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En un trono negro
Traductora: Mafer Rivera
Correctora: Vicky Dondena
Revisora final: Jennifer García
Ejército Nephilim Latinoamérica
Kit se sentó en los escalones del Instituto, mirando hacia el agua.
Había sido un día largo e incómodo. Las cosas estaban más tensas
que nunca entre los Centuriones y los habitantes del Instituto, aunque por
lo menos los Centuriones no sabían por qué.
Diana había hecho un esfuerzo heroico por dar lecciones, como si
todo fuera normal. Nadie pudo concentrarse. Por primera vez, Kit, a pesar
de estar completamente perdido con respecto a los alfabetos seráficos, no
era la persona más distraída en la habitación. Pero el punto de las
lecciones era mantener las apariencias delante de los Centuriones, por lo
que se esforzaron en eso.
Las cosas no mejoraron mucho en la cena. Después de un largo y
húmedo día durante el cual no habían encontrado nada, los Centuriones
estaban malhumorados. No ayudó que Jon Cartwright aparentemente
tuviera algún tipo de berrinche y se alejara, su paradero desconocido. A
juzgar por los delgados labios de Zara, había tenido una discusión con ella,
aunque Kit sólo podía preguntarse sobre qué. La moralidad de encerrar
brujos en campos o escoltar hadas a cámaras de tortura, supuso.
Diego y Rayan hicieron todo lo posible para mantener una
conversación alegre, pero fracasaron. Livvy miró fijamente a Diego la
mayor parte de la comida, probablemente pensando en su plan para
usarlo para detener a Zara, pero era claro que había puesto nervioso a
Diego, ya que intentó dos veces cortar su bistec con una cuchara. Para
empeorar las cosas, Dru y Tavvy parecieron absorber las vibraciones
irritables de la habitación y pasaron la cena acribillando a Diana con
preguntas sobre cuándo Julian y los otros estarían de regreso de su "misión".
Cuando todo terminó, Kit por suerte se escabulló, evitando el lavado
después de la cena, y encontró un lugar tranquilo bajo el pórtico delantero
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de la casa. El aire que soplaba en el desierto era fresco y especiado, y el
océano brillaba bajo las estrellas, una hoja de negro profundo que
terminaba en una serie de desplegadas olas blancas.
Por milésima vez, Kit se preguntó qué lo estaba reteniendo allí.
Aunque parecía tonto desaparecer debido a una conversación incómoda
en la cena, le habían recordado nítidamente en los últimos días, que los
problemas de los Blackthorns no eran suyos, y probablemente nunca
deberían serlo. Una cosa era ser el hijo de Johnny Rook.
Y otra cosa completamente diferente era ser un Herondale.
Tocó la plata del anillo en su dedo, fresco contra su piel.
—No sabía que estabas aquí —era la voz de Ty; Kit lo supo antes de
levantar la vista. El otro muchacho había venido por un lado de la casa y
lo miraba con curiosidad.
Había algo alrededor del cuello de Ty, pero no eran sus audífonos
habituales. A medida que subía las escaleras, una delgada sombra en
vaqueros oscuros y suéter, Kit se dio cuenta de que tenía ojos. Apretó la
espalda contra la pared.
— ¿Es un hurón?
—Es salvaje —dijo Ty, apoyado en la barandilla que rodeaba el
porche. — Los hurones son domesticados. Así que técnicamente, es una
comadreja, aunque si fuera domesticada, sería un hurón.
Kit miró fijamente al animal, que parpadeó y movió sus pequeñas
patas.
—Wow —dijo Kit. Lo decía en serio.
La comadreja corrió por el brazo de Ty y saltó sobre la barandilla,
luego desapareció en la oscuridad.
—Los hurones son grandes mascotas —dijo Ty. — Son
sorprendentemente leales. O al menos, la gente dice que es sorprendente.
No sé por qué lo es. Son limpios, y les gustan los juguetes y la tranquilidad. Y
pueden ser entrenados para… —se interrumpió. — ¿Estas aburrido?
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—No —Kit se sacudió ¿Había parecido aburrido? Había estado
disfrutando el sonido de la voz de Ty, animado y pensativo. — ¿Por qué?
