2
2
Inundaciones sin límites
Traductora: Natalia (An)
Correctora: Fernanda Vorpahl
Revisora final: Joa Vasquez
Ejército Nephilim Latinoamérica
Los cuatro pasaron directamente por el instituto hacia la biblioteca,
sin detenerse a cambiarse la ropa. Sólo cuando entraron a la habitación
Emma notó que ella, Mark, Cristina y Julian habían dejado un rastro
pegajoso de icor de demonio, hizo una pausa para preguntarse si tal vez
debieron haberse detenido a bañarse.
El techo de la biblioteca había sido estropeado dos semanas antes y
reparado apresuradamente, el cristal vidrioso del tragaluz había sido
reemplazado por un simple vidrio protector, la elaborada decoración del
techo estaba cubierta por una capa de runas talladas en madera de
serbal.
La madera de los árboles de serbal era protectora: mantenía fuera la
magia oscura. También tenían un efecto en las hadas. Emma miró cómo
Mark se encogía de hombros y miraba de reojo la habitación cuándo
entraron. Le había dicho que demasiada proximidad al serbal le hacía
sentir como si su piel estuviera cubierta de pequeñas chispas de fuego. Ella
se preguntó qué efecto tendría en hadas de sangre pura.
—Me alegra ver que lo hicieron —dijo Diana. Estaba sentada a la
cabeza de una de las largas mesas de la biblioteca, su cabello estaba
recogido en un elegante moño. Un grueso collar de cadena de oro
resplandecía contra su oscura piel. Su vestido blanco y negro estaba,
como siempre, impecablemente limpio y sin arrugas.
A su lado estaba Diego Rocio Rosales, notable para la Clave por ser
un Centurión altamente entrenado y para los Blackthorn por tener el
apodo de Perfecto Diego. Él era irritablemente perfecto, ridículamente
guapo, y un luchador espectacular, inteligente e infaliblemente cortés.
También había roto el corazón de Cristina antes de que ella se fuera de
México, lo que significaba que normalmente Emma estaría planeando su
muerte, pero no podía porque él y Cristina habían vuelto a estar juntos
hace dos semanas.
29
Lanzó una sonrisa ahora a Cristina, sus dientes blancos incluso
destellaban. Su insignia de Centurión brillaba sobre su hombro, las palabras
Primi Ordines estaban visibles contra la plata. No era sólo un Centurión, era
de la primera sociedad, la mejor clase graduada del Escolamántico.
Porque, por supuesto, él era perfecto.
Frente a Diana y Diego estaban sentadas dos figuras quiénes eran
muy familiares para Emma: Jace Herondale y Clary Fairchild, los directores
del Instituto de Nueva York, aunque cuando Emma los conoció, eran
adolescentes de la edad que ella tenía ahora. Jace era un hermoso rubio
desaliñado, había crecido con gracia a lo largo de los años. Clary era de
cabello rojo, ojos verdes obstinados y un rostro engañosamente delicado.
Tenía una voluntad de hierro, como bien Emma había presenciado.
Clary se puso de pie en un salto, su cara se iluminó mientras que
Jace se recostó en su silla con una sonrisa.
— ¡Han regresado! —gritó, corriendo hacia Emma. Llevaba jeans y
una camiseta con estampado de "HECHO EN BROOKLYN" que
probablemente le había pertenecido a su mejor amigo, Simon. Parecía
desgastada y suave, exactamente como el tipo de playera que Emma a
menudo le robaba a Julian y se negaba a devolverle. — ¿Cómo les fue
con el demonio calamar?
Emma no pudo responder por el abrazo en que la envolvía Clary.
—Genial —dijo Mark— Realmente genial. Están llenos de líquidos los
calamares.
En realidad lucía complacido con eso.
Clary dejó ir a Emma y frunció el ceño ante el icor, agua de mar y la
viscosidad no identificable que se había transferido a su playera. — Veo a
lo que te refieres.
—Simplemente les daré la bienvenida a todos ustedes desde aquí —
dijo Jace, saludando. — Hay un inquietante olor a calamar que emana
desde su dirección en general.
Hubo una risita, rápidamente sofocada. Emma levantó la vista y vio
piernas colgando de la barandilla en la galería de arriba. Con diversión,
reconoció las extremidades largas de Ty y las medias con dibujos de Livvy.
Había rincones en el nivel de la galería que eran perfectos para escuchar
a escondidas, ella no podía contar cuántas reuniones de Andrew
Blackthorn ella y Julian habían espiado de niños, bebiendo el
30
conocimiento y sentido de importancia que traían el estar presente en
una reunión de la Conclave.
Miró de reojo a Julian, viéndole notar la presencia de Ty y Livvy,
sabiendo el momento en que decidió, como ella, en no decir nada al
respecto. Todo su proceso de pensamiento era visible para ella por el
vislumbrar de su sonrisa, era raro como de transparente era él para ella en
los momentos que tenía la guardia baja y lo poco que podía decir sobre lo
que estaba pensando cuando elegía ocultarlo.
Cristina se acercó a Diego, golpeando suavemente la mano contra
su hombro. Él le besó la muñeca. Emma vio cómo Mark los miraba, su
expresión era ilegible. Mark había hablado con ella de muchas cosas en
las últimas dos semanas, pero no de Cristina. Nunca de Cristina.
—Entonces ¿Cuántos demonios marinos han sido? —Preguntó Diana.
— ¿En total? —Hizo un gesto para que todos tomaran asiento alrededor de
la mesa. Se sentaron, rozándose ligeramente, Emma junto a Mark pero
frente a Julian. Él respondió a Diana calmadamente, como si no estuviese
goteando icor sobre el pulido suelo.
—Unos pocos más pequeños la semana pasada —dijo Julian—, pero
eso es normal cuándo hay tormentas. Se dispersan en la playa. Hicimos
algunas patrullas; los Ashdown patrullaron un poco más al sur. Creo que los
tenemos a todos.
—Este fue el primero realmente grande —dijo Emma. — Quiero decir,
sólo he visto a unos pocos grandes antes. Normalmente no salen del
océano.
Jace y Clary intercambiaron una mirada.
— ¿Hay algo que deberíamos saber? —Dijo Emma. — ¿Están
coleccionando demonios marinos realmente grandes para decorar el
Instituto o algo así?
Jace se inclinó hacia adelante, con los codos sobre la mesa. Tenía
un rostro sereno, como un gato, y unos ojos ámbares ilegibles. Clary le
había dicho una vez que la primera vez que lo había visto, había pensado
que parecía un león. Emma podía verlo: los leones parecían tan tranquilos
y casi perezosos hasta que explotaban en acción. — Tal vez deberíamos
hablar de por qué estamos aquí —dijo.
—Pensé que estaban aquí por Kit —dijo Julian. — Porque él es un
Herondale y todo eso.
31
Hubo un susurro desde arriba y un débil murmullo. Ty había estado
durmiendo frente a la puerta de Kit las noches pasadas, un
comportamiento extraño que nadie había comentado. Emma asumió que
Ty encontraba a Kit inusual e interesante de la manera en que a veces
encontraba a las abejas y lagartijas inusuales e interesantes.
—En parte —dijo Jace. — Acabamos de regresar de una reunión del
Consejo en Idris. Por eso nos tomó tanto tiempo llegar aquí, aunque quería
llegar lo más pronto posible cuándo me enteré de Kit —Se echó hacia
atrás y pasó un brazo por el respaldo de la silla. — No les sorprenderá saber
que hubo mucha discusión sobre la situación de Malcolm.
— ¿Te refieres a la situación en la que el Gran Brujo de Los Ángeles
resultó ser un asesino múltiple y nigromante? —Preguntó Julian. Había
claras capas de implicación en su voz: La Clave no había sospechado de
Malcolm, había aprobado su nombramiento al puesto de Gran Brujo, no
había hecho nada para detener los asesinatos que cometió. Habían sido
los Blackthorn quiénes lo habían hecho.
Hubo otra risita desde arriba. Diana tosió para esconder una sonrisa.
—Lo siento —le dijo a Jace y a Clary. — Creo que tenemos ratones.
—No escuché nada —dijo Jace.
—Sólo estamos sorprendidos de que la reunión del Consejo terminara
tan pronto —dijo Emma. — Pensamos que tendríamos que dar testimonio.
Sobre Malcolm, y todo lo que pasó.
Emma y los Blackthorn habían testificado ante el consejo con
anterioridad. Años antes, después de la Guerra Oscura. No era una
experiencia que Emma estaba emocionada por repetir, pero habría sido
una oportunidad de contar lo que había sucedido. Explicar por qué
habían trabajado en colaboración con las hadas, contradiciendo las leyes
de la Paz Fría. Por qué habían investigado al Gran Brujo de Los Ángeles,
Malcolm Fade, sin decirle a la Clave que lo estaban haciendo; Lo que
habían hecho cuándo lo habían encontrado culpable de sus aberrantes
crímenes.
Por qué Emma lo había matado.
—Ya se lo habían dicho a Robert, el Inquisidor —dijo Clary. — Él les
creyó. Testificó en su nombre.
Julian levantó una ceja. Robert Lightwood, el Inquisidor de la Clave,
no era un hombre cálido y amable. Le habían contado lo que había
32
sucedido porque estaban obligados a hacerlo, pero no era la clase de
persona que te imaginabas haciendo favores.
—Robert no es tan malo —dijo Jace. — De verdad. Se ha suavizado
desde que se convirtió en abuelo. Y el hecho es, que la Clave estaba
menos interesada en ustedes que por el Libro Negro.
—Aparentemente nadie se dio cuenta de que estuvo en esta
biblioteca— dijo Clary. — El Instituto de Cornwall es famoso por tener una
selección considerablemente grande de libros sobre magia oscura: el
original Malleus Maleficarum, el Daemonatia. Todo el mundo pensó que
estaba allí, propiamente encerrado.
