24

24
Legión
Traductora: Lilly Sciutto
Correctora: Fer Vorpahl
Revisora final: Jennifer García
Ejército Nephilim Latinoamérica
El cima de Chapel Cliff era una torre en una vorágine: resbaladizas
rocas alzándose hacia el cielo, rodeadas por tres lados del caldero
hirviente que era el océano.
El cielo por encima era gris y marcado de negro, colgando pesado
como una roca sobre el pequeño pueblo y el mar por debajo. La marea
estaba alta en el puerto, alzando botes pesqueros al nivel de las ventanas
de las casas que daban hacia el puerto. Un pequeño navío sorteara y
giraba en las crestas de las olas.
Más olas chocaban contra el acantilado, esparciendo olas
espumosas en el aire. Emma estaba de pie en un torbellino de turbulenta
agua, el olor del mar a su alrededor, el cielo explotando sobre ella,
relámpagos cruzando las nubes.
Ella extendió sus brazos. Sentía como si los relámpagos estallaran a
través de ella, en las rocas a sus pies, en el agua que chocaba en mantas
verdes y grises, casi verticales hacia el cielo. Todo a su alrededor las agujas
de granito que le daban a Chapel Cliff su nombre se alzaban como un
bosque de piedra, como puntas de una corona. Las rocas bajo sus pies
estaban resbaladizas con musgo mojado.
Toda su vida amó las tormentas. Amaba las explosiones desgarrando
el cielo, amaba la ferocidad desnuda de ellas. No lo pensó bien cuando
huyó de la cabaña, al menos, no lógicamente; ella había estado
desesperada por alejarse antes de decirle a Julian todo lo que él nunca
debía saber.
Le dejó creer que nunca lo había amado, que había roto el corazón
de Mark, que no tenía sentimientos. Le dejaba odiarla si eso significaba
que viviría y que estaría bien.
Quizá la lluvia podía lavarla, lavar lo que se sentía como la sangre de
ambos corazones de sus manos
539
Se movió hacia abajo por el costado del acantilado. Las rocas se
volvían más resbaladizas y ella paraba para aplicarse más runas de
equilibrio. La estela se deslizaba por su piel mojada. Desde el punto más
bajo podía ver dónde las cuevas y los charcos de marea eran cubiertos
por rizada agua blanca. Rayos crujían contra el horizonte; levantó la
cabeza para probar la lluvia salada y escuchar el distante y ventoso
sonido de un cuerno.
Su cabeza se enderezó de un tirón. Había oído esa música antes,
una vez, cuando la escolta de la Cacería Salvaje estuvo en el Instituto. No
era un cuerno humano. Sonaba profundo, frío y solitario, ella comenzó a
trepar de regreso a la cima del acantilado.
Vio nubes como masivos pedazos de roca grises colisionando en el
cielo, débiles luces doradas como astas iluminando la agitada superficie
del agua. Eran puntos negros sobre el puerto. ¿Aves? No, eran muy
grandes para ser gaviotas y ninguna volaría con ese clima
Los puntos negros se acercaban a ella. Estaban más cerca ahora,
tomando forma, no más puntos. Ella podía verlos por lo que eran: jinetes.
Cuatro jinetes vestidos de brillante bronce. Se apresuraban en el cielo
como cometas.
No eran de la Cacería Salvaje. Emma lo supo de inmediato, sin saber
cómo lo sabía. Eran menos, más silenciosos. La Cacería Salvaje montaba
con un salvaje clamor. Los jinetes de bronce que se aproximaban
silenciosamente hacia Emma, como si se hubieran materializado de las
nubes.
Podía correr de regreso a la cabaña, pensó. Pero eso los guiaría a
Julian y, además estaban volando en la dirección que le cortaría el paso a
la casa de Malcolm. Se movían increíblemente En segundos, estarían sobre
el acantilado. Su mano derecha se cerró en la guarnición de Cortana. La
desvainó casi sin ser consciente de ello. La sensación de tenerla en su
mano la estabilizó, calmó sus latidos.
El grupo sobre su cabeza trazó círculos. Por un momento, Emma
estuvo atrapada en su extraña belleza. Vistos de cerca, sus caballos
apenas parecían reales, transparentes como de cristal, formados por
cúmulos de nubes y humedad.
Giraron en el aire y se zambulleron como gavotas tras su presa.
Mientras sus cascos chocaban con la sólida tierra del arrecife, explotaron
en un océano de olas blancas, cada caballo desapareció un una nube de
agua, dejando atrás a cuatro jinetes entre Emma y el sendero.
540
Ella quedó aislada de todo excepto el mar y el pequeño pedazo de
acantilado a su espalda.
Los cuatro Jinetes la enfrentaron. La cima de la cresta era tan
estrecha que sus botas se hundían a los lados de la espina del acantilado.
Ella elevó a Cortana que brilló bajo las luces de la tormenta, agua
deslizándose hacia abajo por la hoja.
—¿Quién está ahí?
Las cuatro figuras se movieron como una, alcanzando la capucha
de sus mantos de bronce. Debajo, había más brillo. Eran tres hombres altos
y una mujer, cada uno vistiendo máscaras de bronce cubriendo la mitad
de sus rostros, con cabello que lucía como hilos metálicos tejidos en
gruesas trenzas que colgaban a la mitad de sus espaldas.
Sus armaduras eran de metal: corazas y guanteletes grabados por
doquier con diseños de olas y el mar. Sus ojos, fijos en ella, eran grises y
penetrantes.
—Emma Cordelia Carstairs —dijo uno de ellos. Hablaba como si el
nombre de Emma fuera un idioma extranjero, su lengua lo tuvo difícil
enrollándose sobre sí misma—, bien hallada.
—En tu opinión —masculló Emma, manteniendo un férreo agarre de
Cortana. Cada una de las hadas, y ella sabía que eran hadas, portaba
una espada larga, la empuñadura visible sobre sus hombros. — ¿Qué
quiere un grupo de las Cortes de Hadas de mí?
Las hadas alzaron una ceja.
—Dile, Fal —dijo uno a los otros, en la misma voz acentuada.
Algo en ello erizaba el vello de los brazos de Emma, aunque no
podía decir qué era.
—Somos los Jinetes de Mannan —dijo Fal. — Has oído de nosotros.