—Julian dice que a veces la gente no quiere saber tanto sobre
algunos temas como yo —dijo Ty. — Así que debo preguntar.
—Supongo que eso es verdad para todos —dijo Kit.
Sacudió su cabeza.
—No —dijo. — Soy diferente —no sonaba molesto, en absoluto
molesto, acerca de eso. Era un hecho que sabía de sí mismo y eso era
todo. Ty estaba tranquilo y calmado, Kit había encontrado, para su
sorpresa, que lo envidiaba. Nunca pensó que hubiera envidiado nada
acerca de un Cazador de Sombras.
Ty subió al porche junto a Kit y se sentó. Olía levemente a desierto,
arena y sabila. Kit pensó en cómo le había gustado el sonido de la voz de
Ty: era raro escuchar a alguien que encontrara ese tipo de placer sincero
simplemente al compartir información. Adivinó que podría ser un
mecanismo de adaptación: con los Centuriones y la preocupación de
Julian y los otros, Ty probablemente estaba estresado.
— ¿Por qué estás afuera? —preguntó Ty a Kit. — ¿Estás pensando en
huir otra vez?
—No —dijo Kit. No lo estaba, realmente. Tal vez un poco. Mirar a Ty le
hacía no querer pensar en eso. Le hacía desear encontrar un misterio para
presentárselo a Ty y que lo resuelva, de la misma forma en que le darías
una caja de See a alguien que ama el caramelo.
—Ojalá todos pudiéramos huir —dijo Ty con una franqueza
desarmante. — Nos tomó mucho tiempo sentirnos seguros aquí, después
de la Guerra Oscura. Ahora se siente como si el Instituto estuviera lleno de
enemigos de nuevo.
— ¿Los Centuriones, quieres decir?
—No me gusta tener a todos aquí —dijo Ty. — No me gustan las
multitudes de gente en general. Cuando todos están hablando al mismo
tiempo y haciendo ruido. Las multitudes son las peores, especialmente en
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lugares como, el muelle. ¿Has estado alguna vez allí? —hizo una mueca. —
Todas las luces y los gritos y la gente. Es como un vaso que se rompe en mi
cabeza.
— ¿Qué sucede a la hora de pelear? —preguntó Kit. — ¿Las batallas,
matar demonios, deben ser bastante ruidosas y fuertes?
Ty negó con la cabeza.
—La batalla es diferente. Luchar es lo que hacen los Cazadores de
Sombras. La lucha está en mi cuerpo, no en mi mente. Mientras pueda usar
auriculares...
Se interrumpió. A lo lejos, Kit oyó algo delicado quebrarse, como una
ventana al viento de un huracán. Ty se puso de pie en seguida, casi
pisando a Kit, y sacó un cuchillo serafín de su cinturón de armas. Lo sostuvo
con fuerza, mirando hacia el océano con una mirada tan marcada como
las de las estatuas en el jardín detrás del Instituto.
Kit subió tras él, con el corazón palpitando muy fuerte.
— ¿Qué pasa? ¿Qué fue eso?
—Las salvaguardas. Las salvaguardas que los Centuriones
levantaron… se rompieron —dijo Ty. —Algo viene. Algo peligroso.
— ¡Pensé que dijiste que el Instituto era seguro!
—Por lo general lo es —dijo Ty, y alzó la hoja en la mano. — Adriel —
dijo, y la hoja pareció quemarse desde dentro. El resplandor iluminó la
noche, y en su iluminación Kit vio que el camino que conducía hacia arriba
del Instituto estaba lleno de formas en movimiento. No humanos, una
oleada de cosas oscuras, resbaladizas, húmedas y onduladas, y un hedor
que se arremolinaba hacia ellos desde abajo, uno que casi hacía que kit
sintiera náuseas. Recordó haber estado en Venice Beach una vez y pasar
cerca del cadáver podrido de una foca, adornado con larvas y algas:
apestaba así, pero peor.
—Toma esto —dijo Ty, y un segundo más tarde Kit encontró que Ty
había puesto su ardiente cuchillo serafín en su mano.
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Era como sujetar un alambre vivo. La espada parecía pulsar y
retorcerse, y todo lo que Kit podía hacer era aferrarse a ella.
