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Cielos de fuego
Traductora: Lilly Sciutto
Correctora: Mafer Rivera
Revisora final: Jennifer García
Ejército Nephilim Latinoamérica
—Gané otra vez. —Jaime mostró sus cartas: todas de corazones.
Sonrió triunfante a Dru. — No te sientas mal. Cristina solía decir que tengo la
suerte del diablo.
— ¿El diablo no tendría mala suerte? —A Dru no le importaba perder
ante Jaime. Él siempre se veía complacido y a ella no le importaba perder
de cualquier forma.
Él durmió en el suelo al lado de su cama la noche anterior, cuando
ella despertó, giró sobre ella misma y se asomó para verlo, sintió su pecho
lleno de felicidad. Dormido, Jaime se veía vulnerable y más parecido a su
hermano, aunque ella lo encontraba más atractivo que Diego.
Jaime era un secreto, su secreto. Algo importante que ella hacía, lo
supieran los otros o no. Ella estaba en una misión, de la que no podía
hablar mucho; como tener a un espía en su habitación o a un superhéroe.
—Te extrañaré —dijo él, francamente. Se unió los dedos y se estiró
como un gato al sol. — Esto es lo más divertido y descansado que he
estado en un largo tiempo.
—Podemos seguir siendo amigos luego de esto, ¿cierto? —preguntó
ella. — Quiero decir, cuando acabes tu misión.
—No sé cuando acabaré —Una sombra le cruzó la cara.
Jaime tenía un humor más cambiante que el de su hermano: Podía
estar feliz, luego triste, luego pensativo, luego riendo a carcajadas, todo en
un período de cinco minutos.
—Podría tomarme un tiempo. —La miró de soslayo. — Podrías llegar a
tenerme resentimientos. Te hice guardar secretos a tu familia.
—Ellos me guardan secretos. Creen que soy muy pequeña para
cualquier cosa.
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Jaime frunció el ceño. Dru sintió un golpe de culpa. Ellos nunca
habían discutido su edad; ¿Cómo lo habrían hecho? La gente solía creer
que ella tenía al menos diecisiete años. Sus curvas eran más prominentes
que las de las niñas de su edad y Dru estaba acostumbrada a los chicos
mirándolas fijamente.
Hasta el momento, Jaime no lo había hecho. Al menos, no de la
forma en que lo hacían otros chicos, como si tuvieran derechos sobre su
cuerpo, como si ella debiera estar agradecida por la atención. Ella se
descubrió desesperada porque él no supiera que tenía solo trece años.
—Bueno, Julian lo hace —continuó ella. — Y Julian está a cargo de
todo. La cosa es que cuando éramos pequeños, todos éramos solo niños.
Pero tras la muerte de mis padres Julian nos crio y nos dividimos en grupos.
Yo fui etiquetada como “pequeña” y Julian, de repente, era mayor, como
un padre.
—Sé lo que es —dijo él. — Diego y yo solíamos jugar como perritos
cuando niños. Entonces, él creció y decidió que debía salvar al mundo y
comenzó a mandonearme.
—Exactamente. Eso es correcto.
Él se agachó para halar su bolsa cilíndrica sobre la cama.
—No puedo quedarme mucho más —dijo él. — Pero antes de irme…
tengo algo para ti.
Sacó una laptop fuera del bolso. Dru lo miró fijamente. Él no iba a
regalarle una laptop, ¿o sí? Él la abrió, una sonrisa divertida extendiéndose
en su rostro. Era como la sonrisa de Peter Pan, esa que decía que nunca
tendría suficiente de las travesuras.
—Descargué La Mansión de los Crímenes —dijo él. — Creí que
podíamos verla juntos.
Dru dio una palmada y trepó a la cama a un lado de él. Él se corrió a
un lado dándole mucho espacio. Ella lo miró mientras él levantaba la
pantalla para que ambos pudieran verla. Dru se estiró para leer las
palabras que se curvaban sobre su brazo, aunque ella no sabía qué
significaban. La sangre sin fuego hierve.
—Y sí —dijo él mientras las primeras imágenes comenzaban a rodar
por la pantalla. — Espero que en el futuro seamos amigos.
*** ***
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—Jules —dijo Emma, inclinándose contra la pared de la iglesia. —
¿Estás seguro de que es una buena idea? ¿No es algo como un sacrilegio
quemar una iglesia?
—Está abandonada. Sin consagrar. —Julian arremangó su chaqueta.
Se estaba marcando una runa de fuerza, con esmero y precisión, en el
centro de su antebrazo.
Detrás de él, Emma podía ver la curva de la bahía, el agua
empujando sus rizos azules contra la costa.