No era una pregunta. Emma desesperadamente deseaba que
Cristina estuviera con ella, Cristina era quien tenía vastos conocimientos en
la cultura de las hadas. Si las palabras “Jinetes de Mannan” significaban
algo para los Cazadores de Sombras, Cristina lo sabría.
— ¿Son parte de la Cacería Salvaje?
541
Consternación. Un bajo murmullo vibró entre ellos, Fal se inclinó a un
lado y escupió. Un hada con la quijada dura cincelada y expresión de
desdén habló por él.
—Soy Airmed, hijo de Mannan —dijo él. — Somos hijos de un dios,
verás. Mucho más antiguos que la Cacería Salvaje, mucho más poderosos.
Emma se dio cuenta que había oído sus acentos. No era en la
distancia o el extranjero; era la era, una era terrorífica que se extendía
hacia el inicio del mundo.
—Buscamos —dijo Fal. — Y encontramos. Somos buscadores. Hemos
estado bajo las olas para buscar y por encima de ellas. Hemos estado en
Féera, en los reinos de los condenados, en los campos de batalla, en la
noche oscura y en día brillante. En toda nuestra vida una solo cosa hemos
buscado y no encontrado.
— ¿Sentido del humor? —sugirió Emma.
—Ella debería cerrar la boca —dijo la Jinete mujer. — Tú deberías
cerrársela por ella, Fal.
—No todavía, Ethna —dijo Fal. — Necesitamos sus palabras.
Necesitamos saber la ubicación de aquello que buscamos.
La mano de Emma se sentía caliente y resbaladiza en la
empuñadora de Cortana.
—¿Qué buscan?
—El Libro Negro — dijo Airmed. — Buscamos lo mismo que tú y tu
parabatai. Ese que fue tomado por Annabel Blackthorn.
Emma dio un involuntario paso atrás.
— ¿Están buscando a Annabel?
—Por el libro —dijo el cuarto Jinete, su voz rasposa y profunda. —
Dinos donde está y te dejaremos vivir.
—No lo tengo. Ni Julian tampoco.
—Es una mentirosa, Delan —dijo la mujer, Ethna.
Los labios del hombre se curvearon.
542
—Son todos mentirosos, los Nefilims. No trates de engañaros,
cazadora de sombras, o colgaremos tus órganos del árbol más cercano.
— Inténtalo —dijo Emma. — Pasaré el árbol por tu garganta hasta
que las ramas broten por tu…
— ¿Oreja? —Era Julian. Se había aplicado una runa de insonoridad,
porque ni Emma lo había oído acercarse. Se alzaba sobre un pedrusco a
un lado del sendero hacia la cabaña como si se hubiera materializado allí
de las nubes y la lluvia. Estaba en el traje de combate, su cabello mojado y
un cuchillo serafín en sus manos. — Estoy segura que estabas por decir
oreja.
—Por supuesto. —Emma le sonrió. No podía evitarlo, sin importar la
pelea de ayer, él estaba allí, cuidando su espalda, siendo su parabatai. Y
ahora tenían a los Jinetes rodeados entre ellos dos.
Las cosas estaban mejorando.
—Julian Blackthorn. —Fal arrastró las palabras, mirándolo apenas. —
El famoso parabatai. Escuché que ustedes dos dieron un impresionante
espectáculo en la Corte Noseelie.
—Estoy seguro que el Rey no puede dejar de alabarnos —dijo Julian.
— ¿Qué les hace creer que sabemos dónde está Annabel y el Libro
Negro?
—Los espías está en todas las cortes —dijo Ethna. — Sabemos que la
Reina los envió a buscar el libro. El Rey debe tenerlo antes que ella.
—Lo prometimos a la Reina —dijo Julian—Y las promesas no pueden
romperse.
Delan gruñó, su mano estaba en la empuñadura de la espada. Se
había movido tan rápido que era un borrón.
—Ustedes los humanos son mentirosos. Pueden romper las promesas
que hagan y lo harán cuando se estén jugando sus cuellos. Como sucede
ahora. Dirigió su barbilla hacia la cabaña. — Venimos por los libros y
papeles del brujo. Si no nos dicen nada, entréguenlos y nos marcharemos.
— ¿Entregarlos a ustedes? —Julian se veía confundido. — ¿Por qué
no solo…? —Sus ojos se encontraron con los de Emma, ella sabía lo que
pensaba: ¿Por qué no solo entrar en la casa y tomarlos? — ¿No pueden
pasar y tomarlos?
543
—Las salvaguardas —afirmó Emma.
Las hadas no dijeron nada, pero podía ver la rigidez de sus barbillas
que tenía razón.
— ¿Qué nos dará el Rey a cambio del libro? —dijo Julian.
—Jules —siseó Emma: ¿Cómo podía estar negociando ahora?
Fal se carcajeó. Emma notó que su ropa y armadura estaban secas,
como si la lluvia no cayera sobre ellos. Su mirada hacia Jules estaba llena
de desprecio.
—No tienen ventaja aquí, hijo de espinas. Danos lo que vinimos a
buscar o cuando encuentre al resto de tu familia, empujaremos atizadores
al rojo vivo sobre sus ojos, incluso en los del niño más pequeño
Tavvy. Las palabras cortaron a Emma como una flecha. Sintió el
impacto y el frío la embargó, el frío hielo de la batalla. Se abalanzó sobre
Fal, descendiendo a Cortana en un cruento golpe por encima de su
cabeza.
Ethna gritó y Fal se movió más rápido que el océano, bloqueando el
ataque de Emma.
Cortana se movió en círculos a través del aire. Estaba el clamor de
las demás hadas estirándose por sus espadas. Y el brillo del cuchillo serafín
de Julian al llenarse de luz, iluminando la lluvia. Tejiendo cadenas brillantes
alrededor de Emma, mientras ella giraba, bloqueando un golpe de Ethna.
Cortana chocó con la espada del hada con suficiente fuerza para
mandarla tambaleándose hacia atrás.
La cara de Fal se torció con la sorpresa. Emma jadeó, mojada,
inhalando la lluvia pero in sentir el frío. El mundo era un torbellino gris; la
corrió hacia uno de las agujas de piedra y subió en ella.
— ¡Cobarde! —gritó Airmed. — ¿Cómo te atreves a huir?
Emma escuchó a Julian reír a carcajadas mientras ella alcanzaba la
cima de la aguja y saltaba desde ella. El descenso le dio velocidad y
chocó contra Airmed con suficiente fuerza para hacerlo chocar contra el
suelo. Él trató de rodar para liberarse, pero se congeló cuando Emma
golpeó la empuñadura de Cortana contra su sien. Se ahogó de dolor.