—Nunca he usado una de estas antes —dijo.
—Mi hermano siempre dice que tienes que empezar por alguna
parte —Ty había desprendido una daga de su cinturón. Era corta y afilada
y parecía un arma menos temible que el cuchillo serafín.
¿Qué hermano? Kit se preguntó, pero no tuvo la oportunidad de
preguntar: ahora oía gritos y pies corriendo, y se alegró porque la marea
oscura de cosas estaba casi en la parte superior de la carretera. Tuvo que
girar su muñeca de una manera que habría pensado que no era posible,
la hoja parecía más estable en su la mano, resplandecía sin calor, como si
estuviera compuesta el material de las estrellas o la luz de la luna.
—Así que ahora que todos están despiertos —dijo Kit—, ¿supongo
que eso no significa que nos podemos refugiar dentro?
Ty estaba sacando sus audífonos de su bolsillo, apoyando sus
zapatos negros justo encima del primer escalón.
—Somos Cazadores de Sombras —dijo. — No huimos.
La luna salió de detrás de una nube, justo cuando la puerta detrás
de Kit y Ty se abrió y los Cazadores de Sombras salieron. Varios de los
Centuriones llevaban faroles: la noche estaba iluminada y Kit vio las cosas
subiendo por la carretera, derramadas sobre la hierba. Iban hacia el
Instituto, y en el porche, los Cazadores de Sombras levantaron sus armas.
—Demonios del mar —oyó a Diana decir sombríamente, y Kit supo
de repente que estaba a punto de enfrentar su primera batalla real, le
gustara o no.
Kit se dio la vuelta. La noche estaba llena de luz y ruido. El brillo de los
cuchillos serafines Iluminó la oscuridad, y fue una bendición y una
maldición. Kit pudo ver a Livvy y Diana con sus armas, seguidas por Diego,
con una enorme hacha en la mano. Zara y los otros Centuriones estaban
justo detrás.
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Pero también podía ver a los demonios del mar, y eran mucho
peores de lo que había imaginado. Había cosas que parecían lagartijas
prehistóricas, con escamas de piedra, sus cabezas una masa de dientes
grasosos y finos como agujas, y ojos negros muertos. Cosas que parecían
jalea pulsante con bocas colmilladas, en las que horribles órganos
colgaban: corazones deformes, estómagos transparentes en los que Kit
podía discernir los contornos de lo que uno de ellos acababa de comer,
algo con brazos y piernas humanas... Cosas como grandes calamares con
caras y tentáculos asquerosos llenos de ventosas de las cuales un ácido
verde goteaba al suelo, dejando agujeros sellados en la hierba.
Los demonios que habían matado a su padre parecían bastante
atractivos en comparación con estos.
—Por el Ángel —Diana respiró. —Pónganse detrás de mí,
Centuriones.
Zara le lanzó una mirada desagradable, aunque los Centuriones
estaban en su mayoría agrupados en el porche, boquiabiertos. Solamente
Diego parecía que, literalmente, no podía esperar a lanzarse a la pelea.
Sus venas se destacaban en su frente, y su mano temblaba de odio.
—Somos Centuriones —dijo Zara. — No seguimos tus órdenes.
Diana giró sobre sí misma.
—Cállate, niña tonta —dijo con una furia fría. — Como si los
Dearborns no se hubiera acobardado en Zurich durante la Guerra Oscura.
Nunca has estado en una verdadera batalla. Yo sí. No digas otra palabra.
Zara se movió hacia atrás, rígida de sorpresa. Ni uno de sus
Centuriones, ni siquiera Samantha o Manuel, se dispuso a discutir por ella.
Los demonios, gritando, aleteando y deslizándose por la hierba, casi
habían llegado al porche.
Kit sintió que Livvy se inclinaba hacia él y Ty se movió para pararse
frente a él. Estaban tratando de bloquearlo, se dio cuenta de repente.
Para protegerlo. Sintió una oleada de gratitud, y luego una ola de molestia.
¿Creían que era un mundano indefenso?
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Había luchado con demonios antes. En el fondo de su alma, algo se
movía. Algo que hizo que la chispa del cuchillo serafín brillara en su mano.