—Los Blackthorn solían dirigir el Instituto de Cornwall —dijo Julian. —
Quizá mi padre lo trajo con él cuándo obtuvo el nombramiento de dirigir el
Instituto aquí —Parecía preocupado. — Aunque no sé por qué lo habría
traído.
—Quizá Arthur lo trajo —sugirió Cristina. — Siempre ha estado
fascinado con los libros antiguos.
Emma negó con la cabeza.
—No pudo. El libro tendría que haber estado aquí cuándo Sebastian
atacó el Instituto... antes de que viniera Arthur.
— ¿Cuánto del hecho de que no nos quisieran allí para testificar tuvo
que ver con ellos discutiendo si me permitían o no quedarme? —Dijo Mark.
—Algo —dijo Clary, encontrando su mirada con calma— Pero, Mark,
nunca habríamos dejado que te hicieran volver a la Cacería. Todo el
mundo se habría alzado.
Diego asintió. —La Clave ha deliberado, y están bien con que Mark
permanezca aquí con su familia. La ley original sólo prohíbe que los
Cazadores de Sombras lo busquen, pero él vino a ustedes, así que la ley no
ha sido violada.
Mark asintió rígidamente. Nunca había parecido gustarle el Perfecto
Diego.
—Y créanme —agregó Clary—, estaban muy contentos de usar esa
escapatoria. Creo que incluso los que más odian a las hadas lamentan
todo lo que pasó Mark.
33
—Pero ¿no por lo que Helen ha pasado? —Preguntó Julian. —
¿Alguna palabra sobre su regreso?
—Nada —dijo Jace. — Lo siento. No querían escuchar sobre eso.
La expresión de Mark se tensó. En ese momento, Emma pudo ver al
guerrero en él, la sombra oscura de los campos de batalla que acechaba
la Cacería Salvaje, el caminar entre los cuerpos de los muertos.
—Vamos a mantenerlos en ello —dijo Diana. — Tenerte de vuelta es
una victoria, Mark, y aprovecharemos esa victoria. Pero ahora mismo…
— ¿Qué está pasando ahora mismo? —Preguntó Mark. — ¿No ha
terminado la crisis?
—Somos Cazadores de Sombras —dijo Jace. — Encontrarás que la
crisis nunca termina.
—Ahora mismo —prosiguió Diana—, el Consejo acaba de terminar
de discutir el hecho de que grandes demonios marinos han sido vistos por
toda la costa de California. En números récord. Se han visto más en la
última semana que en la última década. El Teuthida con el que lucharon
no estaba solo.
—Creemos que es porque el cuerpo de Malcolm y el Libro Negro
todavía están por ahí en el océano —dijo Clary. — Y pensamos que puede
ser debido a los hechizos que Malcolm lanzó a lo largo de su vida.
—Pero los hechizos de un brujo desaparecen cuándo mueren —
protestó Emma. Pensó en Kit. Las protecciones que Malcolm había
colocado alrededor de la casa de los Rook habían desaparecido cuándo
murió. Los demonios habían atacado en cuestión de horas. — Fuimos a su
casa después de su muerte, para buscar evidencia de lo que había estado
haciendo. Todo se había desintegrado en un montón de escoria.
Jace había desaparecido bajo la mesa. Reapareció un momento
después, sosteniendo a Iglesia, el gato a tiempo parcial del Instituto. Iglesia
tenía las patas estiradas con una expresión de satisfacción en su rostro. —
Pensamos lo mismo —dijo Jace, acomodando al gato en su regazo. —
Pero aparentemente, según Magnus, hay hechizos que pueden ser
construidos para ser activados por la muerte de un brujo.
Emma miró fijamente a Iglesia. Sabía que el gato había vivido una
vez en el Instituto de Nueva York, pero parecía grosero mostrar su
preferencia de manera descarada. El gato estaba acostado sobre su
espalda en el regazo de Jace, ronroneando e ignorándola.
34
—Como una alarma —dijo Julian—, ¿eso se apaga cuando abres
una puerta?
—Sí, pero en este caso, la muerte es la puerta abierta —dijo Diana.
— ¿Y cuál es la solución? —preguntó Emma.
—Probablemente necesitamos su cuerpo para desactivar el hechizo,
por así decirlo —dijo Jace. — Y una pista de cómo lo hizo sería bueno.
—Las ruinas de la convergencia han sido limpiadas muy bien —dijo
Clary. — Pero vamos a ver la casa de Malcolm mañana, sólo para estar
seguros.
—Es escombros —le advirtió Julian.
—Escombros que tendrán que arreglarse pronto, antes de que los
mundanos lo noten —dijo Diana. — Hay un glamour, pero es temporal. Eso
significa que el sitio sólo estará intacto durante unos días más.
—Y no hay nada malo en echar un último vistazo —dijo Jace. —
Especialmente cuándo Magnus nos ha dado una idea de qué buscar —
Frotó la oreja de Iglesia pero no dio más detalles.
—El Libro Negro es un poderoso objeto nigromántico —dijo el
Perfecto Diego. — Podría estar causando disturbios que ni siquiera
podemos imaginar. Traer a los más profundos demonios marinos a nuestras
costas, significaría que los mundanos están en peligro, algunos ya han
desaparecido del muelle.
—Entonces —dijo Jace. — Un equipo de Centuriones va a llegar aquí
mañana...
— ¿Centuriones? —El pánico brilló en los ojos de Julian, una mirada
de miedo y vulnerabilidad que Emma supuso era visible sólo para ella. Se
fue casi al instante. — ¿Por qué?
Centuriones. La élite de los Cazadores de Sombras, entrenaban en el
Escolamántico, una escuela tallada en las paredes rocosas de las
Montañas Cárpatos, rodeada por un lago helado. Estudiaban la ciencia
esotérica y eran expertos en las hadas y la Paz Fría.
Y también, aparentemente, en los demonios marinos.
35
—Esa es una excelente noticia —dijo el Perfecto Diego. Él diría eso,
pensó Emma. Con suficiencia, tocó la insignia en su hombro. — Ellos
podrán encontrar el cuerpo y el libro.
—Espero —dijo Clary.
—Pero ya estás aquí, Clary —dijo Julian, con una voz
engañosamente suave. — Tú y Jace, si trajeran a Simon, Isabelle, Alec y
Magnus, apuesto a que podrían encontrar el cuerpo enseguida.
No quiere tener extraños aquí, pensó Emma. Personas que intentarían
husmear en los negocios del Instituto, que exigirían hablar con el tío Arthur.
Había logrado mantener los secretos del Instituto incluso a través de todo lo
que había sucedido con Malcolm. Y ahora eran amenazados nuevamente
por Centuriones desconocidos.
—Clary y yo sólo estamos de paso —dijo Jace. — No podemos
quedarnos a buscar, aunque nos gustaría. Estamos en una misión del
Consejo.
— ¿Qué clase de misión? —preguntó Emma. ¿Qué misión podría ser
más importante que recuperar el Libro Negro y arreglar el desastre que
Malcolm había hecho?
Pero ella podía decir por la mirada que Jace y Clary intercambiaron
que había un mundo de cosas más importantes allí, unas que ella no podía
imaginar. Emma no pudo evitar una pequeña explosión de amargura en su
interior, el deseo de que ella fuera un poco mayor, que pudiera ser igual a
Jace y Clary, conocer sus secretos y los secretos del Consejo.
—Lo siento mucho —dijo Clary— No podemos decirlo.
— ¿Así que ni siquiera van a estar aquí? —Preguntó Emma. —
Mientras todo esto está pasando, y nuestro Instituto es invadido…
—Emma —dijo Jace. — Sabemos que están acostumbrados a estar
solos y sin problemas aquí. Sólo teniendo que responder ante Arthur.
Si sólo supiera. Pero eso era imposible.
Prosiguió.
—Pero el propósito de un Instituto no es sólo centralizar la actividad
de la Clave, sino también albergar a Cazadores de Sombras que deben
ser hospedados en una ciudad en cuál no viven. Hay cincuenta
36
habitaciones aquí que nadie está usando. Así que a menos que haya una
razón importante por la que no puedan venir…
Las palabras colgaban en el aire. Diego miró sus manos. No sabía la
verdad completa sobre Arthur, pero Emma supuso que sospechaba.
—Puedes decírnoslo —dijo Clary. — Mantendremos la más estricta
confidencialidad.
Pero no era el secreto de Emma. Se contuvo de mirar a Mark o
Cristina, Diana o a Julian, los únicos que estaban en la mesa y que sabían
la verdad sobre quién realmente dirigía el Instituto. Una verdad que habría
que ocultar de los Centuriones, que tendrían la obligación de informar al
Consejo.
—El tío Arthur no ha estado bien, como supongo que saben —dijo
Julian, señalando la silla vacía dónde normalmente se habría sentado el
director del Instituto. — Me preocupaba que los Centuriones pudieran
empeorar su condición, pero teniendo en cuenta la importancia de su
misión, los haremos sentir lo más cómodos posible.
—Desde la Guerra Oscura, Arthur ha sido propenso a brotes de
dolores de cabeza y malestar en sus viejas heridas —agregó Diana. — Yo
me haré cargó de la interferencia entre él y los centuriones hasta que se
sienta mejor.
—No hay nada de qué preocuparse —dijo Diego. — Son centuriones,
soldados disciplinados y ordenados. No estarán lanzando fiestas salvajes ni
haciendo demandas irrazonables —Rodeó a Cristina con un brazo. — Me
alegrará que conozcas a algunos de mis amigos.