—Cállate —siseó Emma. — No te atrevas a tocar a los Blackthorn, ni
te atrevas a hablar de ellos…
544
— ¡Suéltalo! —exclamó Ethna y Delan se lanzó hacia ellos, solo
detenido por Julian y el barrido de su cuchillo serafín.
El acantilado se llenó de luz, la lluvia pareció congelarse en el aire
cuando el cuchillo cayó y golpeó la coraza del hada guerrera. Se rompió
como si estuviera hecho de hielo. Julian fue empujado atrás con la fuerza
arrolladora de la explosión del cuchillo, golpeó las rocas y la tierra húmeda.
Delan rió a carcajadas, dando zancadas hacia Julian. Emma olvidó
a Airmed donde yacía y se apresuró tras el hada mientras él alzaba su
espada sobre Jules y la dejaba caer…
Julian rodó rápido a la derecha, balanceándose alrededor, y
condujo una daga a la pantorrilla descubierta de Delan. Este gritó con
dolor y furia, girando para conducir la punta de su espada hacia el cuerpo
de Julian. Pero Julian se había levantado y ya estaba sobre sus pies, la
daga en mano.
Luz cayó como un rayo a través de las nubes, y Emma vio las
sombras en el suelo antes de desplazarse; había alguien detrás de ella. Se
giró fuera de su alcance justo cuando la espada cayó, apenas fallando el
golpea a su hombro. Giró para encontrar a Ethna detrás. Fal se inclinaba
sobre Airmed, ayudándolo a levantarse sobre sus pies. Por un momento,
fueron solo Emma y la mujer hada. Emma sujetó a Cortana con ambas
manos y atacó.
Ethna se echó hacia atrás pero estaba riendo.
—Ustedes, los Nefilims —se burló—, se hacen llamar guerreros,
presumiendo sus runas de protección, sus cuchillos de ángeles ¡Sin ellos no
son nada! ¡Pronto lo comprobarán! ¡Ustedes serán nada y tomaremos todo
lo que es suyo! ¡Todo lo que tienen! ¡Todo!
— ¿Puedes decirlo de nuevo? —preguntó Emma, evadiendo un
corte de la espada de Ethna, torciendo el cuerpo. Saltó sobre un pedrusco
y miró hacia abajo. — La parte del todo. No lo entendí bien a la primera.
Ethna gruño y saltó hacia ella. Por largos momentos, todo fue solo
batalla, el vapor de agua en el aire, el mar chocando y generando
estruendo contra los charcos por debajo del acantilado y todo se ralentizó
mientras Emma dejaba fuera de combate a Ethna e iba por Airmed y Fal,
sus espadas chocando contra la de ella. Eran buenos: eran mejores que
buenos, rápidos y ciegamente fuertes, pero Cortana era un ser viviente en
la mano de Emma la furia le daba poder, corrientes de electricidad
recorrían sus venas hacia la espada en su mano. Martilleando la hija contra
545
esas alzadas en su contra, el clang del metal como ahogándose fuera del
mar. Saboreó la sal en su boca, de sangre o del océano, no lo sabía. Su
cabello mojado se agitaba a su alrededor mientras ella giraba, Cortana
encontrándose con las espadas de las hadas, golpe tras golpe.
Una horrenda risa cortó el sueño en que se había sumido. Miró hacia
arriba para ver que Fal arrinconaba a Julian contra el borde del
acantilado, se veía puro detrás de él; estaba de pie, enmarcado por el
cielo gris y su cabello adherido oscuramente contra su cabeza.
Pánico barrió a través de ella. Empujó el lado de una roca de granito
de una patada contra el cuerpo de Airmed. El hada cayó hacia atrás con
un gruñido y estaba corriendo, viendo a Julian en su mente corriendo con
una espada o derrumbándose del borde del acantilado hacia los picos
de las rocas o la vorágine debajo.
Fal seguí riéndose. Tenía la espada fuera, Julian daba otro paso
hacia atrás y se agachó, veloz y ágil, para atrapar la ballesta que había
estado oculta tras unas rocas caídas. Lo levantó hacia su hombro, justo
cuando Emma colisionaba contra Fal, su espada desvainada; ella no
desaceleró, no se detuvo, solo golpeó a Cortana con la punta entre los
protectores de los hombros de Fal.
Perforó su armadura y la deslizó hasta la base. Sintió la punta brotar
por el otro lado de su cuerpo, cortando a través de la coraza de metal.
Hubo un chillido detrás de Emma. Provino de Ethna. Tenía la cabeza
echada hacia atrás y sus manos enterradas en su cabello. Se lamentaba
en un idioma que Emma no podía entender, pero sí entendía el nombre su
hermano en sus lamentos. Fal, Fal.
Ethna comenzó a caer sobre sus rodillas. Delan se adelantó para
atraparla, su propio rostro blanco como los huesos y sorprendido.
Con un rugido, Airmed levantó su espada y se lanzó hacia Emma,
quien se retorcía para sacar a Cortana del cuerpo flácido de Fal. Ella
estaba tensa y halando; la espada se liberó, goteando sangre, pero no
tuvo tiempo para girarse. Julian disparó una flecha de su ballesta. Esta silbó
a través del aire, un sonido más suave que la lluvia y golpeó la mano en
que Airmed sostenía la espada, liberándola de su agarre. Airmed aulló. Su
mano era escarlata.
Emma se giró y, plantando sus pies, alzó la espada. Sangre y lluvia
caían de Cortana.
546
— ¿Quién quiere ponerme a prueba? —Gritó ella, sus palabras
rasgadas por el viento y el agua. — ¿Quién sigue?
— ¡Déjame matarla! —Ethna se retorció en el agarre de Delan. —
¡Asesinó a Fal! ¡Deja que corte su garganta!
Pero Delan negaba con la cabeza y dijo algo, algo sobre Cortana.
Emma avanzó un paso. Si no se le acercaban para que los asesinara, ella
estaría feliz de ir por ellos.
Airmed alzó su mano; ella vio luz parpadear entre sus dedos, verde
pálido contra el aire gris. Su cara se contrajo en una mueca de
concentración.
— ¡Emma!