Algo que le hizo entender la mirada de Diego, quien se volvió hacia Diana
y dijo:
— ¿Órdenes?
—Matarlos a todos, obviamente —dijo Diana, y los Centuriones
comenzaron a bajar las escaleras.
Diego hundió su hacha en lo primero que vio; las runas
resplandecían a lo largo de la hoja mientras cortaban a través de la jalea,
pulverizando sangre gris y negra.
Kit se lanzó hacia adelante. El espacio delante de los escalones se
había convertido en un combate cuerpo a cuerpo. Vio el poder de los
cuchillos serafines mientras los Centuriones se sumergían y apuñalaban, y
el aire se llenó del hedor de la sangre demoníaca y la hoja en su mano
ardía y ardía y algo atrapó su muñeca, en la parte superior de los
escalones. Era Livvy.
—No —dijo ella. — No estás listo.
—Estoy bien —protestó. Ty estaba a medio camino de los escalones;
sacó la mano y lanzó la daga que todavía estaba sosteniendo. Se hundió
en el amplio y plano pliegue del ojo de un demonio con cabezas de
peces, que parpadeó en el olvido.
Se volvió para mirar a Kit y a su hermana.
—Livvy —dijo. — Déjalo.
La puerta se abrió de nuevo, y para sorpresa de Kit, era Arthur
Blackthorn, todavía con pantalones vaqueros, su albornoz sobre ellos, pero
se había puesto zapatos por lo menos. Una antigua espada manchada
colgaba de su mano.
Diana, encerrada en combate con un demonio lagarto, miró con
horror.
— ¡Arthur, no!
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Arthur estaba jadeando. Había terror en su rostro, pero otra cosa
también, una especie de ferocidad.
Se precipitó por los escalones, arrojándose al primer demonio que
vio: una cosa fruncida y rojiza con una única boca masiva y un aguijón
largo. Cuando el aguijón cayó, lo cortó por la mitad, enviando a la criatura
que se balanceaba y chillaba por el aire como un globo desinflado.
Livvy soltó a Kit. Estaba mirando a su tío con asombro. Kit se volvió
para bajar las escaleras, justo cuando los demonios comenzaron a
retroceder. Retrocedían… pero ¿por qué? Los Centuriones habían
comenzado a celebrar antes de que el Instituto se aclarara, pero para Kit,
parecía demasiado pronto. Los demonios no habían estado perdiendo.
No habían ganado, pero era demasiado pronto para retirarse.
—Algo está pasando —dijo, mirando entre Livvy y Ty, ambos
equilibrados en el escalón junto a él. — Algo está mal…
Una risa atravesó el aire. Los demonios se congelaron en un
semicírculo, bloqueando el camino a la carretera, pero sin avanzar. En
medio de su semicírculo caminó una figura como de película de terror.
Había sido una vez un hombre; todavía tenía la forma borrosa de
uno, pero su piel era como de un pescado gris verdoso, y cojeaba porque
la mayor parte de su brazo y todo su costado había sido masticado. Su
camisa colgaba hecha jirones, mostrando donde los huesos blancos de sus
costillas habían quedado limpios, la piel gris drenada alrededor de sus
terribles heridas.
Su cabello había desaparecido en mayor parte, aunque lo que
quedaba era de color hueso. Su rostro estaba ahogado e hinchado, con
los ojos lechosos, blanqueados por el agua de mar. Sonrió con una boca
que en su mayoría estaba sin labios. En su mano sostenía un saco negro,
una tela manchada mojada y oscura.
—Cazadores de Sombras —dijo–, cómo los he echado de menos.
Era Malcolm Fade.

*** ***
229
Al silencio que siguió al desenmascaramiento del campeón Noseelie,
Julian pudo oír su propio corazón golpeando contra su pecho. Sintió el
ardor de su runa parabatai, un claro dolor abrasador. El dolor de Emma.