Cristina le devolvió la sonrisa. Emma no pudo evitar mirar a Mark para
ver si miraba a Cristina y a Diego de la misma manera que lo hacía a
menudo, de una forma que le hacía preguntarse cómo Julian podía no
notarlo. Un día se daría cuenta, y habría preguntas incómodas para
responder.
Pero ese día no sería hoy, porque de alguna forma en los últimos
minutos Mark había salido silenciosamente de la biblioteca. Se había ido.
*** ***
37
Mark asociaba diferentes habitaciones en el Instituto con diferentes
sentimientos, la mayoría de ellos nuevos, desde su regreso. La biblioteca lo
ponía tenso. La puerta de entrada, donde había enfrentado a Sebastian
Morgenstern hace tantos años, hacía que su piel picara y su sangre
ardiera.
En su propia habitación se sentía solo. En los cuartos de los mellizos, y
los de Dru o Tavvy, podía perderse en ser un hermano mayor. En la
habitación de Emma se sentía seguro. La habitación de Cristina le estaba
prohibida. En la habitación de Julian, se sentía culpable. Y en la sala de
entrenamiento, se sentía como un Cazador de Sombras.
Había ido inconscientemente a la sala de entrenamiento desde el
momento en que había dejado la biblioteca. Todavía era demasiado para
Mark, la forma en que los Cazadores de Sombras ocultaban sus
emociones. ¿Cómo podían soportar un mundo dónde Helen fue exiliada?
Apenas podía soportarlo; Anhelaba a su hermana todos los días. Y sin
embargo, todos lo habrían mirado con sorpresa si hubiera gritado de dolor
o hubiera caído de rodillas. Sabía que Jules no quería que los Centuriones
estuvieran allí... pero su expresión apenas había cambiado. Las hadas
podían ser misteriosas, engañar e intrigar, pero no ocultaban su verdadero
dolor.
Era suficiente para enviarlo a la sala de armas, sus manos anhelando
cualquier cosa que le permitiera perderse en la práctica. Diana había sido
dueña de una tienda de armas en Idris una vez, y siempre había una
impecable gama de hermosas armas para entrenar: una májaira griega,
con sus bordes afilados. Una spatha vikinga, claymores dobles, una
zweihänder, y un sable japonés de madera, usado sólo para
entrenamiento.
Pensó en las armas de las hadas. La espada que había llevado en la
Cacería Salvaje. Las hadas no usaban nada hecho de hierro, porque las
armas y las herramientas de hierro los hacían enfermar. La espada que
había llevado en la Cacería había sido hecha de un cuerno, y había sido
ligera en su mano. Ligera como las flechas que había disparado de su
arco. Ligera como el viento bajo los pies de su caballo, como el aire a su
alrededor cuando cabalgaba.
Alzó un claymore del estante y lo giró experimentalmente en su
mano. Podía sentir que estaba hecho de acero, no completamente hierro,
sino una aleación de hierro, aunque no tuvo la reacción al hierro que las
hadas de sangre pura tenían.
38
Se sentía pesado en su mano. Pero muchas cosas se habían estado
sintiendo pesadas desde que había vuelto a casa. El peso de la
expectativa era pesado. El peso de cuánto amaba a su familia era
pesado.
Incluso el peso de lo que estaba involucrado con Emma era pesado.
Confiaba en Emma. No cuestionó que estaba haciendo lo correcto; Si ella
lo creía, él creía en ella.
Pero las mentiras no llegaban a él fácilmente, y odiaba mentirle a su
familia más que nada.
— ¿Mark? —Era Clary, seguida por Jace. La reunión en la biblioteca
debía haber terminado. Ambos se habían cambiado al uniforme; El pelo
rojo de Clary era muy brillante, como un chorro de sangre contra su ropa
oscura.
—Estoy aquí —dijo Mark, colocando la espada que había estado
sosteniendo en el estante. La luna llena era alta, y la luz blanca se filtraba a
través de las ventanas. La luna trazaba un recorrido como el camino a
través del mar donde besaba el horizonte hasta el borde de la playa.
Jace no había dicho nada todavía; Estaba observando a Mark con
los ojos dorados y afilados, como un halcón. Mark no pudo evitar recordar
a Clary y Jace como habían sido cuándo los conoció justo después de que
la Cacería se lo llevase. Se había estado escondiendo en los túneles cerca
de la Corte Seelie cuándo llegaron caminando hacia él, y su corazón
había dolido y se había roto al verlos. Cazadores de Sombras, atravesando
los peligros del Reino de las Hadas, con las cabezas en alto. No estaban
perdidos; no estaban huyendo. No tenían miedo.
Se había preguntado si volvería a tener ese orgullo, esa falta de
miedo. Incluso cuándo Jace había presionado una piedra de luz mágica
en su mano, así como le había dicho, muéstrales de lo que está hecho un
Cazador de Sombras, muéstrales que no tienes miedo, Mark había estado
enfermo de miedo.
No por sí mismo. Por su familia. ¿Cómo les iría en un mundo de
guerra, sin él para protegerlos?
Sorprendentemente bien, había sido la respuesta. No lo habían
necesitado después de todo. Habían tenido a Jules.
Jace se sentó en el alféizar de la ventana. Era más grande de lo que
había sido la primera vez que Mark lo conoció, por supuesto. Más alto, con
39
los hombros más amplios, aunque todavía elegante. Se rumoreaba que
incluso la Reina Seelie había quedado impresionada por su aspecto y sus
modales, y la nobleza de las hadas raramente se impresionaba por los
humanos. Incluso Cazadores de Sombras.
Aunque a veces lo estaban. Mark suponía que su propia existencia
era una prueba de ello. Su madre, Lady Nerissa de la Corte Seelie, había
amado a su padre Cazador de Sombras.
—Julian no quiere que los Centuriones estén aquí —dijo Jace. — ¿No
es así?
Mark los miró con sospecha.
—No lo sabría.
—Mark no nos contará los secretos de su hermano, Jace —dijo Clary.
— ¿Tú dirías los de Alec?
La ventana detrás de Jace se alzaba de manera clara y alta, tan
clara que Mark a veces se imaginaba que podía volar fuera de ella.
—Quizá si fuera por su propio bien —dijo Jace.
Clary hizo un ruido dudoso y poco elegante.
—Mark —dijo ella. — Necesitamos tu ayuda. Tenemos algunas
preguntas sobre las Hadas y las Cortes, su disposición física real, y no
parece haber alguna respuesta, no del Laberinto Espiral, ni del
Escolamántico.
—Y honestamente —dijo Jace—, no queremos que parezca
demasiado que estamos investigando, porque esta misión es secreta.
— ¿Su misión es Faerie? —preguntó Mark.
Ambos asintieron.
Mark estaba sorprendido. Los Cazadores de Sombras nunca se
habían sentido cómodos en las Tierras de las Hadas, y desde la Paz Fría los
habían evitado como veneno.
— ¿Por qué? —Se alejó rápidamente de la espada. — ¿Es una
especie de misión de venganza? ¿Porque Iarlath y algunos de los otros se
aliaron con Malcolm? ¿O… por lo que le pasó a Emma?
40
Emma a veces necesitaba ayuda con lo último de sus vendas. Cada
vez que Mark miraba las líneas rojas que cruzaban su piel, sentía culpa y
nauseas. Eran como una red de hilos sangrientos que lo mantenían atado
al engaño que ambos estaban conservando.
Los ojos de Clary eran amables.
—No estamos planeando herir a nadie —dijo. — Aquí no hay
venganza. Esto es estrictamente sobre información.
—Crees que estoy preocupado por Kieran —se dio cuenta Mark. El
nombre se quedó en su garganta como un pedazo de hueso roto. Había
amado a Kieran, y Kieran lo había traicionado y había regresado a la
Cacería, y siempre que Mark pensaba en él, sentía como si estuviera
sangrando desde algún lugar profundo. — No estoy preocupado por
Kieran.
—Entonces no te importaría que habláramos con él —dijo Jace. —
—No me preocuparía por él —dijo Mark. — Me preocuparía por
ustedes.
Clary rió suavemente. —Gracias, Mark.
—Es el hijo del Rey de la Corte Noseelie —dijo Mark. — El Rey tiene
cincuenta hijos. Todos compiten por el trono. El Rey está cansado de ellos.
Le debía un favor a Gwyn, así que le dio a Kieran como pago. Como el
regalo de una espada o de un perro.
—Según lo entiendo —dijo Jace—, Kieran vino a ti y te ofreció
ayudarte, contra los deseos de las hadas. Se puso en grave peligro para
ayudarte.
Mark suponía que no debía sorprenderle que Jace lo supiera. Emma
confiaba a menudo en Clary.
—Me lo debía. Fue gracias a él que los que amaba fueron
gravemente heridos.
—Aun así —dijo Jace—, hay alguna posibilidad de que él pueda
mostrarse receptivo a nuestras preguntas. Especialmente si pudiéramos
decirle que fueron aprobadas por ti.
Mark no dijo nada. Clary besó a Jace en la mejilla y murmuró algo en
su oído antes de salir de la habitación. Jace la observó marcharse, su
expresión momentáneamente suave. Mark sintió una fuerte punzada de
41
envidia. Se preguntó si alguna vez sería así con alguien: la forma en la que
parecían coincidir, la clase de alegría de Clary y el sarcasmo y fuerza de
Jace. Se preguntó si habría coincidido alguna vez con Kieran. Si hubiera
coincidido con Cristina, habría hecho que las cosas fueran diferentes.
— ¿Sobre qué le quieren preguntar a Kieran?
—Algunas preguntas sobre la Reina y el Rey —dijo Jace. Al
notar el movimiento impaciente de Mark, dijo—: Te diré un poco, y
recuerda que no debo decirte nada. La Clave tendría mi cabeza por esto
—Suspiró. — Sebastian Morgenstern dejó un arma en una de las Cortes de
las Hadas. Un arma que podría destruirnos a todos, destruir a todos los
Nefilim.
