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Última Thule
Traductoras: Jennifer García y Vicky Dondena
Correctora: Theresa Gray
Revisora final: Theresa Grey
Ejército Nephilim Latinoamérica
El sol brillaba en Alicante.
La primera vez que Emma había estado en Idris, había sido invierno,
frío como la muerte, y había habido muerte por todos lados; sus padres
acababan de ser asesinados y la Guerra Oscura había devastado la
ciudad. No habían sido capaces de quemar los cuerpos de los Cazadores
de Sombras muertos en las calles lo suficientemente rápido, y los
cadáveres se habían apilado en el vestíbulo como juguetes de niños
desechados.
—Emma —. Julian paseaba por el largo corredor del Gard, lleno de
puertas, cada uno llevando a la oficina de un funcionario diferente.
Alternando entre las puertas habían ventanas que dejaban entrar la luz
brillante de finales de verano, y los tapices que representaban
acontecimientos significativos en la historia de los Cazadores de Sombras.
La mayoría tenía banderas tejidas pequeñas a través de las tapas,
describiendo lo que eran: LA BATALLA DEL DIQUE. LA ÚLTIMA VEZ QUE
VALENTINE ESTUVO DE PIE, EL COMPROMISO DE PARÍS, EL LEVANTAMIENTO.
— ¿Te acuerdas...?
Ella lo recordaba. Habían estado en ese lugar hace cinco años,
escuchando a Lucian Graymark y Jia Penhallow hablar del exilio de Mark y
Helen, antes de que Emma hubiera abierto la puerta para gritarles. Fue
una de las pocas veces que había visto a Julian perder el control. Podía oír
su voz en su cabeza, incluso ahora. Prometiste que la Clave nunca
abandonaría a Mark mientras él viviera. ¡Lo prometiste!
—Como si pudiera olvidarlo —dijo—. Aquí es donde le dijimos al
Cónsul que queríamos ser parabatai.
Julian tocó su mano con la suya. Era sólo un cruce de dedos; ambos
estaban conscientes de que cualquiera podía bajar por el pasillo en
cualquier momento.
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Llegar a Alicante había sido difícil: Magnus había manejado el Portal,
aunque parecía haber tomado la última gota de su energía, de una
manera que asustó a Emma. Se había arrodillado cuando las conocidas
luces se habían formado y tuvo que apoyarse en Mark y Julian para
levantarse.
Sin embargo, él había rechazado todas las preocupaciones y les
informó que necesitaban pasar por el Portal rápidamente. Idris estaba
protegido y los portales allí era un negocio complejo, puesto que alguien
tenía que estar en el otro lado para recibirle. Era doblemente complejo
ahora que Kieran estaba con ellos, y aunque Jia había estado en
desacuerdo con las protecciones anti-hadas temporales en el Gard, la
oportunidad para un viaje seguro era corta.
Después el Portal había aterrorizado a Annabel.
Nunca había visto uno antes, y a pesar de todo lo que había
pasado, a pesar de toda la magia horrible que había visto a Malcolm
causar, la visión del caos giratorio dentro de la puerta la hizo gritar.
Al final, después de que los Cazadores de Sombras entraran en el
Portal, ella pasó con Magnus, agarrando el Libro Negro en sus manos, con
el rostro oculto contra su hombro.
Para ser recibida por el otro lado por una multitud de miembros del
Consejo y la propia Cónsul. Jia se había puesto pálida al ver a Annabel y
dijo con asombrada voz: — ¿Es realmente ella?
Magnus había clavado los ojos en la Cónsul por un momento— Sí, —
dijo con firmeza—. Lo es. Es ella.
Hubo un balbuceo de preguntas. Emma no podía culpar a los
miembros del Consejo que estaban reunidos. Había habido bastantes
preguntas para Julian cuando salió de la biblioteca en Londres, luego de
que les había dicho a Magnus y a Emma, que Annabel los acompañaría a
Idris.
Tan pronto como dijo su plan, Emma había visto la expresión en el
rostro de Magnus. El brujo había mirado a Julian con una mezcla de
asombro, respeto, y algo que podría haber sido un poco como el horror.
Pero probablemente sólo había sido sorpresa. Después de todo,
Magnus había parecido lo suficientemente optimista, y de inmediato se
dispuso a enviar un mensaje de fuego a Jia para hacerle saber qué
esperar.
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Emma había hecho a Julian a un lado mientras chispas azules salían
de los dedos de Magnus— ¿Y el libro? —susurró ella—. ¿Qué hay de la
Reina?
Los ojos de Julian brillaron—. Si esto funciona, Annabel nos dará el
Libro Negro —.Le había contestado en un susurro, y había estado mirando
a la puerta de la biblioteca como si Annabel, detrás de ella, fuera la
respuesta a todas sus oraciones—. Y si no, también tengo un plan para eso.
