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Donde viven los espíritus
Traductoras: Laura M Camacho y Melanie A. Bane Lightwood
Correctora: Vicky Dondena
Revisora final: Jennifer García
Ejército Nephilim Latinoamérica
Demasiado tránsito significaba que Julian y Kit tardarían una hora en
llegar de Malibú a Old Pasadena. En el momento que encontraron un
estacionamiento, Julian sintió un profundo dolor de cabeza, no ayudaba el
hecho de que Kit apenas le había dicho una palabra desde que habían
dejado el instituto.
Incluso después de la puesta de sol, el cielo en el oeste estaba
tocado por tonos carmesí y negros. El viento soplaba desde el este, lo que
significaba que incluso en el centro de la ciudad se podía respirar el
desierto: sal y arena, cactus y coyotes, y el ardiente aroma de la salvia.
Kit saltó fuera del auto al minuto que Julian apagó el motor, como si
no pudiera soportar pasar otro minuto a su lado. Cuando habían pasado la
salida de la autopista que pasaba por la vieja casa de los Rook, Kit le
había preguntado si podía pasar a recoger algo de su ropa. Julian había
dicho que no, que no era seguro, especialmente por la noche. Kit lo había
mirado como si Julian le hubiera metido un cuchillo por la espalda.
Julian estaba acostumbrado a las súplicas, los berrinches y las
protestas de cuando alguien te odiaba. Tenía cuatro hermanos menores.
Pero Kit tenía un aire especial, realmente lo decía en serio.
Ahora, cuando Julian cerró el auto detrás de ellos, Kit emitió un
resoplido.
—Pareces un Cazador de Sombras.
Julian se miró a sí mismo. Jean, botas y una chaqueta vintage que
había sido un regalo de Emma. Dado que las runas glamour no eran de
gran utilidad en el Mercado, había tenido que bajar su manga para cubrir
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la runa de visión y voltear su cuello para ocultar los bordes de marcas que
se asomaban desde su camisa.
— ¿Qué? —dijo. — No puedes ver ninguna marca.
—No es necesario —dijo Kit con voz aburrida. — Pareces un policía,
todos ustedes siempre se ven como policías.
El dolor de cabeza de Julian se intensificó.
— ¿Y qué sugieres?
—Déjame entrar solo —dijo Kit. — Me conocen, confían en mí.
Contestarán a mis preguntas y me venderán lo que sea que quiera —
extendió una mano. — Necesitaré algo de dinero, por supuesto.
Julian lo miró con incredulidad.
—Realmente no creíste que eso funcionaría, ¿verdad?
Kit se encogió de hombros y retiró su mano.
—Podría haber funcionado.
Julian comenzó a caminar hacia el callejón que conducía a la
entrada del Mercado de las Sombras. Sólo había estado allí una vez, hace
años, pero lo recordaba bien. Los Merca
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final del callejón donde un ligero resplandor era visible en el aire. Agarró a
Kit por el brazo, impulsándolos a ambos a través de él al mismo tiempo.
Emergieron al otro lado dentro del corazón del Mercado. La luz se
encendió a su alrededor, borrando las estrellas de arriba. Incluso la luna
parecía una pálida capa.
Julian seguía agarrando el brazo de Kit, pero Kit no hacía ningún
movimiento para huir. Estaba mirando a su alrededor con una melancolía
que lo hacía parecer joven. A veces era difícil para Julian recordar que Kit
tenía la misma edad que Ty. Sus ojos azules, — claros y celestes, sin el tono
verde que caracterizaba los ojos de los Blackthorn—, se movían por el
Mercado, absorbiéndolo todo.
Filas de puestos se iluminaban con antorchas cuyo fuego era
dorado, azul y verde venenoso. Redes de hermosas flores y de olor dulce
como las flores blancas de adelfa o de jacarandá caían en cascada por
los lados de los puestos. Hermosas hadas, chicas y chicos, bailaban en
armonía de la música y las gaitas. En todos lados había voces que
exclamaban ven a comprar, ven a comprar. Había armas en exhibición,
joyas y frascos de pociones y polvos.
—Por aquí —dijo Kit, tirando del brazo de Julian.
Julian lo siguió. Podía sentir los ojos en ellos, se preguntaba si era
porque Kit tenía razón: parecía un policía, una versión supernatural, de
todos modos. Él era un Cazador de Sombras, siempre había sido un
Cazador de Sombras. No podías ocultar tu naturaleza.
Habían llegado a uno de los límites del Mercado, donde la luz era
más tenue y era posible ver las líneas blancas pintadas en el asfalto debajo
de ellos, que revelaban el trabajo nocturno de ese lugar como un
estacionamiento.
Kit se dirigió hasta el puesto más cercano, donde una mujer hada
estaba sentada frente a un cartel que anunciaba la fortuna y pociones de
amor. Ella levantó la vista con una sonrisa radiante mientras él se
acercaba.
— ¡Kit! —exclamó. Llevaba un vestido blanco escotado que
resaltaba su pálida piel azul y sus orejas puntiagudas se asomaban por su
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cabello lavanda. Ligeras cadenas de oro y plata colgaban alrededor de
su cuello y le llegaban hasta las muñecas. Ella miró a Julian. — ¿Qué está
haciendo él aquí?
—El Nefilim está bien, Hyacinth —dijo Kit. — Yo responderé por él.
Sólo quiere comprar algo.
—Todo el mundo —murmuró. Lanzó una mirada traviesa hacia
Julian— Tú eres uno lindo —dijo— tus ojos son casi del mismo color que mi
piel.
Julian se acercó al puesto. Había veces como esta en las que
deseaba ser bueno para coquetear. No lo era. Nunca había sentido en su
vida un destello de deseo por una chica que no fuera Emma, así que era
algo que nunca había aprendido a hacer.