— ¿Qué hace el arma? —preguntó Mark.
—No lo sé. Eso es parte de lo que necesitamos averiguar. Pero
sabemos que es mortal.
Mark asintió con la cabeza.
—Creo que Kieran te ayudará —dijo. — Y puedo darte una lista de
nombres de aquellos en el Pueblo de las Hadas para saber quién podría ser
amable con tu causa, porque no será popular. No creo que sepas cuánto
los odian. Si tienen un arma, espero que la encuentren, porque no dudarán
en usarla, y no tendrán piedad de ustedes.
Jace lo miró a través de pestañas doradas que eran muy parecidas
a las de Kit. Su mirada era cuidadosa y silenciosa.
— ¿Piedad de nosotros? —Dijo. — Eres uno de nosotros.
—Eso parece depender de a quién le preguntes —dijo Mark. —
¿Tienes un bolígrafo y papel? Empezaré con los nombres….
*** ***
Había pasado demasiado tiempo desde que el tío Arthur había
dejado la habitación del ático dónde dormía, comía y hacía su trabajo.
Julian arrugó la nariz mientras él y Diana subían por la estrecha escalera, el
aire era más pesado que de costumbre, rancio por la comida vieja y el
sudor. Las sombras eran gruesas. Arthur también era una sombra,
encorvado sobre su escritorio, una piedra de luz mágica en un plato en el
alféizar de la ventana. No reaccionó ante la presencia de Julian y Diana.
—Arthur -dijo Diana—, necesitamos hablar contigo.
42
Arthur se giró lentamente en su silla. Julian sintió su mirada pasar
sobre Diana, y luego sobre sí mismo.
—Señorita Wrayburn —dijo finalmente. — ¿Qué puedo hacer por
usted?
Diana había acompañado a Julian en viajes al ático antes, pero rara
vez. Ahora que la verdad de su situación era conocida por Mark y Emma,
Julian había sido capaz de reconocer ante Diana lo que siempre habían
sabido pero de lo que nunca habían hablado.
Durante años, desde que tenía doce, Julian había soportado solo el
conocimiento de que su tío Arthur estaba loco, su mente destrozada
durante su encarcelamiento en la Corte Seelie. Tenía períodos de lucidez,
ayudados por la medicina que Malcolm Fade le había proporcionado,
pero nunca duraban mucho.
Si la Clave supiera la verdad, habrían arrancado a Arthur de su
posición como jefe del Instituto sin pensarlo. Era muy probable que
terminara encerrado en las Basilias, teniendo prohibido salir o tener
visitantes. En su ausencia, con ningún adulto Blackthorn para dirigir el
Instituto, los niños serían divididos, enviados a la Academia en Idris,
esparcidos por todo el mundo. La determinación de Julian de no dejar que
eso sucediera había llevado a cinco años de guardar secretos, cinco años
de ocultar a Arthur del mundo y al mundo de Arthur.
A veces se preguntaba si estaba haciendo lo correcto para su tío.
Pero, ¿importaba? De cualquier manera, protegería a sus hermanos y
hermanas. Sacrificaría a Arthur por ellos si tuviera que hacerlo, y si las
consecuencias morales lo despertaban en medio de la noche, a veces, en
pánico y jadeando, entonces él viviría con eso.
Recordó los afilados ojos de Kieran sobre él: Tienes un corazón
despiadado.
Tal vez era cierto. En ese momento, el corazón de Julian se sentía
muerto en su pecho, un bulto hinchado, sin latidos. Todo parecía estar
ocurriendo a una ligera distancia; incluso sentía como si estuviera
moviéndose más lentamente por el mundo, como si se estuviera abriendo
paso a través del agua.
Sin embargo, era un alivio tener a Diana con él. Arthur a menudo
confundía a Julian con su padre muerto o su abuelo, pero Diana no era
parte de su pasado, y parecía no tener más remedio que reconocerla.
43
—El medicamento que Malcolm hizo para ti —dijo Diana. — ¿Alguna
vez te habló sobre eso? ¿Qué contenía?
Arthur sacudió levemente la cabeza.
— ¿El chico no lo sabe?
Julian sabía que se refería a él. —No —dijo. — Malcolm nunca me lo
dijo.
Arthur frunció el ceño.
— ¿Hay residuos, restos que podrían analizarse?
Julian había drogado a su tío con un potente cóctel de la medicina
de Malcolm la última vez que Jace, Clary y el Inquisidor habían estado en
el Instituto. No se había atrevido a arriesgarse a que Arthur se mantuviera
firme en sus pies y lo más claro posible.
Julian estaba bastante seguro de que Jace y Clary encubrirían la
condición de Arthur si lo supieran. Pero era una carga injusta el pedirles
que lo soportaran, y además, no confiaba en el Inquisidor, Robert
Lightwood. No había confiado en él desde hace cinco años, cuando
Robert le había obligado a soportar un juicio brutal con la Espada Mortal
porque no había creído que Julian no mentiría.
— ¿No has guardado nada de ello, Arthur? —Preguntó Diana. —
¿Escondido algo?
Arthur volvió a sacudir la cabeza. En la débil luz de la piedra de luz
mágica, parecía viejo, mucho más viejo de lo que era, su cabello
salpicado de gris, sus ojos brillantes como el océano en la madrugada. Su
cuerpo bajo su manto gris y esbelto era flaco, al punto en que el hueso del
hombro era visible a través del material. —No sabía que Malcolm resultaría
ser lo que era —dijo. Un homicida, un asesino, un traidor. —Además, yo
dependía del muchacho —Se aclaró la garganta. — Julian.
—Tampoco sabía lo de Malcolm —dijo Julian. — Lo que pasa es que
vamos a tener invitados. Centuriones.
—Kentarchos —murmuró Arthur, abriendo uno de los cajones de su
escritorio cómo si quisiera buscar algo dentro. — Así se llamaban en el
ejército Bizantino. Pero un Centurión era siempre el pilar del ejército.
Mandaba a cientos de hombres. Un Centurión podía castigar a un
ciudadano romano cuándo la ley generalmente los protegía. Los
Centuriones reemplazaban a la ley.
44
Julian no estaba seguro de cuánto tenían en común los orinales
centuriones romanos y los centuriones del Escolamántico. Pero sospechaba
que captó el punto de su tío de todos modos.
—De acuerdo, así que eso significa que tendremos que ser
especialmente cuidadosos. Con cómo tienes que ser alrededor de ellos.
Cómo vas a tener que actuar.
Arthur puso los dedos en sus sienes.
—Estoy tan cansado —murmuró. — No podemos… Si pudiéramos
pedirle a Malcolm un poco más de medicina…
—Malcolm está muerto —dijo Julian. Se lo habían dicho a su tío, pero
no parecía haberlo captado. Y era exactamente el tipo de error que no
podía tener con los extraños.
—Hay drogas mundanas —dijo Diana, después de un momento de
vacilación.
—Pero la Clave —dijo Julian. — El castigo por buscar tratamiento
médico mundano es…
—Ya lo sé —dijo Diana con aspereza. — Pero estamos desesperados.
—Pero no tendríamos idea de qué dosis o qué píldoras. No tenemos
ni idea de cómo los mundanos tratan enfermedades como ésta.
—No estoy enfermo —Arthur cerró de golpe el cajón del escritorio. —
Las hadas me destrozaron la mente. La sentí romperse. Ningún mundano
podría entender o tratar tal cosa.
Diana intercambió una mirada preocupada con Julian.
—Bueno, hay varios caminos que podríamos recorrer. Te dejaremos
en paz, Arthur, y los discutiremos. Sabemos lo importante que es tu trabajo.
—Sí —murmuró el tío de Julian. — Mi trabajo… —Y se inclinó de
nuevo sobre sus papeles, Diana y Julian olvidados de inmediato. Mientras
Julian seguía a Diana fuera de la habitación, no podía dejar de
preguntarse qué consuelo su tío encontraba en viejas historias de dioses y
héroes, de una época anterior del mundo, una en la que te tapabas los
oídos y te negabas a escuchar el sonido de la música de las sirenas, cómo
eso podría mantenerte alejado de la locura.
45
Al pie de la escalera, Diana se volvió hacia Julian y le habló
suavemente.
—Tendrás que ir al Mercado de las Sombras esta noche.
— ¿Qué? —Julian se desconcertó. El Mercado de las Sombras estaba
fuera de los límites de los Nefilim a menos que estuvieran en una misión, y
siempre fuera de los límites para los Cazadores de Sombras menores de
edad. — ¿Contigo?
Diana sacudió la cabeza.
—Yo no puedo ir allí.
Julian no preguntó. Era un hecho tácito entre ellos que Diana tenía
secretos y que Julian no podía presionarla por ellos.
—Pero habrá brujos —dijo. — Los que no conocemos, los que se
callarán por un precio. Aquellos que no conocen tu cara. Y hadas. Esto es
una locura causada por las hadas después de todo, no un estado natural.
Tal vez sabrían cómo revertirlo —Se quedó en silencio un momento,
pensando. — Lleva a Kit contigo. Él conoce el Mercado de las Sombras
mejor que cualquier otra persona a la que le pudiéramos preguntar, y los
Subterráneos confían en él.
—Es sólo un niño —objetó Julian. — Y no ha salido del Instituto desde
que su padre murió —Fue asesinado, en realidad. Rasgado a pedazos
delante de sus ojos. — Podría ser duro para él.