No había habido oportunidad de preguntarle cuál era el plan
Annabel había salido de la biblioteca, parecía miedosa y tímida. Ella
parecía aún más miedosa ahora que el alboroto se alzaba alrededor de
ella. Kieran disminuyó algo el alboroto cuando se acercó para anunciarse
como el enviado de la Reina Seelie, enviado a hablar en nombre de la
Corte Seelie al Consejo de los Cazadores de Sombras. Él se lo había
esperado, pero aun así hubo aún más alboroto.
— Vuelve a poner las Guardas — dijo la Cónsul inclinando la cabeza
hacia Kieran. Su expresión era cortés, pero el mensaje era claro, aunque
Kieran estaba allí para ayudarles, todas las hadas de sangre pura aún
estaban siendo tratadas con extrema sospecha por la Clave. Mark y
Cristina se movieron al lado de Kieran de manera protectora, mientras
Magnus hablaba en voz baja con la Cónsul. Después de un momento,
asintió y señaló a Emma y a Julian.
—Si quieren hablar con Robert, adelante —dijo—. Pero debe ser
rápido, la reunión es pronto.
Emma no estaba sorprendida, mientras Julian y ella se dirigían hacia
las oficinas del Gard, pudieron ver que Livvy, Ty, Kit y Dru habían
flanqueado a Annabel de manera protectora. Ty, especialmente, tenía la
barbilla levantada, las manos en puño. Emma se preguntó si se sentiría a
favor de Annabel porque su carta la había traído a ellos, o si sentía algún
tipo de parentesco con aquellos que estaban en desacuerdo con los
estándares de “normalidad” de la Clave.
Una puerta se abrió— Pueden entrar ahora —dijo un guardia— Era
Manuel Villalobos, vestido con su uniforme Centurión. Su cara de sorpresa
al verlos fue rápidamente ocultada por una sonrisa. —Un placer
inesperado —dijo.
—No estamos aquí para verte —dijo Julian—. Aunque es bueno saber
que estás abriendo puertas para el Inquisidor en estos días. ¿Está aquí?
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—Déjalos entrar, Centurión —replicó Robert, ése era todo el permiso
que Emma necesitaba para empujar a Manuel y entrar por el pasillo. Julian
la siguió.
El corto pasillo terminó en la oficina del inquisidor. Estaba sentado
detrás de su escritorio, luciendo igual que la última vez que Emma lo había
visto en el Instituto de Los Ángeles. Un hombre grande que sólo ahora
comenzaba a mostrar las marcas de la edad, sus hombros estaban un
poco encorvados, su pelo oscuro tejido densamente con gris, Robert
Lightwood era una imponente figura detrás de su enorme escritorio de
caoba.
La habitación estaba en gran parte sin muebles, aparte del escritorio
y dos sillas. Había una chimenea vacía, sobre cuyo mantel colgaba uno de
los tapices en exhibición del pasillo exterior. Éste decía, LA BATALLA DE LA
BURRE. Figuras en rojo se enfrentaban con figuras en negro, Cazadores de
Sombras y los Oscurecidos. Sobre el melee, un dibujo de un arquero de
pelo oscuro era visible, estaba de píe sobre una pila de rocas sosteniendo
un arco y una flecha. Para cualquiera que lo conociera, era claramente
Alec Lightwood.
Emma se preguntaba qué pensamientos pasaban por la mente de
Robert Lightwood mientras se sentaba cada día en su oficina y miraba el
retrato de su hijo, un héroe de una batalla ahora famosa. Orgullo, por
supuesto, pero allí también debía haber asombro, asombro de que él
había creado a esa persona, de hecho, a esas personas. Isabelle
Lightwood no se quedaba atrás, ella no era desconocida en el
departamento de heroísmo. Había creado a estas personas que se habían
vuelto valientes y feroces por su propia cuenta.
Algún día Julian tendría ese orgullo, pensó, en Livvy y Ty, Tavvy y Dru.
Pero sus padres nunca habían tenido la oportunidad de sentirlo. Nunca
había tenido la oportunidad de hacerlos sentir orgullosos. Sintió la
conocida oleada de amargura y resentimiento, presionando contra su
corazón.
Robert les hizo un gesto para que se sentaran— He oído que querían
hablar conmigo —dijo—. Espero que esto no sea un tipo de distracción.
— ¿Distracción de qué? —Preguntó Emma, acomodándose en la
incómoda silla con respaldo de ala.
—De lo que sea que quieran distraerme —Se recostó—. ¿Así que,
qué pasa?
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El corazón de Emma parecía volverse. ¿Fue una buena idea, o una
terrible? Sentía como si todo en ella hubiera estado preparándose contra
este momento, contra la idea de que Julian y ella contarán sus
sentimientos y de esa manera la Clave tuviera un pie sobre ellos. .
Miró a Julian mientras se inclinaba hacia delante y empezaba a
hablar. Parecía absolutamente tranquilo mientras hablaba de la amistad
temprana con Emma y de su afecto mutuo, de su decisión de ser
parabatai, provocada por la Guerra Oscura y la pérdida de sus padres. Lo
hacía sonar como una decisión razonable, sin la culpa de nadie, ¿quién los
habría culpado? La Guerra Oscura los había golpeado a todos con
pérdida. Nadie podría ser culpable de pasar por alto los detalles. De
confundir sus sentimientos.