Jules la atrapó desde atrás antes de que pudiera dar otro paso,
halándola hacia atrás y contra él mientras la lluvia tomaba forma de tres
caballos, turbulentas criaturas de viento y lluvia, resoplando y pateando en
el aire entre Emma y los Jinetes. Fal yacía con su sangre derramándose en
la tierra de Cornwall mientras sus hermanos y hermana subían a los lomos
de sus monturas.
Emma comenzó a temblar con violencia. Solo uno de los Jinetes se
detuvo a mirar atrás a ella antes de que los caballos salieran disparados al
cielo, perdiéndose entre nubes y lluvia. Fue Ethna. Sus ojos crueles
mirándola, incrédula.
Asesinaste un ser antiguo y primitivo, parecía decir su mirada. Prepárate
para una venganza así de antigua. Así de primitiva
*** ***
—Corran —dijo Livvy.
Era lo último que Kit esperaba. Los Cazadores de Sombras no huían.
Eso era lo que le habían dicho, pero Livvy corría como una bala disparada
de la pistola, un rayos junto a los Jinetes frente a ella y Ty la siguió.
Kit corrió tras ellos. Se movieron rápidamente más allá de las hadas,
entrando en una muchedumbre de peatones en el Camino del Támesis. Kit
se abría paso junto a Livvy y Ty, aunque él resoplaba y ellos, no.
Podía escuchar truenos tras ellos. Sonidos de cascos. No podemos
escapar de ellos, él pensó, pero no tenía aliento para decirlo. Aire gris
plomizo se sentía pesado mientras lo hala dentro de sus pulmones. El
547
cabello oscuro de Livvy era como un riachuelo en el viento mientras ella se
precipitaba sobre la verja hacia las barandillas que separaban el camino
del río.
Por un momento, pareció colgar suspendida en el aire, sus brazos
extendidos, su abrigo aleteaba y, entonces, ella se disparó hacia abajo,
desapareciendo de la vista. Y Ty la siguió, apoyando la mano y saltando
de lado por encima de la verja, desapareció a medida que caía.
¿Dentro del río? pensó Kit, vagamente, pero no se detuvo; sus
músculos ya tenían ese, ahora, familiar ardor, su mente agudizándose y
concentrándose. Se sostuvo de la cima de la verja y se empujó arriba y
por encima.
Él solo cayó unos metros para aterrizar agachado en una plataforma
de cemento que se estiraba hacia el Támesis, rodeada de una barandilla
baja, rota en varios lugares. Ty y Livvy ya estaban allí, las chaquetas fuera
para liberar sus brazos, cuchillos serafín en mano. Livvy giró una espada
corta hacia Kit cuando él se enderezó, dándose cuenta de que ella no
había huido sino que buscaba espacio para pelear. Y, esperaba él,
contactar al Instituto. Ty tenía el teléfono en la mano y presionaba con el
pulgar el teclado mientras, en su otra mano, alzaba su cuchillo serafín, su
luz brillando contra las nubes.
Kit giró al tiempo que tres Jinetes navegaban sobre la verja para
reunirse con ellos, rayos de bronce y oro mientras tocaban tierra. Sus
espadas desenvainadas con velocidad cegadora.
— ¡Deténgalo! —rugió Karn y sus dos hermanos se adelantaron hacia
Ty.
Livvy y Kit se movieron como uno para arrojarse enfrente de Tiberius.
El frio y duro borrón de la pelea estaba en Kit, pero los Jinetes eran más
rápidos que los demonios, y fuertes también. Kit batió su espada corta
hacia Eochaid, pero el hada ya no estaba ahí: Había saltado hasta el otro
extremo de la plataforma. Se reía de la expresión en la cara de Kit. Etarlam
dio un golpe que le sacó teléfono a Ty de la mano. Traqueteó por el
concreto y cayó en el río.
Una sombra cayó sobre Kit. Respondió, instantemente, elevando su
espada corta. Escuchó un jadeo y Karn cayó de espalda, gotas oscuras
de sangre salpicando en suelo a sus pies. Kit se balanceó hacia arriba y
adelante, buscando a Eochaid, pero Livvy y Ty estaban por delante de él,
borrones de luz al sus cuchillos serafines cortar el aire alrededor de los
Jinetes, pero solo el aire. Kit no pudo evitar notar que los cuchillos de
548
ángeles no cortaban a través de la armadura o, siquiera, les cortaba la
piel, como su espada corta sí pudo.
Había confusión en la cara de Ty, furia en las de Livvy mientras ella
apuñalaba el corazón de Eochaid con su cuchillo serafín.
Su arma se despedazó en la empuñadura, la fuerza la mandó
tambaleándose hacia atrás casi hasta el río. Ty giró alrededor, buscándola.
Eochaid levantó su espada y la llevó abajo en un arco mortífero hacia Ty. Y
Kit se estiró a lo largo de la plataforma, arrastrando a Ty.
El cuchillo de Ty salió volando y salpicó al caer en el Támesis,
enviando una ráfaga de gotas de fuego. Kit había aterrizado con la mitad
del cuerpo de Ty, golpeando su cabeza duro contra el suelo en un pedazo
de madera; sintió a Ty tratando de quitárselo de encima, rodó para ver a
Eochaid de pie sobre ellos.
Livvy estaba enganchada con los otros dos Jinetes, peleando con
ellos desesperadamente, un revoltillo de rayos desde las armas, pero ella
estaba del otro lado de la plataforma. Kit peleaba por recuperar el aliento,
alzando la espada. Eochaid se detuvo, sus ojos brillando detrás de los
agujeros de su máscara. Su iris, también, era dorado.
—Te conozco —dijo él. — Conozco tu cara.
Kit jadeó. Un segundo después, Eochaid estaba alzando su espada,
sus labios torcidos en una sonrisa… una sombra cayó sobre ellos. El Jinete
miró hacia arriba, una expresión atónita cruzó su cara cuando un brazo
fornido se estiró hacia abajo y lo sostuvo. Un segundo después, estaba
volando en el aire. Kit escuchó el chapuzón; el Jinete había sido arrojado
al río.
Kit tuvo problemas para sentarse, Ty a su lado. Livvy giró su rostro
hacia ellos; ambos Jinetes estaban igualmente boquiabiertos, sus espadas
colgando a sus costados mientras una masa tormentosa se plantaba en el
centro de la plataforma.
Era un caballo y en su espalda estaba Gwyn, su masivo casco y su
armadura como corteza. Fue su brazo cubierto con un guantelete lo que
arrojó a Eochaid al río, pero ahora el Jinete había nadado de regreso a la
plataforma. Sus movimientos más lentos por el peso de la armadura.