—Estoy buscando una poción para curar la locura en un Cazador de
Sombras —dijo. — O al menos detener los síntomas por un tiempo.
— ¿Qué clase de locura?
—Fue atormentado en la Corte —dijo Julian sin rodeos. — Su mente
se rompió por las alucinaciones y pociones que lo obligaban a beber.
— ¿Un Cazador de Sombras con locura causada por las hadas? Oh
—dijo, y había escepticismo en su tono. Julian comenzó a explicarle sobre
su tío Arthur, sin usar su nombre: su situación y condición. El hecho de que
sus periodos de lucidez iban y venían. El hecho de que a veces su estado
de ánimo le hacía sombrío y cruel. Que reconocía a su familia sólo una
parte del tiempo. Describió la poción que Malcolm había hecho para
Arthur, cuando confiaban en Malcolm y pensaban que era su amigo.
No es que mencionara a Malcolm por su nombre.
La mujer hada sacudió la cabeza cuándo terminó.
—Deberías preguntarle a un brujo —dijo. — Ellos tratarán con los
Cazadores de Sombras. Yo no lo haré. No tengo ningún deseo de meterme
en problemas con las Cortes o la Clave.
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—Nadie necesita saberlo —dijo Julian. — Te pagaré bien.
—Niño —había un borde de lástima en su voz. — ¿Crees que puedes
esconderle secretos a todo el Submundo? ¿Crees que el Mercado no ha
estado esparciendo la noticia de la caída del Guardián y la muerte de
Johnny Rook? ¿Y del hecho de que ahora ya no tenemos un Gran Brujo?
La desaparición de Anselm Nightshade... aunque era un hombre terrible —
sacudió la cabeza. — Nunca debieron haber venido aquí —dijo. — No es
seguro para ninguno de los dos.
Kit parecía desconcertado.
—Te refieres a él —dijo, señalando a Julian con la cabeza inclinada.
— No es seguro para él.
—Tampoco para ti, niñito —dijo una voz grave detrás de ellos.
Ambos se voltearon. Un hombre enano estaba parado frente a ellos.
Era pálido, con un tono plano y enfermizo en la piel. Llevaba un traje de
lana gris de tres piezas, debía de estar hirviendo por el clima cálido. Su pelo
y su barba eran oscuros y estaban bien cortados.
—Barnabas —dijo Kit, parpadeando. Julian notó que Hyacinth se
encogía ligeramente en su puesto. Una pequeña muchedumbre se había
reunido detrás de Barnabas.
El hombre bajo se adelantó.
—Barbabas Hale —dijo, extendiendo una mano. En el momento en
que sus dedos se cerraron alrededor de Julian, Julian sintió que sus
músculos se apretaron. Sólo la afinidad de Ty por los lagartos y las
serpientes, y el hecho de que Julian había tenido que sacarlos del Instituto
y ponerlos en la hierba más de una vez, le impidieron apartar la mano.
—Eres un brujo— dijo.
—Nunca afirmé lo contrario —dijo Barnabas. — Y tú eres un Cazador
de Sombras.
Julian suspiró y volvió a colocar las mangas en su lugar.
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—Supongo que no tenía mucho sentido tratar de disimularlo.
—Ninguno en lo absoluto —respondió Barnabas. — La mayoría de
nosotros puede reconocer a un Nefilim a simple vista, y además, el joven
Rook ha sido tema de la ciudad —se volvió hacia Kit con sus ojos hundidos.
— Lamento lo de tu padre.
Kit reconoció eso con una ligera inclinación de la cabeza.
—Barnabas es el dueño del Mercado de las Sombras, al menos es
dueño de la tierra dónde el Mercado está, y cobra el alquiler de los
puestos.
—Eso es verdad —dijo Barnabas. — Así que entenderán que hablo
en serio cuando les pido a ambos que se vayan.
—No estamos causando ningún problema —dijo Julian. — Vinimos
aquí para hacer negocios.
—Los Nefilim no “hacen negocios” en los Mercados de Sombras —
dijo Barnabas.
—Creo que encontrarás que lo hacen —dijo Julian. — Un amigo mío
compró algunas flechas aquí no hace mucho tiempo. Resultaron
envenenadas. ¿Alguna idea sobre eso?
Barnabas apuntó con su dedo hacia él.
—A eso me refiero —dijo. — No puedes apagarlo, aunque quieras, el
pensar que tú tienes que hacer las preguntas y las reglas.
—Ellos sí hacen las reglas —dijo Kit.
—Kit —dijo Julian por un costado de su boca. — No estás ayudando.
—Un amigo mío desapareció el otro día —dijo Barnabas. — Malcolm
Fade. ¿Alguna idea sobre eso?
Hubo un susurro entre la multitud detrás de él. Julian abrió y cerró las
manos en los costados. Si hubiera estado allí solo, no se habría
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preocupado, podría haber salido de la multitud con facilidad y haberse
ido al auto, pero con Kit para proteger, sería más difícil.
— ¿Ves? —preguntó Barnabas. — Por cada secreto que tú creas
conocer, nosotros conocemos otro. Sé lo que le pasó a Malcolm.
— ¿Sabes lo que hizo? —preguntó Julian, controlando
cuidadosamente su voz. Malcolm había sido un asesino, un asesino en
masa. Había matado tanto a Subterráneos como a mundanos.
Seguramente los Blackthorns no podían ser culpados por su muerte. —
¿Sabes por qué sucedió?
—Sólo veo a otro Subterráneo muerto en manos de los Nefilim. Y
Anselm Nightshade, también, encarcelado por un poco de magia simple.
¿Qué sigue? —escupió en el suelo a sus pies. — Hubo un tiempo en que
toleré a los Cazadores de Sombras en el Mercado. Estaba dispuesto a
tomar su dinero, pero ese tiempo ha terminado —la mirada del brujo se
deslizó hasta Kit. — Vete —dijo. — Y llévate a tu amigo Nefilim contigo.
