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Aguas tranquilas
Traductora: Jennifer García
Correctora: Fernanda Vorpahl
Revisora final: Joa Vasquez
Ejército Nephilim Latinoamérica
Kit había descubierto recientemente lo que era un mayal, y ahora
había un estante de ellos colgando sobre su cabeza, brillantes,
puntiagudos y mortales.
Nunca antes había visto algo parecido a la sala de armas del
Instituto de Los Ángeles. Las paredes y los pisos eran de granito blancoplateado,
y las islas de granito se elevaban a intervalos por toda la
habitación, haciendo que todo el lugar se pareciera a las armas y
armaduras expuestas en un museo. Había flechas y garrotes, bastones
ingeniosamente diseñados, collares, botas y chaquetas acolchonadas que
ocultaban las delgadas y planas cuchillas para apuñalar y lanzar. Estrellas
de la mañana cubiertas de terribles espinas, y ballestas de todos los tipos y
tamaños.
Las islas de granito estaban cubiertas con pilas de brillantes
instrumentos tallados en adamas, una sustancia parecida al cuarzo que los
Cazadores de Sombras extraían de la tierra y que solamente ellos sabían
convertir en espadas, cuchillos y estelas. Más interesante para Kit que el
estante que contenía las dagas.
No era que no tuviera algún deseo en particular por aprender a usar
una daga, nada más allá del interés general que él imaginaba la mayoría
de los adolescentes tendrían en armas mortales, pero incluso entonces,
preferiría que le dieran una ametralladora o un lanzallamas. Pero las dagas
eran obras de arte, sus empuñadoras incrustadas en oro, plata y gemas
preciosas: zafiros azules, rubíes, brillantes patrones de espinas grabados en
platino y diamantes negros.
Podía pensar en al menos tres personas en el Mercado de las
Sombras que se las comprarían por buen dinero, sin hacer preguntas.
Tal vez cuatro.
Kit se quitó la chaqueta de mezclilla que llevaba, no sabía a cuál de
los Blackthorn pertenecía originalmente; Se había despertado por la
mañana después de haber llegado al Instituto y encontró una pila de ropa
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recién lavada al pie de su cama y se encogió indiferente en su chaqueta
acolchonada. Se vislumbró en el espejo al otro extremo de la habitación.
Cabello rubio, el último de sus moretones desvaneciéndose en su pálida
piel. Se desabrochó el bolsillo interior de la chaqueta y empezó a llenarlo
de dagas envainadas, escogiendo las que tenían las empuñaduras más
lujosas.
La puerta de la sala de armas se abrió. Kit dejó caer la daga que
estaba agarrando del estante y se giró a toda prisa. Pensó que había
salido de su habitación sin que nadie lo notara, pero si había algo que
había notado durante su corta estancia en el Instituto, era que Julian
Blackthorn se daba cuenta de todo y sus hermanos no se quedaban atrás.
Pero no era Julian. Era un hombre joven al que Kit no había visto
antes, aunque algo en él le resultaba familiar. Era alto, con el cabello rubio
despeinado y los hombros anchos de los Cazadores de Sombras, brazos
musculosos, las líneas negras de las marcas con las que se protegían
asomándose del cuello y los puños de su camisa.
Sus ojos eran de un inusual color oro. Llevaba un pesado anillo de
plata en un dedo, como lo hacían muchos de los Cazadores de Sombras.
Levantó una ceja hacia Kit.
—Me gustan las armas, ¿y a ti? —dijo él.
—Están bien —Kit retrocedió un poco hacia una de las mesas,
esperando que las dagas en su bolsillo interior no sonaran.
El hombre se acercó a la estantería en la que Kit había estado y
recogió la daga que dejó caer.
—Has elegido una buena —dijo— ¿Ves la inscripción en el mango?
Kit no la había visto.
—Fue hecha por uno de los descendientes de Wayland el Herrero,
que hizo a Durendal y Cortana —El hombre hizo girar la daga entre sus
dedos antes de ponerla de nuevo en su estante. — Nada tan
extraordinario como Cortana, pero las dagas como esas siempre volverán
a tu mano después de lanzarlas. Conveniente.
Kit se aclaró la garganta. —Deben valer mucho —dijo.
—Dudo que los Blackthorns estén buscando venderlas —dijo el
hombre secamente. — Soy Jace, por cierto. Jace Herondale.
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Pausó. Parecía estar esperando una reacción, la cual Kit estaba
decidido a no darle. Conocía el nombre Herondale. Parecía que era la
única palabra que alguien le había dicho en las últimas dos semanas. Pero
eso no significaba que quisiera darle al hombre, Jace, la satisfacción que
estaba buscando.
Jace parecía indiferente ante el silencio de Kit. —Y tú eres
Christopher Herondale.
— ¿Cómo lo sabes? —preguntó Kit, manteniendo la voz neutral y sin
entusiasmo. Odiaba el nombre Herondale. Odiaba la palabra.
—Parecido familiar —dijo Jace. — Nos parecemos. De hecho, te
pareces a los dibujos de un montón de Herondales que he visto —Hizo una
pausa. — Además, Emma me envió al celular una foto tuya.
Emma. Emma Carstairs había salvado la vida de Kit. Sin embargo, no
habían hablado mucho desde que, tras la muerte de Malcolm Fade, el
Gran Brujo de Los Ángeles, todo había caído en el caos. No había sido la
primera prioridad de nadie, y además, tenía la sensación de que pensaba
en él como un niño.
—Bien. Soy Kit Herondale. La gente sigue diciéndome eso, pero no
significa nada para mí —Kit apretó su mandíbula. — Soy un Rook. Kit Rook.
—Sé lo que te dijo tu padre. Pero eres un Herondale. Y eso significa
algo.
— ¿Qué? ¿Qué significa? —demandó Kit.
Jace se apoyó contra la pared de la sala de armas, justo debajo de
una exhibición de claymores pesados. Kit esperaba que uno cayera sobre
su cabeza.
—Sé que eres consciente de los Cazadores de Sombras —dijo. —
Muchas personas lo son, especialmente los Subterráneos y los mundanos
con Visión. Es lo que pensabas que eras, ¿verdad?
—Nunca pensé que fuera un mundano —dijo Kit. ¿No entendían los
Cazadores de Sombras cómo sonaba cuándo usaban esa palabra?
Sin embargo, Jace lo ignoró.
—La sociedad e historia de los Cazadores de Sombras no son cosas
que la mayoría de las personas que no son Nefilim conozcan. El mundo de
los Cazadores de Sombras está formado por familias, cada una de las
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cuales tienen un nombre que aprecian. Cada familia tiene una historia que
pasamos a cada generación sucesiva. Llevamos la gloria y el peso de
nuestros nombres, lo bueno y lo malo que nuestros antepasados han
hecho, a través de todas nuestras vidas. Tratamos de estar a la altura de
nuestros nombres, para que los que vienen después de nosotros tengan
cargas más ligeras —Cruzó los brazos sobre su pecho. Sus muñecas
estaban cubiertas de marcas; había una que parecía un ojo abierto en el
dorso de su mano izquierda. Kit había notado que todos los Cazadores de
Sombras parecían tener una. — Entre los Cazadores de Sombras, tu
apellido es profundamente significativo. Los Herondale han sido una familia
que ha dado forma a los destinos de los Cazadores de Sombras por
generaciones. No quedan muchos de nosotros, de hecho, todos pensaron
que yo era el último. Sólo Jem y Tessa tuvieron fe de que tú existías. Te
buscaron durante mucho tiempo.
Jem y Tessa. Junto con Emma, habían ayudado a Kit a escapar de
los demonios que habían asesinado a su padre. Y le contaron una historia:
la historia de un Herondale que había traicionado a sus amigos y huyó,
comenzando una nueva vida lejos de otros Nefilim. Una nueva vida y una
nueva línea familiar.
—He oído hablar de Tobías Herondale —dijo. — Así que soy
descendiente de un gran cobarde.
—La gente tiene fallas —dijo Jace. — No todos los integrantes de tu
familia van a ser impresionantes. Pero cuando vuelvas a ver a Tessa, y lo
harás, podrá contarte sobre Will Herondale. Y James Herondale. Y de mí,
por supuesto —añadió modestamente. — Hasta en los Cazadores de
Sombras, soy bastante importante. No lo digo para intimidarte.
—No me siento intimidado —dijo Kit, preguntándose si ese tipo era
real. Había un brillo en los ojos de Jace mientras hablaba que indicaba
que él no podía tomar en serio todo lo que decía, pero era difícil estar
seguro. — Siento que quiero que me dejen solo.
—Sé que es mucho para procesar —dijo Jace. Extendió una mano
para palmear la espalda de Kit. — Pero Clary y yo estaremos aquí por todo
el tiempo que necesites...
El golpe en la espalda desprendió una de las dagas del bolsillo de
Kit. Se estrelló contra el suelo entre ellos, mirándolo desde el suelo de
granito como un ojo acusador.
—De acuerdo —dijo Jace en el silencio que siguió. — Así que estás
robando armas.
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Kit, que sabía la inutilidad de una obvia negación, no dijo nada.
