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—Pithy —dijo Mark. Pero Helen palideció de espanto, mirando

fijamente las palabras del cartel.

—Después de la votación de esta tarde, si les permiten entrar en

Alicante, estaré muy sorprendida —dijo Samantha—. Disfrútenlo mientras

puedan.

—Estás hablando con la esposa de la hija de la Cónsul —dijo Aline,

con los ojos en llamas—. Cuida tu boca, Samantha Larkspear.

Samantha hizo un ruido extraño, tragando saliva, y alcanzó su

cinturón de armas, mostrando una daga con una empuñadura gruesa de

nudillos. Mark podía ver a su hermano, pálido y de pelo negro como ella,

avanzando hacia ellos a través de la multitud. Helen tenía la mano en la

espada seráfica en su cinturón. Moviéndose instintivamente, Mark cogió la

espada de su propia cadera, tenso por la violencia.

*** ***

Kit levantó la vista cuando la mano de Julian cayó sobre su hombro.

Había estado inclinado en su silla, mirando en su mayor parte a

Alicante a través de la gran ventana de cristal detrás de la madera en la

parte delantera de la habitación. Había estado sin mirar a Livvy y Ty

saludando a su hermana. Algo sobre el apretado nudo de Blackthorns

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abrazándose y exclamando sobre cada uno le recordaba que él no era

uno de ellos, que nunca lo sería. Se lo había recordado más que cuando

habían estado en Los Ángeles.

—Tu hermana está aquí —le dijo a Julian—. Helen.

Julian miró brevemente a sus hermanos; Kit tenía la sensación de que

ya lo sabía. Parecía tenso y nervioso.

—Necesito que hagas algo —, dijo— Alec está vigilando las puertas

del este hacia el vestíbulo. Ve a buscarlo y tráelo a Magnus. Díle que

Magnus está en la habitación de huéspedes de la Cónsul; Él sabrá dónde

está eso.

Kit apartó las piernas de la silla que tenía frente a él—. ¿Por qué?

—Sólo confía en mí —Julian se levantó—. Haz que parezca que es tu

idea, como que necesitas a Alec para mostrarle algo o ayudarte a

encontrar a alguien. No quiero que la curiosidad de nadie se agite.

*** ***

—No estarás pensando realmente en pelear en medio del Salón del

Consejo, ¿cierto? —dijo Emma—. Quiero decir, considerando que sería

ilegal y todo eso. —Chasqueó la lengua contra sus dientes—. No es una

buena idea, Samantha. Guarda esa daga.

El pequeño grupo –Helen, Aline, Mark y Samantha- se giró para mirar

a Emma como si hubiera aparecido en una nube de humo. Todos estaban

demasiado enojados para notar cuando se acercó.

El gran reloj dorado comenzó a sonar con urgencia. La multitud

empezó a dispersarse, cada Cazador de Sombras buscando un asiento

vacío en las hileras frente al estrado. Dane Larkspear, que había estado

acercándose a su hermana, se detuvo en medio de un pasillo; Emma vio

con sorpresa que Manuel estaba bloqueando su camino.

Tal vez Manuel también pensaba que un Centurión peleando en el

piso del Salón del Consejo no era una buena idea. Zara también estaba

observando, su boca roja hecha una línea enojada.

—Tú no puedes darme órdenes, Aline Penhallow —dijo Samantha,

pero metió la daga en su vaina—. No teniendo en cuenta que estás

casada con esa… cosa.

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— ¿Tú dibujaste eso? —interrumpió Emma, señalando el bosquejo

borroso en la placa de Samantha—. ¿Se supone que es un hada muerta?

Estaba bastante segura de que lo era. El dibujo tenía brazos, piernas

y alas de libélula, o algo por el estilo.

—Impresionante —siguió Emma—. Tienes talento, Samantha. Talento

real.

Samantha la miró sorprendida.

— ¿De verdad lo crees?

—Dios, no —repuso Emma—. Ahora ve y siéntate. Zara está

llamándote.

Samantha dudó y luego se dio la vuelta. Emma tomó la mano de

Helen. Empezó a caminar hacia el largo banco en donde estaban

sentados los Blackthorn. Su corazón latía con fuerza. Samantha no era un

gran peligro, pero si hubieran comenzado algo y el resto de los amigos de

Zara se unía, podría haber sido una batalla real.