Colgada de la cintura del hombre, estaba Diana, su cabello era una
masa de rizos liberándose de su control, sus ojos muy amplios.
549
Ty se levantó. Kit gateó hasta levantarse tras de él. Habían manchas
de sangre en el cuello de su chaqueta de Ty; Kit se dio cuenta que no
sabía si era de Ty o suya.
— ¡Jinetes! —dijo Gwyn, su voz un torbellino. Había un amplio corte
en su brazo donde Eochaid debía haberle alcanzado. — Deténganse.
Diana bajó del caballo y cruzó la plataforma de concreto hacia
donde Eochaid estaba trepando fuera del agua. Sacó su espada de su
funda, la hizo girar en su mano y apuntó directamente al pecho del hada.
—No te muevas —dijo ella.
El Jinete se hundió, sus dientes descubiertos en un gruñido silencioso
—Esto no te incumbe, Gwyn —dijo Karn. — Asuntos de la Corte
Noseelie.
—La Cacería Salvaje no se inclina ante ninguna ley —dijo Gwyn. —
Nuestra voluntad es la voluntad del viento. Y mi voluntad es enviarlos lejos
de estos niños. Están bajo mi protección.
—Son Nefilim —escupió Etarlam. — Los arquitectos de la Paz Fría,
maligna y cruel.
—Ustedes no son mejores —dijo Gwyn. — Son los perros de caza del
Rey y nunca se les ha mostrado misericordia.
Karn y Etarlam miraron fijamente a Gwyn. Eochaid, de rodillas,
goteando en el concreto. El momento se alargó como una goma elástica,
pareció extenderse por siempre. Eochaid se alzó de repente sobre sus pies
con un jadeo pareciendo indiferente de la espada de Diana, siguiéndolo
inequívocamente al moverse.
—Fal —dijo. — Está muerto.
—Es imposible —dijo Karn. — Imposible. Un Jinete no puede morir.
Pero Etarlam dejó salir un sonoro y agudo grito, su espada cayó y su
mano voló a cubrir su corazón.
—Se ha ido—se lamentó. — Puedo sentirlo, nuestro hermano se ha
ido.
—Un Jinete ha pasado a las Tierras de las Sombras —dijo Gwyn. —
¿Quieren que suene el cuerno en su honor?
550
Aunque Gwyn sonó sincero a los oídos de Kit. Eochaid gruñó y se
lanzó por el Cazador, pero la espada de Diana besó su garganta cuando
se movió, haciéndole sangre. Gruesos y oscuras gotas caían por su
cuchilla.
— ¡Suficiente! —Dijo Karn. — Gwyn, pagarás por esta traición. Etar,
Eochaid, conmigo. Iremos con nuestros hermanos y hermanas.
Diana bajó su espada mientras el hombro de Eochaid la golpeaba al
pasar, uniéndose a los otros dos Jinetes. Saltaron de la plataforma al aire,
un largo alzamiento que los llevó muy arriba, donde atraparon las crines de
sus brillantes caballos de bronce y se lanzaron juntos al cabalgar.
Al apresurarse por encima del agua, la voz de Eochaid hizo eco en
los oídos de Kit
Te conozco. Conozco tu cara.
*** ***
Emma temblaba mientras regresaban a la cabaña. Una
combinación de frío y la reacción que había desencadenado. Su cabello
y ropa estaban adheridos a ella, sospechaba se veía como un gato
mojado.
Apoyó a Cortana contra la pared y, con cansancio, comenzó a
quitarse su empapada chaqueta y zapatos. Era consciente de Julian
cerrando la puerta detrás de ellos, consciente del sonido de él moviéndose
alrededor del cuarto. La calidez, también. Él debía haber encendido el
fuego temprano.
Un momento después, algo suave se presionaba en su mano. Julian
estaba de pie frente a ella, su expresión ilegible, ofreciéndole ligeramente
raída toalla de baño. Ella la tomó y comenzó a secar su cabello. Julian
seguía usando su ropa húmeda, pero estaba descalzo y se puso un suéter.
Agua colgaba de los bordes de su cabello, la punta de sus pestañas.
Ella pensó en el sonido metálico de espada contra espada, la
belleza de la agitación de la batalla, del mar y el cielo. Se preguntó si así
se había sentido Mark en la Cacería Salvaje. Cuando no había nada entre
los elementos y tú, era sencillo olvidar que te sostenía del suelo.
Ella pensó en la sangre en Cortana, la sangre manar como cintas
bajo el cuerpo de Fal mezclándose con el agua de la lluvia. Ellos rodaron el
cadáver bajo rocas caídas, no queriendo dejarlo ahí, expuesto al clima,
aunque ya estuviera más allá de los cuidados.
551
—Maté uno de los Jinetes —dijo ella, su voz casi un susurro.
—Tuviste que hacerlo. —La mano de Julian era fuerte en su hombro,
los dedos enterrados. — Emma, era una pelea a muerte.
—La Clave…
—La Clave entenderá.
—El pueblo mágico, no. El Rey Noseelie, no.
El más leve de los fantasmas de una sonrisa cruzó el rostro de Julian.
—De cualquier forma, no creo que nosotros le agradáramos.
Emma tomó una tensa respiración.
—Fal te tenía arrinconado contra el borde del acantilado, creía que
iba a matarte.
La sonrisa de Julian desapareció.
—Lo siento —dijo él. — Escondí la ballesta ahí temprano…
—No lo sabía —dijo Emma. — Es mi trabajo sentir que sucede contigo
en batalla, entenderlo, anticiparme, pero no lo sabía.
Arrojó la toalla y esta cayó en el suelo de la cocina. La taza que
Julian rompió en la mañana ya no estaba, él la había limpiado.
La desesperación burbujeó en ella. Nada de lo que hizo había
funcionado. Estaban en el mismo lugar de antes, solo que Julian no lo
sabía. Eso era todo lo que había cambiado.
—Me esforcé tanto —susurró ella.
La cara de él se arrugó con confusión.
— ¿En la batalla? Emma, hiciste todo lo que pudiste…
—No en la batalla. Para hacer que no me amaras —dijo ella. — Me
esforcé.
Ella lo sintió retroceder, no tanto externamente como internamente,
como si su alma se hubiera encogido.
— ¿Es tan terrible? ¿Ser amada por mí?