Los ojos de Robert Lightwood comenzaron a ensancharse. Escuchó
en silencio mientras Julian hablaba de los crecientes sentimientos del uno
por el otro. Cómo ambos se habían dado cuenta de lo que sentían por
separado, como habían luchado en silencio y luego, como habían
confesado sus emociones, para finalmente decidir buscar la ayuda del
Inquisidor e incluso el ejercicio de la Ley.
—Sabemos que hemos roto la Ley, — terminó Julian, — pero no fue
intencional, ni bajo nuestro control. Todo lo que queremos es su ayuda.
Robert Lightwood se puso de pie. Emma podía ver las torres de cristal
a través de su ventana, brillando como linternas encendidas. Apenas
podía creer que esa misma mañana había estado luchando contra los
Jinetes en el patio del Instituto de Londres—. Nadie me había preguntado si
podía ser exiliado —. dijo finalmente.
—Pero una vez fuiste exiliado —. dijo Julian.
—Sí —dijo Robert— Con mi esposa, Maryse, y Alec, cuando él era un
niño pequeño. Y por buenas razones. El exilio es algo solitario. Y para
alguien tan joven como Emma…—Él los miró—. ¿Alguien más sabe de
ustedes?
—No —la voz de Julian era tranquila y firme. Emma sabía que estaba
tratando de proteger a los que habían adivinado o se les había contado,
pero la manera en que podía sonar tan absolutamente sincero cuando
estaba mintiendo la desconcertaba.
— ¿Y están seguros? Esto no es una atracción, o simplemente, los
sentimientos parabatai pueden ser muy intensos. —Robert sonó incómodo
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mientras él cruzaba sus manos detrás de su espalda—. Son fáciles de
malinterpretar.
—Nosotros —dijo Julian—. estamos absolutamente seguros.
—La medida habitual sería la separación, no el exilio —Robert miró
de uno a otro, como si todavía no pudiera creer lo que estaba delante de
él—. Pero no quieren eso. Puedo verlo. No habrían venido a mí si pensaran
que sólo podía ofrecerles las medidas estándar, separación, despojo de sus
marcas.
—No podemos arriesgarnos a romper la ley, y los castigos que
conlleva. —La voz de Julian seguía siendo tranquila, pero Emma podía ver
sus manos, con los nudillos blancos, agarrando los brazos de su silla—. Mi
familia me necesita. Mis hermanos y hermanas son todavía jóvenes, y no
tienen padres. Los he criado y no puedo dejarlos. Está fuera de cuestión.
Pero Emma y yo sabemos que no podemos confiar en nosotros mismos
para mantenernos alejados el uno del otro.
—Así que quieren ser separados por la Clave —dijo Robert—. Quieren
exilio, pero no quieren esperar a que los atrapen. Han venido a mí para
que puedan elegir cuál de ustedes se va, por cuánto tiempo, y qué
castigo decidirá la Clave, dirigido por mí.
—Sí —dijo Julian.
—Y aunque no lo están diciendo, creo que quieren algo que el exilio
hará por ustedes —dijo Robert—. Debilitará su vínculo. Tal vez piensen que
eso hará más fácil que se dejen de amar
Ni Emma ni Julian hablaron. Estaba incómodamente cerca de la
verdad. Julian fue inexpresivo; Emma trató de educar sus rasgos para que
coincidieran con los suyos. Robert estaba con las yemas de sus dedos
juntos.
—Sólo queremos ser parabatai normales —.dijo Julian finalmente,
pero Emma podía oír las palabras silenciosas debajo de las audibles:
Nunca nos rendiremos el uno con el otro, nunca.
—Es algo difícil de pedir —.Emma se esforzó por oír la ira, el reproche
o la incredulidad en la voz del Inquisidor, pero sonaba neutral. La asustaba.
—Tú tuviste un parabatai —dijo con desesperación—. ¿No es así?
—Michael Wayland —el tono de Robert era frío—. Él murió.
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—Lo siento mucho —.Emma ya lo sabía, pero la simpatía era sincera.
Podía imaginarse muy pocas cosas peores que Julian muriendo.
—Apuesto a que habría querido que nos ayudaras —dijo Julian.
Emma no tenía ni idea de si hablaba desde el conocimiento de Michael
Wayland o simplemente intuición, esa habilidad que tenía de leer la
mirada en los ojos de la gente, de conocer la verdad en la forma en que
ellos fruncían el ceño o sonreían.
—Michael habría... sí —murmuró Robert. —El habría querido. Por el
Ángel. El exilio será una carga pesada para Emma. Puedo tratar de limitar
los términos del castigo, pero aun así perderás algunos de tus poderes
Nefilim. Necesitarás permiso para entrar en Alicante. Habrá algunas runas
que no podrás usar. Las espadas seráficas no se encenderán para ti.
—Tengo a Cortana —dijo Emma—. Eso es todo lo que necesito.