Aline y Mark estaban uno a cada lado de ellas. Los dedos de Helen

se curvaron alrededor del brazo de Emma.

—Recuerdo esto —dijo en voz baja. Las yemas de sus dedos rozaron

la cicatriz que dejó Cortana años atrás, cuando Emma sujetó la hoja

contra su cuerpo luego de la muerte de sus padres.

Había sido Helen la que estuvo allí cuando Emma despertó en un

mundo donde sus padres se habían ido para siempre, aunque fue Julian

quien puso la espada entre sus brazos.

Pero ahora Cortana estaba atada a su espalda. Ahora era su

oportunidad de corregir los males del pasado -los males cometidos sobre

Helen y Mark y los que eran como ellos, los males que cometió la Clave

con los Carstairs, ignorando sus muertes. Hacía que el saber que iba a ser

exiliada doliera aún más, el pensamiento de que no iba a estar con los

Blackthorns cuando se reunieran.

Aceleraron cuando se acercaron a los otros Blackthorns, y allí estaba

Julian, de pie entre sus hermanos. Sus ojos encontraron a los de Emma.

Pudo ver incluso a esa distancia que los de él se habían vuelto casi negros.

Lo supo sin tener que preguntar: algo iba muy mal.

683

*** ***

Alec Lightwood era muy difícil de seguir. Era más grande que Kit,

tenía piernas más largas y había salido corriendo a toda máquina cuando

Kit le dijo que Magnus lo necesitaba.

Kit no estaba seguro de que su coartada de que Alec le estaba

enseñando el Gard fuera a funcionar si alguien los detenía. Pero nadie lo

hizo; el fuerte tañido del reloj seguía sonando y todo el mundo se estaba

apurando camino al Salón del Consejo.

Cuando irrumpieron en las dependencias de techos altos del Cónsul,

encontraron a Magnus recostado en un largo sofá. Kieran y Annabel

estaban en puntos opuestos de la habitación, mirándose como gatos en

un ambiente nuevo.

Jia y Robert estaban de pie junto al sofá; Alec se dirigió hacia allí y su

padre se movió para poner una mano en su hombro. Alec se detuvo, todo

su cuerpo tenso.

—Déjame ir —dijo.

—Magnus está bien —repuso Robert—. El Hermano Enoch estuvo

recién aquí. Su magia se agotó y está débil pero…

—Sé cuál es el problema —dijo Alec, pasando por delante del

Inquisidor. Robert observó a su hijo arrodillarse a un lado del largo sofá.

Peinó el cabello de Magnus hacia atrás desde su frente y el brujo se

removió murmurando.

—No ha estado bien por un tiempo —continuó Alec, un poco para él

mismo—. Su magia se agota muy rápido. Le dije que fuera al Laberinto

Espiral, pero no ha habido tiempo.

Kit observaba todo. Había oído hablar de Magnus incluso antes de

conocerlo, por supuesto; Magnus era famoso en el Submundo. Y cuando lo

conoció, el brujo estaba tan lleno de energía cinética, un torbellino de

ingenio y fuego azul. Nunca se le habría ocurrido que Magnus podría

enfermarse o cansarse.

— ¿Hay alguna forma de hacerlo sentí mejor? —preguntó Annabel.

Estaba vibrando con tensión, sus manos moviéndose a sus costados. Kit

notó por primera vez que le faltaba un dedo en su mano derecha. Nunca

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la había mirado tan de cerca antes. Le ponía la piel de gallina—. Lo… lo

necesito.

Admirablemente, Alec no perdió el temperamento.

—Necesita descansar —dijo—. Podríamos retrasar la reunión.

—Alec, no podemos —dijo Jia suavemente—. Obviamente Magnus

debería descansar. Annabel, vamos a cuidarte. Lo prometo.

—No —Annabel retrocedió contra la pared—. Quiero a Magnus

conmigo. O a Julian. Traigan a Julian.

— ¿Qué está sucediendo? —Kit reconoció la voz incluso antes de

girar para ver a Zara en la puerta. Su lápiz de labios parecía un severo

corte sangrante contra su piel pálida. Estaba mirando a Magnus con la

comisura de su boca curvada en una mueca—. Cónsul —dijo inclinándose

hacia Jia—. Ya están todos congregados. ¿Debería decirles que la reunión

se atrasará?