Quería acercarse a ella. Ella se paró como un caballero en un
cuadro, con la cabeza inclinada y la espada a un costado. Con su equipo
salpicado de sangre, el pelo medio salido de sus ataduras, flotando a su
alrededor. Vio sus labios moverse: sabía lo que estaba diciendo, aunque
no pudiera oírla. Los recuerdos de la Emma que había sido lo atravesaron,
parecían como de hace mil años, una niña extendiendo los brazos para
que su padre la levantara.
¿Papi?
El Rey se echó a reír.
—Córtale la garganta, muchacha —dijo. — ¿O no puedes matar a
tu propio padre?
— ¿Padre? —repitió Cristina. — ¿Qué quiere decir?"
—Es John Carstairs —dijo Mark. —El padre de Emma.
—Pero cómo…
—No lo sé —dijo Julian. — Es imposible.
Emma cayó de rodillas, deslizando a Cortana de nuevo en su vaina.
A la luz de la luna ella y su padre eran sombras mientras ella se inclinaba
sobre él.
El Rey se echó a reír, su rostro misterioso se abrió con una amplia
sonrisa, y la Corte rió con él, aullando de alegría, estallando alrededor de
ellos. Nadie estaba prestando atención a los tres Cazadores de Sombras en
el centro del claro.
Julian quería ir hacia Emma. Lo deseaba desesperadamente. Pero él
era alguien que estaba acostumbrado a no hacer o a no conseguir lo que
él quería. Se giró hacia Mark y Cristina.
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—Ve por ella —le dijo a Cristina. Sus oscuros ojos se abrieron. — Ve
por él —le dijo a Mark, y Mark asintió y se deslizó entre la multitud, una
sombra entre las sombras.
Cristina desapareció tras él, hundiéndose también en la multitud. Los
cortesanos aún reían, el sonido de sus burlas se elevaba, pintando la
noche. Las emociones humanas son tan absurdas, las mentes y los
corazones humanos son tan frágiles.
Julian sacó una daga de su cinturón. No un cuchillo serafín, ni
siquiera un arma con runas, pero era de hierro frío y encajaba
cómodamente en su palma. Los príncipes miraban hacia el pabellón entre
los caballeros, riendo. Le tomó a Julian sólo unos pasos llegar a ellos, arrojar
sus brazos alrededor del príncipe Erec y jalarlo hacia atrás poniendo su
daga contra su cuello.
*** ***
El primer pensamiento distraído de Kit fue: Por eso no han podido
encontrar el cuerpo de Malcolm.
Su segundo fue un recuerdo. El Gran Brujo había sido algo fijo del
Mercado de las Sombras, y amistoso con el padre de Kit, aunque más
tarde supo que habían sido más que simples conocidos, sino socios en el
crimen. Aun así, el brujo animado y de ojos púrpuras había sido popular en
el Mercado, y algunas veces había producido dulces interesantes para Kit,
los cuales declaraba que eran de los lejanos lugares a los que había
viajado.
Había sido extraño para Kit darse cuenta que el amable brujo que
conocía era un asesino. Era aún más extraño ahora ver en lo que Malcolm
se había convertido. El brujo avanzó, despojado toda su gracia anterior,
zarandeándose sobre la hierba. Los Cazadores de Sombras entraron en
formación, como una legión romana. Se enfrentaron a Malcolm en una
línea, hombro con hombro, con sus armas fuera. Sólo Arthur se puso de pie.
Miró fijamente a Malcolm, con la boca abierta.
La hierba delante de todos ellos estaba cubierta de negro y gris por
la sangre de los demonios.
Malcolm sonrió, lo mejor que pudo con su cara arruinada.
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—Arthur —dijo, mirando al hombre encogido en su albornoz
ensangrentado. — Debes extrañarme. No pareces estar bien sin tu
medicación. No del todo.
Arthur se aplastó contra el muro del Instituto. Hubo un murmullo entre
los Centuriones, que se cortó cuando Diana habló.
—Malcolm —dijo ella. Sonaba notablemente tranquila, considerando
la situación—, ¿qué quieres?
Se detuvo cerca de los Centuriones, aunque no lo suficientemente
cerca como para atacar.
— ¿Han estado disfrutando la búsqueda de mi cuerpo, Centuriones?
Ha sido un verdadero placer mirarlos, chapoteando en su barco invisible,
sin ninguna idea de lo que están buscando o cómo encontrarlo. Pero
ustedes nunca han conocido mucho a los brujos, ¿verdad?