—Aún así. Respetamos todas las religiones. Todas las religiones pagan
un diezmo a los Cazadores de Sombras. Así vivimos. Esto parece…
— ¿Irrespetuoso? —Julian sonrió con un poco de humor. — Emma, no
viste lo que yo. Lo que Malcolm hizo. Desgarró la tela que hacía esta iglesia
un lugar sagrado. Derramó sangre y su sangre fue derramada. Cuando
una iglesia se convierte en un matadero, es peor a que se hubiera hecho
en cualquier otro lugar. —Rastrilló sus dedos a través de su cabello. —
¿Recuerdas lo que Valentine hizo con la Espada Mortal? ¿Cuándo la tomó
de la Ciudad Silenciosa?
Emma asintió. Todos conocían esa historia. Era parte de la historia de
los Cazadores de Sombras.
—Cambió su afiliación angelical a infernal. La cambió de buena a
mala. Esta iglesia ha sido cambiada también. —Echó su cabeza hacia
atrás para mirar la torre. — Como el lugar sacrosanto que fue, ahora es
impío. Y los demonios seguirán siendo atraídos aquí, seguirán pasando y no
se detendrán aquí, llegarán hasta la villa. Pondrán en riesgo a los
mundanos que viven ahí y a nosotros.
—Dime que no, que esto no eres solo tú haciendo una declaración.
Julian le sonrió débilmente, la clase de sonrisa que hacía que todos
lo amaran y confiaran en él, la que lo hacía ver inofensivo. Fácil de olvidar,
incluso. Pero Emma veía a través de él, las cuchillas por debajo.
—No creo que nadie quiera oír ninguna declaración que tenga que
decir.
Emma suspiró.
—Es un edificio de piedra. No puedes dibujarle una runa de fuego y
esperar que se encienda como un fósforo.
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La miró sin emoción alguna.
—Recuerdo lo que sucedió en el auto —dijo él. — Cuando me
curaste. Sé lo que una runa dibujada con la energía del otro puede hacer.
— ¿Quieres mi ayuda para esto?
Julian se giró así que estaba contra la pared de la iglesia, un manto
gris de granito, interrumpido por una ventana empotrada. La Hierba crecía
sin control alrededor de sus pies, llena de dientes de león. Emma podía
escuchar los gritos de niños en la playa.
Él se estiró con su estela para dibujar sobre la piedra de la pared de
la iglesia. La runa chisporroteó, pequeñas flamas solapando los bordes.
Fuego. Pero las llamas se sofocaron rápidamente, absorbidas por la piedra.
—Pon tus manos sobre mí —dijo Julian.
— ¿Qué? —Emma no estaba seguro de haberlo escuchado bien.
—Ayudaría si estamos tocándonos —dijo él, de manera objetiva. —
Pon tu mano en mi espalda o en mi hombro.
Emma se movió detrás de él. Él era más alto; elevar sus manos a sus
hombros significaría estrechar su cuerpo en una posición incómoda; así de
cerca, podía sentir la expansión de su caja torácica al respirar, veía las
pequeñas pecas en su nuca donde la brisa le apartaba el cabello. El arco
de sus hombros anchos hacia una cintura y caderas más estrechas, el
largo de sus piernas.
Ella colocó sus manos en su cintura, como si estuvieran montados en
una motocicleta, bajo su chaqueta, pero por encima de su camiseta. Su
piel se sentía cálida a través del algodón.
—Está bien —dijo ella. Su respiración le movía el cabello a Julian y
envío un escalofrío por su piel. Ella pudo sentirlo. Emma tragó. — Hazlo.
Tenía los ojos entrecerrados mientras la estela rasguñaba la pared.
Julian olía como a césped recién cortado, lo que no la sorprendía ya que
había estado rodando en la pixie que se retorcía.
— ¿Por qué nadie querría oírlas? —preguntó ella.
— ¿Oír qué? —Julian se estiró. Su camisa se alzó y Emma encontró sus
manos contra piel desnuda, tensa sobre los músculos oblicuos de su
abdomen. Ella contuvo la respiración.
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— Ninguna declaración que tengas que decir sobre…, tú sabes,
cualquier cosa —dijo Emma, mientras los pies de él regresaban al suelo. Sus
manos estaban enredadas en la tela de la camiseta de Julian ahora.
Miró hacia arriba para ver la segunda runa de fuego: esta era más
profunda, más oscura y las llamas de sus bordes brillaban con más fuerza.
La piedra a su alrededor comenzó a agrietarse… Y el fuego se apagó.
—Puede que no funcione. — Su corazón latía fuerte. Quería que
funcionara y al mismo tiempo, no. Sus runas debían ser más fuertes cuando
las creaban juntos, ese era el caso con los parabatai. Pero había un límite
a ese poder, a menos que ambos parabatai se amaran. Jem lo había
hecho sonar, entonces, como si su poder pudiera ser casi infinito, que
podría crecer hasta destruirlos.
Julian ya no la amaba; ella lo había visto en la forma que besó a esa
chica hada. Y, aún así era duro ver la prueba. Peor, tal vez, era lo mejor
para ella. Debía enfrentar la realidad tarde o temprano.
Deslizó sus brazos alrededor de Julian, envolviendo el estómago del
chico. El acto presionó su cuerpo contra el de él, su barbilla directamente
contra su espalda. Él estaba tenso en sorpresa.