—No, señorita Dearborn —dijo Jia alisando su túnica bordada—.

Gracias, pero no necesitamos que maneje esto por nosotros. La asamblea

se hará como fue planeada.

—Dearborn —repitió Annabel. Su mirada estaba fija en Zara. Sus ojos

se habían vuelto finos y brillantes como los de una serpiente—. Eres una

Dearborn.

Zara se veía meramente confundida, como preguntándose quién

podría ser Annabel.

—Zara es una gran defensora de la restricción de los derechos de los

subterráneos —dijo Jia con neutralidad.

—Estamos interesados en la seguridad —replicó Zara, claramente

incómoda—. Eso es todo.

—Será mejor que vayamos —dijo Robert Lightwood. Todavía estaba

mirando a Alec, pero Alec no lo estaba mirando a él; estaba sentado junto

a Magnus, con su mano contra la mejilla del brujo—. Alec, si me necesitas,

mándame a llamar.

—Mandaré a Kit —dijo Alec sin mirarlo.

—Volveré por ti —le dijo Robert a Kieran, que se había mantenido

silencioso junto a la ventana, apenas una sombra más en la habitación.

Kieran asintió.

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Robert apretó brevemente el hombro de Alec. Jia le extendió una

mano a Annabel, que luego de mirar fijamente a Zara por un momento,

siguió a la Cónsul y al Inquisidor fuera de la habitación.

— ¿Está enfermo? —preguntó Zara, mirando a Magnus con interés

distante—. Pensaba que los brujos no se enfermaban. ¿No sería gracioso

que muriera antes que tú? Quiero decir, con él siendo inmortal, debes

haber pensado que sería al revés.

Alec levantó su cabeza lentamente.

— ¿Qué?

—Bueno, quiero decir, como Magnus es inmortal y tú, ya sabes, no —

aclaró.

— ¿Es inmortal? —la voz de Alec era más fría de lo que Kit la había

oído jamás—. Desearía que me lo hubieras dicho antes. Volvería en el

tiempo y buscaría un buen marido mortal con quien envejecer.

— ¿Acaso eso no sería mejor? —dijo Zara—. Entonces podrían

hacerse mayores y morir al mismo tiempo.

— ¿Al mismo tiempo? —repitió Alec. Apenas se había movido o

levantado la voz, pero su rabia parecía llenar la habitación. Incluso Zara

estaba empezando a verse incómoda—. ¿Cómo sugieres que arreglemos

eso? ¿Saltamos de un acantilado juntos cuando alguno de los dos

empieza a sentirse enfermo?

—Tal vez —Zara se veía enfadada—. Debes estar de acuerdo en que

tu situación es una tragedia.

Alec se puso de pie y en ese momento fue el famoso Alec Lightwood

del que Kit había oído hablar, el héroe de batallas pasadas, el arquero con

puntería mortal.

—Esto es lo que quiero y lo que escogí —dijo—. ¿Cómo te atreves a

decirme que es una tragedia? Magnus nunca fingió, nunca trató de

engañarme haciéndome creer que era fácil, pero escoger a Magnus ha

sido una de las cosas más fáciles que he hecho. Todos tenemos una vida,

Zara, y ninguno de nosotros sabe que tan larga o corta va a ser.

Seguramente hasta tú sabes eso. Supongo que querías ser grosera y cruel,

pero dudo que quisieras sonar como una estúpida también.

Zara se ruborizó.

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—Pero si tú mueres de vejez y él vive por siempre…

—Entonces él va a estar aquí para Max, y eso nos hace felices a

ambos —dijo Alec—. Y seré una persona especialmente afortunada,

porque siempre habrá alguien que me recuerde. Alguien que siempre va a

amarme. Magnus no guardará luto por siempre, pero hasta el final de los

tiempos me recordará y me amará.

— ¿Qué te hace estar tan seguro? —preguntó Zara, pero había un

dejo de inseguridad en su voz.

—Porque es tres mil veces más humano de lo que tú nunca serás —

dijo Alec—. Ahora vete de aquí antes de que arriesgue su vida

despertándolo para que te convierta en una basura en llamas. Algo que

combinaría con tu personalidad.