—Silencio, inmundicia —dijo Zara, vibrando como un alambre
eléctrico. — Tú…
Divya le dio un codazo.
—No lo hagas —susurró ella. —Deja hablar a Diana.
—Malcolm —dijo Diana con el mismo tono frío. — Las cosas no son
como antes. Tenemos el poder de la Clave de nuestro lado. Sabemos
quién eres y averiguaremos dónde estás. Eres un tonto al haber venido
aquí y mostrado tu mano.
—Mi mano —musitó. — ¿Dónde está mi mano de nuevo? Correcto.
Está dentro de esta bolsa —hundió su mano en el saco que llevaba.
Cuando lo sacó, llevaba la cabeza de un ser humano.
Hubo un silencio lleno de horror.
— ¡Jon! —dijo Diego con voz ronca.
Gen Aldertree parecía a punto de colapsar.
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—Oh Dios, pobre Marisol.
Zara estaba mirando con horror, aunque no hizo ningún movimiento
para avanzar. Diego dio un paso, pero Rayan cogió su brazo cuando
Diana replicó,
— ¡Centuriones! ¡Permanezcan en formación!
Se oyó un sonido de náuseas cuando Malcolm lanzó la cabeza
cortada de Jon Cartwright sobre la hierba desnuda.
Kit comprendió que él mismo había hecho el ruido. Estaba mirando
la columna vertebral expuesta de Jon. Era muy blanca contra la tierra
negra.
—Supongo que tienes razón —dijo Malcolm a Diana. — Es más
cuestión de tiempo renunciar a nuestras pretensiones, ¿no? Conocen mis
debilidades… y conozco las suyas. Matar a éste —señaló los restos de
Jon—, tomó unos segundos, y bajar sus salvaguardas tomó menos. ¿Crees
que me tomará mucho más tiempo conseguir lo que realmente quiero?
— ¿Y qué es eso? —dijo Diana. — ¿Qué es lo que quieres, Malcolm?
—Quiero lo que siempre he querido. Quiero a Annabel y lo que se
necesita para recuperarla —Malcolm se rio. Era un sonido que
gorgoteaba. — Quiero mi sangre de Blackthorn.
*** ***
Emma no recordaba haber caído de rodillas, pero estaba
arrodillada. El suelo revuelto y las hojas muertas la rodeaban. El caballero
de las hadas –su padre– estaba de nuevo en una piscina de sangre que se
extendía. Se empapó en la tierra ya oscura y la volvió casi negra.
—Papá —susurró ella. — Papá, por favor, mírame.
Ella no había dicho la palabra "papá" en años. Probablemente
desde que tenía siete años.
Los ojos azules se abrieron en su cara marcada. Se veía igual a como
Emma lo recordaba: bigotes rubios donde había olvidado afeitarse, líneas
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de bondad alrededor de sus ojos. La sangre seca le salpicó la mejilla. Él la
miró con los ojos muy abiertos.
El Rey se echó a reír.
—Córtale la garganta —dijo. — ¿O no puedes matar a tu propio
padre, muchacha?
Los labios de John Carstairs se movieron, pero no salió ningún sonido.
“Volverás a ver el rostro de alguien que amaste, que está muerto”,
dijo el phuka. Pero Emma nunca habría pensado en esto.
Agarró el brazo de su padre, cubierto con una armadura de hada
de cuero.
—Me doy por vencida —dijo de forma irregular. —Me rindo, me
rindo, sólo déjenme ayudarlo.
—Se ha rendido —dijo el rey.
La Corte empezó a reírse. La risa se elevó alrededor de Emma,
aunque apenas la oyó. Una voz detrás de su cabeza le estaba diciendo
que esto no era correcto, había una equivocación fundamental aquí, pero
la vista de su padre rugía en su cabeza como el sonido de una ola
estrepitosa. Alcanzó su estela, él seguía siendo un Cazador de Sombras
después de todo… pero dejó caer su mano; el iratze no funcionaría aquí.
—No te dejaré —dijo ella. Su cabeza estaba zumbando. —No te
dejaré aquí.