—Está bien, mira, sé que tu papá era un ladrón, pero ahora eres un
Cazador de Sombras y… espera, ¿qué más hay en esa chaqueta? —
Preguntó Jace. Hizo algo complicado con su bota izquierda que pateó la
daga en el aire. La tomó con cuidado, los rubíes en la empuñadura
brillaron contra la luz. — Quítatela.
En silencio, Kit se quitó la chaqueta y la arrojó boca abajo sobre la
mesa. Jace la volteó y abrió el bolsillo interior. Ambos contemplaron
silenciosamente el destello de cuchillos y piedras preciosas.
—Entonces —dijo Jace. — Estabas planeando huir, ¿no es así?
— ¿Por qué debería quedarme? —Kit explotó. Sabía que no debía
hacerlo, pero no podía evitarlo; era demasiado: la pérdida de su padre, su
odio al Instituto, la presunción de los Nefilim, sus demandas de que
aceptara un apellido que no le importaba y del que no quería
preocuparse. — No pertenezco aquí. Puedes decirme todo esto sobre mi
nombre, pero no significa nada para mí. Soy el hijo de Johnny Rook. He
estado entrenando toda mi vida para ser como mi papá, no para ser
como tú. No te necesito. No necesito a ninguno de ustedes. Todo lo que
necesito es un poco de dinero para empezar, y puedo instalar mi propio
puesto en el Mercado de las Sombras.
Los ojos dorados de Jace se estrecharon y, por primera vez, Kit vio,
bajo la arrogante y burlona fachada, el brillo de una aguda inteligencia.
— ¿Y vender qué? Tu padre vendió información. Le tomó años, y
mucha magia mala para construir esas conexiones. ¿Quieres vender tu
alma así, para que puedas hacer una vida en los bordes del Submundo?
¿Y qué hay de lo que mató a tu padre? Lo viste morir, ¿verdad?
—Demonios…
—Sí, pero alguien los envió. El Guardián podrá estar muerto, pero eso
no significa que nadie te esté buscando. Tienes quince años. Podrías
pensar que quieres morir, pero confía en mí, no lo haces.
Kit tragó saliva. Intentó imaginarse parado detrás del mostrador de
un puesto en el Mercado de las Sombras, como lo había hecho durante los
últimos días. Pero la verdad era que siempre había estado a salvo en el
Mercado debido a su padre. Porque la gente tenía miedo de Johnny Rook.
¿Qué le pasaría allí sin la protección de su padre?
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—Pero no soy un Cazador de Sombras —dijo Kit. Echó un vistazo
alrededor de la sala, a los millones de armas, a las pilas de adamas, los
uniformes, las armaduras y los cinturones de armas. Era ridículo. No era un
ninja. — Ni siquiera sabría cómo empezar a ser uno.
—Dale otra semana —dijo Jace. — Otra semana aquí en el Instituto.
Date una oportunidad. Emma me contó cómo peleaste contra esos
demonios que mataron a tu padre. Sólo un Cazador de Sombras podría
haber hecho eso.
Kit apenas recordaba luchar contra los demonios en la casa de su
padre, pero sabía que lo había hecho. Su cuerpo se había apoderado de
él, y peleó, e incluso, de una manera pequeña, extraña, oculta, lo disfrutó.
—Esto es lo que eres —dijo Jace—. Eres un cazador de sombras. Eres
parte ángel. Tienes la sangre de los ángeles en tus venas. Eres un
Herondale. Lo que por cierto, significa que no sólo eres parte de una
familia increíblemente atractiva, sino que también formas parte de una
familia que posee una gran cantidad de propiedades valiosas, incluyendo
una casa en Londres y una mansión en Idris, a las cuales probablemente
tengas derecho a una parte de ellas. Ya sabes, si estuvieras interesado.
Kit miró el anillo en la mano izquierda de Jace. Era de plata, pesado
y parecía antiguo. Y valioso.
—Estoy escuchando.
—Todo lo que estoy diciendo es que le des una semana. Después de
todo —Jace sonrió—, los Herondale no pueden resistirse a un desafío.
*** ***
— ¿Un demonio Teuthida? —Julian dijo al teléfono con sus cejas
frunciéndose. — Eso es básicamente un calamar, ¿verdad?
La respuesta fue inaudible: Emma pudo reconocer la voz de Ty, pero
no las palabras.
—Sí, estamos en el muelle —Julian continuó— Aún no hemos visto
nada, pero acabamos de llegar. Es una pena que no tengan
estacionamientos designados para Cazadores de Sombras...
Su mente sólo captaba la mitad de lo que decía Julian, Emma miró
alrededor. El sol se acababa de ocultar. Siempre había amado el muelle
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de Santa Monica, desde que era niña y sus padres la habían llevado a
jugar hockey de aire y a subirse al carrusel. Amaba la comida chatarra -
hamburguesas y malteadas, almejas fritas y paletas enormes- y el Pacific
Park, el parque de diversiones al final del muelle con vista al Océano
Pacífico.
Los mundanos habían invertido millones de dólares en modernizar el
muelle en una atracción turística a través de los años. El Pacific Park estaba
lleno de nuevos paseos brillantes; el viejo carrito de churros se había ido,
reemplazado por un artesanal carro de helados y platos de langosta. Pero
el piso debajo de los pies de Emma aún estaba agrietado y desgastado
por años de sol y arena. El aire aún olía como azúcar y algas marinas. El
carrusel aún derramaba música mecánica en el aire. Aún había máquinas
de monedas en el que podías ganar un panda gigante de peluche. Y aún
había espacios oscuros bajo el muelle, donde mundanos se reunían y
algunas veces, cosas más siniestras.
Esa era cosa de ser Cazador de Sombras, pensó Emma, echando un
vistazo al muelle en dirección a la enorme rueda de la fortuna decorada
con relucientes luces LED. Una fila de mundanos impacientes por subirse a
la rueda de la fortuna estaban formados en la barandilla de madera;
pasando la barandilla, se podía ver el océano azul oscuro, moteado de
blanco dónde las olas chocaban. Los Cazadores de Sombras veían la
belleza en las cosas que los mundanos creaban -las luces de la rueda de la
fortuna se reflejaban en el océano tan brillantemente que parecía como si
alguien estuviera lanzando fuegos artificiales de muchos colores debajo
del agua: rojo, azul, verde, purpura, y oro- pero podían ver la oscuridad
también, el peligro y la decadencia.
— ¿Qué sucede? —preguntó Julian. Deslizó su teléfono en el bolsillo
de su chaqueta. El viento -siempre había viento en el muelle, el viento que
soplaba sin cesar en el océano, llevando el olor de la sal a lugares lejanoslevantó
las suaves ondas de su cabello castaño que besaron sus mejillas y
su frente.
Pensamientos oscuros, Emma quiso decir. Sin embargo, no podía. Una
vez Julian había sido la persona a la que podía contarle todo. Ahora era la
persona a la que no podía decirle nada.
En su lugar ella evitó su mirada.
— ¿Dónde están Mark y Cristina?
—Por allí —señaló él. — Por el juego de lanzar aros.
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Emma siguió su mirada al brillante puesto donde las personas
competían para ver quién podía lanzar un anillo de plástico y que cayera
alrededor del cuello de una docena de botellas alineadas. Intentó no
sentirse superior porque eso era aparentemente algo que los mundanos
encontraban difícil.
El medio hermano de Julian, Mark, sostenía tres anillos de plástico en
su mano. Cristina, con su cabello oscuro atado en un moño, estaba de pie
a lado de él, comiendo palomitas acarameladas y riéndose. El cabello
rubio platino de Mark destellaba contra su traje oscuro mientras lanzaba los
anillos: los tres al mismo tiempo. Cada uno se movió en espiral en diferentes
direcciones y cayeron alrededor del cuello de la botella.
Julian suspiró. —Demasiado para ser discreto.
Una mezcla de coros y ruidos de descontento salieron de los
mundanos en el puesto de anillos. Afortunadamente no había muchos de
ellos, y Mark fue capaz de recoger su premio -algo en una bolsa de
plástico- y escapar con un mínimo de protestas.
Se dirigió hacia ellos con Cristina a su lado. Los extremos de sus orejas
puntiagudas se asomaban por los rizos de su cabello claro, pero traía
glamour así los mundanos no podían verlas. Mark era mitad hada, y su
sangre subterránea se mostraba en la delicadeza de sus facciones, la
punta de sus orejas, y los ángulos de sus ojos y mejillas.
— ¿Así que era un demonio calamar? —Emma dijo, en general sólo
para tener algo que decir para llenar el silencio entre ella y Julian. Había
muchos silencios entre ella y Julian en esos días. Sólo había pasado una
semana desde que todo había cambiado, pero sentía la diferencia
profundamente, en sus huesos. Sentía la distancia de él, a pesar de que él
nunca había sido nada más que escrupulosamente cortés y amable desde
que le había dicho sobre ella y Mark.
—Aparentemente —dijo Julian.
Mark y Cristina ya estaban al alcance de su oído; Cristina se había
acabado sus palomitas acarameladas y miraba tristemente a la bolsa,
como si esperara que aparecieran más. Emma podía entenderla. Mark,
mientras tanto, estaba mirando su premio.