— ¡Oh! —exclamó Zara—. ¡Qué grosero!

Kit pensó que era más que grosero. Pensó que Alec lo decía en serio.

Esperaba que Zara se quedara para probar su teoría. En cambio, caminó

hacia la puerta y se detuvo allí, mirándolos a ambos con disgusto.

—Vamos, Alec —dijo–. La verdad es que los Cazadores de Sombras y

los Subterráneos no están hechos para estar juntos. Bane y tú son una

vergüenza. Pero no puedes estar satisfecho sólo con la Clave dejándote

pervertir tu linaje angelical. No, tienes que forzarnos al resto de nosotros.

— ¿En serio? —dijo Kieran—. ¿Todos ustedes durmieron con Magnus

Bane? Qué emocionante.

—Cierra la boca, hada mugrosa —replicó Zara—. Ya aprenderán.

Han escogido el lado incorrecto, tú y esos Blackthorns y Jace Herondale y

esa perra pelirroja Clary —estaba respirando agitada, su cara ardiendo—.

Disfrutaré verlos caer —finalizó, y salió de la habitación.

— ¿Realmente dijo “pervertir tu linaje angelical”? —preguntó Alec

estupefacto.

—Hada mugrosa —meditó Kieran—. Ese es, como diría Mark, uno

nuevo.

—Increíble —Alec se sentó junto al sofá nuevamente, levantando sus

rodillas.

—Nada de lo que dijo me sorprendió —dijo Kieran—. Así es como

son. Así es como los dejó la Paz Fría. Temerosos de lo que es nuevo y

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diferente y llenos de odio como hielo. Parecerá ridícula, Zara Dearborn,

pero no comentan el error de subestimarla a ella y a la Cohorte —miró

nuevamente hacia la ventana—. Un odio como ese puede demoler el

mundo.

*** ***

—Este es un pedido muy extraño —dijo Diego.

—Tú eres el que está en una relación falsa —replicó Cristina—. Estoy

segura de que te han pedido cosas aún más extrañas.

Diego rio, no con mucho humor. Estaban sentados en una hilera lejos

de los Blackthorns en el Salón del Consejo. El reloj había dejado de sonar

para anunciar el comienzo de la reunión y la sala estaba llena, aunque el

estrado estaba aún vacío.

—Me alegra que Jaime te haya contado —dijo—. Egoístamente.

Podía soportar que me odiaras, pero no que me despreciaras.

Cristina suspiró.

—No estoy segura de realmente haberte despreciado en algún

momento.

—Debería haberte contado más —dijo él—. Quería mantenerte a

salvo… y me negué a mí mismo que la Cohorte y sus planes eran tu

problema. No supe que tenían propósitos en el Instituto de Los Ángeles

hasta que fue demasiado tarde. Y estaba equivocado con Manuel, tanto

como otros. Confié en él.

—Lo sé —respondió Cristina—. No es que te culpe. Yo… por mucho

tiempo éramos Cristina y Diego. Una pareja, juntos. Y cuando eso terminó,

me sentí como la mitad de mí misma. Cuando regresaste, creí que

podríamos ser lo que éramos antes y lo intenté, pero…

—Ya no me amas de esa forma —finalizó él.

Ella hizo una pausa por un momento.

—No —dijo—. No te amo. No de esa forma. Era como intentar

regresar a un lugar de tu niñez que recuerdas como si fuera perfecto.

Siempre va a haber cambios, porque tú has cambiado.

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La nuez de Adán de Diego se movió cuando tragó.

—No puedo culparte. No me

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El murmullo que se extendió por la habitación le sonó a Emma como

la fuerza de la marea. Deseaba que Julian estuviera a su lado para poder

golpear su hombro con el de ella, o apretar su mano, pero, conscientes de

las instrucciones del Inquisidor, se habían sentado en las dos puntas

opuestas del largo banco, después de que él le dijera que Magnus había

colapsado.

—Le prometí a Annabel que Magnus iba estar con ella —había dicho

él en voz baja, para que los Blackthorns más pequeños no escucharan y se

alarmaran—. Le di mi palabra.

—No podrías haberlo sabido. Pobre Magnus. No había forma de

saber que estaba enfermo.

Pero se recordó a sí misma diciendo: No prometas lo que no puedas

cumplir. Y sintió frío en todo su cuerpo.