Agarró y apretó su brazo agachada al pie del pabellón, consciente
de la mirada del Rey sobre ella, de la risa a su alrededor.
—Me quedaré.
*** ***
Fue Arthur quien se movió. Se alejó de la pared y se dirigió hacia
Livvy y Ty. Agarró a cada uno de ellos por un brazo y los impulsó hacia la
puerta del Instituto.
234
Los dos lucharon, pero Arthur parecía sorprendentemente fuerte.
Livvy dio media vuelta, llamando al nombre de Kit. Arthur dio una patada a
la puerta principal y empujó a su sobrina y su sobrino. Kit podía oír a Livvy
gritando, y la puerta se cerró tras ellos.
Diana arqueó una ceja hacia Malcolm.
— ¿Así que sangre de Blackthorn?
Malcolm suspiró.
—Perros locos e ingleses —dijo. —Y a veces te encuentras con
alguien que es ambos. No puedes pensar que eso funcionará.
— ¿Estás diciendo que puedes ingresar al Instituto? —preguntó
Diego.
—Estoy diciendo que no importa —dijo Malcolm. — Yo preparé todo
esto antes de que Emma me matara. Mi muerte. Y estoy muerto, aunque
no por mucho tiempo. ¿No es maravilloso el Libro Negro? Lo que ven
conmigo esta noche es una pequeña fracción de los demonios que
controlo a lo largo de esta costa. Tráiganme un Blackthorn, o los envío a
tierra para asesinar y destruir mundanos.
—Te detendremos —dijo Diana. —La Clave te detendrá. Ellos
enviarán más Cazadores de Sombras.
—No hay suficientes de ustedes —dijo Malcolm con alegría. Había
empezado a caminar de arriba a abajo frente a la pared de los demonios
del mar que babeaba detrás de él. —Esa es la belleza de la Guerra
Oscura. No pueden simplemente contener a cada demonio del Pacífico,
no con sus números actuales. Oh, no estoy diciendo que no puedan
ganar, puede ser que lo hagan eventualmente. Pero piensa en el número
de muertos mientras tanto. ¿Un miserable Blackthorn realmente vale la
pena?
—No vamos a darte uno de los nuestros para asesinar, Fade —dijo
Diana. — Lo sabes bien.
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—No hablas por la Clave, Diana —dijo Malcolm. —Y no están por
encima de los sacrificios —intentó sonreír. Un labio podrido se partió y un
líquido negro se derramó por su barbilla. —Uno por muchos.
Diana respiraba con dificultad, sus hombros subían y caían enojados.
— ¿Y entonces qué? ¿Toda esa muerte y destrucción y qué
ganarás?
—Habrán sufrido —dijo Malcolm. — Y eso es suficiente para mí, por
ahora. Que los Blackthorns sufran.
Sus ojos recorrieron el grupo delante de él.
— ¿Dónde están Julian y Emma? ¿Y Mark? ¿Demasiado cobardes
para enfrentarme? —rio entre dientes. — Demasiado. Me hubiera gustado
ver la cara de Emma cuando pusiera sus ojos en mí. Puedes decirles que
espero que la maldición los consuma a ambos.
¿Consuma a quién? pensó Kit, pero la mirada de Malcolm se había
inclinado para centrarse en él, y vio el brillo de los ojos lechosos del brujo.
—Lo siento por tu padre, Herondale —dijo Malcolm. — No podía
evitarse.
Kit levantó a Adriel por encima de su cabeza. El cuchillo serafín
estaba caliente bajo su agarre, empezando a parpadear, pero lanzó un
resplandor a su alrededor, uno que esperaba que lo iluminara lo suficiente
para que el brujo pudiera verlo cuando escupió en su dirección.
La mirada de Malcolm se aplastó. Se volvió hacia Diana.
—Te daré hasta mañana por la noche para decidir. Entonces
regresaré. Si ustedes no me proporcionan un Blackthorn, la costa será
devastada. Mientras tanto… —chasqueó los dedos y un parpadeante
fuego púrpura brilló en el aire. —Diviértanse con mis amigos aquí.
Se desvaneció cuando los demonios del mar avanzaron hacia los
Centuriones

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