—Escala un lado del muelle y atrapa personas, en su mayoría niños,
cualquiera que se incline a tomar una foto por la noche. Sin embargo, se
está volviendo más valiente. Aparentemente alguien lo vio dentro del área
de juegos cerca del hockey de mesa... ¿Eso es un pez dorado?
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Mark sostenía la bolsa de plástico. Dentro de ella, un pequeño pez
naranja nadaba en círculos.
—Esta es la mejor patrulla que alguna vez hayamos hecho —dijo él. —
Nunca antes he ganado un pez.
Emma suspiró por dentro. Mark había pasado los últimos años de su
vida con la Cacería Salvaje, la más anárquica y feroz de todas las hadas.
Ellos viajaban a través del cielo en toda clase de cosas encantadas -
motocicletas, caballos, venados, enormes perros feroces- y limpiaban los
campos de batalla, tomando cosas valiosas de los cuerpos de los muertos
y los daban en tributo a las cortes de las hadas.
Se estaba ajustando bien al estar de regreso entre su familia de
Cazadores de Sombras, pero aún había veces donde la vida ordinaria
parecía tomarlo por sorpresa. Se dio cuenta que todos lo estaban mirando
con las cejas arqueadas. Pareció alarmado y colocó tentativamente un
brazo alrededor de los hombros de Emma, sosteniendo la bolsa con la otra
mano.
—Gané un pez para ti, hermosa mía —dijo y la besó en la mejilla.
Fue un beso dulce, amable y suave, Mark olía como siempre lo hacía:
como aire frío del exterior y pasto verde. Y tenía absoluto sentido, Emma
pensó, que Mark asumiera que todos lo habían mirado porque estaban
esperando que le diera su premio. Ella era, después de todo, su novia.
Intercambió una mirada preocupada con Cristina, cuyos ojos oscuros
se habían ampliado. Julian lucía como si estuviera a punto de vomitar
sangre. Sólo fue brevemente, antes de que dominara sus facciones de
regreso a la indiferencia, pero Emma se alejó de Mark, sonriéndole en
disculpa.
—No podría mantener a un pez con vida —dijo ella. — Mato plantas
sólo con verlas.
—Sospecho que tendría el mismo problema —dijo Mark, mirando al
pez. — Es una pena, iba a llamarlo Magnus porque tiene escamas
brillantes.
Ante eso, Cristina rió. Magnus Bane era el Gran Brujo de Brooklyn, y
tenía una afición por el brillo.
—Supongo que será mejor que lo deje libre —dijo Mark. Antes de que
alguien pudiera decir algo, hizo su camino hacia la barandilla del muelle y
vació la bolsa, con pez y todo, hacia el océano.
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— ¿Alguien quiere decirle que los peces dorados son de agua dulce y
no pueden sobrevivir en el océano? —dijo Julian tranquilamente.
—Realmente no —dijo Cristina.
— ¿Acaba de matar a Magnus? —preguntó Emma, pero antes de
que Julian pudiera responder, Mark se dio la vuelta.
Todo el humor había desaparecido de su rostro. —Acabo de ver algo
hacer una abertura por uno de los pilotes debajo del muelle. Algo sin duda
no humano.
Emma sintió un ligero escalofrío sobre su piel. Los demonios que hacían
del Océano su residencia rara vez salían a la playa. A veces tenía
pesadillas donde el océano se los llevaba y vomitaba sobre la playa:
espinosos, tentaculados, viscosos, ennegrecidos y cosas medio aplastadas
por el peso del agua.
En cuestión de segundos, cada uno de los Cazadores de Sombras
tenía un arma en mano: Emma empuñaba su espada, Cortana, una hoja
de oro que le dieron sus padres. Julian sostenía un cuchillo serafín, y Cristina
su cuchillo mariposa.
— ¿Por cuál dirección se fue? —Julian dijo bruscamente.
—Hacia el final del muelle —dijo Mark: sólo él no había tomado un
arma, pero Emma sabía lo rápido que era. Su apodo en la Cacería Salvaje
había sido elf-shot, porque era rápido y preciso con un arco y flecha o
lanzando un cuchillo. — Hacia el parque de diversiones.
—Yo iré por ese lado —dijo Emma. — Trataré de llevarlo a la orilla del
muelle. Mark, Cristina, ustedes vayan por debajo, atrápenlo si intenta
regresar al agua.
Apenas tuvieron tiempo de asentir, y Emma salió corriendo. El viento
tiró de su cabello trenzado cuando se abrió paso hacia la multitud en el
parque iluminado al final del muelle. Cortana se sentía cálida y sólida en su
mano, y sus pies volaban sobre las deformadas tablillas de madera. Se
sentía libre, sus preocupaciones a un lado, todo en su mente y cuerpo
enfocado en la tarea que tenía que hacer.
Podía oír pasos junto a ella. No necesitó mirar para saber que era
Jules. Sus pasos habían estado junto a los de ella por todos los años en que
había sido una cazadora de sombras en combate. Su sangre había sido
derramada cuando la suya lo había sido. Él había salvado su vida y ella
había salvado la suya. Él era parte de su lado guerrero.
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—Ahí —lo escuchó decir, pero ella ya lo había visto: una oscura figura
jorobada trepaba la estructura de soporte de la rueda de la fortuna. Los
vagones continuaban girando, los pasajeros gritando en deleite,
desprevenidos.
Emma alcanzo la fila en la rueda y empezó a hacer su camino a
través de ella. Julian y ella se habían puesto runas de glamour antes de
llegar al muelle, y eran invisibles a ojos mundanos. Sin embargo, eso no
significaba que pudieran evitar que sintieran su presencia. Los mundanos
en la fila maldijeron y gritaron cuándo pisoteó y codeó para poder
avanzar.
Un vagón acababa de balancearse, una pareja -una chica
comiendo un algodón de azúcar y su larguirucho novio vestido de negroestaban
a punto de subirse a él. Mirando hacia arriba, Emma vio cuando el
demonio Teuthida se deslizó en lo alto del soporte de la rueda.
Maldiciendo, Emma pasó junto a la pareja, casi arrojándolos a un lado, y
saltó sobre el vagón. Era octagonal, un banco en el interior y con un
montón de espacio para poder pararse. Escuchó gritos de sorpresa
cuando el vagón se alzó, ascendiendo lejos de la escena de caos que ella
había creado, la pareja que había estado a punto de subirse a la rueda
gritándole al vendedor, y las personas en la fila gritándose entre ellos.
El vagón se meció bajo sus pies mientras Julian aterrizó a un lado de
ella, evitando que se balanceara. Él estiró la cabeza.
—¿Lo ves?
Emma echó un vistazo. Lo había visto, estaba segura de ello, pero
parecía haberse desvanecido. Desde su ángulo, la rueda de la fortuna era
un desastre de luces brillantes. Los dos vagones debajo de Julian y Emma
estaban vacíos de personas; la fila aún debía de estar por ordenarse.
Bien, pensó Emma. Entre menos personas hubiese en la rueda, mejor.
—Detente —sintió la mano de Julian en su brazo, volteándola. Todo su
cuerpo se tensó.
—Runas —dijo él, secamente, y se dio cuenta que él estaba
sosteniendo su estela en la mano.
Bajó la mano que sostenía a Cortana. Su vagón seguía ascendiendo.
Emma podía ver la playa debajo, el agua oscura salpicando la arena, las
colinas del Palisades Park elevándose por encima de la carretera,
coronado con una franja de árboles y vegetación.
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Las estrellas eran tenues pero visibles, más allá de las brillantes luces
del muelle. Julian sostenía su brazo, ni bruscamente ni gentil, pero con una
especie de frío distanciamiento. Le dio la vuelta, su estela haciendo
movimientos rápidos sobre su muñeca, grabando runas de protección,
rapidez, agilidad y audición mejorada.
Eso era lo más cerca que había estado de Julian en dos semanas. Se
sentía mareada, un poco borracha. Su cabeza inclinada hacia abajo, sus
ojos fijos en lo que estaba haciendo, y tomó la oportunidad para absorber
la vista de él.
Las luces de la rueda se habían vuelto ámbar y amarillas; bañaban su
bronceada piel en oro. Su cabello caía suelto, finas ondas sobre su frente.
Sabía que la piel de la comisura de su boca era suave, y la manera en que
sus hombros se sentían debajo de sus manos, fuertes, firmes y vibrantes. Sus
pestañas eran largas y gruesas, tan oscuras que parecían pintadas en
carbón; medio esperaba que dejaran una capa de polvo negro en sus
mejillas cuando parpadeaba.
Era hermoso. Siempre había sido hermoso, pero lo había notado
demasiado tarde. Y ahora estaba de pie con las manos a sus costados y su
cuerpo doliendo porque no podía tocarlo. Nunca podría tocarlo de nuevo.
Él terminó lo que había estado haciendo y giró la estela, así el mango
estaba de su lado. La tomó sin una palabra, mientras él jalaba el cuello de
su camisa, debajo de su chaqueta. La piel de ahí era un tono más pálido
que la piel bronceada de su rostro y manos, marcada una y otra vez con
las desvanecidas marcas blancas de runas que una vez habían sido
usadas.