—Prueba de nuevo —dijo ella. — Hazlo lento.
Ella sintió que el aliento de él se aceleraba. Sus brazos se alzaron y la
estela comenzó a rasguñar otra runa contra la piedra.
Instintivamente, sus manos se movieron hacia el pecho de Julian. Ella
escuchaba la estela subir y detenerse. Estableció la palma sobre su
corazón. Estaba martilleando, chocando contra el interior de su caja
torácica.
Los latidos de Julian. Cien mil veces lo había escuchado y sentido
chocar contra ella como un tren expreso. A los seis años, había caído de
una pared sobre la que se balanceaba y Julian la había atrapado; habían
caído juntos y escuchó sus latidos. Recordaba ver el pulso en su garganta
mientras él sostenía la Espada Mortal en el Salón del Consejo.
Persiguiéndose en la playa, poner los dedos contra su muñeca y luego
contar sus latidos por minuto. El ritmo sincopado mientras sus latidos se
sincronizaban durante la ceremonia parabatai. El rugido de la sangre
cuando la sacó del océano. El latido constante cuando ella posaba la
cabeza en su pecho durante la noche.
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Su cuerpo temblaba por la fuerza de sus recuerdos, sentía el pulso de
la fuerza atravesarla y entrar en Julian, conduciendo la fuerza de la runa
como un látigo por su brazo. Fuego.
Julian tomó una profunda bocanada, dejando caer su estela; la
punta brillaba de rojo. Se echó hacia atrás y las manos de Emma colgaron
lejos de él; ella casi tropieza, pero él la atrapó, alejándola del edificio
hacia el patio de la iglesia. Ambos jadeando, la miraron fijamente. La runa
que Julian había dibujado en la pared de la iglesia abrasó su camino a
través de la piedra. Los marcos sobre la ventana se agrietaron y lenguas
naranja de las llamas saltaron fuera.
Julian miró a Emma. El fuego brillaba y chisporroteaba en sus ojos,
más que solo un reflejo.
—Lo hicimos —dijo, su voz alzándose. — Nosotros hicimos eso.
Emma lo miró de regreso. Ella palpaba sus brazos, por encima de sus
codos, los músculos duros bajo sus dedos. Julian parecía elevarse desde
adentro, ardiendo con la emoción. Su piel estaba caliente al tacto.
Sus ojos se encontraron. Y ahí estaba Julian, su Julian, sin persianas
corridas sobre su expresión, nada oculto, solo el claro brillo de sus ojos y la
calidez de su mirada. Emma sintió su corazón despedazarse en su pecho.
Podía escuchar el duro crujido de las flamas alrededor de ellos. Julian se
movió hacia ella, más cerca, convirtiendo en astillas su consciencia de que
necesitaba mantenerlo distante.
El sonido de las sirenas hizo eco en los oídos de Emma, el aullido de la
brigada anti fuego, precipitarse hacia la iglesia. Julian se apartó de ella, lo
suficiente para solo unir sus manos. Huyeron de la iglesia mientras el primer
camión de bomberos llegaba.
*** ***
Mark realmente no sabía como habían llegado todos a la biblioteca.
Vagamente recordaba ir a revisar a Livvy, él estaba construyendo una
elaborada torre de bloques con Rafe y Max, y luego tocó a la puerta de
Dru; ella estaba en su habitación y se negó a salir, lo que era lo mejor. No
tenia caso asustarla antes de que fuera necesario.
Aún así, a Mark le hubiera gustado verla. Sin Julian y Helen, y ahora,
Ty y Livvy en alguna parte de Londres en peligro, se sentía como una casa
cuyos cimientos habían sido arrancados. Estaba profundamente
agradecido de que Dru y Tavvy estuvieran a salvo y que no lo necesitaran.
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No sabía cómo Julian lo había logrado todos esos años: cómo se supone
que seas fuerte por otras personas cuando no sabes cómo ser fuerte para ti
mismo. Él sabía era ridículo para él, un adulto. Querer compañía de su
hermanita de trece años para fortalecer su resolución, pero así era. Y le
avergonzaba.
Era consciente de Cristina, hablando en un rápido español a
Magnus. De Kieran, apoyado en una de las mesas, con su cabeza
colgando: su cabello era morado y negro, como la parte más oscura del
agua. Alec regresando del pasillo con una pila de ropa en sus manos.
—Estos son de Ty, Livvy y Kit —dijo, tendiéndolos a Magnus. — Lo
tomé de sus habitaciones.
Magnus miró hacia Mark.
— ¿Todavía nada en el teléfono?
Mark trató de respirar profundamente, había llamado y mandado
mensajes a Julian y Emma, pero no hubo respuesta. Cristina dijo que había
oído de Emma mientras estaba en la biblioteca y ambos parecían estar
bien. Mark sabía que Emma y Julian eran inteligentes y cuidadosos, no
había mejor guerrero que Emma.
