabel lo hizo.
Zara se puso de pie como una marioneta impulsada hacia arriba por
cuerdas.
— ¡Eso es mentira! —chilló.
—No es mentira —dijo Annabel—. Malcolm me resucitó de entre los
muertos. Usó la sangre de Arthur Blackthorn. Y por eso, y por sus torturas y
por abandonarme, lo maté.
En ese momento la habitación explotó. Gritos repercutían en las
paredes. Samantha y Dane Larkspear estaban de pie, agitando sus puños.
Horace Dearborn bramaba que Annabel era una mentirosa, que todos los
Blackthorns lo eran.
— ¡Suficiente! —gritó Jia—. ¡Silencio!
—La Spada Mortale —una pequeña mujer de piel aceitunada se
irguió desde un punto de la parte trasera. Llevaba un vestido sencillo, pero
su grueso cuello brillaba con joyas. Su cabello era de un gris profundo, casi
693
hasta sus caderas, y su voz cargaba suficiente autoridad para cortar a
través del ruido de la habitación.
— ¿Qué dijiste, Chiara? —demandó Jia. Emma sabía su nombre:
Chiara Malatesta, directora del Instituto de Roma en Italia.
—La Espada Mortal —dijo Chiara—. Si hay dudas sobre si esta
persona, si es que se puede llamar así, está diciendo la verdad, empleen a
Maellartach. Entonces podremos asegurarnos, sin argumentos inútiles, si
está mintiendo o no.
—No —los ojos de Annabel recorrieron la habitación con pánico—.
La Espada no.
—Lo ven, está mintiendo —dijo Dane Larkspear—. ¡Teme que la
Espada revele la verdad!
— ¡Le teme a la Espada porque ha sido torturada por el Consejo! —
dijo Julian. Se encaminó hacia el estrado, pero dos guardias del Consejo lo
detuvieron. Emma empezó a levantarse, pero Helen la presionó contra su
asiento.
—Aún no —le susurró Helen—. Empeorará las cosas. Al menos tiene
que intentar…
Pero el corazón de Emma estaba acelerado. Julian aún estaba
siendo contenido por acercarse al estrado. Cada nervio de su cuerpo
estaba chillando cuando Robert Lightwood se alejó y regresó cargando
algo largo, filoso y plateado. Algo que brillaba como aguas oscuras. Ella
vio, sintió, cómo Julian inhalaba fuertemente. Él mismo había sostenido la
Espada Mortal antes y sabía el dolor que causaba.
— ¡No hagan esto! —dijo, pero su voz se ahogó en la oleada de otras
voces, el clamor de la sala mientras varios Cazadores de Sombras se
alzaban estirándose para obtener un vistazo de lo que estaba pasando.
— ¡Es una inmunda criatura no muerta! —gritó Zara—. ¡Debería estar
apagándose en su miseria, no de pie en frente del Consejo!
Annabel palideció. Emma podía sentir la tensión de Julian, sabía lo
que estaba pensando: si Magnus estuviera allí, Magnus podría explicarlo:
Annabel no era un monstruo. Había sido devuelta a la vida. Era una
Cazadora de Sombras con vida. Magnus era un Subterráneo en el cual la
Clave confiaba, uno de los pocos. Nada de eso estaría sucediendo si él
hubiera podido unirse a la reunión.
694
Magnus, pensó Emma, oh Magnus, desearía que estuvieras bien,
desearía que estuvieras con nosotros.
—La Espada determinará la aptitud de Annabel para dar testimonio
—Jia dijo con una voz dura que llegó hasta el final de la sala—. Así es la
Ley. Retrocede y deja que la Espada Mortal haga su trabajo. La
multitud se silenció. Los Instrumentos Mortales eran el poder máximo que
los Cazadores de Sombras conocían por fuera del mismo Ángel. Incluso
Zara cerró la boca.
—Tómate tu tiempo —le dijo Robert a Annabel. La compasión en su
rostro sorprendió a Emma. Lo recordaba forzando la Espada en las manos
de Julian, y Julian sólo tenía doce años. Había estado enojada con Robert
por un largo tiempo luego de eso, aunque Julian no parecía guardar
rencores.
Annabel estaba jadeando como un conejo asustado. Miró a Julian,
quien le dio un asentimiento alentador, y alargó las manos lentamente.
Cuando tomó la Espada, un estremecimiento sacudió su cuerpo,
como si hubiera tocado una cerca electrificada. Su rostro se tensó, pero
sostuvo la Espada sin daño alguno. Jia exhaló con visible alivio. La Espada
lo había aprobado: Annabel era una Cazadora de Sombras. El Salón se
mantuvo en silencio, todos observaban.
Tanto la Cónsul como el Inquisidor se movieron hacia atrás, dándole
espacio a Annabel. Estaba de pie en el centro del estrado, una figura
solitaria en un vestido que no encajaba.
— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó Robert, su tono engañosamente
suave.
—Annabel Callisto Blackthorn —habló entre rápidos respiros.
— ¿Y con quién estás parada sobre este estrado?
Sus ojos verde azul se movieron rápidamente entre ellos dos.