Se tuvo que mover más cerca para marcarlo. Las runas surgieron de la
punta de la estela: agilidad, visión nocturna. Su cabeza alcanzaba el
borde de su barbilla. Ella estaba mirando directamente a su garganta, lo
vio tragar.
—Sólo dime —dijo Julian. — Sólo dime si él te hace feliz. Que Mark te
hace feliz.
Levantó bruscamente la cabeza. Había terminado las runas en su piel;
él se estiró para tomar la estela de su mano inmóvil. Por primera vez en lo
que se sentía por siempre, la miraba directamente a los ojos, sus ojos se
volvieron de un azul oscuro, por los colores del cielo nocturno y el océano,
derramándose sobre ellos cuándo alcanzaban la cima de la rueda.
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—Estoy feliz, Jules —dijo ella. ¿Qué era una mentira más entre muchas
otras? Nunca había sido alguien que mintiera fácilmente, pero se estaba
acostumbrando. Cuando la seguridad de las personas que amaba
dependía de ello, encontró que podía mentir. — Esto es... es lo más
inteligente, lo más seguro para los dos.
La línea de su suave boca se endureció. —Eso no fue...
Ella jadeó. Una retorcida figura se alzó detrás de él -era del color de
una mancha de aceite, sus tentáculos aferrándose a uno de los rayos de la
rueda. Su boca estaba abierta completamente, un perfecto círculo
rodeado de dientes.
— ¡Jules! —gritó, y se lanzó hacia el vagón, agarrando una de las
delgadas barras de hierro que corrían en el rayo de la rueda. Colgando de
un lado, lo acuchilló con Cortana, atrapando al Teuthida cuando se echó
hacia atrás. Aulló, y salpicó icor; Emma gritó cuando salpicó su cuello,
quemando su piel.
Un cuchillo perforó el redondo cuerpo del demonio. Levantándose,
Emma bajó la mirada para ver a Julian posicionado en el borde del vagón,
con otro cuchillo ya en la mano. Apuntó hacia abajo a lo largo de su
brazo, lanzó el segundo cuchillo...
Hizo un estruendo encima del vagón vació. El Teuthida,
increíblemente rápido, se alejó de su vista. Gracias a la runa de audición
que Julian le había puesto, Emma lo podía oír gateando debajo, a lo largo
de la maraña de barras metálicas que componían el interior de la rueda.
Emma puso a Cortana en su funda y empezó a arrastrarse a lo largo
del rayo de la rueda, dirigiéndose a la cima de la atracción. Las luces LED
estallaron a su alrededor en oro y púrpura.
Había icor y sangre en sus manos haciendo su camino resbaladizo.
Incongruentemente, la vista desde la rueda era hermosa, el océano y la
arena se veía frente a ella por todas las direcciones, como si estuviera
colgando a la orilla del mundo.
Podía saborear la sangre en su boca, y sal. Debajo de ella, podía ver
a Julian, fuera del vagón, trepando por el radio de una rueda más abajo.
La miró y señaló, siguió la línea de su mano y vio al Teuthida cerca del
centro de la rueda.
Sus tentáculos azotaban alrededor de su cuerpo, golpeando el centro
de la rueda. Emma podía sentir las vibraciones en sus huesos. Estiró su
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cuello para ver lo que estaba haciendo y se congeló; el centro de la rueda
era un enorme tornillo, sosteniéndola en sus soportes estructurales. El
Teuthida tiraba del perno, tratando de arrancarlo. Si el demonio tenía éxito
quitándolo, toda la estructura se separaría de sus amarres y rodaría fuera
del muelle, como una rueda de bicicleta zafada.
Emma no tenía ilusiones de que alguien en la rueda, o cerca de ella,
sobreviviría. La rueda se derrumbaría sobre sí misma y colapsaría,
aplastando a cualquiera debajo. Los demonios prosperaban de la
destrucción, de la energía de la muerte. Se deleitarían.
La rueda de la fortuna se meció. El Teuthida tenía sus tentáculos
sujetando con firmeza el tornillo de hierro en el centro de la rueda y se
estaba torciendo. Emma intensificó la velocidad de su subida, pero estaba
demasiado lejos del centro. Julian estaba más cerca, pero sabía las armas
que llevaba: dos cuchillos, los cuales ya había lanzado, y cuchillos serafín,
los cuales no eran lo suficientemente largos para alcanzar al demonio.
Alzó la mirada para verla cuándo estiró su cuerpo a lo largo de la
barra de hierro, envolviendo su brazo izquierdo a su alrededor para
sostenerse a sí mismo, y mantuvo el otro brazo fuera, su mano extendida.
Lo supo de inmediato, sin tener que preguntarse lo que él estaba
pensando. Respiró profundamente y dejó ir el radio de la rueda.
Cayó, hacia abajo en dirección a Julian, estirando su propia mano
para alcanzar la suya. Se atraparon y estrecharon, y lo escuchó jadear
cuándo la tomó de la muñeca. Se balanceó hacia adelante y abajo, su
mano izquierda cerrada en su derecha, y con su otra mano desenvainó a
Cortana. El peso de su caída la llevó hacia adelante, balanceándola
hacia el medio de la rueda.
El demonio Teuthida elevó su cabeza cuando ella se dirigió hacia él, y
por primera vez, vio sus ojos: eran ovalados, brillando con una capa
protectora que parecía un espejo. Casi parecieron ampliarse como ojos
humanos cuándo empujó a Cortana, dirigiéndola encima de la cabeza
del demonio, hacia su cerebro.
Sus tentáculos se agitaron, un último espasmo al morir, cuándo su
cuerpo se liberó de la espada y se deslizó, rodando y cayendo a lo largo
de una de las ruedas. Alcanzó el final y se derrumbó.
En la distancia, Emma creyó oír una salpicadura. Pero no había
tiempo de preguntarse. La mano de Julian apretaba la suya y la jalaba.
Guardó a Cortana en su funda mientras él la alzó hacia el radio de la
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rueda donde él estaba tumbado, de modo que se dejó caer torpemente,
casi encima de él.
Aún apretaba su mano, respirando con dificultad. Sus ojos
encontraron los suyos, sólo por un segundo. Alrededor de ellos, la rueda
giraba, bajándolos de regreso al suelo. Emma podía ver multitudes de
mundanos en la playa, el brillo del agua a lo largo de la orilla, incluso una
oscura cabeza y una clara que podían ser Mark y Cristina....
—Buen trabajo en equipo —dijo Julian, finalmente.
—Lo sé —Emma dijo, y lo sabía. Esa era la peor parte: que él estaba
en lo cierto, que ellos aún trabajaban perfectamente juntos como
parabatai. Como compañeros guerreros. Como una pareja unida de
soldados que nunca, nunca podrían ser separados.
*** ***
Mark y Cristina estaban esperando por ellos debajo del muelle. Mark
se había quitado los zapatos y estaba en parte dentro del agua del
océano. Cristina estaba doblando su cuchillo mariposa. A sus pies había
una parte de viscosa arena seca.
— ¿Vieron caer al calamar de la rueda de la fortuna? —Emma
preguntó mientras Julian y ella se acercaban.
Cristina asintió.
—Cayó en el océano. No estaba tan muerto, así que Mark lo arrastró
a la arena y acabamos con él —Pateó la arena que estaba frente a ella.
— Fue muy asqueroso, y Mark se llenó de baba.
—Yo me llené de icor —dijo Emma, mirando hacia su traje manchado.
— Ese fue un demonio desastroso.
—Sigues estando muy hermosa —dijo Mark con una sonrisa galante.
Emma le sonrió como respuesta tanto como pudo. Estaba
increíblemente agradecida con Mark, que estaba interpretando su parte
en todo eso sin una palabra de queja, a pesar de que podía hallarlo
extraño. En opinión de Cristina, Mark estaba consiguiendo algo de todo
eso, pero Emma no podía imaginar qué era. No era como si a Mark le
gustara mentir, había pasado muchos años entre las hadas, que eran
incapaces de decir mentiras, que él lo encontraba antinatural.
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Julian se había alejado de ellos y estaba al teléfono otra vez,
hablando en voz baja. Mark salió del agua y metió los pies mojados en sus
botas. Ni él ni Cristina traían glamour completamente, y Emma notó las
miradas que los mundanos le lanzaban mientras él se dirigía hacia ella,
porque él era alto, y hermoso, y porque tenía ojos que brillaban aún más
que la rueda de la fortuna. Y porque uno de sus ojos era azul y el otro
dorado.
Y porque había algo sobre él, algo indefinidamente extraño, un trozo
del salvajismo de las Hadas que nunca fallaba en hacer pensar a Emma en
la libertad, amplios espacios abiertos de libertad y desenfreno. Soy un
chico perdido, sus ojos parecían decir. Encuéntrame.
Alcanzando a Emma, alzó su mano para quitar un mechón de su
cabello. Una ola de sentimientos la atravesó: tristeza y júbilo, un anhelo de
algo, aunque no sabía de qué.
—Era Diana —dijo Julian, e incluso sin mirarlo, Emma podía imaginarse
su cara mientras hablaba: con seriedad, atención, una cuidadosa
consideración hacia cualquiera que fuera la situación. — Jace y Clary han
llegado con un mensaje del Cónsul. Están teniendo una reunión en el
Instituto, y nos quieren allí ahora.