En la sonrisa de Robert había tristeza. —Si hay una guerra, no puedes
luchar en ella. Por eso mi exilio fue levantado, porque Valentine regresó y
la Guerra Mortal comenzó.
La expresión de Julian era tan contraída que sus pómulos parecían
sobresalir como hojas de cuchillo—. No aceptaremos el exilio a menos que
a Emma se le permita mantener lo suficiente de su poder Nefilim para estar
a salvo, —dijo—. Si ella sale herida por este exilio...
—El exilio es su idea —dijo Robert—. ¿Están seguros de que serán
capaz de desenamorarse?
—Sí —mintió Julian—. La separación sería el primer paso, de todos
modos, ¿no? Solo estamos pidiendo un poco más de seguridad.
—He oído cosas, —dijo Robert—. La Ley contra los parabatai
enamorados existe por una razón. No sé la razón, pero supongo que es
importante. Si pensaba que ustedes la sabían... —Sacudió la cabeza—.
Pero es imposible que la sepan. Yo podría hablar con los Hermanos
Silenciosos…
No, pensó Emma. Ya habían arriesgado mucho, pero si Robert se
enteraba de la maldición, estarían en aguas muy peligrosas— Magnus dijo
que nos ayudarías —dijo ella con voz suave—. Dijo que podíamos confiar
en ti y que lo entenderías y lo mantendrías en secreto.
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Robert levantó la vista hacia el tapiz que colgaba de su manto. A
Alec. Tocó el anillo de Lightwood en su dedo; Un gesto probablemente
inconsciente— Confío en Magnus —dijo—. Y le debo mucho.
Su mirada estaba distante. Emma no estaba segura de sí estaba
pensando en el pasado o en el futuro; Ella y Julian se sentaron tensos
mientras él consideraba. Finalmente, dijo: — De acuerdo. Denme unos
cuantos días. Los dos de ustedes tendrán que permanecer en Alicante
mientras yo me encargo de la ceremonia del exilio, y deben permanecer
en casas separadas. Necesito ver un esfuerzo de buena fe para evitarse el
uno al otro. ¿Está claro?
Emma tragó saliva. La ceremonia del exilio. Ella esperaba que Jem
pudiera estar allí: los Hermanos Silenciosos eran los que presidían las
ceremonias, y aunque él ya no era uno, él había estado con ella en la
ceremonia parabatai con Julian. Si pudiera estar allí para esto, se sentiría
un poco menos sola. Podía ver la expresión de Julian, era exactamente
como ella se sentía, como si el alivio y el temor estuvieran en guerra—
Gracias —dijo él.
—Gracias, Inquisidor —.repitió ella, y Robert pareció sorprendido. Ella
sospechaba que nadie le había agradecido una sentencia de exilio antes.
*** ***
Cristina nunca había estado en la sala del Consejo del Gard. Era un
espacio en forma de herradura, filas de bancos que marchaban hacia un
estrado levemente levantado; Un segundo nivel de balcón, que contenía
más bancos y asientos, se elevaba por encima. Sobre el estrado colgaba
un enorme reloj de oro, magníficamente hecho con delicados rollos de
papel y una frase en latín repetida, ULTIMA THULE, que estaba alrededor
del borde. Detrás del estrado había una increíble pared de ventanas, la
vista daba a Alicante. Se levantó un poco de puntillas, para ver las calles
sinuosas, las barras azules de los canales, las torres demoníacas que se
alzaban como agujas claras contra el cielo.
El vestíbulo empezaba a llenarse. Annabel y Kieran habían sido
llevados a una sala de espera, junto con Magnus. El resto de ellos había
estado allí desde el principio y había reclamado dos filas de bancos cerca
del frente. Ty, Kit y Livvy estaban sentados, conversando. Dru se sentó en
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silencio por sí sola, pensativa. Cristina estaba a punto de unirse a la
conversación, cuando sintió un toque ligero en su hombro.
Era Mark. Se había vestido cuidadosamente para la visita del
Consejo, y sintió una punzada al mirarlo: era tan precioso con su prensada
ropa anticuada, como una fotografía de colores maravillosos. La
chaqueta oscura y el chaleco le cabían bien, y se había cepillado el pelo
rubio para que le cubriera las puntas de sus orejas.
Incluso se había afeitado un poco la barbilla, lo cual era ridículo
porque Mark no tenía pelo facial. Miró a Cristina como un niño que quiere
hacer una buena impresión el primer día de clases. El corazón de ella se le
salió del pecho; le importaba demasiado la opinión de un grupo de
personas que habían accedido a abandonarlo a la Caza Salvaje a pesar
de las súplicas de su familia, sólo por lo que él era.
— ¿Crees que Kieran estará bien? —, Dijo Mark— .Deberían tratar a
un enviado de la Corte con más honor. En vez de eso, prácticamente
corrieron a poner las guardas de nuevo en cuanto llegamos.