La preocupación pinchaba su corazón de cualquier forma, pero
debía fijarla en Livvy, Ty y Kit. Kit no tenía entrenamiento y Livvy y Ty eran
tan jóvenes. Sabía que tenía la misma edad que ellos cuando fue tomado
por la Cacería, pero ellos seguían siendo niños a sus ojos.
—Nada de Emma y Jules —dijo él. — He intentado con Ty una
docena, dos docenas de veces ya. Sin respuesta. —Se tragó el terror.
Había miles de razones por las que Ty no le respondía que no tenían que
ver con los Jinetes.
Los Jinetes de Mannan. Incluso si él sabía estaba en la biblioteca del
Instituto de Londres, viendo cómo Magnus Bane pasaba sus manos sobre la
ropa, iniciando el hechizo de rastreo, parte de él estaba en Féera,
escuchando historias de los Jinetes, los sanguinarios asesinos del Rey
Noseelie. Dormían bajo la colina hasta que eran despertados, usualmente
en tiempos de guerra. Había oído que los llamaban los Sabuesos del Rey.
Una vez que sentían el más leve aroma de su presa, podían seguirlo a
través de kilómetros de mar, tierra y cielo hasta tomar sus vidas.
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El Rey debía querer demasiado el Libro Negro para haber incluido a
los Jinetes. En otra época, habían cazado gigantes y monstruos; Ahora,
cazaban a los Blackthorn. Mark sentía el frío propagarse por su cuerpo.
Podía escuchar a Magnus hablar en voz baja, también explicando
sobre los Siete: Lo que eran y lo que hacían. Alec le pasó a Cristina una
camiseta gris que era, probablemente, de Ty; ella la sostenía, una runa de
rastreo en el dorso de su mano, pero sacudía la cabeza mientras apretaba
la prenda con más fuerza.
— No está funcionando —dijo ella. — Quizá, si Mark lo intenta,
pásenle algo de Livvy…
Un vestido negro con volantes fue empujado a las manos de Mark.
No podía imaginar a su hermana vistiendo algo como eso, pero ese no era
el punto. Lo sostuvo con fuerza, diseñando una runa de rastreo en el dorso
de su mano derecha, intentando recordar la forma en que los Cazadores
de Sombras lo hacían, la forma en que dejaba en blanco la mente, se
estiraba hacia la nada, buscando la chispa de la persona deseada hasta
el final del alcance de tu imaginación.
Pero allí no había nada. EL vestido se sentía como una cosa muerta
a su tacto. No había Livvy en él. No había Livvy en ninguna parte.
Abrió los ojos en la mitad de un jadeo.
—No creo que esto vaya a funcionar.
Magnus se veía confundido.
—Pero…
—No son sus pertenencias —dijo Kieran, levantando la cabeza. —
¿No lo recuerdan? Esas ropas fueron prestadas a ellos al llegar aquí. Los
escuché quejarse.
Mark no creía que Kieran había estado prestando suficiente atención
a lo que los Blackthorns decían para tomar nota de tales detalles.
Aparentemente, lo hizo.
Pero esa era la manera de los Cazadores, ¿no lo era? Haz parecer
que no prestas atención, pero absorbe cada detalle, Gwyn solía decirlo. La
vida de una Cazador depende de lo que sabe.
— ¿No hay nada de ellos aquí? —preguntó Magnus, con un ligero
borde de pánico en su voz. — La ropa que tenían al llegar aquí…
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—Bridget las desechó —dijo Cristina.
—Sus estelas…
—Las llevan con ellos —dijo Mark. — Otras armas serían prestadas. —
Su corazón martilleaba. — ¿No hay algo que podamos hacer?
— ¿Qué tal abrir un Portal al Instituto de Los Ángeles? —sugirió Alec.
— Tomar algo que les pertenezca de allá…
Magnus comenzó a caminar de un lado a otro.
—Están restringidos los Portales ahora. Les preocupa la seguridad.
Puedo buscar un nuevo hechizo, podemos enviar a alguien a
desmantelarla el bloqueo del Instituto de California, pero cualquiera de
esas cosas toman tiempo…
—No tenemos tiempo — dijo Kieran. Se irguió en el lugar. — Dejen
que vaya por los niños. Juro con mi vida que haré todo en mi poder para
encontrarlos.
—No —dijo Mark, salvajemente, y vio la expresión, como si hubiera
recibido un golpe, cruzar la cara de Kieran. — Diana…
—Está en Idris y no puede ayudarnos —dijo Kieran.
Mark deslizó su mano dentro de sus bolsillos. Sus dedos se cerraron
alrededor de algo pequeño, suave y frío.
—Puede que sea tiempo para convocar a los Hermanos Silenciosos
— dijo Magnus. — Cuales quieran sean las consecuencias.
Cristina hizo una mueca de dolor. Mark sabía pensaba en Emma y
Jules, de la Clave reuniéndose en Idris, de la ruina y el peligro que los
Blackthorn enfrentaban. La ruina que acontecería bajo el cuidado de
Mark. Algo que Julian nunca hubiera permitido sucediera. Los desastres no
sucedían al cuidado de Jules. Nunca ninguno que no pudiera arreglar.