—Tendrá que acostumbrarse a que las cosas sean duras para él —
dijo Diana, con una expresión firme. — Ahora es un Cazador de SombraS
Inundaciones sin límites
Traductora: Natalia (An)
Correctora: Fernanda Vorpahl
Revisora final: Joa Vasquez
Ejército Nephilim Latinoamérica
Los cuatro pasaron directamente por el instituto hacia la biblioteca,
sin detenerse a cambiarse la ropa. Sólo cuando entraron a la habitación
Emma notó que ella, Mark, Cristina y Julian habían dejado un rastro
pegajoso de icor de demonio, hizo una pausa para preguntarse si tal vez
debieron haberse detenido a bañarse.
El techo de la biblioteca había sido estropeado dos semanas antes y
reparado apresuradamente, el cristal vidrioso del tragaluz había sido
reemplazado por un simple vidrio protector, la elaborada decoración del
techo estaba cubierta por una capa de runas talladas en madera de
serbal.
La madera de los árboles de serbal era protectora: mantenía fuera la
magia oscura. También tenían un efecto en las hadas. Emma miró cómo
Mark se encogía de hombros y miraba de reojo la habitación cuándo
entraron. Le había dicho que demasiada proximidad al serbal le hacía
sentir como si su piel estuviera cubierta de pequeñas chispas de fuego. Ella
se preguntó qué efecto tendría en hadas de sangre pura.
—Me alegra ver que lo hicieron —dijo Diana. Estaba sentada a la
cabeza de una de las largas mesas de la biblioteca, su cabello estaba
recogido en un elegante moño. Un grueso collar de cadena de oro
resplandecía contra su oscura piel. Su vestido blanco y negro estaba,
como siempre, impecablemente limpio y sin arrugas.
A su lado estaba Diego Rocio Rosales, notable para la Clave por ser
un Centurión altamente entrenado y para los Blackthorn por tener el
apodo de Perfecto Diego. Él era irritablemente perfecto, ridículamente
guapo, y un luchador espectacular, inteligente e infaliblemente cortés.
También había roto el corazón de Cristina antes de que ella se fuera de
México, lo que significaba que normalmente Emma estaría planeando su
muerte, pero no podía porque él y Cristina habían vuelto a estar juntos
hace dos semanas.
29
Lanzó una sonrisa ahora a Cristina, sus dientes blancos incluso
destellaban. Su insignia de Centurión brillaba sobre su hombro, las palabras
Primi Ordines estaban visibles contra la plata. No era sólo un Centurión, era
de la primera sociedad, la mejor clase graduada del Escolamántico.
Porque, por supuesto, él era perfecto.
Frente a Diana y Diego estaban sentadas dos figuras quiénes eran
muy familiares para Emma: Jace Herondale y Clary Fairchild, los directores
del Instituto de Nueva York, aunque cuando Emma los conoció, eran
adolescentes de la edad que ella tenía ahora. Jace era un hermoso rubio
desaliñado, había crecido con gracia a lo largo de los años. Clary era de
cabello rojo, ojos verdes obstinados y un rostro engañosamente delicado.
Tenía una voluntad de hierro, como bien Emma había presenciado.
Clary se puso de pie en un salto, su cara se iluminó mientras que
Jace se recostó en su silla con una sonrisa.
— ¡Han regresado! —gritó, corriendo hacia Emma. Llevaba jeans y
una camiseta con estampado de "HECHO EN BROOKLYN" que
probablemente le había pertenecido a su mejor amigo, Simon. Parecía
desgastada y suave, exactamente como el tipo de playera que Emma a
menudo le robaba a Julian y se negaba a devolverle. — ¿Cómo les fue
con el demonio calamar?
Emma no pudo responder por el abrazo en que la envolvía Clary.
—Genial —dijo Mark— Realmente genial. Están llenos de líquidos los
calamares.
En realidad lucía complacido con eso.
Clary dejó ir a Emma y frunció el ceño ante el icor, agua de mar y la
viscosidad no identificable que se había transferido a su playera. — Veo a
lo que te refieres.
—Simplemente les daré la bienvenida a todos ustedes desde aquí —
dijo Jace, saludando. — Hay un inquietante olor a calamar que emana
desde su dirección en general.
Hubo una risita, rápidamente sofocada. Emma levantó la vista y vio
piernas colgando de la barandilla en la galería de arriba. Con diversión,
reconoció las extremidades largas de Ty y las medias con dibujos de Livvy.
Había rincones en el nivel de la galería que eran perfectos para escuchar
a escondidas, ella no podía contar cuántas reuniones de Andrew
Blackthorn ella y Julian habían espiado de niños, bebiendo el
30
conocimiento y sentido de importancia que traían el estar presente en
una reunión de la Conclave.
Miró de reojo a Julian, viéndole notar la presencia de Ty y Livvy,
sabiendo el momento en que decidió, como ella, en no decir nada al
respecto. Todo su proceso de pensamiento era visible para ella por el
vislumbrar de su sonrisa, era raro como de transparente era él para ella en
los momentos que tenía la guardia baja y lo poco que podía decir sobre lo
que estaba pensando cuando elegía ocultarlo.
Cristina se acercó a Diego, golpeando suavemente la mano contra
su hombro. Él le besó la muñeca. Emma vio cómo Mark los miraba, su
expresión era ilegible. Mark había hablado con ella de muchas cosas en
las últimas dos semanas, pero no de Cristina. Nunca de Cristina.
—Entonces ¿Cuántos demonios marinos han sido? —Preguntó Diana.
— ¿En total? —Hizo un gesto para que todos tomaran asiento alrededor de
la mesa. Se sentaron, rozándose ligeramente, Emma junto a Mark pero
frente a Julian. Él respondió a Diana calmadamente, como si no estuviese
goteando icor sobre el pulido suelo.
—Unos pocos más pequeños la semana pasada —dijo Julian—, pero
eso es normal cuándo hay tormentas. Se dispersan en la playa. Hicimos
algunas patrullas; los Ashdown patrullaron un poco más al sur. Creo que los
tenemos a todos.
—Este fue el primero realmente grande —dijo Emma. — Quiero decir,
sólo he visto a unos pocos grandes antes. Normalmente no salen del
océano.
Jace y Clary intercambiaron una mirada.
— ¿Hay algo que deberíamos saber? —Dijo Emma. — ¿Están
coleccionando demonios marinos realmente grandes para decorar el
Instituto o algo así?
Jace se inclinó hacia adelante, con los codos sobre la mesa. Tenía
un rostro sereno, como un gato, y unos ojos ámbares ilegibles. Clary le
había dicho una vez que la primera vez que lo había visto, había pensado
que parecía un león. Emma podía verlo: los leones parecían tan tranquilos
y casi perezosos hasta que explotaban en acción. — Tal vez deberíamos
hablar de por qué estamos aquí —dijo.
—Pensé que estaban aquí por Kit —dijo Julian. — Porque él es un
Herondale y todo eso.
31
Hubo un susurro desde arriba y un débil murmullo. Ty había estado
durmiendo frente a la puerta de Kit las noches pasadas, un
comportamiento extraño que nadie había comentado. Emma asumió que
Ty encontraba a Kit inusual e interesante de la manera en que a veces
encontraba a las abejas y lagartijas inusuales e interesantes.
—En parte —dijo Jace. — Acabamos de regresar de una reunión del
Consejo en Idris. Por eso nos tomó tanto tiempo llegar aquí, aunque quería
llegar lo más pronto posible cuándo me enteré de Kit —Se echó hacia
atrás y pasó un brazo por el respaldo de la silla. — No les sorprenderá saber
que hubo mucha discusión sobre la situación de Malcolm.
— ¿Te refieres a la situación en la que el Gran Brujo de Los Ángeles
resultó ser un asesino múltiple y nigromante? —Preguntó Julian. Había
claras capas de implicación en su voz: La Clave no había sospechado de
Malcolm, había aprobado su nombramiento al puesto de Gran Brujo, no
había hecho nada para detener los asesinatos que cometió. Habían sido
los Blackthorn quiénes lo habían hecho.
Hubo otra risita desde arriba. Diana tosió para esconder una sonrisa.
—Lo siento —le dijo a Jace y a Clary. — Creo que tenemos ratones.
—No escuché nada —dijo Jace.
—Sólo estamos sorprendidos de que la reunión del Consejo terminara
tan pronto —dijo Emma. — Pensamos que tendríamos que dar testimonio.
Sobre Malcolm, y todo lo que pasó.
Emma y los Blackthorn habían testificado ante el consejo con
anterioridad. Años antes, después de la Guerra Oscura. No era una
experiencia que Emma estaba emocionada por repetir, pero habría sido
una oportunidad de contar lo que había sucedido. Explicar por qué
habían trabajado en colaboración con las hadas, contradiciendo las leyes
de la Paz Fría. Por qué habían investigado al Gran Brujo de Los Ángeles,
Malcolm Fade, sin decirle a la Clave que lo estaban haciendo; Lo que
habían hecho cuándo lo habían encontrado culpable de sus aberrantes
crímenes.
Por qué Emma lo había matado.
—Ya se lo habían dicho a Robert, el Inquisidor —dijo Clary. — Él les
creyó. Testificó en su nombre.
Julian levantó una ceja. Robert Lightwood, el Inquisidor de la Clave,
no era un hombre cálido y amable. Le habían contado lo que había
32
sucedido porque estaban obligados a hacerlo, pero no era la clase de
persona que te imaginabas haciendo favores.
—Robert no es tan malo —dijo Jace. — De verdad. Se ha suavizado
desde que se convirtió en abuelo. Y el hecho es, que la Clave estaba
menos interesada en ustedes que por el Libro Negro.
—Aparentemente nadie se dio cuenta de que estuvo en esta
biblioteca— dijo Clary. — El Instituto de Cornwall es famoso por tener una
selección considerablemente grande de libros sobre magia oscura: el
original Malleus Maleficarum, el Daemonatia. Todo el mundo pensó que
estaba allí, propiamente encerrado.