—No es mi amigo —dijo Kit. — Y no soy como ellos, soy como tú...
Barnabas estaba sacudiendo su cabeza. Hyacinth lo observó, sus
manos azules acurrucadas bajo su barbilla, sus ojos abiertos.
—Un tiempo oscuro está llegando para los Cazadores de Sombras
—dijo Barnabas. — Un tiempo terrible. Su poder será aplastado, su fuerza
será lanzada como mugre, y su sangre correrá como agua a través de los
ríos del mundo.
—Eso es suficiente —dijo Julian bruscamente. — Deja de intentar
asustarlo.
—Pagarán por la Paz Fría —dijo el brujo. — La oscuridad está
llegando, y deberías estar bien advertido, Christopher Herondale, de
permanecer lejos de los Institutos y Cazadores de Sombras. Escóndete
como tu padre lo hizo, y su padre antes de él. Sólo entonces podrás estar
a salvo.
— ¿Cómo sabes quién soy? —exigió Kit. — ¿Cómo conoces mi
verdadero nombre?
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Era la primera vez que Julian le había escuchado admitir que
Herondale era su verdadero nombre.
—Todo el mundo lo sabe —dijo Barnabas. — Es lo único de lo que se
ha estado hablando en el Mercado por días, ¿no viste a todo el mundo
mirándote cuándo llegaste?
Así que no habían estado mirando a Julian, o al menos no sólo a
Julian. Sin embargo, eso no era reconfortante, pensó Jules, no cuándo Kit
tenía esa expresión en su rostro.
—Pensé que podría volver aquí —dijo Kit. — Tomar el puesto de mi
padre. Trabajar en el Mercado.
Una lengua salió entre los labios de Barnabas.
—Nacido como Cazador de Sombras, siempre serás un Cazador de
Sombras —dijo. — No puedes limpiar la mancha de tu sangre. Te lo diré por
última vez, chico. Váyanse del Mercado de las Sombras. Y nunca regresen.
Kit retrocedió, mirando a su alrededor, viendo, como si fuera por
primera vez, los rostros que volteaban hacia él, más vacíos y hostiles,
muchos ávidamente curiosos.
—Kit... —empezó a decir Julian, extendiendo una mano.
Pero Kit se había escapado.
A Julian le tomó un momento para atrapar a Kit. El chico no había
estado intentando correr, sólo había estado empujando a ciegas a través
de la multitud, sin destino. Se había acercado a un enorme puesto que
parecía estar a la mitad de ser despedazado.
Era sólo una pila de tablas ahora. Parecía como si alguien lo hubiera
despedazado con las manos. En el asfalto estaban esparcidos pedazos de
madera. Una señal colgaba tortuosamente de la parte superior del puesto,
impresa con las palabras: “¿PARTE SOBRENATURAL? NO ESTÁS SOLO. ¡LOS
SEGUIDORES DEL GUARDIÁN QUIEREN QUE TE UNAS A LA LOTERÍA! ¡DEJA
QUE LA SUERTE ENTRE A TU VIDA!”.
—El Guardián —dijo Kit. — ¿Ese era Malcolm Fade?
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Julian asintió.
—Fue él quien consiguió que mi padre se involucrara en todo esto de
los seguidores y el teatro Medianoche —dijo Kit, con un tono casi
pensativo. — Es culpa de Malcolm que haya muerto.
Julian no dijo nada. Johnny Rook no había sido el mejor, pero era el
padre de Kit. Sólo consigues tener un padre. Y Kit no estaba equivocado.
Kit se movió entonces, golpeando el letrero con su puño tan fuerte
como pudo. Éste se estrelló contra el suelo. En el momento antes de que
Kit retirara la mano, haciendo una mueca de dolor, Julian vio un destello
de Cazador de Sombras en él. Si el brujo no estuviese muerto, Julian creía
sinceramente que Kit habría matado a Malcolm.
Una pequeña multitud los había seguido desde el puesto de
Hyacinth, mirando fijamente. Julian puso una mano en la espalda de Kit, y
Kit no se movió para alejarlo.
—Vámonos —dijo Julian.
*** ***
Emma se duchaba con cuidado: la desventaja de tener tu cabello
largo cuando eras una Cazadora de Sombras era que nunca sabías,
después de una pelea, si tenías icor en él. Una vez la parte posterior de su
cuello había estado verde durante una semana.
Cuando salió a su habitación, usando pantalones de chándal y una
camiseta sin mangas y secándose el pelo con una toalla verde, encontró a
Mark acurrucado al pie de su cama leyendo una copia de Alicia en el País
de las Maravillas.
Llevaba un par de pantalones de pijama de algodón que Emma
había comprado por tres dólares a un vendedor del lado del PCH. Se
mostraba partidario de ellos, al ser algo extrañamente cercano en su suelto
y ligero material, a la clase de pantalones que había usado en la Tierra de
las Hadas. Si le molestaba que tuvieran un patrón de tréboles verdes
bordados con las palabras TEN SUERTE en ellos, no lo demostraba. Se
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incorporó cuando Emma entró, frotándose las manos por el pelo y
sonriéndole.
Mark tenía una sonrisa que podía romper tu corazón. Parecía
tomar todo su rostro y aclarar sus ojos, disparando el azul y el oro de
adentro.
—Una noche extraña, ciertamente —dijo.
—No uses esa palabra conmigo —se dejó caer en la cama junto
a él. Él no dormía en la cama, pero no parecía importarle usar el colchón
como una especie de sofá gigante. Dejó su libro y se apoyó contra el
estribo. — Conoces mis reglas de no usar el “ciertamente” en mi
habitación. También el uso de “empero”, “desdicha” y “ay de mí”.