Pero Mark no pensaba en ello. Toda su mente, su corazón, estaba
lleno de imágenes de hermanos y hermanas en peligro. Y eran más que sus
hermanos y hermanas en ese momento: entendía lo que Julian sentía al
verlos. Estos eran sus niños, su responsabilidad y moriría por salvarlos.
Mark sacó la mano de su bolsillo. Una bellota dorada brilló en el aire
cuando la arrojó. Golpeó la pared contraria y se rompió.
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Cristina giró hacia él.
— ¿Mark, qué estás…?
No hubo un cambio visible en la biblioteca, pero una esencia llenó
la habitación y, por un momento, era como estar en un claro en Féera.
Mark podía oler el aire fresco, la tierra y las hojas, el suelo y las flores, agua
de cobre y estaño.
Todo Kieran esta tenso, sus ojos llenos de una mezcla de miedo y
esperanza.
—Alec —dijo Magnus, extendiendo su mano, su voz era menos una
advertencia y más parecido a una terrible urgencia.
El encanto de Féera se abrió paso en la habitación y Magnus se
movía a proteger a los que amaba. Alec no se movió, solo miró con firmes
ojos azules una sombra alzarse contra la pared lejana. Una sombra sin
nadie que la generara.
Se estiró hacia arriba. La sombra de un hombre, cabeza inclinada,
amplios hombros caídos. Cristina llevó la mano al collar en su garganta y
murmuró algo, una plegaria, supuso Mark.
La luz en la habitación incrementó. La sombra ya no era solo una
sombra. Había tomado color y forma, ahora era Gwyn ap Nudd, brazos
cruzados sobre su grueso pecho, ojos de dos colores resplandeciendo bajo
cejas tupidas.
—Mark Blackthorn —dijo, su voz retumbó. — Yo no te di a ti esa pieza
para invocarme, no estaba destinada para tu uso.
— ¿Estás realmente aquí? —cuestionó Mark, fascinado. Gwyn se veía
lo suficientemente sólido, pero si Mark veía de cerca, pensaba que
percibía los bordes del marco de la ventana a través del cuerpo de
Gwyn…
—Es una proyección — dijo Magnus. — Saludos, Gwyn ap Nudd,
escolta a la tumba, padre de los caídos. —Hizo una leve reverencia.
—Magnus Bane —dijo Gwyn. — Ha pasado mucho tiempo desde la
última vez que nos vimos.
Alec pateó a Magnus en el tobillo. Probablemente, sospechaba
Mark, para evitar que Magnus dijera que no había sido suficiente tiempo.
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—Te necesito, Gwyn —dijo Mark. — Nosotros te necesitamos.
Gwyn se veía disgustado.
—Si quisiera que pudieras llamarme a tu voluntad, te habría dado
una bellota a ti.
—Tú viniste a mí —dijo Mark. — Tú viniste a mí para pedirme ayuda
para rescatar a Kieran, y yo lo rescaté del Rey Noseelie. Ahora, los Jinetes
de Mannan están cazando a mis hermanos y hermanas, quienes son solo
niños.
—He cargado incontables cadáveres de niños del campo de batalla
—dijo Gwyn.
Él no pretendía ser cruel, Mark lo sabía. Gwyn tenía su propia
realidad de sangre, muerte y guerra. Nunca había tiempo de paz para
Gwyn o la Cacería Salvaje: En alguna parte del mundo, siempre había
guerra y era su deber servir.
—Si no nos ayudas —dijo Mark—, entonces, te haces sirviente del Rey
Noseelie, protegiendo sus intereses y sus planes.
— ¿Esa es tu táctica? —dijo Gwyn, suavemente.
—No es una táctica —dijo Kieran. — El Rey, mi padre, quiere iniciar
una guerra; si no te opones, asumirá que estás con él.
— La Cacería nunca toma partido con nadie —dijo Gwyn.
—Nadie es precisamente quien creerá que eso es cierto si no actúan
ahora.
—La Cacería puede encontrar a Livvy, Ty y Kit —dijo Cristina. — Son
los mejores buscadores que el mundo ha conocido, mucho mejores que los
Siete Jinetes.
Gwyn le dio una mirada de incredulidad como si no pudiera creer
ella hubiera hablado siquiera. Se veía mitad divertido, mitad exasperado
por su halago. Kieran, por otro lado, se veía impresionado.
—Muy bien —dijo Gwyn. — Lo intentaré, pero no les prometo nada —
agregó, lúgubre, y desapareció.
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Mark permaneció mirando fijamente el lugar en el que Gwyn se
había desintegrado, la pared vacía de la biblioteca, sin marcas de
sombras.
Cristina le ofreció una sonrisa preocupada. Ella siempre era una
revelación, él pensó. Gentil y honesta, pero sorprendentemente capaz de
ejercer trucos de hadas si era necesario. Las palabras a Gwyn sonaron
completamente sinceras.