552
Ella comenzó a temblar otra vez, pero no por el frío.
—Era lo mejor del mundo —dijo ella. — Y, luego, lo peor. Ni siquiera
tuve oportunidad…
Ella se rompió. Él sacudía la cabeza, arrojando gotitas de agua.
—Tendrás que aprender a vivir con ello. Incluso si te horroriza. Incluso
si te enferma. Justo como yo tendré que vivir con cualquier novio que
tengas, porque somos para siempre no importa qué, Emma, no importa
cómo quieras llamar lo que tenemos, siempre seremos nosotros.
— No habrán más novios.
Él la miró sorprendido.
—Lo que dijiste antes, sobre pensar, obsesionarse y querer una sola
cosa —dijo ella. — Así me siento por ti.
Él se veía estupefacto. Ella puso sus manos arriba para, gentilmente,
acunarle el rostro, cepillando sus dedos por sus mejillas mojadas. Ella podía
ver el pulso martillear en su garganta. Había un rasguño en su rostro, uno
largo desde su sien hasta su barbilla. Emma se preguntaba si se lo había
hecho en la pelea o si lo tenía de antes y ella no lo había notado por lo
mucho que se esforzaba en no mirarlo.
Ella se preguntaba si él volvería a hablar alguna vez
—Jules —dijo ella. — Di algo, por favor…
Las manos de él se apretaron convulsivamente en sus hombros. Ella
jadeó mientras el cuero de él se movía contra ella, ella caminó de
espaldas hasta que chocó contra la pared. Sus ojos se fijaron en los de ella,
sorprendentemente brillantes, radiantes como un mar de cristal.
—Julian —dijo él. — Quiero que me llames Julian. Solo eso por
siempre.
—Julian —dijo ella.
Entonces, sus bocas se encontraron, seco y ardiente calor, el
corazón de ella pareció detenerse y comenzar de nuevo motor acelerado
en una imposiblemente alta velocidad
Ella lo estrechó con la misma desesperación, colgándose, mientras él
bebía la lluvia de su boca, labios abiertos para saborearlo: clavo y te. Ella
553
se estiró para quitarle de un tirón el suéter por la cabeza. Bajo este estaba
una camiseta, la delgada tela mojada no era mucho una barrera cuando
la presionó contra la pared. Sus jeans estaban mojados también,
modelados a su cuerpo. Ella sintió cuánto la deseaba y ella lo deseaba en
la misma proporción.
El mundo desapareció: Solo existía Julian; el calor de su piel, la
necesidad de estar más cerca, de encajar en él. Cada movimiento de su
cuerpo contra el de ella, enviaba rayos a través de sus nervios.
—Emma. Dios, Emma. —Él enterró su cara contra ella, besando sus
mejillas, su garganta mientras deslizaba los pulgares bajo la cinturilla de los
jeans de ella y los empujaba hacia abajo. Pateando la pila mojada
mezclilla lejos.
—Te amo tanto.
Se sentía como si hubieran pasado mil años des la noche en la
playa. Sus manos redescubrían cuerpo de Julian, los firmes planos de este,
sus cicatrices duras bajos las palmas de ella. Él había estado tan delgado,
todavía podía verlo como había estado dos años atrás, desgarbado y
larguirucho. Ella lo había amado entonces, incluso sin saberlo. Lo amaba
desde el centro de sus huesos hasta la superficie de su piel.
Ahora esos huesos de él estaban vestidos y cubiertos de lisos
músculos, duros e inflexibles. Ella corrió sus manos hacia arriba bajo la
camiseta, aprendiéndolo de nuevo, trazándolo, embebiendo la sensación
y textura de él en su memoria.
—Julian —dijo ella. — Yo…
Te amo, ella estaba a punto de decirle. Nunca fue Cameron o Mark,
siempre fuiste tú, la médula de mis huesos está hecha de ti, como de
células está hecha nuestra sangre.
Pero él la cortó con un beso.
—No —susurró él. — No quiero oír nada razonable, no ahora. No
quiero lógica, quiero esto.
—Pero necesitas saber…
Él negó con la cabeza.
—No lo necesito. —Agarró los bordes de su propia camiseta y la haló.
Su cabello mojado llovió gotas sobre ambos.
554
—He estado roto por semanas —dijo, inestable, ella sabía lo que le
costaba admitir esa pérdida de control. — Necesito estar completo de
nuevo. Aunque no dure.
—No puede durar —dijo ella, mirándolo fijamente, porque ¿cómo
podría? ¿Cuándo ellos nunca pudieran mantener lo que tenían? — Esto
romperá nuestros corazones.
Él atrapó su mano y la ubicó sobre su pecho desnudo. Los dedos de
ella extendidos sobre su corazón. Latía contra la palma de ella, como un
puño, golpeando su camino a través de su esternón.
—Rompe mi corazón —dijo él. — Rómpelo en pedazos. Te doy
permiso.
Lo azul de sus ojos casi desapareció en el borde dilatado de sus
pupilas.
Ella no lo sabía antes, en la playa, lo que iba a pasar. Lo que pasaría
entre ellos. Ahora sí. Había cosas en la vida que no podían negarse. Nadie
tenía tanta fuerza de voluntad.
Nadie.
Ella estaba asintiendo, sin saber siquiera que iba a hacerlo.
—Julian, sí.
—Sí.
Ella lo escuchó hacer un sonido casi angustiado. Entonces, sus manos
estaban en sus caderas; la levantaba así que quedó fija entre el cuerpo de
él y la pared. Se sentía desesperado, el fin del mundo, se preguntó si habría
un tiempo en que no lo hiciera, cuando podría ser suave, lento y calmado
amor.
Él la besó con fiereza y ella olvidó la gentileza y cualquier deseo de
ella. Solo había esto, él susurrando su nombre mientras apartaba la ropa
que necesitaba ser apartada. Él estaba jadeando, una fina sábana de
sudor sobre su piel, cabello mojado adherido a su frente; la levantó más
arriba, se presionó hacia delante tan rápido que su cuerpo colisionó contra
el de ella. Ella escuchó un gemido rasgado salir de su garganta. Cuando él
levantó el rostro, ojos negros por el deseo, ella lo miró fijamente, con
amplios ojos abiertos.
— ¿Estás bien? —preguntó él.
555
Ella asintió.
—No te detengas.