—Estará bien —le tranquilizó Cristina. Tanto Kieran como Mark, pensó,
eran más fuertes de lo que el otro podía creer, tal vez porque habían sido
tan vulnerables en la Caza—. Aunque no puedo imaginar que Annabel sea
muy conversadora. Al menos Magnus está con ellos.
Mark lanzó una sonrisa forzada mientras un bajo murmullo
atravesaba la habitación. Los centuriones habían llegado totalmente
vestidos. Llevaban sus uniformes rojos, grises y plateados, con sus alfileres
plateados en exhibición. Cada uno llevaba adamas sólido. Cristina
reconoció a algunos de Los Ángeles, como la amiga de Zara, Samantha,
con su delgada y desagradable cara, y Rayan, mirando alrededor de la
habitación con una expresión de preocupación.
Zara condujo la procesión, con la cabeza en alto, la boca con un
corte de rojo brillante. Sus labios se curvaron de disgusto cuando pasó
junto a Mark y Cristina. Pero, ¿por qué Diego no estaba a su lado? ¿No
había venido con ellos? Pero no, allí estaba él, casi al final de la línea,
parecía gris y cansado, pero definitivamente presente.
Se detuvo frente a Mark y Cristina mientras pasaban los otros
centuriones— Recibí tu mensaje —Le dijo a Cristina en voz baja —.Si es lo
que quieres....
— ¿Qué mensaje? —preguntó Mark—. ¿Que está pasando?
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Zara apareció al lado de Diego— Una reunión —dijo ella— Qué
bonito —Ella sonrió a Cristina—. Estoy segura de que todos estarán
encantados de saber lo bien que todo fue en Los Ángeles después de que
se fueron.
—Muy impresionante, matar a Malcolm —dijo Mark. Sus ojos eran
planos y brillantes—. Parece que se ha visto un poco de avance. Bien
merecido, estoy seguro.
—Gracias. —Zara rio sin aliento, poniendo su mano en el brazo de
Diego— Oh —, dijo ella, con un entusiasmo artificial— ¡Mira! —.Más
cazadores de sombras habían entrado en la habitación. Eran una mezcla
de edades, de viejo a joven. Algunos llevaban uniformes Centuriones. La
mayoría usaban ropa de equipo u ordinaria. Lo que era inusual en ellos era
que llevaban carteles y letreros. REGISTRAR A TODOS LOS BRUJOS. LOS
SUBTERRÁNEOS DEBEN SER CONTROLADOS. TODO GRACIAS A LA PAZ FRÍA.
APROBAR EL REGISTRO. Entre ellos se encontraba un hombre de pelo
castaño y estéril con un rostro suave, el tipo de rostro en el que nunca
podría recordar las características más tarde. Le guiñó un ojo a Zara.
—Mi padre —dijo con orgullo—. El Registro fue su idea.
—Qué señales tan interesantes —.dijo Mark.
—Es maravilloso ver a la gente expresar sus opiniones políticas —, dijo
Zara—. Por supuesto, la Paz Fría ha creado una verdadera generación de
revolucionarios.
—Es inusual —dijo Cristina—. que una revolución reclame menos
derechos para las personas, no más.
Por un momento la máscara de Zara se deslizó, y Cristina vio a través
del artificio de la cortesía, la voz y la conducta de niña poco profundas.
Había algo frío detrás de todo, algo sin calor, sin empatía o afecto.
—Las personas —dijo—. ¿Qué personas?
Diego le cogió el brazo— Zara —dijo—. Vamos a sentarnos.
Mark y Cristina los vieron marchar en silencio.
*** ***
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—Espero que Julian tenga razón —.dijo Livvy, mirando el estrado
vacío.
—Por lo general la tiene —dijo Ty—. No sobre todo, pero sí sobre este
tipo de este tipo de cosas.
Kit estaba sentado entre los gemelos, lo que significaba que estaban
hablando por encima él. No estaba completamente seguro de cómo
había terminado en esta posición. No que le importara o siquiera notara en
ese momento. Estaba aturdido, cerca del silencio, algo que nunca
sucedía, por donde estaba: en Alicante, el corazón del país de los
Cazadores de Sombras, contemplando las legendarias torres demoníacas.
Se había enamorado de Idris a primera vista. No había esperado eso
en absoluto.
Era como entrar en un cuento de hadas. Y no del tipo al que se
había acostumbrado en el Mercado de Sombras, donde las hadas eran
otra clase de monstruos. El tipo que había visto en la televisión y en los libros
cuando era pequeño, un mundo de magníficos castillos y exuberantes
bosques.
Livvy le guiñó un ojo a Kit—. Tienes esa mirada en la cara.
— ¿Cuál mirada?
—Estás impresionado por Idris. Admítelo, Sr. Nada Me Impresiona.
Kit no iba a hacer tal cosa— Me gusta el reloj —, dijo, señalando
hacia arriba.