—Podía sonar reacio, pero si Gwyn dice que intentará algo, no
dejará roca sin voltear —dijo Magnus, viéndose completamente exhausto
de una forma que Mark no recordaba haberlo visto nunca. Exhausto y
desalentado. — Necesitaré tu ayuda, Alec. Debo abrir un Portal a
Cornwall, necesitamos encontrar a Emma y Julian antes que los Jinetes.
*** ***
El reloj del salón del Consejo sonaba a través del Gard, sonando
como el tañido de una enorme campana.
Diana terminó su historia algunos minutos atrás y unió sus manos
encima del escritorio de la Cónsul.
—Por favor, Jia —dijo. — Di algo.
La Cónsul se levantó de la silla tras el escritorio. Vestía un vestido
floreado con mangas de bordes brocados.
—Suena a obra de demonios —dijo con voz plana—, pero no hay
demonios en Idris. No desde la Guerra Mortal.
El Cónsul anterior murió en esa guerra. Jia había mantenido el poder
desde entonces y ningún demonio había entrado a Idris. Pero los demonios
no eran los únicos que esperaban herir a los Cazadores de Sombras.
—Helen y Aline sabrían si hubo actividad demoniaca en Brocelind —
agregó Jia. — Hay toda clase de mapas, gráficos e instrumentos sensibles
en la Isla Wrangel. Vieron cuando Malcolm rompió las salvaguardas
alrededor del Instituto y me lo informaron incluso antes de que tú lo
hicieras.
—Esto no es trabajo de demonios —dijo Diana. — No tuve esa
sensación, la hediondez de demonio. Era la muerte de las cosas vivas, una
plaga en la tierra. Era… era lo que Kieran describía que pasaba en la tierra
Noseelie
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Sé cuidadosa, se dijo Diana a sí misma. Casi decía; era lo que Julian
describió. Jia sería una aliada, ella así lo esperaba, pero no lo había
probado todavía. Y seguía siendo parte de la Clave. Su más alto
representante, de hecho.
Tocaron a la puerta. Era Robert Lightwood, el Inquisidor. Se sacaba
los guantes de cabalgar de sus manos
—Lo que la señorita Wrayburn dice es cierto —dijo sin preámbulos. —
Está marchito el centro del bosque, quizá a un kilómetro de la casa
solariega de los Herondale. Los sensores niegan la presencia de demonios
— ¿Estaba solo cuando fue allá a inspeccionar? —preguntó Diana.
Robert se veía sorprendido.
—Algunos. Patrick Penhallow y algunos de los Centuriones.
—Déjeme adivinar: Manuel Villalobos estaba.
—No sabía que se trataba de una misión confidencial —dijo Robert,
enarcando las cejas. — ¿Importa que estuviera allí?
Diana no dijo nada, solo miró a Jia, su mirada oscura era cansada.
—Espero tomará muestras, Robert.
—Patrick las tiene. Las llevará con los Hermanos Silenciosos ahora. —
Robert guardó sus guantes en su bolsillo, mirando a Diana de soslayo. —
Para lo que cuenta, consideré su solicitud y creo que será útil la reunión del
Consejo para hablar de los problemas de la Corte y el mensajero de las
hadas.
Con una inclinación de cabeza a Diana, dejó la habitación.
— Es mejor que tuviera a Manuel y los otros con él —dijo Jia en voz
baja. — No podrán negar lo que han visto.
Diana se levantó de la silla.
— ¿Qué crees que vieron?
—No lo sé —dijo Jia, sinceramente. — ¿Intentaste usar un cuchillo
serafín o una runa cuando estuviste en el Bosque?
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Diana negó. No le había dicho a Jia que estuvo haciendo en
Brocelind al amanecer. No que tuvo algo como una cita con un hada
mientras vestía su pijama.
—Vas a argumentar que esto es signo de una incursión de la Corte
Noseelie en nuestras tierras —dijo Jia. — Kieran dijo que el Rey Noseelie no
se limitaría solo a su tierra, que vendría por nosotros. Por eso necesitamos la
ayuda de la Reina Seelie.
Además de hallar el Libro Negro para ella, Diana lo sabia, aunque
lo había dicho a Jia. Deshacerse de la Corte era más importante.
—Leí el archivo que me diste —agregó Diana. — Creo que olvidaste
sacar algunos papeles sobre la historia de Zara de ella.
—Oh, querida —dijo Jia, sin inflexiones en su voz.
— Me los diste porque sé la verdad —dijo Diana. — Zara ha mentido
al Consejo. Si ella es considerada una heroína, es todo por sus mentiras.
— ¿Puedes probarlo? —Jia se movió a la ventana. Los crueles rayos
de sol iluminaron las líneas en su rostro.
— ¿Y tú?
—No —dijo Jia, mirando a través del vidrio. — Pero puedo decirte
algo que no debería decirte. Hablé de Aline y Helen y sus conocimientos.