Aguas tranquilas
Traductora: Jennifer García
Correctora: Fernanda Vorpahl
Revisora final: Joa Vasquez
Ejército Nephilim Latinoamérica
Kit había descubierto recientemente lo que era un mayal, y ahora
había un estante de ellos colgando sobre su cabeza, brillantes,
puntiagudos y mortales.
Nunca antes había visto algo parecido a la sala de armas del
Instituto de Los Ángeles. Las paredes y los pisos eran de granito blancoplateado,
y las islas de granito se elevaban a intervalos por toda la
habitación, haciendo que todo el lugar se pareciera a las armas y
armaduras expuestas en un museo. Había flechas y garrotes, bastones
ingeniosamente diseñados, collares, botas y chaquetas acolchonadas que
ocultaban las delgadas y planas cuchillas para apuñalar y lanzar. Estrellas
de la mañana cubiertas de terribles espinas, y ballestas de todos los tipos y
tamaños.
Las islas de granito estaban cubiertas con pilas de brillantes
instrumentos tallados en adamas, una sustancia parecida al cuarzo que los
Cazadores de Sombras extraían de la tierra y que solamente ellos sabían
convertir en espadas, cuchillos y estelas. Más interesante para Kit que el
estante que contenía las dagas.
No era que no tuviera algún deseo en particular por aprender a usar
una daga, nada más allá del interés general que él imaginaba la mayoría
de los adolescentes tendrían en armas mortales, pero incluso entonces,
preferiría que le dieran una ametralladora o un lanzallamas. Pero las dagas
eran obras de arte, sus empuñadoras incrustadas en oro, plata y gemas
preciosas: zafiros azules, rubíes, brillantes patrones de espinas grabados en
platino y diamantes negros.
Podía pensar en al menos tres personas en el Mercado de las
Sombras que se las comprarían por buen dinero, sin hacer preguntas.
Tal vez cuatro.
Kit se quitó la chaqueta de mezclilla que llevaba, no sabía a cuál de
los Blackthorn pertenecía originalmente; Se había despertado por la
mañana después de haber llegado al Instituto y encontró una pila de ropa
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recién lavada al pie de su cama y se encogió indiferente en su chaqueta
acolchonada. Se vislumbró en el espejo al otro extremo de la habitación.
Cabello rubio, el último de sus moretones desvaneciéndose en su pálida
piel. Se desabrochó el bolsillo interior de la chaqueta y empezó a llenarlo
de dagas envainadas, escogiendo las que tenían las empuñaduras más
lujosas.
La puerta de la sala de armas se abrió. Kit dejó caer la daga que
estaba agarrando del estante y se giró a toda prisa. Pensó que había
salido de su habitación sin que nadie lo notara, pero si había algo que
había notado durante su corta estancia en el Instituto, era que Julian
Blackthorn se daba cuenta de todo y sus hermanos no se quedaban atrás.
Pero no era Julian. Era un hombre joven al que Kit no había visto
antes, aunque algo en él le resultaba familiar. Era alto, con el cabello rubio
despeinado y los hombros anchos de los Cazadores de Sombras, brazos
musculosos, las líneas negras de las marcas con las que se protegían
asomándose del cuello y los puños de su camisa.
Sus ojos eran de un inusual color oro. Llevaba un pesado anillo de
plata en un dedo, como lo hacían muchos de los Cazadores de Sombras.
Levantó una ceja hacia Kit.
—Me gustan las armas, ¿y a ti? —dijo él.
—Están bien —Kit retrocedió un poco hacia una de las mesas,
esperando que las dagas en su bolsillo interior no sonaran.
El hombre se acercó a la estantería en la que Kit había estado y
recogió la daga que dejó caer.
—Has elegido una buena —dijo— ¿Ves la inscripción en el mango?
Kit no la había visto.
—Fue hecha por uno de los descendientes de Wayland el Herrero,
que hizo a Durendal y Cortana —El hombre hizo girar la daga entre sus
dedos antes de ponerla de nuevo en su estante. — Nada tan
extraordinario como Cortana, pero las dagas como esas siempre volverán
a tu mano después de lanzarlas. Conveniente.
Kit se aclaró la garganta. —Deben valer mucho —dijo.
—Dudo que los Blackthorns estén buscando venderlas —dijo el
hombre secamente. — Soy Jace, por cierto. Jace Herondale.
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Pausó. Parecía estar esperando una reacción, la cual Kit estaba
decidido a no darle. Conocía el nombre Herondale. Parecía que era la
única palabra que alguien le había dicho en las últimas dos semanas. Pero
eso no significaba que quisiera darle al hombre, Jace, la satisfacción que
estaba buscando.
Jace parecía indiferente ante el silencio de Kit. —Y tú eres
Christopher Herondale.
— ¿Cómo lo sabes? —preguntó Kit, manteniendo la voz neutral y sin
entusiasmo. Odiaba el nombre Herondale. Odiaba la palabra.
—Parecido familiar —dijo Jace. — Nos parecemos. De hecho, te
pareces a los dibujos de un montón de Herondales que he visto —Hizo una
pausa. — Además, Emma me envió al celular una foto tuya.
Emma. Emma Carstairs había salvado la vida de Kit. Sin embargo, no
habían hablado mucho desde que, tras la muerte de Malcolm Fade, el
Gran Brujo de Los Ángeles, todo había caído en el caos. No había sido la
primera prioridad de nadie, y además, tenía la sensación de que pensaba
en él como un niño.
—Bien. Soy Kit Herondale. La gente sigue diciéndome eso, pero no
significa nada para mí —Kit apretó su mandíbula. — Soy un Rook. Kit Rook.
—Sé lo que te dijo tu padre. Pero eres un Herondale. Y eso significa
algo.
— ¿Qué? ¿Qué significa? —demandó Kit.
Jace se apoyó contra la pared de la sala de armas, justo debajo de
una exhibición de claymores pesados. Kit esperaba que uno cayera sobre
su cabeza.
—Sé que eres consciente de los Cazadores de Sombras —dijo. —
Muchas personas lo son, especialmente los Subterráneos y los mundanos
con Visión. Es lo que pensabas que eras, ¿verdad?
—Nunca pensé que fuera un mundano —dijo Kit. ¿No entendían los
Cazadores de Sombras cómo sonaba cuándo usaban esa palabra?
Sin embargo, Jace lo ignoró.
—La sociedad e historia de los Cazadores de Sombras no son cosas
que la mayoría de las personas que no son Nefilim conozcan. El mundo de
los Cazadores de Sombras está formado por familias, cada una de las
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cuales tienen un nombre que aprecian. Cada familia tiene una historia que
pasamos a cada generación sucesiva. Llevamos la gloria y el peso de
nuestros nombres, lo bueno y lo malo que nuestros antepasados han
hecho, a través de todas nuestras vidas. Tratamos de estar a la altura de
nuestros nombres, para que los que vienen después de nosotros tengan
cargas más ligeras —Cruzó los brazos sobre su pecho. Sus muñecas
estaban cubiertas de marcas; había una que parecía un ojo abierto en el
dorso de su mano izquierda. Kit había notado que todos los Cazadores de
Sombras parecían tener una. — Entre los Cazadores de Sombras, tu
apellido es profundamente significativo. Los Herondale han sido una familia
que ha dado forma a los destinos de los Cazadores de Sombras por
generaciones. No quedan muchos de nosotros, de hecho, todos pensaron
que yo era el último. Sólo Jem y Tessa tuvieron fe de que tú existías. Te
buscaron durante mucho tiempo.
Jem y Tessa. Junto con Emma, habían ayudado a Kit a escapar de
los demonios que habían asesinado a su padre. Y le contaron una historia:
la historia de un Herondale que había traicionado a sus amigos y huyó,
comenzando una nueva vida lejos de otros Nefilim. Una nueva vida y una
nueva línea familiar.
—He oído hablar de Tobías Herondale —dijo. — Así que soy
descendiente de un gran cobarde.
—La gente tiene fallas —dijo Jace. — No todos los integrantes de tu
familia van a ser impresionantes. Pero cuando vuelvas a ver a Tessa, y lo
harás, podrá contarte sobre Will Herondale. Y James Herondale. Y de mí,
por supuesto —añadió modestamente. — Hasta en los Cazadores de
Sombras, soy bastante importante. No lo digo para intimidarte.
—No me siento intimidado —dijo Kit, preguntándose si ese tipo era
real. Había un brillo en los ojos de Jace mientras hablaba que indicaba
que él no podía tomar en serio todo lo que decía, pero era difícil estar
seguro. — Siento que quiero que me dejen solo.
—Sé que es mucho para procesar —dijo Jace. Extendió una mano
para palmear la espalda de Kit. — Pero Clary y yo estaremos aquí por todo
el tiempo que necesites...
El golpe en la espalda desprendió una de las dagas del bolsillo de
Kit. Se estrelló contra el suelo entre ellos, mirándolo desde el suelo de
granito como un ojo acusador.
—De acuerdo —dijo Jace en el silencio que siguió. — Así que estás
robando armas.
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Kit, que sabía la inutilidad de una obvia negación, no dijo nada.