— ¿Y qué hay de “caracoles”?
—El castigo por '”caracoles” es grave —le dijo. — Tendrás que
correr desnudo hasta el mar frente a los Centuriones.
Mark parecía perplejo.
— ¿Y entonces?
Ella suspiró.
—Lo siento, lo olvidé. A la mayoría de nosotros nos importa estar
desnudos frente a extraños. Tienes mi palabra.
— ¿De Verdad? ¿Nunca has nadado desnuda en el océano?
—Eso es una pregunta diferente, pero no, nunca lo he hecho —
ella se recostó a su lado.
—Deberíamos hacerlo un día —dijo. — Todos nosotros.
—No puedo imaginar a Diego el perfecto arrancando toda su
ropa y saltando al agua frente a nosotros. Tal vez sólo delante de Cristina.
Tal vez.
Mark salió de la cama y subió al montón de mantas que ella le
había puesto en el suelo.
—Lo dudo. Apuesto a que nada con toda su ropa puesta. De lo
contrario tendría que quitarse el alfiler Centurión.
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Ella se echó a reír y él le dio una sonrisa como respuesta, aunque
parecía cansado. Ella sintió un golpe de simpatía. No eran las actividades
normales de caza las que la estaban agotando. Era la pretensión. Tal vez
tenía sentido que ella y Mark sólo pudieran relajarse esa noche uno
alrededor del otro, ya que no había nadie, y no tenían nada que fingir.
Estas eran algunas de las pocas veces que se había relajado
desde el día en que Jem le había hablado sobre la maldición parabatai,
cómo los parabatai que se enamoraban se volvían locos y se destruían a sí
mismos y a todos los que amaban.
Ella lo supo de inmediato, no podía dejar que nada de eso
ocurriera. No a Julian. No a su familia, a quien ella amaba también. No
podía dejar de amar a Julian. Era imposible. Así que tuvo que hacer que
Julian no la amara a ella.
Julian le había dado la clave, días antes. Palabras que susurró
contra su piel en un raro momento de vulnerabilidad: estaba celoso de
Mark. Celoso de que Mark pudiera hablar con ella, coquetear con ella,
con facilidad, mientras que Julian siempre tenía que esconder lo que
sentía.
Mark estaba ahora apoyado en el estribo, con los ojos medio
cerrados. Medialunas de color debajo de sus párpados, sus pestañas eran
un tono más oscuras que su cabello. Recordó haberle pedido que fuera a
su habitación. Necesito que pretendas que estamos saliendo. Que nos
estamos enamorando.
Él le había tendido la mano y había visto la tormenta en sus ojos.
La ferocidad que le recordaba que la Tierra de las Hadas era más que
hierba verde y secretos. Que era una insensible crueldad, lágrimas y
sangre, relámpagos que cortaron el cielo nocturno como un cuchillo.
¿Por qué mentir? —le había preguntado.
Había pensado por un momento que él le había estado
preguntando, ¿Por qué quieres contar esta
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Dijeron que a veces los hombres se unían a la Cacería Salvaje
porque habían sufrido una gran pérdida, prefiriendo aullar su dolor a los
cielos que sufrir en silencio en sus vidas grises y ordinarias. Recordó cuando
se elevó a través del cielo con Mark, con sus brazos alrededor de su
cintura: había dejado que el viento tomara sus gritos de excitación,
emocionada hacia la libertad del cielo donde no había dolor,
preocupación, sólo olvido.
Y aquí estaba Mark, hermoso de esa manera en que lo era el
cielo nocturno, ofreciéndole esa misma libertad con una mano extendida.
¿Y si pudiera amar a Mark? pensó. ¿Y si pudiera hacer que esta mentira
fuera verdad?
Entonces no sería mentira. Si pudiera amar a Mark, acabaría con
todo el peligro. Julian estaría a salvo. Ella había asentido. Tomó la mano de
Mark.
Empezó a recordar aquella noche en su habitación, la mirada en
sus ojos cuando él le preguntó, ¿Por qué mentir?
Recordó su cálido abrazo, sus dedos rodeando su muñeca.
Cómo casi se habían tropezado en su prisa por acercarse el uno al otro,
chocando casi torpemente, como si hubieran estado bailando y hubieran
perdido un paso. Ella había abrazado a Mark por los hombros y se había
estirado para besarlo.
Él era delgado y fuerte debido a la cacería, pero no tan
musculoso como Julian, sentía los huesos de su clavícula y los hombros
afilados bajo sus manos. Pero su piel era suave donde ella empujó sus
manos por el cuello de su camisa, acariciando la parte superior de su
espina dorsal. Y su boca estaba caliente sobre la suya.
Sabía apetitoso y se sentía caliente, como si tuviera fiebre.
Instintivamente se acercó a él; no se había dado cuenta de que estaba
temblando, pero lo hacía. Su boca se abrió sobre la suya; él exploró los
labios de ella con los suyos, enviando lentas ondas de calor a través de su
cuerpo. Besó la comisura de su boca, rozó sus labios contra su mandíbula,
su mejilla.
Él retrocedió.
—Em —dijo, con expresión desconcertada. — Tienes sabor a sal.
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Ella sacó su mano derecha de su cuello. Tocó su cara. Estaba
mojada. Había estado llorando.
Él frunció el ceño.
—No entiendo. Quieres que el mundo crea que somos una
pareja, y sin embargo estás llorando como si te hubiera lastimado. ¿Te he
hecho daño? Julian nunca me lo perdonaría.
La mención del nombre de Julian casi la deshizo. Se dejó caer al
pie de su cama, agarrándose las rodillas.
—Julian está muy ocupado —dijo. — No puedo hacer que se
preocupe por mí. Por mi relación con Cameron.