Hace algún tiempo, reportaron ver algo causando disturbios en los mapas
de Alicante, en el área de Brocelind. Algo muy extraño, manchas oscuras
como si los mismísimos árboles estuvieran practicando magia oscura. Los
rodeamos y no vimos nada. Quizá, los parches no habían crecido lo
suficiente para verlos. Se desestimó como un mal funcionamiento del
equipo
—Deben revisar de nuevo —dijo Diana, su corazón latía con
emoción. Otra pieza de prueba de que el Rey Noseelie era una amenaza.
Un claro y presente peligro en Idris. — Si las manchas oscuras coinciden
con las áreas marchitas, deben venir a testificar. Mostrarlo a la Clave…
—Más lento, Diana —dijo Jia. — He estado pensando mucho sobre ti.
Sé que hay cosas que no me estás diciendo. Las razones por las que sabes
que Zara no mató a Malcolm. Razones por las que sabes tanto del plan del
Rey Noseelie. Desde la primera vez que invité a Julian Blackthorn y Emma
Carstairs a mi oficina, ellos me han confundido y sé que ocultan cosas de
la Clave. Como las ocultas tú ahora. —Ella tocó el reflejo de sus dedos en
el vidrio. — Pero estoy cansada. De la Paz Fría que mantiene a mi hija
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alejada de mí. De la Corte y el clima de odio que ellos diseminan. Lo que
tú me ofreces es un delgado hilo con el cual atar todas mis esperanzas.
—Es mejor que nada.
—Sí. —Jia se giró hacia ella. — Es mejor que nada.
Cuando Diana salió del Gard, algunos minutos después, a la gris y
blanca luz del día, su sangre cantaba. Lo había logrado. La reunión se
llevaría a cabo; Kieran testificaría; Tendrían una oportunidad de recuperar
el Instituto y, quizá, destruir a la Corte.
Pensó en Emma, Julian y el Libro Negro. Demasiado peso en tan
jóvenes hombros. Los recordaba cuando eran niños en el Salón de los
Acuerdos, sus espadas desvainadas mientras rodeaban a los Blackthorns
más pequeños, listos para morir por ellos.
Por el rabillo de su ojo, una brillante chispa centelló
momentáneamente. Algo caído en el suelo a sus pies. Había agitación
sobre su cabeza, un disturbio entre las pesadas nubes. Diana se agachó y,
rápidamente, guardó en su bolsillo la pequeña y abollada bellota. Ya
sabía de quién era el mensaje.
Aún así, esperó estar a medio camino lejos de Alicante para leerlo.
Enviarle un mensaje, incluso mientras estaba nublado, quería decir que el
mensaje de Gwyn era serio.
Dentro de la bellota había un pequeño papel que decía: Ven a mí
ahora, fuera de los muros de la ciudad. Es importante. Los niños Blackthorn
están en peligro.
Diana arrojó la bellota a un lado y corrió colina abajo.
**** ***
La lluvia inició mientras Julian y Emma regresaban de la iglesia
Porthallow en silencio.
Julian parecía recordar perfectamente el camino, incluso cortando
a través del cabo en un sendero que los dejó directamente en Warren.
Los bañistas en el muelle y alrededor de la piscina bajo Chapel Rock
se apresuraban a recoger sus pertenencias mientras las primeras gotas de
lluvia caían, madres enganchando la ropa de regreso con bebés
indispuestos y en traje de baño, toallas brillantes siendo dobladas,
sombrillas de palaya guardadas.
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Emma recordaba la forma en que su propio padre amaba las
tormentas en la playa. Recordaba ser sostenida en sus brazos mientras los
truenos resonaban sobre la bahía de Santa Monica y le decía que cuando
los rayos golpeaban la playa, convertían en vidrio la arena.
Escuchaba el rugido en sus oídos ahora, más fuerte que el sonido del
mar se alzaba y chocaba contra las rocas a ambos lados del puerto. Más
alto que su respiración, Julian se apresuraba por el camino mojado y
resbaloso a la cabaña y se metía dentro cuando el cielo se abrió y la lluvia
cayó como derramándose de un dique roto.
Todo dentro de la cabaña era terroríficamente ordinario. La caldera
en la estufa. Tazas de té y café, platos dispersos sobre el tapete frente a la
chimenea. La sudadera de Julian en el piso, donde ella se había acostado
y hecho una almohada con ella la noche anterior.
— ¿Emma?
Julian se apoyaba de la isla de la cocina. Gotitas de agua
salpicaban su rostro; su cabello estaba rizado de la forma que lo hacía
cuando estaba mojado y había humedad. Tenía la expresión de alguien
que soportaba algo, alguna clase de mala noticia.
—No has dicho mucho desde que dejamos la iglesia.
—Estás enamorado de mí —dijo Emma. — Todavía.
Él esperaba cualquier cosa, menos eso. No se movió para bajarse el
cierre de la chaqueta. Sus manos estaban congeladas a mitad de un
movimiento, los dedos estirándose. Ella vio su garganta moverse al tragar.