—Hay una leyenda sobre ese reloj —Ella movió sus cejas— Por un
segundo, cuando toque la hora, las puertas del cielo se abrirán —Livvy
suspiró; Una rara melancolía pasó por su rostro— Por lo que a mí respecta,
el Cielo es simplemente el Instituto, nuestro de nuevo. Y todos nosotros
vamos a casa —.Eso sorprendió a Kit; Había estado pensando en este viaje
a Idris como el final de su caótica aventura. Regresarían a Los Ángeles y
comenzaría su entrenamiento. Pero Livvy tenía razón: las cosas no estaban
tan seguras. Miró a Zara y a su círculo inmediato, orgullosos con sus feos
signos.
—Todavía está el Libro Negro —dijo Ty. Estaba formal y tenía el pelo
peinado de una manera poco usual; Kit estaba acostumbrado a verlo
casual en sus sudaderas y pantalones vaqueros, y ahora verlo, guapo y de
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mayor edad, lo dejó un poco sorprendido y sin palabras—. La reina
todavía lo quiere.
—Annabel se lo dará a Jules. Creo en su capacidad de sacar lo más
encantador de cualquiera —, dijo Livvy.
—O de engañar a cualquiera. Pero sí, ojalá no tuvieran que reunirse
con la Reina después. No me gusta su sonido.
—Creo que hay un dicho sobre esto —dijo Kit—. Algo sobre los
puentes y cruzarlos cuando llegas.
Ty se había vuelto rígido, como un perro de caza que detecta un
zorro—. Livvy.
Su hermana siguió su mirada, y lo mismo hizo Kit. Viniendo hacia ellos
a través de la multitud estaba Diana, una sonrisa cruzando su rostro, su
tatuaje de pez koi brillando a través de un pómulo oscuro.
Con ella estaban dos mujeres jóvenes de unos veinte años. Una de
ellas era demasiado parecida a Jia Penhallow, también tenía el pelo
oscuro y una barbilla decidida como ella. La otra era increíblemente
parecida a Mark Blackthorn, con el rizado cabello rubio pálido y las orejas
puntiagudas. Ambas estaban usando ropa excesivamente cálida, como si
vinieran de un clima frío. Kit se dio cuenta de quiénes eran un momento
antes de que la cara de Livvy se iluminara como el sol— ¡Helen! —.gritó, y
se metió en los brazos de su hermana.
*** ***
El reloj de la sala del consejo resonaba a través del Gard, indicando
que todos los nefilim se reunirían para la reunión.
Robert Lightwood había insistido en llevar a Julian desde su oficina a
la habitación donde estaban esperando Magnus, Kieran y Annabel.
Desafortunadamente para Emma, eso significaba que ella estaba
atrapada con Manuel como su escolta al Salón del Consejo.
Emma había deseado poder tener un momento a solas con Julian,
pero eso no iba a suceder. Ellos intercambiaron una mirada irónica antes
de seguir sus caminos separados.
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— ¿Esperando la reunión? —preguntó Manuel. Tenía las manos en los
bolsillos. Su cabello rubio y sucio estaba revuelto. Emma se sorprendió de
que no estuviera silbando.
—Nadie espera las reuniones —dijo Emma—. Son un mal necesario.
—Oh, yo no diría que nadie —dijo Manuel—. A Zara le encantan las
reuniones.
—Ella parece a favor de todas las formas de tortura —.murmuró
Emma.
Manuel se dio la vuelta y retrocedió por el pasillo. Estaban en uno de
los pasillos más grandes que habían sido construidos después de que el
Gard se quemara en la Guerra Oscura—. ¿Alguna vez has pensado en
convertirte en Centurión?
Emma sacudió la cabeza—. No te dejan tener un parabatai.
—Siempre pensé que eso era una especie de lástima, tú y Julian
Blackthorn —, dijo Manuel—. Quiero decir, mírate. Eres caliente, eres muy
buena, eres una Carstairs. Julian, él pasa todo su tiempo con niños
pequeños. Es un viejo de diecisiete años.
Emma se preguntó qué pasaría si lanzaba a Manuel a través de una
ventana. Probablemente retrasaría la reunión.
—Sólo digo. Incluso si no quieres ir al Escolamántico, la Cohorte
podría usar a alguien como tú. Somos el futuro. Ya verás —.Sus ojos
brillaron. Por un momento, no estaban divertidos o con mirada borluna. Era
el resplandor del verdadero fanatismo, y hacía que Emma se sintiera
hueca por dentro.
Habían llegado a las puertas del salón del consejo. No había nadie a
la vista; Emma echó la pierna a un lado y barrió los pies de Manuel. Se
desestabilizó en un borrón y cayó al suelo; se levantó instantáneamente
sobre sus codos, furioso. Dudaba que le hubiera hecho daño, excepto
quizás donde se encontraba su dignidad, que había sido el punto.
—Aprecio tu oferta —, dijo, — pero si unirse a la Cohorte significa que
tengo que pasar mi vida atrapada a medio camino de una montaña con
un grupo de fascistas, voy a tomar la vida en el pasado.
Ella le oyó sisear algo que no era muy agradable en español cuando
pasó por encima de él y entró en la sala. Tomó nota de pedirle a Cristina
una traducción cuando tuviera la oportunidad.