—Los Blackthorn solían dirigir el Instituto de Cornwall —dijo Julian. —
Quizá mi padre lo trajo con él cuándo obtuvo el nombramiento de dirigir el
Instituto aquí —Parecía preocupado. — Aunque no sé por qué lo habría
traído.
—Quizá Arthur lo trajo —sugirió Cristina. — Siempre ha estado
fascinado con los libros antiguos.
Emma negó con la cabeza.
—No pudo. El libro tendría que haber estado aquí cuándo Sebastian
atacó el Instituto... antes de que viniera Arthur.
— ¿Cuánto del hecho de que no nos quisieran allí para testificar tuvo
que ver con ellos discutiendo si me permitían o no quedarme? —Dijo Mark.
—Algo —dijo Clary, encontrando su mirada con calma— Pero, Mark,
nunca habríamos dejado que te hicieran volver a la Cacería. Todo el
mundo se habría alzado.
Diego asintió. —La Clave ha deliberado, y están bien con que Mark
permanezca aquí con su familia. La ley original sólo prohíbe que los
Cazadores de Sombras lo busquen, pero él vino a ustedes, así que la ley no
ha sido violada.
Mark asintió rígidamente. Nunca había parecido gustarle el Perfecto
Diego.
—Y créanme —agregó Clary—, estaban muy contentos de usar esa
escapatoria. Creo que incluso los que más odian a las hadas lamentan
todo lo que pasó Mark.
33
—Pero ¿no por lo que Helen ha pasado? —Preguntó Julian. —
¿Alguna palabra sobre su regreso?
—Nada —dijo Jace. — Lo siento. No querían escuchar sobre eso.
La expresión de Mark se tensó. En ese momento, Emma pudo ver al
guerrero en él, la sombra oscura de los campos de batalla que acechaba
la Cacería Salvaje, el caminar entre los cuerpos de los muertos.
—Vamos a mantenerlos en ello —dijo Diana. — Tenerte de vuelta es
una victoria, Mark, y aprovecharemos esa victoria. Pero ahora mismo…
— ¿Qué está pasando ahora mismo? —Preguntó Mark. — ¿No ha
terminado la crisis?
—Somos Cazadores de Sombras —dijo Jace. — Encontrarás que la
crisis nunca termina.
—Ahora mismo —prosiguió Diana—, el Consejo acaba de terminar
de discutir el hecho de que grandes demonios marinos han sido vistos por
toda la costa de California. En números récord. Se han visto más en la
última semana que en la última década. El Teuthida con el que lucharon
no estaba solo.
—Creemos que es porque el cuerpo de Malcolm y el Libro Negro
todavía están por ahí en el océano —dijo Clary. — Y pensamos que puede
ser debido a los hechizos que Malcolm lanzó a lo largo de su vida.
—Pero los hechizos de un brujo desaparecen cuándo mueren —
protestó Emma. Pensó en Kit. Las protecciones que Malcolm había
colocado alrededor de la casa de los Rook habían desaparecido cuándo
murió. Los demonios habían atacado en cuestión de horas. — Fuimos a su
casa después de su muerte, para buscar evidencia de lo que había estado
haciendo. Todo se había desintegrado en un montón de escoria.
Jace había desaparecido bajo la mesa. Reapareció un momento
después, sosteniendo a Iglesia, el gato a tiempo parcial del Instituto. Iglesia
tenía las patas estiradas con una expresión de satisfacción en su rostro. —
Pensamos lo mismo —dijo Jace, acomodando al gato en su regazo. —
Pero aparentemente, según Magnus, hay hechizos que pueden ser
construidos para ser activados por la muerte de un brujo.
Emma miró fijamente a Iglesia. Sabía que el gato había vivido una
vez en el Instituto de Nueva York, pero parecía grosero mostrar su
preferencia de manera descarada. El gato estaba acostado sobre su
espalda en el regazo de Jace, ronroneando e ignorándola.
34
—Como una alarma —dijo Julian—, ¿eso se apaga cuando abres
una puerta?
—Sí, pero en este caso, la muerte es la puerta abierta —dijo Diana.
— ¿Y cuál es la solución? —preguntó Emma.
—Probablemente necesitamos su cuerpo para desactivar el hechizo,
por así decirlo —dijo Jace. — Y una pista de cómo lo hizo sería bueno.
—Las ruinas de la convergencia han sido limpiadas muy bien —dijo
Clary. — Pero vamos a ver la casa de Malcolm mañana, sólo para estar
seguros.
—Es escombros —le advirtió Julian.
—Escombros que tendrán que arreglarse pronto, antes de que los
mundanos lo noten —dijo Diana. — Hay un glamour, pero es temporal. Eso
significa que el sitio sólo estará intacto durante unos días más.
—Y no hay nada malo en echar un último vistazo —dijo Jace. —
Especialmente cuándo Magnus nos ha dado una idea de qué buscar —
Frotó la oreja de Iglesia pero no dio más detalles.
—El Libro Negro es un poderoso objeto nigromántico —dijo el
Perfecto Diego. — Podría estar causando disturbios que ni siquiera
podemos imaginar. Traer a los más profundos demonios marinos a nuestras
costas, significaría que los mundanos están en peligro, algunos ya han
desaparecido del muelle.
—Entonces —dijo Jace. — Un equipo de Centuriones va a llegar aquí
mañana...
— ¿Centuriones? —El pánico brilló en los ojos de Julian, una mirada
de miedo y vulnerabilidad que Emma supuso era visible sólo para ella. Se
fue casi al instante. — ¿Por qué?
Centuriones. La élite de los Cazadores de Sombras, entrenaban en el
Escolamántico, una escuela tallada en las paredes rocosas de las
Montañas Cárpatos, rodeada por un lago helado. Estudiaban la ciencia
esotérica y eran expertos en las hadas y la Paz Fría.
Y también, aparentemente, en los demonios marinos.
35
—Esa es una excelente noticia —dijo el Perfecto Diego. Él diría eso,
pensó Emma. Con suficiencia, tocó la insignia en su hombro. — Ellos
podrán encontrar el cuerpo y el libro.
—Espero —dijo Clary.
—Pero ya estás aquí, Clary —dijo Julian, con una voz
engañosamente suave. — Tú y Jace, si trajeran a Simon, Isabelle, Alec y
Magnus, apuesto a que podrían encontrar el cuerpo enseguida.
No quiere tener extraños aquí, pensó Emma. Personas que intentarían
husmear en los negocios del Instituto, que exigirían hablar con el tío Arthur.
Había logrado mantener los secretos del Instituto incluso a través de todo lo
que había sucedido con Malcolm. Y ahora eran amenazados nuevamente
por Centuriones desconocidos.
—Clary y yo sólo estamos de paso —dijo Jace. — No podemos
quedarnos a buscar, aunque nos gustaría. Estamos en una misión del
Consejo.
— ¿Qué clase de misión? —preguntó Emma. ¿Qué misión podría ser
más importante que recuperar el Libro Negro y arreglar el desastre que
Malcolm había hecho?
Pero ella podía decir por la mirada que Jace y Clary intercambiaron
que había un mundo de cosas más importantes allí, unas que ella no podía
imaginar. Emma no pudo evitar una pequeña explosión de amargura en su
interior, el deseo de que ella fuera un poco mayor, que pudiera ser igual a
Jace y Clary, conocer sus secretos y los secretos del Consejo.
—Lo siento mucho —dijo Clary— No podemos decirlo.
— ¿Así que ni siquiera van a estar aquí? —Preguntó Emma. —
Mientras todo esto está pasando, y nuestro Instituto es invadido…
—Emma —dijo Jace. — Sabemos que están acostumbrados a estar
solos y sin problemas aquí. Sólo teniendo que responder ante Arthur.
Si sólo supiera. Pero eso era imposible.
Prosiguió.
—Pero el propósito de un Instituto no es sólo centralizar la actividad
de la Clave, sino también albergar a Cazadores de Sombras que deben
ser hospedados en una ciudad en cuál no viven. Hay cincuenta
36
habitaciones aquí que nadie está usando. Así que a menos que haya una
razón importante por la que no puedan venir…
Las palabras colgaban en el aire. Diego miró sus manos. No sabía la
verdad completa sobre Arthur, pero Emma supuso que sospechaba.
—Puedes decírnoslo —dijo Clary. — Mantendremos la más estricta
confidencialidad.
Pero no era el secreto de Emma. Se contuvo de mirar a Mark o
Cristina, Diana o a Julian, los únicos que estaban en la mesa y que sabían
la verdad sobre quién realmente dirigía el Instituto. Una verdad que habría
que ocultar de los Centuriones, que tendrían la obligación de informar al
Consejo.
—El tío Arthur no ha estado bien, como supongo que saben —dijo
Julian, señalando la silla vacía dónde normalmente se habría sentado el
director del Instituto. — Me preocupaba que los Centuriones pudieran
empeorar su condición, pero teniendo en cuenta la importancia de su
misión, los haremos sentir lo más cómodos posible.
—Desde la Guerra Oscura, Arthur ha sido propenso a brotes de
dolores de cabeza y malestar en sus viejas heridas —agregó Diana. — Yo
me haré cargó de la interferencia entre él y los centuriones hasta que se
sienta mejor.
—No hay nada de qué preocuparse —dijo Diego. — Son centuriones,
soldados disciplinados y ordenados. No estarán lanzando fiestas salvajes ni
haciendo demandas irrazonables —Rodeó a Cristina con un brazo. — Me
alegrará que conozcas a algunos de mis amigos.