— ¿De qué hablas?
—Creí que ya no me amabas —dijo ella. Se quitó el abrigo y lo colgó
cerca de la puerta, pero sus manos temblaban y cayó al suelo. — Pero no
es cierto, ¿o sí?
Lo escuchó inhalar, lento y duro.
— ¿Por qué me dices esto? ¿Por qué ahora?
— Por la iglesia. Por lo que pasó. Quemamos una iglesia, Julian,
derretimos las piedras.
536
Él haló el zipper de su chaqueta de un tirón y la arrojó. Golpeó un
gabinete de la cocina. Debajo, su camiseta estaba mojada de sudor y
lluvia
— ¿Y eso qué tiene que ver?
— ¡Todo! —Ella se rompió, su voz temblaba. —No lo entiendes. No
puedes.
—Tienes razón. —Se alejó de ella, giró a la mitad de la habitación y
pateó de repente, violentamente, una de las tazas en el suelo. Voló a
través de la habitación y se hizo pedazos contra la pared. — No lo
entiendo, No entiendo nada de esto, Emma. No entiendo por qué de
repente decidiste que no me querías, querías a Mark y luego decidiste que
no lo querías a él tampoco. Lo dejaste como si no fuera nada, frente a
todos. ¿Qué demonios estabas pensando…?
— ¿Qué te importa? —exigió ella. — ¿Qué te importa lo que sienta
por Mark?
—Porque necesito que lo ames —dijo Julian. Su cara era del color de
las cenizas en la chimenea. — Porque me desechaste y todo lo que
teníamos, al menos debía ser por algo que significaba más para ti, al
menos debía ser por algo real. Quizá nada de esto es real para ti…
— ¿No es real para mí?
Las palabras se rasgaron de su garganta con tanta fuerza que dolió.
Su cuerpo se sentía como si chispas eléctricas corrieran dentro de sus
venas, impulsando su furia más alta y más alta, y ni siquiera estaba enojada
con Jules, lo estaba con ella misma, con el mundo por hacerles eso, por
hacerla la única que sabía, la guardiana de un ponzoñoso, ponzoñoso
secreto.
— ¡Tú no sabes de lo que estás hablando, Julian Blackthorn! ¡No
sabes a lo que he renunciado, no sabes cuales son mis razones para nada,
no sabes lo que trato de hacer…!
— ¿Lo que tratas de hacer? ¿Qué hay de lo que has hecho? ¿Qué
hay de romper mi corazón, el de Cameron, el de Mark? —Su cara se
contrajo. — ¿Qué? ¿Me olvidé de alguien? ¿Alguna otra persona cuya
vida quieras destruir para siempre?
—Tu vida no está destruida. Sigues vivo. ¡Puedes tener una buena
vida! Besaste a esa chica hada…
537
— ¡Era una leanansídhe! ¡Una cambia formas! ¡Pensé que eras tú!
— Oh. —Emma se congeló por un momento, detenida a mitad del
movimiento. — Oh.
— Sí, oh. ¿En serio crees que me enamoraré de alguien más? —
preguntó Julian. — ¿Crees que lograré hacer eso? No soy tú, no me
enamoro cada semana de alguien diferente. Desearía que no fueras tú,
Emma, pero lo eres. Siempre serás tú. ¡Así que no me digas que mi vida no
está destrozada cuando no sabes nada al respecto!
Emma golpeó su mano contra la pared. El yeso se agrietó como la
tela de una araña desde el punto del impacto. Sintió el dolor desde lejos.
Una ola negra de desesperación se alzó, amenazando con abrumarla.
— ¿Qué quieres de mí, Jules? —demandó. — ¿Qué quieres que
haga?
Julian dio un paso hacia delante; su rostro parecía tallado del
mármol o algo incluso más duro, más inflexible.
— ¿Qué quiero? —dijo él. — Quiero que sepas lo que se siente. Estar
torturado todo el tiempo, noche y día, desesperadamente queriendo algo
que nunca deberías tener, que no te corresponde. Saber que esa decisión
que tomaste a los doce años significa que nunca podrás tener aquello que
te hace verdaderamente feliz. Quiero que sueñes con una cosa y solo una
cosa y te obsesiones con ella como yo…
— Julian… —jadeó ella, desesperada por detenerlo antes de que
fuera muy tarde.
—… ¡como yo contigo! —terminó él, las palabras salieron casi
salvajemente. — Como yo contigo, Emma. —La rabia parecía haberlo
abandonado; ahora, él temblaba como en estado de shock. — Creí que
me amabas —dijo, casi en un suspiro. — No sé cómo puede equivocarme
tanto.
El corazón de ella se agrietó. Se retorció, lejos de la mirada en sus
ojos, lejos de su voz, lejos de los pedazos destrozados de su cuidadoso plan.
Arañó la puerta hasta abrirla, escuchaba a Julian llamarla, pero ella ya se
había lazado fuera de la cabaña hacia la lluvia.

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