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*** ***
—No tienes por qué estar aquí, Julian —.dijo Jia con firmeza.
Estaban en una habitación enorme cuya ventana de imagen daba
a las vistas del bosque de Brocelind. Era una habitación
sorprendentemente elegante. Julian siempre había pensado en el Gard
como un lugar de piedra oscura y madera pesada. Esta habitación tenía
papel tapiz de brocado y muebles dorados tapizados en terciopelo.
Annabel se sentó en un sillón con respaldo de ala, que se veía incómodo.
Magnus estaba apoyado contra una pared, aparentemente aburrido.
Parecía agotado también, las sombras bajo sus ojos eran casi negras. Y
Kieran estaba junto a la ventana, su atención fija en el cielo y los árboles
afuera— Me gustaría que estuviera conmigo —dijo Annabel. —.Él es la
razón por la que vine.
—Todos apreciamos que estés aquí, Annabel —, dijo Jia— Y
apreciamos que tuvieras experiencias pasadas con la Clave. —Parecía
tranquila. Julian se preguntó si habría sonado tan tranquila si hubiera visto a
Annabel levantarse de entre los muertos, cubierta de sangre, y apuñalar a
Malcolm por el corazón. Kieran se apartó de la ventana— Conocemos a
Julian Blackthorn —, le dijo a Jia. Él sonaba mucho más humano para
Julian que cuando se conocieron por primera vez, como si su acento Féera
se desvaneciera—. No te conocemos a ti.
— ¿Por qué te refieres a ti y a Annabel? —.preguntó Jia.
Kieran hizo un expresivo gesto de hada que parecía abarcar la
forma en que se sentía la habitación en general— Estoy aquí porque soy el
mensajero de la Reina —, dijo— Annabel Blackthorn está aquí por sus
propias razones. Y Magnus está aquí porque él los soporta a todos ustedes
a causa de Alec. Pero no creo que sea una buena idea que nos des
órdenes.
—Annabel es una Cazadora de Sombras —comenzó Robert.
—Y yo soy un príncipe de Féera —dijo Kieran, — Hijo del Rey, Príncipe
de la Corte de Escarcha, Guardián de la Manera Fría, Cazador Salvaje y
Espada de la Hostia. No me molestes.
Magnus se aclaró la garganta—. Él tiene un punto.
— ¿Sobre Alec? —.dijo Robert levantando una ceja.
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—Más en general —dijo Magnus—. Kieran es un Subterráneo.
Annabel sufrió un destino peor que la muerte en las manos de la Clave
porque cuidó a los Subterráneos. Allí afuera en el Salón del Consejo está la
Cohorte. Hoy es su oportunidad para el poder. Evitar que lo tomen es más
importante que las reglas de donde Julian debe o no debe estar parado.
Jia miró a Magnus por un momento— ¿Y tú? —dijo
sorprendentemente—. Eres un Subterráneo, Bane.
Magnus dio un lento y cansado encogimiento de hombros— Oh —
dijo—. Yo, yo….
El vaso que estaba sosteniendo se le escapó de la mano. Golpeó el
suelo y se rompió, un momento después Magnus lo siguió. Parecía doblarse
como un papel, con la cabeza golpeando la piedra con un golpe feo.
Julian se lanzó hacia adelante, pero Robert ya lo había agarrado por el
brazo. —Ve a la sala del consejo —dijo. Jia estaba arrodillada junto a
Magnus, con la mano en su hombro—. Trae a Alec.
Julian estaba libre, y Julian corrió.
*** ***
Emma se abrió camino a través de la sala del consejo en un estado
de horror. Cualquier placer que había sentido al golpear a Manuel en su
trasero se había disuelto. La habitación entera parecía ser un torbellino de
feos gritos y carteles agitándose: HACER A LA CLAVE PURA, COTENER A LOS
HOMBRES LOBO ES LA RESPUESTA y MANTENGAN A LOS SUBTERRÁNEOS
CONTROLADOS.
Empujó a un grupo de personas, Zara en el centro, oyó a alguien
diciendo: — ¡No puedo creer que tuvieras que matar a ese monstruo
Malcolm Fade tú misma, después de que la Clave fallara! —.Hubo un coro
de acuerdo.
—Eso demuestra lo que viene de dejar que los brujos hagan lo que
les gusta —, dijo alguien más—. Son demasiado poderosos. No tiene
sentido práctico.
La mayoría de los rostros de la habitación eran desconocidos para
Emma. Ella debería haber sabido más de ellos, pensó, pero los Blackthorns
habían vivido una vida de aislamiento en su camino, rara vez dejando el
Instituto de L.A.
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Entre el grupo de rostros desconocidos, divisó a Diana, alta y regia
como siempre. Estaba caminando a través de la multitud, y corriendo a su
paso iban dos figuras familiares. Aline y Helen, ambas de mejillas rosadas,
envueltas en enormes chaquetas y chales. Deben haber llegado de la isla
Wrangel.