—Hay una larga historia acerca de la traición de Fade, una que

puede que ustedes no conozcan —dijo Jia—. En 1812 se enamoró de una

Cazadora de Sombras, Annabel Blackthorn. Su familia deploraba la idea

de que se casara con un brujo. Al final, fue asesinada… por otros Nefilim. A

Malcolm le dijeron que se había unido a las Hermanas de Hierro.

— ¿Por qué no lo mataron también a él? —preguntó alguien de la

multitud.

—Era un brujo poderoso. Una valiosa ventaja —aclaró Jia—. Al final

se decidió dejarlo en paz. Pero cuando descubrió lo que realmente le

había pasado a Annabel, perdió la cabeza. Ha pasado este último siglo

buscando venganza contra los Nefilim.

—Mi señora —era Zara, recta y muy remilgada; acababa de entrar

por las puertas del Salón y estaba parada en mitad del pasillo—. Nos

cuenta esta historia como si quisiera que sintiéramos compasión por la

chica y el brujo. Pero Malcolm Fade era un monstruo. Un asesino. El

capricho de una chica con él no excusa lo que hizo.

—Considero —dijo Jia— que hay una diferencia entre una excusa y

una explicación.

— ¿Entonces por qué nos están dando esta explicación? El brujo está

muerto. Espero que esto no sea algún intento de escurrir reparaciones del

Consejo. Nadie asociado con ese monstruo merece ninguna recompensa

por su muerte.

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La mirada de Jia era como el filo de una espada.

—Entiendo que has estado muy activa con asuntos del Consejo

últimamente, Zara —dijo—. Eso no quiere decir que puedas interrumpir a la

Cónsul. Ve y siéntate.

Después de un momento, Zara se sentó, viéndose enojada. Aline

agitó un puño.

—Bien, mamá —susurró.

Sin embargo, alguien más se había levantado para ocupar el lugar

de Zara. Su padre.

—Cónsul —dijo—, no somos ignorantes. Nos dijeron que esta reunión

iba a implicar un testimonio significativo de un testigo que iba a impactar a

la Clave. ¿No es momento de que traigas a ese testigo? Si, en efecto,

existe.

—Oh, sí que existe —repuso Jia—. Es Annabel. Annabel Blackthorn.

Ahora el murmullo que recorrió la sala sonó como el choque de una

ola. Un momento después apareció Robert Lightwood, llevando una

expresión sombría. Detrás de él venían dos guardias y entre ellos caminaba

Annabel.

Annabel se veía muy pequeña mientras subía al estrado detrás del

Inquisidor. El Libro Negro estaba colgado de una correa a su espalda, lo

que la hacía ver incluso más joven, como una niña camino a la escuela.

Un siseo atravesó la habitación. No muerta, oyó Emma, e impura.

Annabel se encogió detrás de Robert.

—Esto es una atrocidad —balbuceó el padre de Zara—. ¿No sufrimos

lo suficiente con la suciedad corrosiva de los Oscurecidos? ¿Debías traer

esta cosa frente a nosotros?

Julian saltó sobre sus pies.

—Los Oscurecidos no eran No muertos —dijo, girando su rostro hacia

el Salón—. Habían sido transformados por la Copa Infernal. Annabel es

exactamente quién era cuando estaba en vida. Fue torturada por

Malcolm, mantenida en un estado de semivida por años. Quiere

ayudarnos.

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—Julian Blackthorn —dijo con desprecio Dearborn—. Mi hija me

habló de ti. Tu tío estaba demente, toda tu familia está demente, sólo un

demente pensaría que esto es una buena idea…

—No —dijo Annabel—. No le hables de esa forma. Es mi pariente de

sangre.

—Blackthorns —dijo Dearborn—. Parece que están todos locos,

muertos, ¡o ambos!

Si esperaba risas, no las obtuvo. La sala estaba silenciosa.

—Siéntese —le dijo la Cónsul a Dearborn fríamente—. Parece ser que

su familia tiene un problema con la forma en la que los Nefilim deben

comportarse. Interrumpan una vez más y serán echados del Salón.

Dearborn se sentó, pero sus ojos brillaron con rabia. No era el único.