En silencio, se disculpó con Cameron Ashdown, que en realidad
no había hecho nada malo.
—No era una buena relación —dijo. — No era saludable. Pero
cada vez que termina, vuelvo a caer en ella otra vez. Necesito romper ese
patrón. Y necesito que Julian no se preocupe por eso. Ya hay demasiado:
la Clave investigará las consecuencias de la muerte de Malcolm, nuestra
participación en la Corte—
—Está bien —dijo, sentándose a su lado. — Lo entiendo —levantó
la mano y apartó la manta de su cama. Emma lo observó sorprendida
mientras la ponía alrededor de los dos, alrededor de sus hombros.
Pensó entonces en la Cacería Salvaje, como debía de haber
estado con Kieran, acurrucándose en refugios, envolviéndose en sus
mantas para bloquear el frío.
Trazó la línea de su pómulo con los dedos, pero fue un gesto
amistoso. El calor que había estado en su beso había desaparecido. Y
Emma se alegró. Le había parecido equivocado sentir eso, incluso la
sombra de ello, con cualquier persona que no fuera Julian.
—Aquellos que no son hadas encuentran consuelo en las
mentiras —dijo él. — No puedo juzgar eso. Haré esto contigo, Emma. No te
abandonaré.
Ella se apoyó en su hombro. El alivio la hizo sentir ligera.
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—Deberás decírselo a Cristina —añadió. — Ella es tu mejor amiga;
no puedes esconder todo esto de ella.
Emma asintió. Siempre había planeado decirle a Cristina. Cristina
era la única que sabía de sus sentimientos por Julian, y nunca creería ni por
un momento que Emma se había enamorado de Mark de repente. Tendría
que decírselo porque era lo más práctico, y Emma se alegró de ello.
—Puedo confiar completamente en ella —dijo. — Ahora,
cuéntame sobre la Cacería Salvaje.
Comenzó a hablar, tejiendo la historia de una vida vivida en las
nubes y en los lugares desiertos y perdidos del mundo. Ciudades huecas en
la parte inferior de cañones de cobre. La cáscara de Oradour—sur—
Glane, donde él y Kieran habían dormido en un pajar medio quemado.
Arena y el olor del océano en Chipre, en una ciudad balnearia vacía
donde los árboles crecieron a través de los pisos de los grandes hoteles
abandonados.
Lentamente, Emma se quedó dormida, con Mark sosteniéndola y
susurrando historias. Para su sorpresa, él regresó la noche siguiente —
ayudaba a que su relación pareciera convincente, él le dijo, pero había
visto en sus ojos que le había gustado tener compañía, igual que a ella.
Y así desde entonces habían pasado todas las noches juntos,
esparcidos en las sábanas amontonadas en el suelo, intercambiando
historias; Emma habló de la Guerra Oscura, de cómo se sentía perdida a
veces, ahora que ya no buscaba a la persona que había matado a sus
padres, y Mark habló de sus hermanos y hermanas, de cómo él y Ty habían
discutido y le preocupaba haber hecho sentir mal a su hermano menor,
hacerlo sentir como si no pudiera contar con él, como si pudiera irse en
cualquier momento.
—Sólo dile que te puedes ir, pero siempre volverás para estar con
él —dijo Emma. — Dile que lo sientes si alguna vez lo hiciste sentir diferente.
Él sólo asintió con la cabeza. Nunca le dijo si había seguido su
consejo, pero ella había seguido el de él y le había dicho todo a Cristina.
Había sido un gran alivio, y había llorado en los brazos de Cristina durante
varias horas.
Incluso había obtenido el permiso de Julian para decirle a
Cristina una versión abreviada de la situación de Arthur —lo suficiente
como para dejar en claro cuánto se necesitaba tener a Julian en el
Instituto, con su familia. Había pedido el permiso de Julian para compartir
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esa información; fue una conversación muy incómoda, pero parecía casi
aliviado de que alguien más lo supiera.
Había querido preguntarle si le diría al resto de la familia la
verdad sobre Arthur pronto. Pero no podía. Las paredes que se habían
alzado alrededor de Julian parecían tan impenetrables como las espinas
alrededor del castillo de la Bella Durmiente. Se preguntó si Mark lo habría
notado, si alguno de los otros lo había notado, o si sólo ella podía verlo.
Se volteó para mirar a Mark ahora. Estaba durmiendo en el suelo,
con la mejilla apoyada en su mano. Se apartó de la cama,
acomodándose entre las mantas y las almohadas, y se acurrucó junto a él.
Mark dormía mejor cuando estaba con ella —así lo había dicho
él, y ella le creía. Había estado comiendo mejor también, ganando
músculo rápidamente, sus cicatrices se desvanecieron, y tenía color en sus
mejillas de nuevo. Ella estaba contenta. Podía sentirse como si se estuviera
muriendo en el interior todos los días, pero ese era su problema —se
encargaría de ello. Nadie le debía su ayuda, y en cierto modo acogía con
satisfacción el dolor. Significaba que Julian no sufría solo, aunque él
creyera que lo hacía.
Y si podía ayudar un poco a Mark, eso era algo. Ella lo amaba,
de la manera en la que debía amar a Julian: el tío Arthur lo habría llamado
filia, amor de amistad. Y aunque nunca pudiera decirle a Julian cómo Mark
y ella se ayudaban mutuamente, era al menos algo que ella podía hacer
por él: hacer feliz a su hermano.
Aunque nunca lo supiera.
Un golpe en la puerta la sacó de su ensoñación. Se levantó; la
habitación estaba oscura, pero ella podía distinguir el pelo rojo brillante, la
curiosa cara de Clary mirando alrededor desde el marco de la puerta.
— ¿Emma? ¿Estás despierta? ¿Estás en el suelo?