La boca de él encontró la de ella, inestable, sus manos temblaban
donde la sujetaban. Ella podía decir que él estaba peleando por cada
segundo de control. Ella quería decirle que estaba bien, todo lo estaba,
pero su coherencia había desertado. Ella podía escuchar las olas afuera,
chocando brutalmente contra las rocas; cerró los ojos y lo escuchó decirle
que la amaba, entonces, sus brazos estuvieron alrededor de él,
aferrándose a él mientras sus rodillas cedían y se hundían en el piso,
estrechándose entre ellos como los únicos sobrevivientes de un barco que
encalló en una distante y legendaria costa.
*** ***
Tavvy, Rafe y Max eran fáciles de encontrar. Estaban al cuidado de
Bridget, quien estaba divirtiéndolos al dejarles molestar a Jessamine y que
ella derribara cosas de la repisa además de conseguir un sermón “No
molestes a los fantasmas” de Magnus.
Dru, por otro lado, no se podía encontrar. Ella no esta más en su
cuarto, ni en la biblioteca ni en el salón y los niños no la habían visto.
Posiblemente, Jessamine podría haber ayudado más, pero Bridget había
reportado que ella desapareció luego de que los niños se cansaran de
molestarla y solo le hablaba a Kit.
—Dru no dejaría el Instituto, ¿o sí? —Dijo Mark, recorriendo el
corredor, abriendo las puertas. — ¿Por qué haría algo así?
—Mark —Kieran tomó los hombros del otro chico y lo giró para
quedar frente a frente.
Cristina sintió un tirón en la muñeca, como si la preocupación de
Mark se comunicara por medio del vínculo
Por supuesto, Mark y Kieran compartían otro tipo de vínculo. El de
compartir experiencias y emociones. Kieran sostenía a Mark por los
hombros, concentrándose él, y nada más que él, de esa forma que tenía
las hadas Y Mark se relajó lentamente, un poco de la tensión dejando su
cuerpo .
— Tu hermana está aquí —dijo Kieran. — Y la encontraremos.
—Nos separaremos y buscamos —dijo Alec. — Magnus…
556
Magnus estaba balaceando a Max en sus brazos por el pasillo, los
otros dos niños siguiéndolo. El resto de ellos acordó encontrarse en la
biblioteca en veinte minutos. Cada uno tenía un cuadrante del Instituto
para buscar. A Cristina le tocó el oeste, lo que la llevó escalera abajo al
salón de baile.
Deseó que no hubiera sido así. Los recuerdos de bailar con Mark y
luego con Kieran la confundían y distraían. No necesitaba estarlo ahora,
necesitaba hallar a Dru.
Bajó la escalera y se congeló. Ahí estaba Dru, toda en negro, sus
trenzas marrones atadas con lazos negros. Ella se dio vuelta, pálida y
ansiosa.
—Esperaba por ti.
— ¡Todos te están buscando! —dijo Cristina— Ty y Livvy…
—Lo sé, lo escuché. Estaba escuchando.
—Pero no estabas en la biblioteca…
—Por favor —dijo Dru. — Debes venir conmigo, no hay mucho
tiempo.
Ella giró y se apresuró escalera arriba. Después de un momento,
Cristina la siguió.
—Dru, Mark está preocupado. Los Jinetes son terriblemente
peligrosos. Necesita saber que estás bien.
—Iré y le diré que estoy bien en un segundo —dijo Dru. — Pero debes
venir conmigo.
—Dru…
Llegaron al pasillo donde la mayoría de las habitaciones vacías
estaban.
—Mira —dijo Dru. — Solo necesito que hagas esto, ¿sí? Si tratas de
gritar por Mark, te prometo que hay lugares en el Instituto donde puedo
esconderme y no me encontrarán en días.
Cristina no pudo evitar ser curiosa
— ¿Cómo conoces el Instituto tan bien?
557
—Lo harías también si cada vez que mostraras la cara alguien tratara
de forzarte a ser niñera —dijo Dru y llegaron a su cuarto. Se detuvo,
dudando con su mano en le pomo.
—Pero si buscamos en tu cuarto —protestó Cristina.
—Te lo dije —dijo Dru. — Lugares para esconderse. —Tomó una
profunda respiración. — Bien, entra. Y no enloquezcas.
La pequeña sonrisa en la cara de Dru estaba fija y determinada
como si le estuviera dando ánimos para enfrentar algo desagradable
— ¿Está todo bien? —Dijo Cristina. — ¿Segura que no prefieres
hablarlo con Mark que conmigo?
—No soy yo quien quiere hablar contigo — dijo Dru y empujó la
puerta abierta de su dormitorio. Cristina entró, sintiéndose más confundida
que nunca.
Solo vio una sombra primero, una figura en frente al alféizar. Él se
levantó y el corazón de ella quedó atrapado en su garganta
Piel morena, enredado cabello negro, facciones afiladas, largas
pestañas. Los hombros encorvados que recordaba que le hacía decirle se
veía como si caminara hacia fuertes vientos.
—Jaime —exhaló ella.
Él extendió sus brazos y, un momento después, ella estaba
abrazándolo fuerte. Jaime siempre fue flaco pero ahora se sentían los
bordes filosos de sus clavículas y codos. Él la abrazó de regreso, fuerte y
Cristina escuchó la puerta cerrarse con seguro.
Ella se echó atrás y miró a la cara de Jaime. Se veía como siempre:
ojos brillantes con un borde de travesura.
—Así que —dijo él. — Enserio me extrañaste.
Todas las noches que ella estuvo despierta, sollozando por él. Porque
él estaba perdido, porque lo odiaba, porque fue su mejor amigo y ella
odiaba odiarlo. La palma izquierda de Cristina chocó contra su mejilla y allí
estaba ella, golpeando sus hombros, pecho, cualquier lugar que pudiera
alcanzar.
— ¡Auch! —Él se retorció lejos de ella. — ¡Eso duele!
558
— ¡Me vale madre! —Lo golpeó de nuevo. — ¿Cómo te atreves a
desaparecer así? ¡Todos estaban preocupados! Pensé que estabas
muerto. Y resulta que te escondías en la habitación de Drusilla Blackthorn,
por cierto, si sus hermanos lo descubren, te matarán
— ¡No es así! —Jaime dobló su brazo como una barrera para
protegerse de los golpes. — Te estaba buscando.
Ella se puso las manos en la cintura.
—Luego de todo ese tiempo evitándome, ¿de repente me estabas
buscando?