Ahora Emma podía ver el resto de los Blackthorns—Livvy, Ty, y Dru
estaban saltando fuera de los asientos, corriendo hacia Helen, que se
agachó para abrir los brazos y reunirlos todos, abrazándolos fuertemente.
Helen estaba cepillando el pelo de Dru, abrazando a los gemelos,
lágrimas deslizándose por su cara. Mark también estaba allí, caminando
hacia su hermana, y Emma observó con una sonrisa mientras se
abrazaban. De alguna manera, le dolía, nunca lo tendría con sus padres,
nunca los abrazaría o estrecharía sus manos de nuevo, pero era un buen
tipo de dolor. Mark levantó a su hermana, y Aline observó sonriente
mientras los dos se abrazaban.
—Manuel Villalobos está cojeando—, dijo Cristina. Ella había subido
detrás de Emma y envuelto sus brazos alrededor de ella por detrás,
apoyando su barbilla en el hombro de su amiga—. ¿Hiciste eso?
—Podría haberlo hecho —murmuró Emma. Oyó a Cristina sonreír—
Estaba tratando de convencerme de que me uniera a la Cohorte.
Se dio la vuelta y apretó la mano de Cristina. —Vamos a derribarlos.
No ganarán —Ella miró el colgante de Cristina—. Dime que el Ángel está
de nuestro lado.
Cristina sacudió la cabeza— Estoy preocupada —dijo—.
Preocupada por Mark, por Helen y por Kieran
—Kieran es testigo de la Clave. La Cohorte no puede tocarlo.
—Es un príncipe de las hadas. Todo lo que odian. Y creo que no me
había dado cuenta, hasta que llegamos aquí, cuánto realmente los odian.
No quieren que hable, y no quieren que el Consejo lo escuche.
—Es por eso que estamos aquí, para hacer que escuchen —empezó
Emma, pero Cristina miraba más allá de ella, con una expresión
sobresaltada en su rostro. Emma se volvió para ver a Diego,
milagrosamente sin Zara, haciendo señas a Cristina desde una fila vacía de
asientos.
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—Debo ir a hablar con él —dijo Cristina. Ella apretó el hombro de
Emma, parecía súbitamente esperanzada. Emma le deseó suerte y Cristina
desapareció entre la multitud, dejando a Emma buscando a Julian.
No vio a su parabatai por ninguna parte. Pero lo que vio fue un
grupo apretado de Cazadores de Sombras, Mark entre ellos, y el repentino
flash de las armas de plata. Samantha Larkspear había sacado una
espada de apariencia perversa. Emma se dirigió hacia las voces
levantadas, su mano ya alcanzando la empuñadura de Cortana.
*** ***
Mark amaba a todos sus hermanos y hermanas, ninguno más que a
los demás. Sin embargo, Helen era especial. Ella era como él, mitad hada,
atraída por sus tentaciones. Helen incluso afirmó que podía recordar a su
madre, Nerissa, aunque Mark no podía.
Él puso a Helen en sus pies, revolviendo su pálido pelo. Su rostro
parecía diferente, más viejo. No en las líneas alrededor de sus ojos ni en la
piel gruesa, sólo en un cierto molde de sus rasgos. Se preguntó si ella
también había nombrado a las estrellas a través de los años, como él lo
había hecho: Julian, Tiberius, Livia, Drusilla, Octavian. Y habría añadido
otra, que él nunca tuvo: Mark.
—Te hablaría —dijo él. —De Nene, la hermana de nuestra madre.
Un eco de la formalidad de las hadas estaba en su voz cuando ella
respondió— Diana me dijo que la conociste en Féera. Yo sabía de ella,
pero no dónde podía encontrarla. Deberíamos hablar de ella y de otras
cosas urgentes —Ella lo miró y suspiró, tocando con su mano con su
mejilla—. Cuándo te volviste tan alto.
—Creo que sucedió cuando estaba en la Caza. ¿Debo
disculparme?
—Para nada. Estaba preocupada... —Dio un paso atrás para mirarlo
con curiosidad—. Creo que puedo agradecer a Kieran Kingson por tu
cuidado.
—Como yo le debo a Aline por tu cuidado.
680
Helen sonrió al oír aquello— Ella es la luz de mis días —Miró hacia
arriba al reloj grande sobre el estrado—. Tenemos poco tiempo ahora,
Mark. Si todo va como esperamos, siempre tendremos que confiar entre
nosotros. Pero de cualquier manera, Aline y yo permaneceremos esta
noche en Alicante, y por lo que dice Jia, tú también. Nos dará la
oportunidad de hablar.
—Eso depende de cómo va esta noche, ¿verdad? —Una voz aguda
los interrumpió. Era Samantha Larkspear. Mark recordaba vagamente que
tenía un hermano que se parecía mucho a ella.
Llevaba un engranaje de centurión y llevaba un cartel que decía
que LA ÚNICA HADA BUENA, ES LA HADA MUERTA.
Había una gota de lo que parecía pintura negra en la parte inferior
de la señal.

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