Emma miró a Mark. Definitivamente estaba dormido, acurrucado
en las mantas, fuera de la vista de Clary. Levantó dos dedos a Clary, quién
asintió y cerró la puerta; dos minutos más tarde Emma estaba en el pasillo,
subiendo el cierre de su sudadera con capucha.
— ¿Hay algún sitio donde podamos hablar? —preguntó Clary.
Ella era todavía tan pequeña, pensó Emma, a veces era difícil recordar
que tenía veinte años. Su pelo estaba recogido en trenzas, haciéndola
parecer aún más joven.
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—En el tejado —dijo Emma. — Te mostraré.
Llevó a Clary por las escaleras, hasta la escalera y la trampilla, y
luego hacia la oscura extensión del techo. No había estado allí desde la
noche en que había subido con Mark. Parecía como hace años, aunque
sabía que eran sólo semanas.
El calor del día había dejado el techo negro pegajoso y caliente.
Pero la noche era fresca —las noches del desierto siempre lo eran, la
temperatura caía como una piedra tan pronto como se ponía el sol— y la
brisa del mar sacudía el pelo húmedo de Emma.
Cruzó el tejado, con Clary siguiéndola, hasta su lugar favorito:
una vista clara del océano, la carretera doblando en la colina debajo del
Instituto, montañas que se elevaban detrás en picos oscuros. Emma se
sentó en el borde del tejado, con las rodillas estiradas, dejando que el aire
del desierto acariciara su piel, su cabello.
La luz de la luna hacía lucir sus cicatrices de un tono plateado,
especialmente la gruesa en el interior de su antebrazo derecho. La había
conseguido en Idris, cuando despertó gritando por sus padres, y Julian,
sabiendo lo que necesitaba, había puesto a Cortana en sus brazos.
Clary se acomodó ligeramente junto a Emma, con la cabeza
inclinada como si estuviera escuchando el rugido de la respiración del
océano, con su suave empuje.
—Bueno, definitivamente venciste al Instituto de Nueva York en lo
que respecta a la vista. Todo lo que puedo ver desde el techo es Brooklyn
—se volvió hacia Emma. — Jem Carstairs y Tessa Grey te envían saludos.
— ¿Fueron ellos los que te hablaron de Kit? —preguntó Emma.
Jem era un pariente muy lejano y muy viejo, de Emma, que aunque lucía
de veinticinco años, tenía más de ciento veinticinco.
Tessa era su esposa, una poderosa bruja por derecho propio.
Habían descubierto la existencia de Kit y su padre, justo antes de que
Johnny Rook fuera asesinado por demonios.
Clary asintió con la cabeza.
—Están en una misión… ni siquiera me dijeron lo que estaban
buscando.
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—Pensé que estaban buscando el Libro Negro.
—Podría ser. Sé que se dirigieron al Laberinto Espiral primero —
Clary recostó su cabeza en sus manos. — Sé que Jem desearía estar
contigo. Que tuvieras a alguien con quien hablar. Le dije que siempre
podrías hablar conmigo, pero no has llamado desde la noche que murió
Malcolm…
—Él no murió. Yo lo maté —la interrumpió Emma. Seguía teniendo
que recordar que había matado a Malcolm, que había empujado a
Cortana a través de sus entrañas, porque parecía tan improbable. Y dolía,
de la forma en que dolía cepillarse repentinamente contra un alambre de
púas: un dolor sorprendente y repentino. A pesar de que lo había
merecido, aun así le dolía.
—No debería sentirme mal, ¿no? —dijo Emma. — Él era una mala
persona. Tenía que hacerlo.
—Sí, y sí —dijo Clary. — Pero eso no siempre arregla las cosas —
extendió la mano y puso su dedo bajo la barbilla de Emma, volviendo la
cara de Emma hacia ella. — Mira, si hay alguien que entienda esto, esa
soy yo. Maté a Sebastian. Mi hermano. Le clavé un cuchillo —por un
momento, Clary parecía mucho má
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—Me sentía de la misma manera, después de la Guerra Oscura
—dijo Clary. — Había pasado tanto tiempo corriendo y peleando
desesperada. Y de repente las cosas eran normales. No confiaba en ello.
Nos acostumbramos a vivir de una manera, incluso si es una mala o difícil.
Cuando eso se fue, hubo un gran agujero para llenar. Está en nuestra
naturaleza tratar de llenarlo con ansiedades y miedos. Puede tomar un
tiempo empezar a llenarlo de cosas buenas.
Por un momento, Emma vio el pasado a través de la expresión de
Clary, recordando a la chica que la había perseguido hacia una pequeña
habitación en el Gard, rehusándose a dejarla sola y sufriendo, que le había
dicho:
Los héroes no son siempre los que ganan, son los que pierden, a
veces. Pero siguen luchando, ellos siguen regresando. Ellos no se dan por
vencidos.
Eso es lo que los hace héroes.
Eran las palabras que habían confortado a Emma a través de
algunos de los peores momentos de su vida.
—Clary —dijo ella. — ¿Puedo preguntarte algo?
—Cualquier cosa.
—Nightshade —dijo Emma. — El vampiro, ya sabes…
Clary pareció sorprendida.
— ¿El líder de los vampiros de L.A? ¿El que ustedes descubrieron
que estaba usando magia oscura?
—Era verdad, ¿cierto? ¿Realmente estaba usando magia ilegal?
Clary asintió.
—Sí, por supuesto. Todo en su restaurante fue probado.
Ciertamente lo era. ¡No estaría en la cárcel ahora si no hubiera sido así! —
ella puso una mano ligeramente encima de Emma. — Sé que la Clave
apesta a veces —dijo ella. — Pero hay mucha gente que intenta ser justa.
Anselm era realmente un tipo malo.