Emma escaneó la habitación rápidamente y vio algunas miradas llenas de

odio dirigidas al estrado. Se tragó sus nervios; Julian se había abierto

camino por el pasillo y estaba de pie en el frente de la sala.

—Annabel —dijo, su voz baja y alentadora —. Háblales acerca del

Rey.

—El Rey Noseelie —Annabel dijo con suavidad—. El Señor Oscuro.

Estaba asociado con Malcolm. Es importante que todos sepan esto,

porque incluso ahora, planea la destrucción de todos los Cazadores de

Sombras.

— ¡Pero las Hadas son débiles! —un hombre en una gandora

bordada estaba de pie, sus ojos oscuros brillando con preocupación.

Cristina le murmuró a Emma que era el director del Instituto de

Marrakech—. Los años de Paz Fría las han debilitado. El Rey no puede

pretender enfrentarnos.

—No en un enfrentamiento con ejércitos equitativos, no —dijo

Annabel con su voz suave—. Pero el Rey ha aprovechado el poder del

Libro Negro y ha aprendido cómo destruir el poder de los Nefilim. Cómo

cancelar nuestras runas, cuchillos serafines, luces mágicas. Estarían

luchando contra sus fuerzas con no más poder que los mundanos.

— ¡Esto no puede ser cierto! —era un hombre delgado, de cabello

negro, que Emma recordaba de la lejana discusión por la Paz Fría. Lazlo

Balogh, director del Instituto de Budapest—. Está mintiendo.

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— ¡No tiene razones para mentir! —Diana estaba de pie ahora

también, sus hombros echados hacia atrás en postura de lucha—. Lazlo,

de todas las personas…

—Señorita Wayburn —la expresión del hombre húngaro se

endureció—. Creo que todos sabemos que usted debería desvincularse de

esta discusión.

Diana se quedó helada.

—Fraterniza con hadas —continuó él, saboreando sus labios mientras

hablaba—. Ha estado siendo observada.

—Por el Ángel, Lazlo —dijo la Cónsul—. Diana no tiene nada que ver

con esto más que por tener la mala fortuna de no estar de acuerdo

contigo.

—Lazlo está en lo correcto —dijo Horace Dearborn—. Los Blackthorn

son simpatizantes de las hadas, traidores de la Ley…

—Pero no somos mentirosos —interrumpió Julian. Su voz era acero

sobre el hielo.

Dearborn mordió la carnada.

— ¿Qué se supone que significa eso?

—Tu hija no mató a Malcolm Fade —dijo Julian—. Annabel lo hizo.

Zara se puso de pie como una marioneta impulsada hacia arriba por

cuerdas.

— ¡Eso es mentira! —chilló.

—No es mentira —dijo Annabel—. Malcolm me resucitó de entre los

muertos. Usó la sangre de Arthur Blackthorn. Y por eso, y por sus torturas y

por abandonarme, lo maté.

En ese momento la habitación explotó. Gritos repercutían en las

paredes. Samantha y Dane Larkspear estaban de pie, agitando sus puños.

Horace Dearborn bramaba que Annabel era una mentirosa, que todos los

Blackthorns lo eran.

— ¡Suficiente! —gritó Jia—. ¡Silencio!

—La Spada Mortale —una pequeña mujer de piel aceitunada se

irguió desde un punto de la parte trasera. Llevaba un vestido sencillo, pero

su grueso cuello brillaba con joyas. Su cabello era de un gris profundo, casi

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hasta sus caderas, y su voz cargaba suficiente autoridad para cortar a

través del ruido de la habitación.

— ¿Qué dijiste, Chiara? —demandó Jia. Emma sabía su nombre:

Chiara Malatesta, directora del Instituto de Roma en Italia.

—La Espada Mortal —dijo Chiara—. Si hay dudas sobre si esta

persona, si es que se puede llamar así, está diciendo la verdad, empleen a

Maellartach. Entonces podremos asegurarnos, sin argumentos inútiles, si

está mintiendo o no.

—No —los ojos de Annabel recorrieron la habitación con pánico—.

La Espada no.

—Lo ven, está mintiendo —dijo Dane Larkspear—. ¡Teme que la

Espada revele la verdad!

— ¡Le teme a la Espada porque ha sido torturada por el Consejo! —

dijo Julian. Se encaminó hacia el estrado, pero dos guardias del Consejo lo

detuvieron. Emma empezó a levantarse, pero Helen la presionó contra su

asiento.