—Está bien, mira, sé que tu papá era un ladrón, pero ahora eres un
Cazador de Sombras y… espera, ¿qué más hay en esa chaqueta? —
Preguntó Jace. Hizo algo complicado con su bota izquierda que pateó la
daga en el aire. La tomó con cuidado, los rubíes en la empuñadura
brillaron contra la luz. — Quítatela.
En silencio, Kit se quitó la chaqueta y la arrojó boca abajo sobre la
mesa. Jace la volteó y abrió el bolsillo interior. Ambos contemplaron
silenciosamente el destello de cuchillos y piedras preciosas.
—Entonces —dijo Jace. — Estabas planeando huir, ¿no es así?
— ¿Por qué debería quedarme? —Kit explotó. Sabía que no debía
hacerlo, pero no podía evitarlo; era demasiado: la pérdida de su padre, su
odio al Instituto, la presunción de los Nefilim, sus demandas de que
aceptara un apellido que no le importaba y del que no quería
preocuparse. — No pertenezco aquí. Puedes decirme todo esto sobre mi
nombre, pero no significa nada para mí. Soy el hijo de Johnny Rook. He
estado entrenando toda mi vida para ser como mi papá, no para ser
como tú. No te necesito. No necesito a ninguno de ustedes. Todo lo que
necesito es un poco de dinero para empezar, y puedo instalar mi propio
puesto en el Mercado de las Sombras.
Los ojos dorados de Jace se estrecharon y, por primera vez, Kit vio,
bajo la arrogante y burlona fachada, el brillo de una aguda inteligencia.
— ¿Y vender qué? Tu padre vendió información. Le tomó años, y
mucha magia mala para construir esas conexiones. ¿Quieres vender tu
alma así, para que puedas hacer una vida en los bordes del Submundo?
¿Y qué hay de lo que mató a tu padre? Lo viste morir, ¿verdad?
—Demonios…
—Sí, pero alguien los envió. El Guardián podrá estar muerto, pero eso
no significa que nadie te esté buscando. Tienes quince años. Podrías
pensar que quieres morir, pero confía en mí, no lo haces.
Kit tragó saliva. Intentó imaginarse parado detrás del mostrador de
un puesto en el Mercado de las Sombras, como lo había hecho durante los
últimos días. Pero la verdad era que siempre había estado a salvo en el
Mercado debido a su padre. Porque la gente tenía miedo de Johnny Rook.
¿Qué le pasaría allí sin la protección de su padre?
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—Pero no soy un Cazador de Sombras —dijo Kit. Echó un vistazo
alrededor de la sala, a los millones de armas, a las pilas de adamas, los
uniformes, las armaduras y los cinturones de armas. Era ridículo. No era un
ninja. — Ni siquiera sabría cómo empezar a ser uno.
—Dale otra semana —dijo Jace. — Otra semana aquí en el Instituto.
Date una oportunidad. Emma me contó cómo peleaste contra esos
demonios que mataron a tu padre. Sólo un Cazador de Sombras podría
haber hecho eso.
Kit apenas recordaba luchar contra los demonios en la casa de su
padre, pero sabía que lo había hecho. Su cuerpo se había apoderado de
él, y peleó, e incluso, de una manera pequeña, extraña, oculta, lo disfrutó.
—Esto es lo que eres —dijo Jace—. Eres un cazador de sombras. Eres
parte ángel. Tienes la sangre de los ángeles en tus venas. Eres un
Herondale. Lo que por cierto, significa que no sólo eres parte de una
familia increíblemente atractiva, sino que también formas parte de una
familia que posee una gran cantidad de propiedades valiosas, incluyendo
una casa en Londres y una mansión en Idris, a las cuales probablemente
tengas derecho a una parte de ellas. Ya sabes, si estuvieras interesado.
Kit miró el anillo en la mano izquierda de Jace. Era de plata, pesado
y parecía antiguo. Y valioso.
—Estoy escuchando.
—Todo lo que estoy diciendo es que le des una semana. Después de
todo —Jace sonrió—, los Herondale no pueden resistirse a un desafío.
*** ***
— ¿Un demonio Teuthida? —Julian dijo al teléfono con sus cejas
frunciéndose. — Eso es básicamente un calamar, ¿verdad?
La respuesta fue inaudible: Emma pudo reconocer la voz de Ty, pero
no las palabras.
—Sí, estamos en el muelle —Julian continuó— Aún no hemos visto
nada, pero acabamos de llegar. Es una pena que no tengan
estacionamientos designados para Cazadores de Sombras...
Su mente sólo captaba la mitad de lo que decía Julian, Emma miró
alrededor. El sol se acababa de ocultar. Siempre había amado el muelle
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de Santa Monica, desde que era niña y sus padres la habían llevado a
jugar hockey de aire y a subirse al carrusel. Amaba la comida chatarra -
hamburguesas y malteadas, almejas fritas y paletas enormes- y el Pacific
Park, el parque de diversiones al final del muelle con vista al Océano
Pacífico.
Los mundanos habían invertido millones de dólares en modernizar el
muelle en una atracción turística a través de los años. El Pacific Park estaba
lleno de nuevos paseos brillantes; el viejo carrito de churros se había ido,
reemplazado por un artesanal carro de helados y platos de langosta. Pero
el piso debajo de los pies de Emma aún estaba agrietado y desgastado
por años de sol y arena. El aire aún olía como azúcar y algas marinas. El
carrusel aún derramaba música mecánica en el aire. Aún había máquinas
de monedas en el que podías ganar un panda gigante de peluche. Y aún
había espacios oscuros bajo el muelle, donde mundanos se reunían y
algunas veces, cosas más siniestras.
Esa era cosa de ser Cazador de Sombras, pensó Emma, echando un
vistazo al muelle en dirección a la enorme rueda de la fortuna decorada
con relucientes luces LED. Una fila de mundanos impacientes por subirse a
la rueda de la fortuna estaban formados en la barandilla de madera;
pasando la barandilla, se podía ver el océano azul oscuro, moteado de
blanco dónde las olas chocaban. Los Cazadores de Sombras veían la
belleza en las cosas que los mundanos creaban -las luces de la rueda de la
fortuna se reflejaban en el océano tan brillantemente que parecía como si
alguien estuviera lanzando fuegos artificiales de muchos colores debajo
del agua: rojo, azul, verde, purpura, y oro- pero podían ver la oscuridad
también, el peligro y la decadencia.
— ¿Qué sucede? —preguntó Julian. Deslizó su teléfono en el bolsillo
de su chaqueta. El viento -siempre había viento en el muelle, el viento que
soplaba sin cesar en el océano, llevando el olor de la sal a lugares lejanoslevantó
las suaves ondas de su cabello castaño que besaron sus mejillas y
su frente.
Pensamientos oscuros, Emma quiso decir. Sin embargo, no podía. Una
vez Julian había sido la persona a la que podía contarle todo. Ahora era la
persona a la que no podía decirle nada.
En su lugar ella evitó su mirada.
— ¿Dónde están Mark y Cristina?
—Por allí —señaló él. — Por el juego de lanzar aros.
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Emma siguió su mirada al brillante puesto donde las personas
competían para ver quién podía lanzar un anillo de plástico y que cayera
alrededor del cuello de una docena de botellas alineadas. Intentó no
sentirse superior porque eso era aparentemente algo que los mundanos
encontraban difícil.
El medio hermano de Julian, Mark, sostenía tres anillos de plástico en
su mano. Cristina, con su cabello oscuro atado en un moño, estaba de pie
a lado de él, comiendo palomitas acarameladas y riéndose. El cabello
rubio platino de Mark destellaba contra su traje oscuro mientras lanzaba los
anillos: los tres al mismo tiempo. Cada uno se movió en espiral en diferentes
direcciones y cayeron alrededor del cuello de la botella.
Julian suspiró. —Demasiado para ser discreto.
Una mezcla de coros y ruidos de descontento salieron de los
mundanos en el puesto de anillos. Afortunadamente no había muchos de
ellos, y Mark fue capaz de recoger su premio -algo en una bolsa de
plástico- y escapar con un mínimo de protestas.
Se dirigió hacia ellos con Cristina a su lado. Los extremos de sus orejas
puntiagudas se asomaban por los rizos de su cabello claro, pero traía
glamour así los mundanos no podían verlas. Mark era mitad hada, y su
sangre subterránea se mostraba en la delicadeza de sus facciones, la
punta de sus orejas, y los ángulos de sus ojos y mejillas.
— ¿Así que era un demonio calamar? —Emma dijo, en general sólo
para tener algo que decir para llenar el silencio entre ella y Julian. Había
muchos silencios entre ella y Julian en esos días. Sólo había pasado una
semana desde que todo había cambiado, pero sentía la diferencia
profundamente, en sus huesos. Sentía la distancia de él, a pesar de que él
nunca había sido nada más que escrupulosamente cortés y amable desde
que le había dicho sobre ella y Mark.
—Aparentemente —dijo Julian.
Mark y Cristina ya estaban al alcance de su oído; Cristina se había
acabado sus palomitas acarameladas y miraba tristemente a la bolsa,
como si esperara que aparecieran más. Emma podía entenderla. Mark,
mientras tanto, estaba mirando su premio.