64
Emma asintió, sin palabras. No era de Anselm de quien había
estado dudando, después de todo. Era de Julian.
La boca de Clary se curvó en una sonrisa.
—Muy bien, basta de cosas aburridas —dijo. — Dime algo
divertido. No has hablado de tu vida amorosa en años. ¿Sigues saliendo
con ese tipo, Cameron Ashdown?
Emma sacudió la cabeza.
—Estoy… estoy saliendo con Mark.
— ¿Mark? —Clary parecía como si Emma le hubiera
entregado un lagarto de dos cabezas. — ¿Mark Blackthorn?
—No, otro Mark. Sí, Mark Blackthorn —un tono de actitud
defensiva se deslizó en la voz de Emma. — ¿Por qué no?
—Simplemente… nunca los habría imaginado juntos —Clary
parecía legítimamente aturdida.
—Bueno, ¿con quién me imaginaste? ¿Cameron?
—No, no con él —Clary levantó las piernas hasta el pecho y
apoyó la barbilla en las rodillas. — Esa es la cosa —dijo. — Yo… quiero
decir, con quien te he imaginado, no tiene sentido —se encontró con la
mirada confundida de Emma. — Supongo que no fue nada. Si estás
contenta con Mark, estoy feliz por ti.
—Clary, ¿qué es lo que me estás ocultando?
Hubo un largo silencio. Clary miró hacia el agua oscura.
Finalmente habló.
—Jace me pidió que me case con él.
— ¡Oh! —Emma ya había empezado a abrir los brazos para
abrazar a la otra chica cuando vio la expresión de Clary. Se congeló. —
¿Qué pasa?
—Dije que no.
— ¿Dijiste que no? —Emma dejó caer sus brazos. — Pero están
aquí, juntos, ¿acaso ya no están…?
65
Clary se puso de pie. Se paró en el borde del tejado, mirando
hacia el mar.
—Todavía estamos juntos —dijo. —Le dije a Jace que necesitaba
más tiempo para pensarlo. Estoy segura de que piensa que estoy
enloqueciendo o… bueno, no sé lo que piensa.
— ¿Es verdad? —preguntó Emma. — ¿Necesitas más tiempo?
— ¿Para decidir si quiero casarme con Jace? No —la voz de
Clary estaba tensa con una emoción que Emma no podía descifrar. — No.
Ya sé la respuesta. Por supuesto que quiero. Nunca habrá nadie más para
mí. Es así.
Algo en el tono de su voz provocó un ligero estremecimiento a
través de Emma. Nunca habrá nadie más para mí. Hubo un
reconocimiento de afinidad en ese estremecimiento, y un poco de miedo,
también.
—Entonces, ¿por qué dijiste eso?
—Solía tener sueños —dijo Clary. Estaba mirando fijamente el
sendero que la luna dejaba en el agua oscura, como un rayo blanco que
bisecaba un lienzo negro. — Cuando tenía tu edad. Sueños de cosas que
iban a suceder, sueños de ángeles y profecías. Después de que terminara
la Guerra Oscura, se detuvieron. Pensé que no empezarían de nuevo, pero
sólo en los últimos seis meses, lo han hecho.
Emma se sintió un poco perdida.
— ¿Sueños?
—No son tan claros como solían ser. Pero tienen un sentido: un
saber de que algo terrible está llegando. Como un muro de oscuridad y
sangre. Una sombra que se extiende sobre el mundo y borra todo —tragó
saliva. — Pero hay más. No es una imagen de algo que sucederá, sino un
conocimiento.
Emma se puso de pie. Quiso poner una mano en el hombro de
Clary, pero algo la detuvo. No era Clary, la chica que la había consolado
cuando sus padres habían muerto. Era Clary quien había entrado en el
reino demoníaco de Edom y había matado a Sebastian Morgenstern. Clary
que había enfrentado a Raziel.
66
— ¿Un conocimiento de qué?
—De que voy a morir —dijo Clary. — No en mucho tiempo.
Pronto.
— ¿Se trata de tu misión? ¿Crees que algo te va a pasar?
—No… no, nada de eso —dijo Clary. — Es difícil de explicar. Es un
conocimiento de que va a pasar, pero no exactamente cuándo, o cómo.
—Todo el mundo tiene miedo de morir —dijo Emma.
—No todo el mundo —dijo Clary. — Yo no le temo, pero tengo
miedo de dejar a Jace. Tengo miedo de lo que le haría. Y creo que estar
casado lo empeoraría. Cambia cosas, estando casados. Es la promesa de
quedarse con alguien más. Pero no puedo prometer quedarme por mucho
tiempo —ella bajó la mirada. — Me doy cuenta de que suena ridículo.
Pero sé lo que sé.
Hubo un largo silencio. El sonido del océano se precipitó bajo la
quietud entre ellas, y el sonido del viento en el desierto.
— ¿Le has contado? —preguntó Emma.
—No se lo he contado a nadie más que a ti —Clary se volvió y
miró a Emma con ansiedad. — Te voy a pedir un favor. Uno enorme —
tomó una respiración profunda. — Si muero, quiero que les digas, a Jace y
los demás, que lo sabía. Sabía que iba a morir y no tenía miedo. Y dile a
Jace que por eso dije que no.
—Yo… pero ¿por qué yo?
—No hay nadie más que conozca a quien podría decirle esto sin
que se asusten o piensen que estoy teniendo un colapso y necesito un
terapeuta… bueno, en el caso de Simon, eso es lo que él diría —los ojos de
Clary se veían suspicazmente brillantes cuando dijo el nombre de su
parabatai. — Y confío en ti, Emma.