—Aún no —le susurró Helen—. Empeorará las cosas. Al menos tiene

que intentar…

Pero el corazón de Emma estaba acelerado. Julian aún estaba

siendo contenido por acercarse al estrado. Cada nervio de su cuerpo

estaba chillando cuando Robert Lightwood se alejó y regresó cargando

algo largo, filoso y plateado. Algo que brillaba como aguas oscuras. Ella

vio, sintió, cómo Julian inhalaba fuertemente. Él mismo había sostenido la

Espada Mortal antes y sabía el dolor que causaba.

— ¡No hagan esto! —dijo, pero su voz se ahogó en la oleada de otras

voces, el clamor de la sala mientras varios Cazadores de Sombras se

alzaban estirándose para obtener un vistazo de lo que estaba pasando.

— ¡Es una inmunda criatura no muerta! —gritó Zara—. ¡Debería estar

apagándose en su miseria, no de pie en frente del Consejo!

Annabel palideció. Emma podía sentir la tensión de Julian, sabía lo

que estaba pensando: si Magnus estuviera allí, Magnus podría explicarlo:

Annabel no era un monstruo. Había sido devuelta a la vida. Era una

Cazadora de Sombras con vida. Magnus era un Subterráneo en el cual la

Clave confiaba, uno de los pocos. Nada de eso estaría sucediendo si él

hubiera podido unirse a la reunión.

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Magnus, pensó Emma, oh Magnus, desearía que estuvieras bien,

desearía que estuvieras con nosotros.

—La Espada determinará la aptitud de Annabel para dar testimonio

—Jia dijo con una voz dura que llegó hasta el final de la sala—. Así es la

Ley. Retrocede y deja que la Espada Mortal haga su trabajo. La

multitud se silenció. Los Instrumentos Mortales eran el poder máximo que

los Cazadores de Sombras conocían por fuera del mismo Ángel. Incluso

Zara cerró la boca.

—Tómate tu tiempo —le dijo Robert a Annabel. La compasión en su

rostro sorprendió a Emma. Lo recordaba forzando la Espada en las manos

de Julian, y Julian sólo tenía doce años. Había estado enojada con Robert

por un largo tiempo luego de eso, aunque Julian no parecía guardar

rencores.

Annabel estaba jadeando como un conejo asustado. Miró a Julian,

quien le dio un asentimiento alentador, y alargó las manos lentamente.

Cuando tomó la Espada, un estremecimiento sacudió su cuerpo,

como si hubiera tocado una cerca electrificada. Su rostro se tensó, pero

sostuvo la Espada sin daño alguno. Jia exhaló con visible alivio. La Espada

lo había aprobado: Annabel era una Cazadora de Sombras. El Salón se

mantuvo en silencio, todos observaban.

Tanto la Cónsul como el Inquisidor se movieron hacia atrás, dándole

espacio a Annabel. Estaba de pie en el centro del estrado, una figura

solitaria en un vestido que no encajaba.

— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó Robert, su tono engañosamente

suave.

—Annabel Callisto Blackthorn —habló entre rápidos respiros.

— ¿Y con quién estás parada sobre este estrado?

Sus ojos verde azul se movieron rápidamente entre ellos dos.

—No lo sé —dijo en voz baja—. Son Cónsul e Inquisidor, pero no los

que yo conocía. Tú eres claramente un Lightwood, pero… —sacudió su

cabeza antes de que su rostro se iluminara—. Robert —dijo—. Julian te

llamó Robert.

Samantha Larkspear rio burlonamente y muchos otros sostenedores

de placas se unieron.

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— ¡No le queda suficiente cerebro para dar evidencia decente!

— ¡Silencio! —tronó Jia—. Señorita Blackthorn, ¿sabe que… usted era

amante de Malcolm Fade, Gran Brujo de Los Ángeles?

—Era sólo un brujo cuando lo conocí, sin ningún título —la voz de

Annabel se sacudió—. Por favor. Pregunten si lo maté. No puedo soportar

esto por mucho más tiempo.

—Lo que discutamos aquí no es su elección —Jia no parecía

enojada, pero Annabel se estremeció visiblemente.