—Escala un lado del muelle y atrapa personas, en su mayoría niños,
cualquiera que se incline a tomar una foto por la noche. Sin embargo, se
está volviendo más valiente. Aparentemente alguien lo vio dentro del área
de juegos cerca del hockey de mesa... ¿Eso es un pez dorado?
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Mark sostenía la bolsa de plástico. Dentro de ella, un pequeño pez
naranja nadaba en círculos.
—Esta es la mejor patrulla que alguna vez hayamos hecho —dijo él. —
Nunca antes he ganado un pez.
Emma suspiró por dentro. Mark había pasado los últimos años de su
vida con la Cacería Salvaje, la más anárquica y feroz de todas las hadas.
Ellos viajaban a través del cielo en toda clase de cosas encantadas -
motocicletas, caballos, venados, enormes perros feroces- y limpiaban los
campos de batalla, tomando cosas valiosas de los cuerpos de los muertos
y los daban en tributo a las cortes de las hadas.
Se estaba ajustando bien al estar de regreso entre su familia de
Cazadores de Sombras, pero aún había veces donde la vida ordinaria
parecía tomarlo por sorpresa. Se dio cuenta que todos lo estaban mirando
con las cejas arqueadas. Pareció alarmado y colocó tentativamente un
brazo alrededor de los hombros de Emma, sosteniendo la bolsa con la otra
mano.
—Gané un pez para ti, hermosa mía —dijo y la besó en la mejilla.
Fue un beso dulce, amable y suave, Mark olía como siempre lo hacía:
como aire frío del exterior y pasto verde. Y tenía absoluto sentido, Emma
pensó, que Mark asumiera que todos lo habían mirado porque estaban
esperando que le diera su premio. Ella era, después de todo, su novia.
Intercambió una mirada preocupada con Cristina, cuyos ojos oscuros
se habían ampliado. Julian lucía como si estuviera a punto de vomitar
sangre. Sólo fue brevemente, antes de que dominara sus facciones de
regreso a la indiferencia, pero Emma se alejó de Mark, sonriéndole en
disculpa.
—No podría mantener a un pez con vida —dijo ella. — Mato plantas
sólo con verlas.
—Sospecho que tendría el mismo problema —dijo Mark, mirando al
pez. — Es una pena, iba a llamarlo Magnus porque tiene escamas
brillantes.
Ante eso, Cristina rió. Magnus Bane era el Gran Brujo de Brooklyn, y
tenía una afición por el brillo.
—Supongo que será mejor que lo deje libre —dijo Mark. Antes de que
alguien pudiera decir algo, hizo su camino hacia la barandilla del muelle y
vació la bolsa, con pez y todo, hacia el océano.
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— ¿Alguien quiere decirle que los peces dorados son de agua dulce y
no pueden sobrevivir en el océano? —dijo Julian tranquilamente.
—Realmente no —dijo Cristina.
— ¿Acaba de matar a Magnus? —preguntó Emma, pero antes de
que Julian pudiera responder, Mark se dio la vuelta.
Todo el humor había desaparecido de su rostro. —Acabo de ver algo
hacer una abertura por uno de los pilotes debajo del muelle. Algo sin duda
no humano.
Emma sintió un ligero escalofrío sobre su piel. Los demonios que hacían
del Océano su residencia rara vez salían a la playa. A veces tenía
pesadillas donde el océano se los llevaba y vomitaba sobre la playa:
espinosos, tentaculados, viscosos, ennegrecidos y cosas medio aplastadas
por el peso del agua.
En cuestión de segundos, cada uno de los Cazadores de Sombras
tenía un arma en mano: Emma empuñaba su espada, Cortana, una hoja
de oro que le dieron sus padres. Julian sostenía un cuchillo serafín, y Cristina
su cuchillo mariposa.
— ¿Por cuál dirección se fue? —Julian dijo bruscamente.
—Hacia el final del muelle —dijo Mark: sólo él no había tomado un
arma, pero Emma sabía lo rápido que era. Su apodo en la Cacería Salvaje
había sido elf-shot, porque era rápido y preciso con un arco y flecha o
lanzando un cuchillo. — Hacia el parque de diversiones.
—Yo iré por ese lado —dijo Emma. — Trataré de llevarlo a la orilla del
muelle. Mark, Cristina, ustedes vayan por debajo, atrápenlo si intenta
regresar al agua.
Apenas tuvieron tiempo de asentir, y Emma salió corriendo. El viento
tiró de su cabello trenzado cuando se abrió paso hacia la multitud en el
parque iluminado al final del muelle. Cortana se sentía cálida y sólida en su
mano, y sus pies volaban sobre las deformadas tablillas de madera. Se
sentía libre, sus preocupaciones a un lado, todo en su mente y cuerpo
enfocado en la tarea que tenía que hacer.
Podía oír pasos junto a ella. No necesitó mirar para saber que era
Jules. Sus pasos habían estado junto a los de ella por todos los años en que
había sido una cazadora de sombras en combate. Su sangre había sido
derramada cuando la suya lo había sido. Él había salvado su vida y ella
había salvado la suya. Él era parte de su lado guerrero.
22
—Ahí —lo escuchó decir, pero ella ya lo había visto: una oscura figura
jorobada trepaba la estructura de soporte de la rueda de la fortuna. Los
vagones continuaban girando, los pasajeros gritando en deleite,
desprevenidos.
Emma alcanzo la fila en la rueda y empezó a hacer su camino a
través de ella. Julian y ella se habían puesto runas de glamour antes de
llegar al muelle, y eran invisibles a ojos mundanos. Sin embargo, eso no
significaba que pudieran evitar que sintieran su presencia. Los mundanos
en la fila maldijeron y gritaron cuándo pisoteó y codeó para poder
avanzar.
Un vagón acababa de balancearse, una pareja -una chica
comiendo un algodón de azúcar y su larguirucho novio vestido de negroestaban
a punto de subirse a él. Mirando hacia arriba, Emma vio cuando el
demonio Teuthida se deslizó en lo alto del soporte de la rueda.
Maldiciendo, Emma pasó junto a la pareja, casi arrojándolos a un lado, y
saltó sobre el vagón. Era octagonal, un banco en el interior y con un
montón de espacio para poder pararse. Escuchó gritos de sorpresa
cuando el vagón se alzó, ascendiendo lejos de la escena de caos que ella
había creado, la pareja que había estado a punto de subirse a la rueda
gritándole al vendedor, y las personas en la fila gritándose entre ellos.
El vagón se meció bajo sus pies mientras Julian aterrizó a un lado de
ella, evitando que se balanceara. Él estiró la cabeza.
—¿Lo ves?
Emma echó un vistazo. Lo había visto, estaba segura de ello, pero
parecía haberse desvanecido. Desde su ángulo, la rueda de la fortuna era
un desastre de luces brillantes. Los dos vagones debajo de Julian y Emma
estaban vacíos de personas; la fila aún debía de estar por ordenarse.
Bien, pensó Emma. Entre menos personas hubiese en la rueda, mejor.
—Detente —sintió la mano de Julian en su brazo, volteándola. Todo su
cuerpo se tensó.
—Runas —dijo él, secamente, y se dio cuenta que él estaba
sosteniendo su estela en la mano.
Bajó la mano que sostenía a Cortana. Su vagón seguía ascendiendo.
Emma podía ver la playa debajo, el agua oscura salpicando la arena, las
colinas del Palisades Park elevándose por encima de la carretera,
coronado con una franja de árboles y vegetación.
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Las estrellas eran tenues pero visibles, más allá de las brillantes luces
del muelle. Julian sostenía su brazo, ni bruscamente ni gentil, pero con una
especie de frío distanciamiento. Le dio la vuelta, su estela haciendo
movimientos rápidos sobre su muñeca, grabando runas de protección,
rapidez, agilidad y audición mejorada.
Eso era lo más cerca que había estado de Julian en dos semanas. Se
sentía mareada, un poco borracha. Su cabeza inclinada hacia abajo, sus
ojos fijos en lo que estaba haciendo, y tomó la oportunidad para absorber
la vista de él.
Las luces de la rueda se habían vuelto ámbar y amarillas; bañaban su
bronceada piel en oro. Su cabello caía suelto, finas ondas sobre su frente.
Sabía que la piel de la comisura de su boca era suave, y la manera en que
sus hombros se sentían debajo de sus manos, fuertes, firmes y vibrantes. Sus
pestañas eran largas y gruesas, tan oscuras que parecían pintadas en
carbón; medio esperaba que dejaran una capa de polvo negro en sus
mejillas cuando parpadeaba.
Era hermoso. Siempre había sido hermoso, pero lo había notado
demasiado tarde. Y ahora estaba de pie con las manos a sus costados y su
cuerpo doliendo porque no podía tocarlo. Nunca podría tocarlo de nuevo.
Él terminó lo que había estado haciendo y giró la estela, así el mango
estaba de su lado. La tomó sin una palabra, mientras él jalaba el cuello de
su camisa, debajo de su chaqueta. La piel de ahí era un tono más pálido
que la piel bronceada de su rostro y manos, marcada una y otra vez con
las desvanecidas marcas blancas de runas que una vez habían sido
usadas.