—Lo haré —dijo Emma. — Y por supuesto que puedes confiar en
mí, no se lo diré a nadie, pero…
—No quería decir que confiaba en que lo mantuvieras en secreto
—dijo Clary. — Aunque sí confío en eso. En mis sueños, te veo con Cortana
en tu mano — se estiró hacia arriba, casi en puntas de pie, y besó a Emma
en la frente. Era un gesto casi maternal. — Confío en que seguirás
luchando siempre, Emma. Confío en que no te rendirás nunca.
67
*** ***
No fue hasta que volvieron al coche que Kit notó que sus nudillos
estaban sangrando. No había sentido el dolor cuando le dio un puñetazo
al letrero, pero ahora lo sentía.
Julian, a punto de encender el coche, vaciló.
—Puedo curarte —dijo. — Con un iratze.
— ¿Un qué, ahora?
—Una runa curativa —dijo Julian. —Es una de las más suaves. Así
que tendría sentido si fuera tu primera.
Un millar de comentarios maliciosos pasaron por la cabeza de Kit,
pero estaba demasiado cansado para hacerlos.
—No me apuntes con ninguna de tus extrañas varitas mágicas —
dijo. — Sólo quiero irme… —casi dijo a casa, pero se detuvo a sí mismo.
Mientras conducían, Kit guardó silencio, mirando por la ventana.
La autopista estaba casi vacía y se extendía delante de ellos, gris y
desierta. Las señales de Crenshaw y Fairfax brillaron. Este no era el hermoso
Los Ángeles de montañas y playas, césped verde y mansiones. Éste era el
L.A. del pavimento agrietado y de los árboles y cielos que luchaban contra
la niebla tóxica.
Esta siempre había sido la casa de Kit, pero se sintió desapegado
de ella al verla ahora. Como si los Cazadores de Sombras ya lo estuvieran
alejando de todo lo que conocía, en su extraña órbita.
—Entonces, ¿qué me pasa? —dijo de repente, rompiendo el
silencio.
— ¿Qué? —Julian frunció el ceño ante el tráfico en el espejo
retrovisor. Kit pudo ver sus ojos, el verde azulado de ellos. Era casi un color
chocante, y todos los Blackthorns parecían tenerlo —bueno, Mark tenía
uno— excepto Ty.
—Así que Jace es mi familia –dijo Kit. — Pero no puedo ir a vivir
con él, porque él y su sexy novia están saliendo en una especie de misión
secreta.
68
—Supongo que ustedes los Herondale tiene un tipo —murmuró
Julian.
— ¿Qué?
—Su nombre es Clary. Pero básicamente, sí. No pueden
hospedarte en este momento, así que nosotros lo haremos. No es un
problema. Los Cazadores de Sombras hospedan a otros Cazadores de
Sombras. Es lo que hacemos.
— ¿Realmente crees que es una buena idea? —dijo Kit. — Quiero
decir, tu casa está bastante estropeada, con tu tío agorafóbico y tu
extraño hermano.
Las manos de Julian se apretaron en el volante, pero lo único que
dijo fue:
—Ty no es extraño.
—Me refería a Mark —dijo Kit. Hubo una pausa extraña. — Ty no
es raro —añadió Kit. — Solamente autista.
La pausa se alargó más. Kit se preguntó si habría ofendido a
Julian de alguna manera.
—No es gran cosa —dijo finalmente. — Cuando fui a la escuela
mundana, conocí a algunos niños que lo eran. Ty tiene algunas cosas en
común con ellos.
— ¿Qué tenían qué? —preguntó Julian. Kit lo miró con sorpresa.
— ¿Realmente no sabes a qué me refiero?
Julian negó con la cabeza
—Puede que no hayas notado esto, pero no nos involucramos
mucho con la cultura mundana.
—No es cultura mundana. Es... Neurobiología. Ciencia. Medicina.
¿No tienen rayos X? ¿Antibióticos?
—No —dijo Julian. — Para cosas menores, como dolores de
cabeza, las runas curativas funcionan. Para cosas importantes, los
Hermanos Silenciosos son nuestros médicos. La medicina mundana está
estrictamente prohibida. Pero si hay algo que creas que debo saber sobre
Ty...
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Kit quería odiar a Julian a veces. Realmente quería. A Julian le
encantaban las reglas; era inflexible, irritantemente tranquilo, y tan carente
de emoción como todos habían dicho siempre que eran los Cazadores de
Sombras. Excepto que realmente no lo era. El amor que ponía en su voz
cuando decía el nombre de su hermano mostraba la mentira de ello.
Kit sintió una súbita tensión en su cuerpo. Hablar con Jace antes
había aliviado algo de la ansiedad que había sentido desde que su padre
había muerto. Jace había hecho que todo pareciera que tal vez sería
fácil.
Que ellos todavía estaban en un mundo donde podías darle una
oportunidad a las cosas y ver cómo funcionaban.
Ahora, mirando fijamente la carretera gris que tenía delante, se
preguntó cómo podía haber pensado que podía vivir en un mundo en el
que todo lo que sabía era considerado como un conocimiento
equivocado, en el que cada uno de sus valores—tal como eran, habiendo
crecido con un padre que fue apodado Rook el Rufián—fueron puestos al
revés.
Estarse asociando con la gente a la que su sangre decía que
pertenecía, significaba que la gente con la que había crecido lo odiaría.
—No importa —dijo. — No quería decir nada sobre Ty. Sólo cosas
mundanas sin sentido.
—Lo siento, Kit —dijo Julian. Ahora habían llegado a la carretera
de la costa. El agua se estiró en la distancia, la luna alta y redonda,
proyectaba un camino blanco perfecto por el centro del mar. —Sobre lo
que pasó en el Mercado.
—Ahora me odian —dijo Kit. — Todo el mundo que solía conocer.
—No —dijo Julian. — Tienen miedo de ti. Hay una diferencia.
Tal vez la había, pensó Kit. Pero ahora mismo, no estaba seguro si
importaba.

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