Cristina le devolvió la sonrisa. Emma no pudo evitar mirar a Mark para
ver si miraba a Cristina y a Diego de la misma manera que lo hacía a
menudo, de una forma que le hacía preguntarse cómo Julian podía no
notarlo. Un día se daría cuenta, y habría preguntas incómodas para
responder.
Pero ese día no sería hoy, porque de alguna forma en los últimos
minutos Mark había salido silenciosamente de la biblioteca. Se había ido.
*** ***
37
Mark asociaba diferentes habitaciones en el Instituto con diferentes
sentimientos, la mayoría de ellos nuevos, desde su regreso. La biblioteca lo
ponía tenso. La puerta de entrada, donde había enfrentado a Sebastian
Morgenstern hace tantos años, hacía que su piel picara y su sangre
ardiera.
En su propia habitación se sentía solo. En los cuartos de los mellizos, y
los de Dru o Tavvy, podía perderse en ser un hermano mayor. En la
habitación de Emma se sentía seguro. La habitación de Cristina le estaba
prohibida. En la habitación de Julian, se sentía culpable. Y en la sala de
entrenamiento, se sentía como un Cazador de Sombras.
Había ido inconscientemente a la sala de entrenamiento desde el
momento en que había dejado la biblioteca. Todavía era demasiado para
Mark, la forma en que los Cazadores de Sombras ocultaban sus
emociones. ¿Cómo podían soportar un mundo dónde Helen fue exiliada?
Apenas podía soportarlo; Anhelaba a su hermana todos los días. Y sin
embargo, todos lo habrían mirado con sorpresa si hubiera gritado de dolor
o hubiera caído de rodillas. Sabía que Jules no quería que los Centuriones
estuvieran allí... pero su expresión apenas había cambiado. Las hadas
podían ser misteriosas, engañar e intrigar, pero no ocultaban su verdadero
dolor.
Era suficiente para enviarlo a la sala de armas, sus manos anhelando
cualquier cosa que le permitiera perderse en la práctica. Diana había sido
dueña de una tienda de armas en Idris una vez, y siempre había una
impecable gama de hermosas armas para entrenar: una májaira griega,
con sus bordes afilados. Una spatha vikinga, claymores dobles, una
zweihänder, y un sable japonés de madera, usado sólo para
entrenamiento.
Pensó en las armas de las hadas. La espada que había llevado en la
Cacería Salvaje. Las hadas no usaban nada hecho de hierro, porque las
armas y las herramientas de hierro los hacían enfermar. La espada que
había llevado en la Cacería había sido hecha de un cuerno, y había sido
ligera en su mano. Ligera como las flechas que había disparado de su
arco. Ligera como el viento bajo los pies de su caballo, como el aire a su
alrededor cuando cabalgaba.
Alzó un claymore del estante y lo giró experimentalmente en su
mano. Podía sentir que estaba hecho de acero, no completamente hierro,
sino una aleación de hierro, aunque no tuvo la reacción al hierro que las
hadas de sangre pura tenían.
38
Se sentía pesado en su mano. Pero muchas cosas se habían estado
sintiendo pesadas desde que había vuelto a casa. El peso de la
expectativa era pesado. El peso de cuánto amaba a su familia era
pesado.
Incluso el peso de lo que estaba involucrado con Emma era pesado.
Confiaba en Emma. No cuestionó que estaba haciendo lo correcto; Si ella
lo creía, él creía en ella.
Pero las mentiras no llegaban a él fácilmente, y odiaba mentirle a su
familia más que nada.
— ¿Mark? —Era Clary, seguida por Jace. La reunión en la biblioteca
debía haber terminado. Ambos se habían cambiado al uniforme; El pelo
rojo de Clary era muy brillante, como un chorro de sangre contra su ropa
oscura.
—Estoy aquí —dijo Mark, colocando la espada que había estado
sosteniendo en el estante. La luna llena era alta, y la luz blanca se filtraba a
través de las ventanas. La luna trazaba un recorrido como el camino a
través del mar donde besaba el horizonte hasta el borde de la playa.
Jace no había dicho nada todavía; Estaba observando a Mark con
los ojos dorados y afilados, como un halcón. Mark no pudo evitar recordar
a Clary y Jace como habían sido cuándo los conoció justo después de que
la Cacería se lo llevase. Se había estado escondiendo en los túneles cerca
de la Corte Seelie cuándo llegaron caminando hacia él, y su corazón
había dolido y se había roto al verlos. Cazadores de Sombras, atravesando
los peligros del Reino de las Hadas, con las cabezas en alto. No estaban
perdidos; no estaban huyendo. No tenían miedo.
Se había preguntado si volvería a tener ese orgullo, esa falta de
miedo. Incluso cuándo Jace había presionado una piedra de luz mágica
en su mano, así como le había dicho, muéstrales de lo que está hecho un
Cazador de Sombras, muéstrales que no tienes miedo, Mark había estado
enfermo de miedo.
No por sí mismo. Por su familia. ¿Cómo les iría en un mundo de
guerra, sin él para protegerlos?
Sorprendentemente bien, había sido la respuesta. No lo habían
necesitado después de todo. Habían tenido a Jules.
Jace se sentó en el alféizar de la ventana. Era más grande de lo que
había sido la primera vez que Mark lo conoció, por supuesto. Más alto, con
39
los hombros más amplios, aunque todavía elegante. Se rumoreaba que
incluso la Reina Seelie había quedado impresionada por su aspecto y sus
modales, y la nobleza de las hadas raramente se impresionaba por los
humanos. Incluso Cazadores de Sombras.
Aunque a veces lo estaban. Mark suponía que su propia existencia
era una prueba de ello. Su madre, Lady Nerissa de la Corte Seelie, había
amado a su padre Cazador de Sombras.
—Julian no quiere que los Centuriones estén aquí —dijo Jace. — ¿No
es así?
Mark los miró con sospecha.
—No lo sabría.
—Mark no nos contará los secretos de su hermano, Jace —dijo Clary.
— ¿Tú dirías los de Alec?
La ventana detrás de Jace se alzaba de manera clara y alta, tan
clara que Mark a veces se imaginaba que podía volar fuera de ella.
—Quizá si fuera por su propio bien —dijo Jace.
Clary hizo un ruido dudoso y poco elegante.
—Mark —dijo ella. — Necesitamos tu ayuda. Tenemos algunas
preguntas sobre las Hadas y las Cortes, su disposición física real, y no
parece haber alguna respuesta, no del Laberinto Espiral, ni del
Escolamántico.
—Y honestamente —dijo Jace—, no queremos que parezca
demasiado que estamos investigando, porque esta misión es secreta.
— ¿Su misión es Faerie? —preguntó Mark.
Ambos asintieron.
Mark estaba sorprendido. Los Cazadores de Sombras nunca se
habían sentido cómodos en las Tierras de las Hadas, y desde la Paz Fría los
habían evitado como veneno.
— ¿Por qué? —Se alejó rápidamente de la espada. — ¿Es una
especie de misión de venganza? ¿Porque Iarlath y algunos de los otros se
aliaron con Malcolm? ¿O… por lo que le pasó a Emma?
40
Emma a veces necesitaba ayuda con lo último de sus vendas. Cada
vez que Mark miraba las líneas rojas que cruzaban su piel, sentía culpa y
nauseas. Eran como una red de hilos sangrientos que lo mantenían atado
al engaño que ambos estaban conservando.
Los ojos de Clary eran amables.
—No estamos planeando herir a nadie —dijo. — Aquí no hay
venganza. Esto es estrictamente sobre información.
—Crees que estoy preocupado por Kieran —se dio cuenta Mark. El
nombre se quedó en su garganta como un pedazo de hueso roto. Había
amado a Kieran, y Kieran lo había traicionado y había regresado a la
Cacería, y siempre que Mark pensaba en él, sentía como si estuviera
sangrando desde algún lugar profundo. — No estoy preocupado por
Kieran.
—Entonces no te importaría que habláramos con él —dijo Jace. —
—No me preocuparía por él —dijo Mark. — Me preocuparía por
ustedes.
Clary rió suavemente. —Gracias, Mark.
—Es el hijo del Rey de la Corte Noseelie —dijo Mark. — El Rey tiene
cincuenta hijos. Todos compiten por el trono. El Rey está cansado de ellos.
Le debía un favor a Gwyn, así que le dio a Kieran como pago. Como el
regalo de una espada o de un perro.
—Según lo entiendo —dijo Jace—, Kieran vino a ti y te ofreció
ayudarte, contra los deseos de las hadas. Se puso en grave peligro para
ayudarte.
Mark suponía que no debía sorprenderle que Jace lo supiera. Emma
confiaba a menudo en Clary.
—Me lo debía. Fue gracias a él que los que amaba fueron
gravemente heridos.
—Aun así —dijo Jace—, hay alguna posibilidad de que él pueda
mostrarse receptivo a nuestras preguntas. Especialmente si pudiéramos
decirle que fueron aprobadas por ti.
Mark no dijo nada. Clary besó a Jace en la mejilla y murmuró algo en
su oído antes de salir de la habitación. Jace la observó marcharse, su
expresión momentáneamente suave. Mark sintió una fuerte punzada de
41
envidia. Se preguntó si alguna vez sería así con alguien: la forma en la que
parecían coincidir, la clase de alegría de Clary y el sarcasmo y fuerza de
Jace. Se preguntó si habría coincidido alguna vez con Kieran. Si hubiera
coincidido con Cristina, habría hecho que las cosas fueran diferentes.
— ¿Sobre qué le quieren preguntar a Kieran?
—Algunas preguntas sobre la Reina y el Rey —dijo Jace. Al
notar el movimiento impaciente de Mark, dijo—: Te diré un poco, y
recuerda que no debo decirte nada. La Clave tendría mi cabeza por esto
—Suspiró. — Sebastian Morgenstern dejó un arma en una de las Cortes de
las Hadas. Un arma que podría destruirnos a todos, destruir a todos los
Nefilim.