—No lo sé —dijo en voz baja—. Son Cónsul e Inquisidor, pero no los
que yo conocía. Tú eres claramente un Lightwood, pero… —sacudió su
cabeza antes de que su rostro se iluminara—. Robert —dijo—. Julian te
llamó Robert.
Samantha Larkspear rio burlonamente y muchos otros sostenedores
de placas se unieron.
695
— ¡No le queda suficiente cerebro para dar evidencia decente!
— ¡Silencio! —tronó Jia—. Señorita Blackthorn, ¿sabe que… usted era
amante de Malcolm Fade, Gran Brujo de Los Ángeles?
—Era sólo un brujo cuando lo conocí, sin ningún título —la voz de
Annabel se sacudió—. Por favor. Pregunten si lo maté. No puedo soportar
esto por mucho más tiempo.
—Lo que discutamos aquí no es su elección —Jia no parecía
enojada, pero Annabel se estremeció visiblemente.
—Esto es un error —Livvy le susurró a Emma—. Deben preguntarle
acerca de Malcolm y darle fin a esto. No pueden transformarlo en un
interrogatorio.
—Todo estará bien —dijo Emma—. Lo estará.
Pero su corazón estaba acelerado. Los otros Blackthorns estaban
observando con visible tensión. A su otro lado, Emma podía ver a Helen,
apretando los brazos de su asiento. Aline estaba frotando sus hombros.
—Pregúntale —dijo Julian—. Simplemente pregúntale, Jia.
—Julian, suficiente —repuso Jia, pero se giró hacia Annabel, sus ojos
oscuros expectantes—. Annabel Callisto Blackthorn. ¿Mató usted a
Malcolm Fade?
—Sí —el odio cristalizaba la voz de Annabel, reforzándola—. Lo abrí al
medio. Lo observé desangrarse hasta la muerte. Zara Dearborn no hizo
nada. Les ha estado mintiendo a todos ustedes.
Un jadeo recorrió la sala. Por un momento Julian se relajó, y los
guardias que lo estaban sosteniendo aflojaron su agarre. Zara, con el rostro
de color rojo, miraba boquiabierta desde la multitud.
Gracias al Ángel, pensó Emma, ahora tendrán que escuchar.
Annabel enfrentó la habitación, la Espada en sus manos, y en ese
momento Emma pudo ver de qué se había enamorado Malcolm. Se veía
orgullosa, encantada, hermosa.
Algo pasó volando sobre su cabeza y se estrelló en el podio. Una
botella, pensó Emma, el vidrio destrozado. Hubo un jadeo, luego una risa, y
entonces otros objetos empezaron a volar por los aires: la multitud parecía
estar arrojando cualquier cosa que tuvieran a mano.
696
No toda la multitud, notó Emma. Eran la Cohorte y sus seguidores. No
eran muchos, pero sí los suficientes. Y su odio era más grande que la sala
entera.
Emma encontró los ojos de Julian, vio desesperación en ellos.
Esperaban algo mejor. Incluso después de todo lo que habían pasado,
esperaban algo mejor, de alguna forma.
Era cierto que varios Cazadores de Sombras estaban de pie
gritándole a la Cohorte para que se detuvieran. Pero Annabel se había
puesto de rodillas, con la cabeza gacha, sus manos aun sosteniendo la
Espada. No había levantado las manos para escudarse de los objetos que
volaban hacia ella –golpeaban contra el piso y el estrado y la ventana:
botellas, bolsos, monedas, piedras, incluso relojes y brazaletes.
— ¡Alto! —gritó Julian, y la fría rabia con la que habló fue suficiente
para impactar al menos a algunos—. Por el Ángel, esta es la verdad. ¡Les
está diciendo la verdad! Sobre Malcolm, sobre el Rey Noseelie.
— ¿Cómo se supone que sabemos eso? —siseó Dearborn—. ¿Quién
dice que la Espada Mortal funciona en esa… esa cosa? Está contaminada.
— ¡Es un monstruo! —gritó Zara—. ¡Esto es una conspiración para
intentar arrastrarnos a una guerra con la Corte Noseelie! ¡Los Blackthorns
sólo se preocupan por sus mentiras y sus inmundos hermanos hadas!
—Julian —jadeó Annabel. Sostenía la Espada Mortal con tanta fuerza
entre sus manos, que la sangre estaba empezando a florar en su piel,
donde apretaba la hoja—. Julian, ayúdame. Magnus… dónde está
Magnus…
Julian luchó contra el agarre de los guardias. Robert se precipitó
hacia delante, sus grandes manos extendidas.
—Suficiente —dijo—. Ven conmigo, Annabel.
— ¡Déjame sola! —con un grito ronco, Annabel retrocedió,
levantando la Espada en sus manos. Emma recordó repentina y fríamente
dos cosas:
La Espada Mortal no era sólo un instrumento de justicia. Era un arma
Y Annabel era una Cazadora de Sombras, con un arma en su mano.
Como si no pudiera creer lo que estaba pasando, Robert dio otro
paso hacia Annabel, alargando su mano hacia ella, como si pudiera
697
calmarla, convencerla. Abrió su boca para hablar, y ella empujó la Espada
entre ellos.
Desgarró la túnica de Robert Lightwood y atravesó su pecho
Comentarios
Publicar un comentario