—No era a ti a quien evitaba —dijo él. Sacó un sobre arrugado de su
bolsillo y l sostuvo hacia ella. Con un pinchazo, ella reconoció la escritura
de Diego.
—Si Diego quiere escribirme, no necesita que se me entregue el
mensaje a mano —dijo ella. — ¿Qué cree que eres, una paloma
mensajera?
—No puede escribirte —dijo Jaime. — Zara vigila su correspondencia.
—Así que sabes sobre Zara —dijo Cristina, tomando el sobre. —
¿Desde hace cuánto?
Jaime se encorvó contra un largo escritorio de roble, las manos
detrás de él, sosteniéndolo.
— ¿Desde hace cuánto están comprometidos? Desde que ustedes
dos rompieron por primera vez. Pero no es un compromiso real, Cristina.
Ella se sentó en la cama de Dru.
—Se ve lo suficientemente real.
Jaime corrió las manos por su cabello negro. Se veía un poco como
Diego, quizá en la forma de su boca, de sus ojos. Jaime había sido más
juguetón, donde Diego era serio. Ahora, cansado y flaco, se veía como los
chicos muy conscientes del estilos que pasaban el tiempo alrededor de la
tienda cafés en la Colonia Roma.
—Sé que probablemente me odias. Y tienes todas las razones para
hacerlo. Crees que quería que nuestra rama de la familia tomara el
Instituto, porque quería poder y no me importabas, pero el hecho es que
tengo buenas razones.
559
—No te creo.
Jaime hizo un sonido de impaciencia.
—No soy abnegado. Ese es Diego, no yo. Quiero a nuestra familia
fuera de problemas.
Cristina enterró sus manos en la colcha de la cama.
— ¿Qué tipo de problemas?
—Sabes que siempre hemos tenido conexión con las hadas. De allí
viene tu collar. Pero siempre hubo más que eso. La mayor parte no
importaba hasta la Paz Fría. Entonces, la familia se suponía entregaría todo
a la Clave. Toda la información, cualquier cosa que les dieron las hadas.
—Pero no lo hicieron —supuso Cristina.
—Pero no lo hicieron — dijo Jaime. — Decidieron que la relación con
las hadas era más importante que la Paz Fría. —Se encogió de hombros,
fluidamente. — Hay una reliquia familiar. Tiene poder que ni yo entiendo.
Los Dearborn y la Cohorte la demandan y les dijimos que solo un Rosales
puede hacer que funcione.
El entendimiento se apoderó de Cristina con una dura sorpresa.
—Por eso el compromiso falso. Así Zara creería se volvería una
Rosales.
—Exacto —dijo Jaime. — Diego se ató a la Cohorte. Y yo… Yo tomé
la reliquia familiar y huí. Así Diego puede culparme. Su malvado hermanito
huyó con eso. Y el compromiso se desplaza porque ellos no pueden
encontrar la reliquia.
— ¿Ese es tu plan? ¿Postergarlo por siempre?
Jaime frunció el ceño.
—Creo que tú no aprecias por completo que he sido muy heroico
estando a la fuga los meses hasta hoy —dijo él. — Muy valiente.
—Somos Nefilims, Jaime. Es nuestro trabajo ser valientes.
—Algunos son mejores en ello que otros —dijo Jaime. — De cualquier
forma, no diría que todo el plan es retardarlo, no. Diego trabaja en
560
descubrir las debilidades de la Cohorte. Y yo trabajo para descubrir que
hace la reliquia familiar.
— ¿No lo sabes?
Negó.
—Sé que ayuda a entrar a Féera sin ser notado.
— ¿Y la Cohorte lo quiere para entrar a Féera e iniciar una guerra?
—Eso tendría sentido —dijo Jaime. — Para ellos, de cualquier forma.
Cristina se sentó en la cama en silencio. Afuera había comenzado a
llover. Agua golpeaba los cristales de la ventana.
Ella pensó en la lluvia en los árboles en el Bosque y sentarse allí con
Jaime, mirándolo comer bolsas de Dorilocos y lamerse la sal de los dedos. Y
hablar, hablar por horas, sobre literalmente todo, sobre lo que harían la ser
parabatai y pudieran viajar por todo el mundo.
— ¿Adónde irás? —dijo ella, finalmente, tratando de mantener la voz
firme.
—No puedo decirte. —Se despegó del escritorio. — No puedo
decirle nadie. Soy un buen escapista, Cristina, pero solo si nunca digo done
me escondo.
—No lo sabes, ¿o sí? Vas a improvisar.
Él sonrió de lado.
—Nadie me conoce como tú.
— ¿Y Diego? —La voz de Cristina se agitó. — ¿Por qué no me dijo
nada de esto?
—La gente hace cosas estúpidas cuando están enamorados —dijo
Jaime, la voz de alguien que nunca lo ha estado. — Además, le pedí que
no lo hiciera.
— ¿Por qué me lo dices ahora?
—Dos cosas: En el bajo mundo, dicen que los Blackthorn están en
contra de la Cohorte. Si se avecina una batalla, quiero estar ahí. Envíame
un mensaje de fuego. Vendré. —Su tono era serio. — Y, segundo, para
561
entregar el mensaje de Diego. Él dijo que tú podrías estar muy enojada
para leerlo. Pero esperaba que ahora, ya no lo estuvieras.
Ella miró hacia abajo, al sobre en sus manos. Había sido doblado y
plegado muchas veces.
—Lo leeré —dijo ella, calmadamente. — ¿No te quedarás? Come
con nosotros. Te ves hambriento.
Jaime se negó.
—Nadie puede saber que estuve aquí. Tina, promételo. En el hecho
de que alguna vez quisimos ser parabatai.
—Eso o es justo —susurró ella. — Además, Drusilla lo sabe.
—Ella no le dirá a nadie…—comenzó Jaime.
— ¡Cristina! —Era la voz de Mark, haciendo eco por el corredor. —
¿Cristina, dónde estás?
Los brazos de Jaime estaban alrededor de ella, nervudos y fuertes, al
abrazarla con fuerza. Cuando la dejó ir, ella le tocó la cara ligeramente.
Había un millón de cosas que quería decirle. Ten cuidado, más que nada:
Cuídate, mantente a salvo. Pero él ya se había girado lejos de ella, hacia
la ventana. La abrió y se zambulló fuera como una sombra,
desapareciendo en la noche manchada por la lluvia

Comentarios

Entradas populares de este blog

25