— ¿Qué hace el arma? —preguntó Mark.
—No lo sé. Eso es parte de lo que necesitamos averiguar. Pero
sabemos que es mortal.
Mark asintió con la cabeza.
—Creo que Kieran te ayudará —dijo. — Y puedo darte una lista de
nombres de aquellos en el Pueblo de las Hadas para saber quién podría ser
amable con tu causa, porque no será popular. No creo que sepas cuánto
los odian. Si tienen un arma, espero que la encuentren, porque no dudarán
en usarla, y no tendrán piedad de ustedes.
Jace lo miró a través de pestañas doradas que eran muy parecidas
a las de Kit. Su mirada era cuidadosa y silenciosa.
— ¿Piedad de nosotros? —Dijo. — Eres uno de nosotros.
—Eso parece depender de a quién le preguntes —dijo Mark. —
¿Tienes un bolígrafo y papel? Empezaré con los nombres….
*** ***
Había pasado demasiado tiempo desde que el tío Arthur había
dejado la habitación del ático dónde dormía, comía y hacía su trabajo.
Julian arrugó la nariz mientras él y Diana subían por la estrecha escalera, el
aire era más pesado que de costumbre, rancio por la comida vieja y el
sudor. Las sombras eran gruesas. Arthur también era una sombra,
encorvado sobre su escritorio, una piedra de luz mágica en un plato en el
alféizar de la ventana. No reaccionó ante la presencia de Julian y Diana.
—Arthur -dijo Diana—, necesitamos hablar contigo.
42
Arthur se giró lentamente en su silla. Julian sintió su mirada pasar
sobre Diana, y luego sobre sí mismo.
—Señorita Wrayburn —dijo finalmente. — ¿Qué puedo hacer por
usted?
Diana había acompañado a Julian en viajes al ático antes, pero rara
vez. Ahora que la verdad de su situación era conocida por Mark y Emma,
Julian había sido capaz de reconocer ante Diana lo que siempre habían
sabido pero de lo que nunca habían hablado.
Durante años, desde que tenía doce, Julian había soportado solo el
conocimiento de que su tío Arthur estaba loco, su mente destrozada
durante su encarcelamiento en la Corte Seelie. Tenía períodos de lucidez,
ayudados por la medicina que Malcolm Fade le había proporcionado,
pero nunca duraban mucho.
Si la Clave supiera la verdad, habrían arrancado a Arthur de su
posición como jefe del Instituto sin pensarlo. Era muy probable que
terminara encerrado en las Basilias, teniendo prohibido salir o tener
visitantes. En su ausencia, con ningún adulto Blackthorn para dirigir el
Instituto, los niños serían divididos, enviados a la Academia en Idris,
esparcidos por todo el mundo. La determinación de Julian de no dejar que
eso sucediera había llevado a cinco años de guardar secretos, cinco años
de ocultar a Arthur del mundo y al mundo de Arthur.
A veces se preguntaba si estaba haciendo lo correcto para su tío.
Pero, ¿importaba? De cualquier manera, protegería a sus hermanos y
hermanas. Sacrificaría a Arthur por ellos si tuviera que hacerlo, y si las
consecuencias morales lo despertaban en medio de la noche, a veces, en
pánico y jadeando, entonces él viviría con eso.
Recordó los afilados ojos de Kieran sobre él: Tienes un corazón
despiadado.
Tal vez era cierto. En ese momento, el corazón de Julian se sentía
muerto en su pecho, un bulto hinchado, sin latidos. Todo parecía estar
ocurriendo a una ligera distancia; incluso sentía como si estuviera
moviéndose más lentamente por el mundo, como si se estuviera abriendo
paso a través del agua.
Sin embargo, era un alivio tener a Diana con él. Arthur a menudo
confundía a Julian con su padre muerto o su abuelo, pero Diana no era
parte de su pasado, y parecía no tener más remedio que reconocerla.
43
—El medicamento que Malcolm hizo para ti —dijo Diana. — ¿Alguna
vez te habló sobre eso? ¿Qué contenía?
Arthur sacudió levemente la cabeza.
— ¿El chico no lo sabe?
Julian sabía que se refería a él. —No —dijo. — Malcolm nunca me lo
dijo.
Arthur frunció el ceño.
— ¿Hay residuos, restos que podrían analizarse?
Julian había drogado a su tío con un potente cóctel de la medicina
de Malcolm la última vez que Jace, Clary y el Inquisidor habían estado en
el Instituto. No se había atrevido a arriesgarse a que Arthur se mantuviera
firme en sus pies y lo más claro posible.
Julian estaba bastante seguro de que Jace y Clary encubrirían la
condición de Arthur si lo supieran. Pero era una carga injusta el pedirles
que lo soportaran, y además, no confiaba en el Inquisidor, Robert
Lightwood. No había confiado en él desde hace cinco años, cuando
Robert le había obligado a soportar un juicio brutal con la Espada Mortal
porque no había creído que Julian no mentiría.
— ¿No has guardado nada de ello, Arthur? —Preguntó Diana. —
¿Escondido algo?
Arthur volvió a sacudir la cabeza. En la débil luz de la piedra de luz
mágica, parecía viejo, mucho más viejo de lo que era, su cabello
salpicado de gris, sus ojos brillantes como el océano en la madrugada. Su
cuerpo bajo su manto gris y esbelto era flaco, al punto en que el hueso del
hombro era visible a través del material. —No sabía que Malcolm resultaría
ser lo que era —dijo. Un homicida, un asesino, un traidor. —Además, yo
dependía del muchacho —Se aclaró la garganta. — Julian.
—Tampoco sabía lo de Malcolm —dijo Julian. — Lo que pasa es que
vamos a tener invitados. Centuriones.
—Kentarchos —murmuró Arthur, abriendo uno de los cajones de su
escritorio cómo si quisiera buscar algo dentro. — Así se llamaban en el
ejército Bizantino. Pero un Centurión era siempre el pilar del ejército.
Mandaba a cientos de hombres. Un Centurión podía castigar a un
ciudadano romano cuándo la ley generalmente los protegía. Los
Centuriones reemplazaban a la ley.
44
Julian no estaba seguro de cuánto tenían en común los orinales
centuriones romanos y los centuriones del Escolamántico. Pero sospechaba
que captó el punto de su tío de todos modos.
—De acuerdo, así que eso significa que tendremos que ser
especialmente cuidadosos. Con cómo tienes que ser alrededor de ellos.
Cómo vas a tener que actuar.
Arthur puso los dedos en sus sienes.
—Estoy tan cansado —murmuró. — No podemos… Si pudiéramos
pedirle a Malcolm un poco más de medicina…
—Malcolm está muerto —dijo Julian. Se lo habían dicho a su tío, pero
no parecía haberlo captado. Y era exactamente el tipo de error que no
podía tener con los extraños.
—Hay drogas mundanas —dijo Diana, después de un momento de
vacilación.
—Pero la Clave —dijo Julian. — El castigo por buscar tratamiento
médico mundano es…
—Ya lo sé —dijo Diana con aspereza. — Pero estamos desesperados.
—Pero no tendríamos idea de qué dosis o qué píldoras. No tenemos
ni idea de cómo los mundanos tratan enfermedades como ésta.
—No estoy enfermo —Arthur cerró de golpe el cajón del escritorio. —
Las hadas me destrozaron la mente. La sentí romperse. Ningún mundano
podría entender o tratar tal cosa.
Diana intercambió una mirada preocupada con Julian.
—Bueno, hay varios caminos que podríamos recorrer. Te dejaremos
en paz, Arthur, y los discutiremos. Sabemos lo importante que es tu trabajo.
—Sí —murmuró el tío de Julian. — Mi trabajo… —Y se inclinó de
nuevo sobre sus papeles, Diana y Julian olvidados de inmediato. Mientras
Julian seguía a Diana fuera de la habitación, no podía dejar de
preguntarse qué consuelo su tío encontraba en viejas historias de dioses y
héroes, de una época anterior del mundo, una en la que te tapabas los
oídos y te negabas a escuchar el sonido de la música de las sirenas, cómo
eso podría mantenerte alejado de la locura.
45
Al pie de la escalera, Diana se volvió hacia Julian y le habló
suavemente.
—Tendrás que ir al Mercado de las Sombras esta noche.
— ¿Qué? —Julian se desconcertó. El Mercado de las Sombras estaba
fuera de los límites de los Nefilim a menos que estuvieran en una misión, y
siempre fuera de los límites para los Cazadores de Sombras menores de
edad. — ¿Contigo?
Diana sacudió la cabeza.
—Yo no puedo ir allí.
Julian no preguntó. Era un hecho tácito entre ellos que Diana tenía
secretos y que Julian no podía presionarla por ellos.
—Pero habrá brujos —dijo. — Los que no conocemos, los que se
callarán por un precio. Aquellos que no conocen tu cara. Y hadas. Esto es
una locura causada por las hadas después de todo, no un estado natural.
Tal vez sabrían cómo revertirlo —Se quedó en silencio un momento,
pensando. — Lleva a Kit contigo. Él conoce el Mercado de las Sombras
mejor que cualquier otra persona a la que le pudiéramos preguntar, y los
Subterráneos confían en él.
—Es sólo un niño —objetó Julian. — Y no ha salido del Instituto desde
que su padre murió —Fue asesinado, en realidad. Rasgado a pedazos
delante de sus ojos. — Podría ser duro para él.
—Tendrá que acostumbrarse a que las cosas sean duras para él —
dijo Diana, con una expresión firme. — Ahora es un Cazador de SombraS
Comentarios
Publicar un comentario