—Esto es un error —Livvy le susurró a Emma—. Deben preguntarle

acerca de Malcolm y darle fin a esto. No pueden transformarlo en un

interrogatorio.

—Todo estará bien —dijo Emma—. Lo estará.

Pero su corazón estaba acelerado. Los otros Blackthorns estaban

observando con visible tensión. A su otro lado, Emma podía ver a Helen,

apretando los brazos de su asiento. Aline estaba frotando sus hombros.

—Pregúntale —dijo Julian—. Simplemente pregúntale, Jia.

—Julian, suficiente —repuso Jia, pero se giró hacia Annabel, sus ojos

oscuros expectantes—. Annabel Callisto Blackthorn. ¿Mató usted a

Malcolm Fade?

—Sí —el odio cristalizaba la voz de Annabel, reforzándola—. Lo abrí al

medio. Lo observé desangrarse hasta la muerte. Zara Dearborn no hizo

nada. Les ha estado mintiendo a todos ustedes.

Un jadeo recorrió la sala. Por un momento Julian se relajó, y los

guardias que lo estaban sosteniendo aflojaron su agarre. Zara, con el rostro

de color rojo, miraba boquiabierta desde la multitud.

Gracias al Ángel, pensó Emma, ahora tendrán que escuchar.

Annabel enfrentó la habitación, la Espada en sus manos, y en ese

momento Emma pudo ver de qué se había enamorado Malcolm. Se veía

orgullosa, encantada, hermosa.

Algo pasó volando sobre su cabeza y se estrelló en el podio. Una

botella, pensó Emma, el vidrio destrozado. Hubo un jadeo, luego una risa, y

entonces otros objetos empezaron a volar por los aires: la multitud parecía

estar arrojando cualquier cosa que tuvieran a mano.

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No toda la multitud, notó Emma. Eran la Cohorte y sus seguidores. No

eran muchos, pero sí los suficientes. Y su odio era más grande que la sala

entera.

Emma encontró los ojos de Julian, vio desesperación en ellos.

Esperaban algo mejor. Incluso después de todo lo que habían pasado,

esperaban algo mejor, de alguna forma.

Era cierto que varios Cazadores de Sombras estaban de pie

gritándole a la Cohorte para que se detuvieran. Pero Annabel se había

puesto de rodillas, con la cabeza gacha, sus manos aun sosteniendo la

Espada. No había levantado las manos para escudarse de los objetos que

volaban hacia ella –golpeaban contra el piso y el estrado y la ventana:

botellas, bolsos, monedas, piedras, incluso relojes y brazaletes.

— ¡Alto! —gritó Julian, y la fría rabia con la que habló fue suficiente

para impactar al menos a algunos—. Por el Ángel, esta es la verdad. ¡Les

está diciendo la verdad! Sobre Malcolm, sobre el Rey Noseelie.

— ¿Cómo se supone que sabemos eso? —siseó Dearborn—. ¿Quién

dice que la Espada Mortal funciona en esa… esa cosa? Está contaminada.

— ¡Es un monstruo! —gritó Zara—. ¡Esto es una conspiración para

intentar arrastrarnos a una guerra con la Corte Noseelie! ¡Los Blackthorns

sólo se preocupan por sus mentiras y sus inmundos hermanos hadas!

—Julian —jadeó Annabel. Sostenía la Espada Mortal con tanta fuerza

entre sus manos, que la sangre estaba empezando a florar en su piel,

donde apretaba la hoja—. Julian, ayúdame. Magnus… dónde está

Magnus…

Julian luchó contra el agarre de los guardias. Robert se precipitó

hacia delante, sus grandes manos extendidas.

—Suficiente —dijo—. Ven conmigo, Annabel.

— ¡Déjame sola! —con un grito ronco, Annabel retrocedió,

levantando la Espada en sus manos. Emma recordó repentina y fríamente

dos cosas:

La Espada Mortal no era sólo un instrumento de justicia. Era un arma

Y Annabel era una Cazadora de Sombras, con un arma en su mano.

Como si no pudiera creer lo que estaba pasando, Robert dio otro

paso hacia Annabel, alargando su mano hacia ella, como si pudiera

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calmarla, convencerla. Abrió su boca para hablar, y ella empujó la Espada

entre ellos.

Desgarró la túnica de Robert Lightwood y atravesó su pecho

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