Se tuvo que mover más cerca para marcarlo. Las runas surgieron de la
punta de la estela: agilidad, visión nocturna. Su cabeza alcanzaba el
borde de su barbilla. Ella estaba mirando directamente a su garganta, lo
vio tragar.
—Sólo dime —dijo Julian. — Sólo dime si él te hace feliz. Que Mark te
hace feliz.
Levantó bruscamente la cabeza. Había terminado las runas en su piel;
él se estiró para tomar la estela de su mano inmóvil. Por primera vez en lo
que se sentía por siempre, la miraba directamente a los ojos, sus ojos se
volvieron de un azul oscuro, por los colores del cielo nocturno y el océano,
derramándose sobre ellos cuándo alcanzaban la cima de la rueda.
24
—Estoy feliz, Jules —dijo ella. ¿Qué era una mentira más entre muchas
otras? Nunca había sido alguien que mintiera fácilmente, pero se estaba
acostumbrando. Cuando la seguridad de las personas que amaba
dependía de ello, encontró que podía mentir. — Esto es... es lo más
inteligente, lo más seguro para los dos.
La línea de su suave boca se endureció. —Eso no fue...
Ella jadeó. Una retorcida figura se alzó detrás de él -era del color de
una mancha de aceite, sus tentáculos aferrándose a uno de los rayos de la
rueda. Su boca estaba abierta completamente, un perfecto círculo
rodeado de dientes.
— ¡Jules! —gritó, y se lanzó hacia el vagón, agarrando una de las
delgadas barras de hierro que corrían en el rayo de la rueda. Colgando de
un lado, lo acuchilló con Cortana, atrapando al Teuthida cuando se echó
hacia atrás. Aulló, y salpicó icor; Emma gritó cuando salpicó su cuello,
quemando su piel.
Un cuchillo perforó el redondo cuerpo del demonio. Levantándose,
Emma bajó la mirada para ver a Julian posicionado en el borde del vagón,
con otro cuchillo ya en la mano. Apuntó hacia abajo a lo largo de su
brazo, lanzó el segundo cuchillo...
Hizo un estruendo encima del vagón vació. El Teuthida,
increíblemente rápido, se alejó de su vista. Gracias a la runa de audición
que Julian le había puesto, Emma lo podía oír gateando debajo, a lo largo
de la maraña de barras metálicas que componían el interior de la rueda.
Emma puso a Cortana en su funda y empezó a arrastrarse a lo largo
del rayo de la rueda, dirigiéndose a la cima de la atracción. Las luces LED
estallaron a su alrededor en oro y púrpura.
Había icor y sangre en sus manos haciendo su camino resbaladizo.
Incongruentemente, la vista desde la rueda era hermosa, el océano y la
arena se veía frente a ella por todas las direcciones, como si estuviera
colgando a la orilla del mundo.
Podía saborear la sangre en su boca, y sal. Debajo de ella, podía ver
a Julian, fuera del vagón, trepando por el radio de una rueda más abajo.
La miró y señaló, siguió la línea de su mano y vio al Teuthida cerca del
centro de la rueda.
Sus tentáculos azotaban alrededor de su cuerpo, golpeando el centro
de la rueda. Emma podía sentir las vibraciones en sus huesos. Estiró su
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cuello para ver lo que estaba haciendo y se congeló; el centro de la rueda
era un enorme tornillo, sosteniéndola en sus soportes estructurales. El
Teuthida tiraba del perno, tratando de arrancarlo. Si el demonio tenía éxito
quitándolo, toda la estructura se separaría de sus amarres y rodaría fuera
del muelle, como una rueda de bicicleta zafada.
Emma no tenía ilusiones de que alguien en la rueda, o cerca de ella,
sobreviviría. La rueda se derrumbaría sobre sí misma y colapsaría,
aplastando a cualquiera debajo. Los demonios prosperaban de la
destrucción, de la energía de la muerte. Se deleitarían.
La rueda de la fortuna se meció. El Teuthida tenía sus tentáculos
sujetando con firmeza el tornillo de hierro en el centro de la rueda y se
estaba torciendo. Emma intensificó la velocidad de su subida, pero estaba
demasiado lejos del centro. Julian estaba más cerca, pero sabía las armas
que llevaba: dos cuchillos, los cuales ya había lanzado, y cuchillos serafín,
los cuales no eran lo suficientemente largos para alcanzar al demonio.
Alzó la mirada para verla cuándo estiró su cuerpo a lo largo de la
barra de hierro, envolviendo su brazo izquierdo a su alrededor para
sostenerse a sí mismo, y mantuvo el otro brazo fuera, su mano extendida.
Lo supo de inmediato, sin tener que preguntarse lo que él estaba
pensando. Respiró profundamente y dejó ir el radio de la rueda.
Cayó, hacia abajo en dirección a Julian, estirando su propia mano
para alcanzar la suya. Se atraparon y estrecharon, y lo escuchó jadear
cuándo la tomó de la muñeca. Se balanceó hacia adelante y abajo, su
mano izquierda cerrada en su derecha, y con su otra mano desenvainó a
Cortana. El peso de su caída la llevó hacia adelante, balanceándola
hacia el medio de la rueda.
El demonio Teuthida elevó su cabeza cuando ella se dirigió hacia él, y
por primera vez, vio sus ojos: eran ovalados, brillando con una capa
protectora que parecía un espejo. Casi parecieron ampliarse como ojos
humanos cuándo empujó a Cortana, dirigiéndola encima de la cabeza
del demonio, hacia su cerebro.
Sus tentáculos se agitaron, un último espasmo al morir, cuándo su
cuerpo se liberó de la espada y se deslizó, rodando y cayendo a lo largo
de una de las ruedas. Alcanzó el final y se derrumbó.
En la distancia, Emma creyó oír una salpicadura. Pero no había
tiempo de preguntarse. La mano de Julian apretaba la suya y la jalaba.
Guardó a Cortana en su funda mientras él la alzó hacia el radio de la
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rueda donde él estaba tumbado, de modo que se dejó caer torpemente,
casi encima de él.
Aún apretaba su mano, respirando con dificultad. Sus ojos
encontraron los suyos, sólo por un segundo. Alrededor de ellos, la rueda
giraba, bajándolos de regreso al suelo. Emma podía ver multitudes de
mundanos en la playa, el brillo del agua a lo largo de la orilla, incluso una
oscura cabeza y una clara que podían ser Mark y Cristina....
—Buen trabajo en equipo —dijo Julian, finalmente.
—Lo sé —Emma dijo, y lo sabía. Esa era la peor parte: que él estaba
en lo cierto, que ellos aún trabajaban perfectamente juntos como
parabatai. Como compañeros guerreros. Como una pareja unida de
soldados que nunca, nunca podrían ser separados.
*** ***
Mark y Cristina estaban esperando por ellos debajo del muelle. Mark
se había quitado los zapatos y estaba en parte dentro del agua del
océano. Cristina estaba doblando su cuchillo mariposa. A sus pies había
una parte de viscosa arena seca.
— ¿Vieron caer al calamar de la rueda de la fortuna? —Emma
preguntó mientras Julian y ella se acercaban.
Cristina asintió.
—Cayó en el océano. No estaba tan muerto, así que Mark lo arrastró
a la arena y acabamos con él —Pateó la arena que estaba frente a ella.
— Fue muy asqueroso, y Mark se llenó de baba.
—Yo me llené de icor —dijo Emma, mirando hacia su traje manchado.
— Ese fue un demonio desastroso.
—Sigues estando muy hermosa —dijo Mark con una sonrisa galante.
Emma le sonrió como respuesta tanto como pudo. Estaba
increíblemente agradecida con Mark, que estaba interpretando su parte
en todo eso sin una palabra de queja, a pesar de que podía hallarlo
extraño. En opinión de Cristina, Mark estaba consiguiendo algo de todo
eso, pero Emma no podía imaginar qué era. No era como si a Mark le
gustara mentir, había pasado muchos años entre las hadas, que eran
incapaces de decir mentiras, que él lo encontraba antinatural.
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Julian se había alejado de ellos y estaba al teléfono otra vez,
hablando en voz baja. Mark salió del agua y metió los pies mojados en sus
botas. Ni él ni Cristina traían glamour completamente, y Emma notó las
miradas que los mundanos le lanzaban mientras él se dirigía hacia ella,
porque él era alto, y hermoso, y porque tenía ojos que brillaban aún más
que la rueda de la fortuna. Y porque uno de sus ojos era azul y el otro
dorado.
Y porque había algo sobre él, algo indefinidamente extraño, un trozo
del salvajismo de las Hadas que nunca fallaba en hacer pensar a Emma en
la libertad, amplios espacios abiertos de libertad y desenfreno. Soy un
chico perdido, sus ojos parecían decir. Encuéntrame.
Alcanzando a Emma, alzó su mano para quitar un mechón de su
cabello. Una ola de sentimientos la atravesó: tristeza y júbilo, un anhelo de
algo, aunque no sabía de qué.
—Era Diana —dijo Julian, e incluso sin mirarlo, Emma podía imaginarse
su cara mientras hablaba: con seriedad, atención, una cuidadosa
consideración hacia cualquiera que fuera la situación. — Jace y Clary han
llegado con un mensaje del Cónsul. Están teniendo una reunión en el
Instituto, y nos quieren allí ahora.
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